Delphine de Vigan se vuelca y construye una novela que va creciendo página a página y que es imposible dejar, una novela que te va llevando de la mano hasta que te das cuenta de que tienes que respirar al terminar cada párrafo, cada capítulo, mientras la autora termina de reconstruir la vida de su madre, con precisión de orfebre, con la mano de un cirujano, con ternura pero sin piedad, con un amor tan dolorido que parece surgir mientras nos lo descubre, a la vez, mientras realiza el ejercicio de sacar todo los detalles, toda la miseria que tiene la vida de Lucile.
'Nada se opone a la noche', de Delphine de Vigan | Foto: AgenciasLa novela arranca con el descubrimiento del cuerpo muerto de la madre en una escena impactante, atroz, que dispara en la autora un deseo de comprensión, un recuerdo que todo lo mezcla, que todo lo entiende, un deseo de explicación, una búsqueda que le llevará a hurgar en los recuerdos de toda la familia, a hablar con los hermanos, a escarbar en fotografías, cartas y recuerdos, a ponerlo todo en duda, a aprenderlo de nuevo, para encontrar, al fin, a su madre, Lucile. ¡Qué personaje, Lucile! ¡Qué persona! ¡Qué desaliento! ¡Qué profundidad!
Y para ello comienza prácticamente desde que Lucile nace, y va creciendo en una familia numerosa tan peculiar, donde destaca el padre, Georges, de terrible y confuso recuerdo, y la encantadora, extraña, Liane, y sus hermanos atormentados, y el recuerdo de la muerte, que va sacudiendo uno a uno a los varones, que va cincelando la familia, las relaciones, los afectos, los miedos, las huidas.
Esta fase a veces cansa, cuando recuerda esas melancólicas novelas de recuerdos personales, pero Delphine de Vigan va mezclando su búsqueda con los recuerdos, y sus dudas con los descubrimientos, siempre con esa escena inicial en la cabeza. Y te deja salir.
Cuenta cuando Lucile se va de casa y se casa, por primera vez. Cuando se queda embarazada y viene al mundo la autora. A partir de entonces parece como si Lucile no encontrara jamás su lugar en el mundo, como si todo fuera una caída, una lucha por la lucidez, por la supervivencia, una sucesión de personas que la van llevando hasta el abismo.
Son terribles las secuencias en las que Lucile entra en procesos psíquicos de autodestrucción, cuando machaca a sus hijas, cuando se pierde en el alcoholismo, cuando se hunde, y sin embargo hay siempre una esperanza, un mañana, una forma de rescatarse, de volver, y una lucha por parte de sus hijas por ayudarla, y una dureza, una forma de vivir angustiosa que va llenándote como lector.
Los últimos capítulos están escritos con párrafos cortos, como micro capítulos por los que cuesta avanzar, mientras la buena Lucile se convierte en una abuela peculiar, mientras la autora consigue disfrutar de su presencia.
Las últimas páginas son tan emocionantes que duelen. Y lo que empezó siendo una descripción de un tiempo pasado, una evocación, terminan siendo una búsqueda muy profunda que termina en una admiración, en una asunción, en la nada en realidad, porque aun conociéndolo todo, aun sabiéndolo todo, queda tanto oculto, queda tanto por entender, que hay que dejar de buscar para amar, nada más.