01:49 jun 23, 2008 | Dionisio San Miguel | General

De cómo ver una corrida y enterarse (II): el paseíllo

Hasta que sale el primero toro a una plaza de toros pasan muchas cosas, y casi ninguna  porque sí. Las corridas de todos son un espectáculo en el que la tradición y el reglamento imponen un orden y un desarrollo prácticamente inalterables, y sólo en el caso de festejos menores desarrollados en plazas de toros provisionales, se admiten ciertas licencias.

 Cuando el reloj de la plaza –las de primera y muchas de segunda lo tienen- marca la hora fijada en los carteles, el presidente hace flamear un pañuelo blanco, que da el ‘pistoletazo de salida’ al festejo. Entonces suenan clarines y timbales para avisar al público del comienzo. Inmediatamente, salen al ruedo dos ‘alguaciles’- popularmente alguacilillos a caballo, que cruzan el ruedo hasta el lugar del mismo que queda justo debajo del palco presidencial. Allí saludan destocados al presidente y cada uno recorre las tablas en semicírculo hasta la puerta de cuadrillas desde donde partieron, y desde donde encabezarán el paseíllo.

 Esta vuelta al ruedo de los alguacilillos es un recuerdo de lo que sucedía antiguamente, cuando aquellos debían despejar la plaza de espectadores. Entonces las corridas tenían lugar en plazas de ciudades y pueblos.

 El paseíllo es un desfile muy vistoso, con un protocolo definido. Breve, pero solemne. En él, tras los alguacilillos desfilan los tres matadores colocados, según orden de alternativa. Vistos de frente, en el lado derecho de la primera fila se sitúa el espada más antiguo, en el centro el más nuevo, y a la derecha el intermedio. El orden de alternativa lo fija la fecha en que recibieron su doctorado y, aunque suele, no tiene porqué coincidir con la edad de cada uno. Con esta pista y el cartel anunciador, que también se rige por este orden de veteranía profesional, podemos en seguida saber quien es quien. 

 Tras la fila de matadores, marchan los tres banderilleros del primer espada y, sucesivamente, en la tercera fila los del segundo matador y en la cuarta, los del tercero, respetándose también de derecha a izquierda la veteranía de cada uno. A continuación, y en fila de a dos, según la antigüedad de sus jefes y la propia, desfilan los picadores montados a caballo y sin la pica.

 Cierran el paseíllo a pie mozos de caballos y areneros, seguidos de mulillas y mulilleros. Los primeros son los encargados de auxiliar a los picadores en su misión de picar al toro. Las mulillas son una pareja o trío de mulas que se emplean para arrastrar las reses desde el lugar donde han caído muertas hasta el patio donde se encuentra el desolladero. Los mulilleros son los encargados de conducir las mulillas. Los areneros, mozos provistos de rastrillos  para alisar y limpiar el ruedo antes y después de la lidia de cada toro.

 Los componentes del paseíllo desfilan cubiertos, a excepción de los matadores nuevos en la plaza, que lo harán descubiertos. Matadores y banderilleros lucen capotes de lujo –de paseo-, liados y sujetos al cuerpo sobre el brazo izquierdo.

 El ceremonioso desfile acaba debajo del palco presidencial, allí los protagonistas se destocan y saludan. Los matadores cambian los capotes de paseo por los de brega, que son los que utilizarán en la corrida, y se colocan en el callejón. En la arena, los alguacilillos repiten la ceremonia del despeje y vuelven de nuevo para pedir ‘simbólicamente’ las llaves del toril. Luego, estos dos quedarán en el callejón para transmitir las órdenes y otras comunicaciones del presidente a los actuantes y entregar los trofeos a los matadores.

 Entonces  sale el toro y... comienza el espectáculo.

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10:52 jun 18, 2008 | Dionisio San Miguel | General

De cómo ver una corrida y enterarse (I): la bravura

Aunque comience por B, bravura debería ser la primera palabra de un diccionario taurino, porque de ella pende todo lo demás. Origen y fin del trabajo del ganadero, en su búsqueda y captura –amén de otras características, morfológicas o de comportamiento- está el secreto del éxito del criador de reses bravas, y del torero que deba enfrentarse a un toro bravo en la plaza.

Por eso, un aficionado de pro o en ciernes, debe preguntarse por la ganadería a la que se van a enfrentar los artistas, orígenes, características y momento por el que pasa la misma. Esto último es importantísimo porque los aciertos y errores en la selección del ganado generan virtudes y defectos a largo plazo. El toro que sale a la plaza es fruto del trabajo del ganadero 4 ó 5 años antes, por lo que las ‘correcciones’ pueden tardar casi otro tanto en hacer sentir sus efectos.

Lo mismo que sin toros no hay fiesta ni corridas, y viceversa, sin bravura no hay espectáculo. En contra de lo que se pueda creer, la bravura no iba impresa en la genética del toro en su principio, sino la inventamos los hombres para la mejora del espectáculo.

El toro fue siempre un animal, eso sí, excitable e irritable que, poco a poco, fue seleccionado mediante cruces, para que su fiereza salvaje fuera convirtiéndose en lo que hoy se denomina bravura. Un trabajo, el de los ganaderos, que no sólo dio sus frutos para modificar el comportamiento, sino que acabaron por transformar su aspecto físico, más proporcionado conforme ha ido pasando el tiempo.

Las ganaderías bravas surgieron,  precisamente, cuando esta evolución comenzó a ser estudiada, controlada y ordenada por el hombre. En grandes extensiones, favorables climatológicamente a la cría de este animal, donde los toros viven y se reproducen libre y controladamente a la vez. Así, sin salir de su hábitat natural, se pueden seleccionar, numerar, alimentar y cuidar hasta que llegue el momento para el que han sido criados: la lidia.

El principal método para buscar dicha bravura es recrear ese momento, probando a los posibles progenitores en dos situaciones extremas, a través de ‘tentaderos’ o ‘tientas’, en las placitas construidas para tal uso en las fincas ganadera y, antes, en campo abierto, mediante el ‘acoso y derribo’, aunque esta es mucho menos frecuente. Una vez superadas, se eligen los mejores ejemplares (hembras o machos) destinados a procrear futuros toros de lidia con un mínimo de ‘garantías’.

Generalmente,  se entiende por la acción de acometer resueltamente y con constancia. En definitiva, la capacidad de luchar, no de huir o defenderse. Pero no es sólo eso. Ni lo es, ni lo ha sido, ni, probablemente lo será dentro de algún tiempo, ya que el concepto de bravura ha cambiado en función de los gustos que el público ha ido imponiendo conforme mejoraba la técnica en el toreo.

Hay quien lo explica como miedo o cobardía del toro hacia lo desconocido y, por consiguiente, como una huida hacia delante tratando de acabar con quien le molesta, aunque en su empeño sea castigado. Otros dicen que es una misteriosa y natural ‘valentía’ del toro que ataca impulsivo cuando se mueve y le excita. Desde luego una de las características de la bravura, a la que conviene estar muy atento si se quiere valorara en su justa medida lo que ocurre en la plaza, y eso se mide en los tentaderos, es crecerse en el castigo en lugar de rendirse o huir acobardado, como cualquier otro animal. De ahí que a los toros que se escupen del caballo para evitar el castigo se les llame ‘mansos’.

El toro bravo, al menos como se entiende hoy, además de acometer con fuerza, resuelta y constantemente, ha de hacerlo con otra de las cualidades propias de su raza: la sinceridad. El toro verdaderamente bravo, antes de embestir a su presa, la avisa. Nunca  lo hace a traición. Mira de frente a quien quiere ahuyentar, fijamente, y va por derecho. Normalmente adelanta las orejas, levanta la cabeza y, a veces, retrocede o avanza leves pasos antes de arrancarse. Idealmente, debe embestir con prontitud, con nobleza, sin cabecear, siguiendo con fijeza al objeto que persigue para cornearlo, si puede. Y sin cansarse, aunque nunca logre alcanzar a su enemigo.

Las señales de fiereza y agresividad defensiva o violenta -el genio- pueden confundirse con la casta, que es el soporte de la verdadera bravura y cuya manifestaciones citadas.  Los toros con genio, a mi entender, no son los idóneos para el toreo de hoy, sino para una simple lucha sin contrapartida artística posible. Cuando un toro sale así, hay otros recursos que puede utilizar el torero, menos artísticos. El público, sobre todo el más aficionado, puede observar en esa capacidad de salvar esa dificultad y peligro, otras virtudes de los profesionales.

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10:50 jun 16, 2008 | Dionisio San Miguel | General

Fórmula José Tomás: arte y tragedia a partes iguales

Foto: EFETres cornadas, tres, sumadas a tres orejas, tres. Trofeos cobrados con sangre, porque en el guión de José Tomás, sobre todo en Madrid, sólo caben dos finales, uno en el que sale por la Puerta Grande, y otro en el que lo hace por la enfermería. Aunque para rubricar su regreso a la plaza más importante del mundo esta vez eligió el doblete, orejas y cornadas a partes iguales, arte y valor para regalar. Y aunque en pequeña medida y un punto anecdótico, se han escuchado algunas extrañas crítica de ‘exceso de valor’: ver para creer. Porque a la temeridad que es ponerse allí donde se pone el maestro madrileño, más aún, la de quedarse, por más avisos que sus dos toros le dieran, también se añadió, a sorbitos, arte de verdad.

El guión de José Tomás estaba escrito, y el toro tenía que desviarse de la trayectoria tras el vuelo de la muleta, o atropellarle. Pasaron las dos cosas. Las dos, porque, aunque contados y aislados,  hubo en sus dos faenas muletazos limpios y hondísimos, incluso con la derecha, a la que casi siempre ensombrece la siniestra del galapagueño. Hubo también cambios de mano, trinchera y remates a ras de suelo... 

Pero sobre todo hubo emoción y tragedia presentida. Tantos ¡ays! como ¡ahís!. O quízá más si se estuvo tan atento a lo que sucedía en el ruedo como al ambiente fuera de él. Cuatro espectaculares palizas se llevó José Tomás. Una sucedió en un cite en falso en los primeros muletazos a su primer toro, que lo cogió de lleno acunándolo de un pitón a pitón sin prenderlo, escupiéndolo al fin. Otra, al remate de un raro quite por gaoneras al primero de El Fundi: José Tomás pisó el capote y quedó a merced del ejemplar de ‘Toros de Cortés’, que le alcanzó y lo tuvo entre los cuernos una eternidad. El de Galapagar salió vivo porque el toro clavó los pitones en la arena, y porque Fundi firmó un providencial quite. De libro. Las otras dos palizas, en el quinto, sobrero de El Torero, que lo prendió en los preliminares de un pase de pecho. Ahí salió herido de gravedad. Aún quedaba la estocada, a ciegas y con la técnica a un lado. Media y saliendo volteado. Daba igual. 

Se veía venir desde que se anunció su reaparición en Madrid, José Tomás ha vuelto para que todo siga igual. Desde este blog se hizo una apuesta. Con este torero no abría tardes soporíferas o insípidas. Lo hizo el día 5 de junio, y lo volvió a hacer. Anunciarse con él, una temeridad, porque un Fundi reiterativo, y un Bautista sereno y eficaz con los aceros, pasaron de puntillas por la monumental.

Foto: EFE

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11:35 jun 15, 2008 | Dionisio San Miguel | General

8 de El Puerto esperan que les toque José Tomás

La huelga de los transportistas ha obligado a adelantar el embarque de la corrida del 15 de junio, previsto para el día anterior al festejo y los toros de El Puerto de San Lorenzo están en los corrales de Las Ventas desde el pasado fin de semana. Tras la histórica tarde del 5 de junio, todo el mundo está esperando saber si el maestro de Galapagar repetirá la hazaña, pero para que surja su magia también es necesario que su coprotagonista, en este caso los ocho toros que ha enviado Lorenzo Fraile a Madrid, den la talla.

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12:52 jun 06, 2008 | Dionisio San Miguel | General

Con José Tomas, no

6 toros 6, dicen los carteles. Seis años después, la sexta salida a hombros de José Tomás por la puerta grande de Madrid. Sobran y faltan palabras al mismo tiempo. Una vez más, el de Galapagar es la excepción que rompe la regla, la que acaba de un plumazo, mejor de una estocada al encuentro, con el tópico. Corrida de expectación, corrida de decepción, reza un refrán muy de la Monumental. Con José Tomás, no.

El guión estaba escrito y el viento soplaba a favor del reaparecido. La plaza a reventar, ni un centímetro de cemento a la vista. Se habían llegado a vender entradas delanteras a precios indecentes, cercanos al medio kilo, y con la que está cayendo. Si se entera Solbes... Corrida, también, de gomina, clavel y glamour. Con reyes, actores, ex entrenadores italianos del Madrid... entre los 25.000 privilegiados que lo vieron in situ. En fin, como siempre en estos casos.

Entonces apareció José Tomás, y el runrún del faena de triunfo inundó la plaza. Los pañuelos blancos en bolsillos y bolsos, deseando ondear. El respetable quiso ver en esa primera faena las de otras veces, y no descontó enganchones, leves dudas y hasta una menosquemedia estocada y pidió con fuerza los dos trofeos. El segundo aseguraba la Puerta Grande y los fieles y no tan fieles al maestro forzaron la situación, con el beneplácito del palco, últimamente menos severo que antaño, para que el ídolo de Madrid saliera a hombros.

Pero el protagonista de la tarde no había descontado ni un punto en su calificación del primer examen y se puso, esta vez sí, en José Tomás con su segundo. Entonces sí. Naturales hondos, profundísimos, eternos; estatuarios con regusto añejo, hierática la figura, serio el rostro y atornilladas las zapatillas en la arena venteña. Y para enmendar el leve borrón con los aceros, esta vez firmó la suerte suprema del modo más difícil, al encuentro, ayudado por otro noble toro de Victoriano del Río, que también puso su granito de arena para el apoteósico triunfo.

Mala tarde para los que esperaban un fiasco del ‘fenómeno’ y altísimo, casi inalcanzable el listón para los compañeros de escalafón de este torero, que ha puesto patasarriba otra vez la fiesta. Justo en el momento que más lo necesita. Mal día también para sus compañeros de terna, Javier Conde y el confirmante Daniel Peña, como decía el guión, convidados de piedra y teloneros del galapagueño. La sombra de José Tomás es alargada y eclipsa al resto. Anunciarse ahora mismo con él es para valientes que no tienen mucho que perder. Como decíamos ayer, el guión de José Tomás se sigue, o se acaba la película. La próxima, el día 15.

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Dionisio San Miguel

Dionisio San Miguel

Dionisio San Miguel Quevedo. 37 años. Aficionado desde la adolescencia a este espectáculo, mezcla de plasticidad y emoción, formé un día parte del equipo que realizaba el suplemento de toros del extinto Diario 16, con Barquerito al frente. Hoy, profesionalmente alejado de la información taurina, defiendo la fiesta y al toro sin reservas, pero entiendo que provoque rechazo por desconocimiento o sensibilidades.

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