Todo lo que sé de la historia que cuenta en esta novela es prácticamente fruto de la intuición, de la construcción que la mejicana Valeria Luiselli te obliga a hacer para tejer el argumento, donde se mezclan muchos planos: por una lado, hay uno real, el de la mujer que está escribiendo una novela: cada noche deja sobre la mesa lo que ha escrito, y su marido lo lee. Ahí hay indicaciones breves, como pautas de escritura, sobre lo que pretende construir: “Todo lo que escribo es de corto aliento… Generar una estructura llena de huecos para que siempre sea posible llegar a la página, habitarla… Una novela compacta, porosa. Como el corazón de un bebé.
Por otro lado el trabajo, la editorial, las traducciones, y están los hijos, que habitan, como el marido, como ella, la novela y la realidad: el mediano, que sospecha un fantasma a su alrededor, con sus sueños, y la pequeña, el bebé. Y la cotidianidad de sus vidas, y lo que hacen sentir a su madre, y lo que sienten, cuando están con el padre y cuando se van quedando solos con ella, solos hasta un final angustioso, real.
Y luego está el poeta Owen, al que se encuentra en el Metro. Ve su cara y sabe que es un fantasma. Tal vez el mismo fantasma que ve su hijo en la casa. Porque Owen vivió en los años veinte, y era amigo de Lorca (del que se pinta un retrato muy poco favorecedor). No podría verle, pues, pero le ve.
Y todas las historias, algunas magníficas, que pueblan los párrafos, los breves apuntes que constituyen la novela. Y cuando parece que todo está en un plano, todo empieza a girar, y es ella la que aparece, como un fantasma, en los viajes de Owen, y son los niños los que pueblan de gritos la casa del poeta, como fantasmas que vienen del futuro, y pierdes un poco la perspectiva de lo que es real y de lo que está escribiendo ella, de lo que vive Owen, de su sufrimiento y su separación, su lejanía, y lo que tampoco es real, o supone, o piensa, o sueña, el mismo Owen.
Es verdad que la novela crece primero, llena de brillantez y de ternura y que poco a poco va perdiendo esos rasgos y se va convirtiendo en otra cosa. Es verdad que cada párrafo, separado por asteriscos, es como la pieza de un puzzle que te hace contemplar el conjunto más claramente, y que si la colocas mal puedes ver cosas que no hay, pero creo que eso forma parte de la emoción de esta lectura: la construcción que como lector tienes que hacer: la imagen tan distinta que puedes sacar ordenando cada pieza: la sensación que obtienes de cada sugerencia.
"Dejar una vida. Dinamitar todo. No, todo no: dinamitar el metro cuadrado que uno ocupa entre la gente. Más bien: dejar sillas vacías en las mesas que se compartían con las amistades, no a modo de metáfora, sino de verdad, dejar una silla, volverse un hueco para los amigos, permitir que el círculo de silencio en torno a uno se ensanche y se llene de especulaciones. Lo que pocos entienden es que uno deja una vida para empezar otra".
Tal vez sea eso. En todo caso a mí me ha aportado algo: frescura: diversión: juego con la estructura y con la palabra: literatura.
Los ingrávidos, de Valeria Luiselli