Heridas en la sombra
(Lilián Aguirre, Ed. Adeire)
Las otras víctimas de ETA. Justo cuando os decía, en el último post, que seguramente para nosotros la realidad colombiana era incomprensible, cae en mis manos esta novela que habla del problema del terrorismo de ETA desde una perspectiva enriquecedora y durísima: la de las mujeres de los policías y guardias civiles que luchan contra el terrorismo en el País Vasco. Y entonces me acuerdo de cuando en este país enterrábamos cada día a una persona, de los “años de plomo” y pienso que si alguien de fuera se leyera este libro igual tampoco le entraría en la cabeza como se pudo vivir aquí en los años ochenta, con tanta violencia, con tanta corrupción y con tanta saña.
Esta es la historia de un guardia civil que sirve en la lucha contra ETA contada por su mujer. Así de simple. Así de duro. Y es que el terrorismo, visto por los ojos de una mujer que espera, que sufre, que teme el sonido del teléfono, que tiembla al escuchar las noticias, que espera, que ama, estremece más, si cabe.
La novela nos familiariza con la vida cotidiana de los terroristas, y con toda la fauna que los rodea: con los que los acogen, los transportan, los alimentan, los apoyan, e incluso con los que follan con ellos (iba a decir hacen el amor pero no me salía). Vemos la impunidad con la que se mueven, la servidumbre del terror, pero además, nos cuenta una pequeña historia de las acciones contra terroristas más importantes de la época, la forma de actuar, las operaciones secretas. En ese sentido la novela es apasionante. Hay anécdotas (si es que se pueden llamar así) estupendas, como cuando se encuentran dos coches con la misma matrícula por la misma calle, uno con varios terroristas y otro con un ciudadano normal, ajeno al peligro que corre, o la escena en la que unos mastines se lanzan a por los Guardias Civiles que vigilan una casa; pero también hay escenas de acción (si es que pueden llamarse así), escenas de seguimientos, de actuaciones, de detenciones, contadas con un pulso muy firme.
Hay escenas durísimas: las de los atentados, evidentemente: el reconocimiento de las víctimas como amigos, de los amigos como víctimas: la pérdida de compañeros: la forma que tienen de cerrarse para que no les afecte (o para que no se note). Hay momentos muy agobiantes que demuestran la dureza de la lucha, la soledad, la tensión, las esperas eternas, los seguimientos, la dificultad de entender el momento político, y eso que la autora pasa por encima de este asunto, repartiendo a quien lo merece pero sin ensañarse.
Pero creo que lo más importante de esta novela es que nos muestra cómo viven estos dos seres humanos: estas dos personas. Las escenas de amor entre los protagonistas son magníficas, tiernas y emocionantes; las conversaciones por teléfono, la preocupación, la vida cotidiana. El miedo, y también la felicidad compartida. La unión y el dolor.
La novela no va a pasar a la historia de la literatura, pero es tan valiente, tan directa, tan humana, que merece la pena leerse. Está bien contada, y tiene algo que se nota desde la primera línea: esta contada con el corazón.
Yo siempre he manejado la teoría de que éstos círculos tan cerrados, como el entorno de ETA, que solo leen su propia prensa, que solo escuchan su propia radio y a sus propios predicadores, que solo se relacionan con los que piensan como ellos, creen que tienen razón porque no conocen otra cosa. Por eso es tan bueno hacer zapping, escuchar cada día una emisora, leerse todos los periódicos y abrir novelas como las de Lilián Aguirre. Además de viajar y leer, en general.
El olvido que seremos (Héctor Abad Faciolince, Ed: Seix Barral
“Ya somos el olvido que seremos” escribió Borges, y el autor de este extraordinario libro de memorias, lo ha escrito precisamente para no olvidar a su padre, Héctor Abad Gómez, luchador por la libertad en Medellín, Colombia, asesinado a tiros en plena calle, a plena luz del sol, con la mayor impunidad. Estamos acostumbrados a escucharlo cada día, a convivir con la violencia, y sin embargo, ese libro asombra porque, desde nuestra perspectiva, parece fantasía, parece que no puede existir un mundo en el que se conviva con tanta saña, con tanta corrupción, con tanta desidia, con tantos asesinatos diarios, pero sin embargo ahí está, es nuestro mundo. Basta con no apartar la mirada.
“Es posible que todo esto no sirva de nada; ninguna palabra podrá resucitarlo… pero de todas formas yo necesito contarla. Sus asesinos siguen libres… Solamente mis dedos, hundiendo una tecla tras otra, pueden decir la verdad… para que se sepa. Para alargar su recuerdo un poco más, antes de que llegue el olvido definitivo.”
Copiaría páginas y páginas del libro (que tengo subrayado entero) para animaros a su lectura. Toda la primera parte es un emocionado recuerdo de quien debió ser un hombre admirable, primero en lo personal, en lo familiar, y según va avanzando el libro, en lo social, en lo público, en el servicio a los demás. “Yo quería a mi papá con un amor que nunca volví a sentir hasta que nacieron mis hijos… Yo amaba a mi papá con un amor animal.” Hay unas reflexiones maravillosas y muy valientes sobre la paternidad, sobre el orgullo con que hemos mirado a nuestro padre, sobre las caricias, sobre el amor, sobre las cosas que al final de la vida se recuerdan: es magnífica la historia en la que el autor recuerda que su padre siempre le abrazaba y le besaba al llegar a casa y luego soltaba una enorme carcajada (amor y felicidad); con el tiempo temió que sus amigos pensaran que era mariquita por eso, pero sus amigos, en la madurez, le confesaron que siempre habían envidiado ese saludo. Hay recuerdos dolorosos, tiernos, emocionantes, felices, y sin embargo, no hay ni una gota de sensiblería, nada que sobre en las páginas de la novela.
Pero este libro está escrito desde una perspectiva emocionante, porque cada una de sus palabras está llena de ternura, de amor, y está contado con una paz de espíritu que se transmite, que, de alguna forma, te cambia la forma de ver la vida. De hecho, este libro es un canto a la vida.
En la segunda parte el autor nos cuenta cómo va creciendo el compromiso y el servicio público de su padre hasta alcanzar cargos de responsabilidad en organizaciones de defensa de los derechos humanos, mientras que es atacado, vilipendiado por las mafias y por las autoridades, señalado por los paramilitares y asesinado al fin, en la mayor impunidad. La escena en la que el autor intuye que su padre ha sido tiroteado y corre por la calle hasta encontrarle es estremecedora.
Hay una realidad que se nos escapa a los europeos y hay que tener cierto conocimiento de la realidad colombiana para leerlo. Por sus páginas desfilan políticos en activo (como el actual presidente, Uribe) y se citan protagonistas de la historia más reciente. Da igual, aunque no supiéramos nada, aunque pensáramos incluso que nos habla de un mundo ficticio, de todas las formas, se nos encogería el corazón y nos sentiríamos, al terminar de leerlo, un poco más libres, un poco más personas.

El esnobismo de las golondrinas
(Mauricio Wiesenthal, Ed. Edhasa)
Bastarían las veintiséis páginas del prólogo de este magnífico libro para justificar mi recomendación, pero, afortunadamente, tras ellas, hay otras mil ciento y pico de disfrute, de emoción, de descubrimiento, de viajes. Y es que creo que yo nunca he leído a nadie tan culto como Mauricio Wiesenthal; tal vez a Jorge Semprún (¡tenemos que hablar de Semprún!).
Ya me asombró EL LIBRO DE REQUIEMS, editado también por Edhasa en 2004, donde reúne a “grandes y pequeños personajes” que forman parte de su vida. Unas memorias, en definitiva, pero a través de Casanova (¡qué descubrimiento, Casanova, en las páginas de este libro, lejos de los tópicos!), de Coco Chanel, de Alfonsina Storni, de Camus, de Baroja. Es un placer de la primera a la última hoja. Un libro que puede leerse alternando los capítulos, viajando también nosotros por sus páginas. Como dice el autor: “Un libro sólo existe verdaderamente cuando ha sido bien leído.”
Éste, en cambio es una novela, con continuidad y trama, pero impregnada del mismo estilo y con una estructura de libro de viajes. Es una novela de descubrimiento, iniciatica, y a la vez desde la perspectiva de un hombre que lo ha visto todo, que lo ha entendido todo, que probablemente está de vuelta, y sin embargo conserva la pasión y una dignidad sorprendente, además de una cultura envidiable.
“A los jóvenes les enseñan hoy que lo importante es hacerse un nombre en el mundo, conquistar un puesto en la sociedad, entrar por la puerta grande en el teatro de la vida. Pero pienso que lo difícil no es entrar, sino salir a tiempo. Y a marcharse dignamente se aprende viajando.”
Es un viaje hacia dentro, espiritual, pero por el territorio de nuestra cultura, y digo nuestra porque, igual que en el caso de Semprún, la vieja Europa aparece como cuna, que lo es, y como destino, que lo será, de nuestra cultura más profunda. Venecia, París, Dublín, Brujas, Sevilla, Viena…
“He querido convertir a los viajes en protagonistas, porque creo que algunos lugares tienen un alma y que todos los caminos, cuando se andan con libertad y con valentía, son vías de iniciación.”
Un libro que recorre los lugares fijándose más en los cafés que en las catedrales, los mercados, las tertulias, las fuentes, los artesanos, que invita a girarse, en los jardines Boboli, en Florencia, para descubrir, al fondo, una casita modesta donde Dostoievsky escribió EL IDIOTA, plagado de anécdotas, de reflexiones sorprendentes, de lucidez, de misterio. “El buen viajero”, dice, “no busca la verdad sino la belleza”.
Animaos. Es el único libro que tendréis que echar en la maleta. Dará para el verano, y más. Yo suelo hacer eso en verano, leerme libros de mil páginas que no pude atacar en plena temporada: tengo que hablar de un libro o dos cada semana, en la radio, o donde me dejen, y el tiempo no da para tanto.
A lo mejor os sorprendéis mirando de otra forma las cosas cotidianas, o descubriendo secretos donde creíais que solo estaba el paisaje. Este libro os llevará de la mano por un territorio que, automáticamente querréis conocer. Es una forma de viajar. Para mí la mejor.
Yo, de mayor, quiero ser Mauricio Wiesenthal.
Contra la desnudez
“El desnudo integral de un cuerpo bello, ¿es siempre excitante y atractivo?” Con esta interesante pregunta comienza este ensayo divertido, interesante, brillante e instructivo, que es capaz de pasar en dos frases, de la filosofía a la anécdota y a la erudición.
El autor arranca, desde una delirante anécdota en la que una señora se agacha delante de él, desnuda, en una playa, en una postura grotesca, para recoger la toalla, y cuando alcanza la curvatura máxima descubre, entre las piernas, el hilito de un tampón, lo que le hace preguntarse al autor si aquello es absolutamente necesario, estético, posible, y le lleva a hacerse la pregunta fundamental del libro: “¿Existen posturas estéticas y otras inevitablemente feas?” Y la respuesta es, evidentemente, que sí. “Un cuerpo desnudado es raramente bello, pero se transforma en grotesco cuando lo vemos haciendo actividades cotidianas y en un contexto civilizado… con el plato en la mano haciendo cola ante el bufet de la colonia nudista.”
Desde ese momento Oscar Tusquets trata de contarnos cuáles son las posturas que ha reflejado el arte, en todas sus facetas y cómo ha representado el arte el cuerpo humano desnudo, para concluir que somos nosotros los que debemos copiar al arte y no al revés y que no es aceptable que adoptemos posturas que no hayan sido previamente representadas por el artista.
Lo que le ha salido es un libro de arte, magníficamente editado, en un papel grueso, con unas fotografías excelentes a las que hace referencia siempre el texto, ameno y muy divertido. Yo, hace tiempo que no me lo pasaba tan bien recibiendo una clase de arte, de estética, de ética.
Y para eso el autor utiliza todo lo que se ha considerado arte desde el Mundo Clásico hasta la fotografía o el cine más actual. En el primer capítulo trata de definir lo que entendemos exactamente como belleza, y nos habla de simetría, sobre todo, y luego se lanza a estudiar esas posturas que deben ser nuestro referente. Casi cien páginas para concluir que “tras cuatro milenios, los artistas de Occidente han sabido inventar un par de poses de pie, un par, arrodilladas, dos o tres, acostadas, y una, sentada. No parece prudente que los humanos, por ahora, nos exhibamos desnudos en otras posturas, pues, hasta que un artista creativo demuestre lo contrario, quedamos bastante feos”.
A continuación analiza la representación de determinadas zonas del cuerpo: empieza con la cara para pasar luego al culo y al pecho, en la mujer, para en el siguiente capítulo referirse a “Algunos fragmentos corporales e interpretación problemática”, como el vello, primero, y luego el pene o la vagina. Pero que no se asuste nadie, seguimos inmersos en una maravillosa clase de arte, con una forma de contarlo, de relacionarlo, de mostrarlo, y de reflexionar, realmente brillantes. Aunque alguien podría haberse asustado, por supuesto, como se ha asustado durante siglos, el mundo, ante un desnudo, de una forma más o menos explícita.
Creo que este libro hace una magnífica reflexión de cara al verano, momento en el que mostramos (unos más que otros) nuestro cuerpo a los demás, en sitios públicos, pero creo que sobre todo es una magnífica lectura que os mantendrá despiertos, atentos, y que os mostrará aspectos del arte desde puntos de vista insospechados.
Un libro para no desnudarse, o sí...
Chesil Beach
(Ian McEwan, Ed. Anagrama)
“Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda…”
Así empieza la última novela de uno de mis autores favoritos, el inglés Ian McEwan, autor, entre otras, de la espléndida EXPIACIÓN, adaptada al cine con éxito este año, y de SÁBADO, una extraordinaria reflexión sobre el terrorismo y sobre nuestra actitud frente a otras culturas y frente a la violencia.
Ésta que os propongo es una novela muy corta, de 184 páginas, que nos cuenta la historia de Edward y Florence, dos jóvenes que viven en la Inglaterra de 1962, antes de la aparición de The Beatles, antes de la época de la libertad sexual, en una época de represión “en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible” que se enamoran y se casan casi como la única posibilidad que la sociedad y la educación recibidas les ofrece para acostarse juntos.
Desde las primeras líneas vemos que son inocentes, que no saben nada de sexo, que apenas se han imaginado cómo serán los cuerpos respectivos, que están llenos de prejuicios y de aprensiones y que se encaminan hacia una fracaso seguro.
“Pero lo que la angustiaba era inexpresable, y apenas era capaz de formulárselo ella misma. Mientras que él sufría los nervios convencionales de la primera noche, ella experimentaba un temor visceral, una repulsión invencible y tan tangible como un mareo.”
Como en una tragedia, capítulo a capítulo, el autor nos explica de donde vienen, cómo es posible que lleguen a donde están, qué armas tienen para superarlo y parece que el destino está marcado. La inseguridad de él y la repulsión de ella. La inexperiencia y la educación de ambos.
Como un cirujano, preciso, limpio, frío, McEwan va diseccionando esa sociedad y a los personajes. Cada palabra cuenta, cada gesto, cada forma de decirla, cada pensamiento. La estructura de la novela, la forma de contar las cosas, todo es un prodigio de precisión, un alarde de manejo del lenguaje.
El capítulo en el que ambos se encuentran cara a cara y sucede lo esperado es extraordinario. Treinta páginas espléndidas, angustiosas, reales, en las que McEwan describe las sensaciones de forma precisa, los gestos, los avances, los cuerpos que se desnudan, el tacto, el placer, el descubrimiento de cuerpo ajeno. Algo que desde nuestra perspectiva puede parecer lejano e irreal pero que ha sido lo más cotidiano y lo más normal en las generaciones pasadas.
El fracaso es estrepitoso, el dolor, la vergüenza. Tanto que en la primera noche, todo se viene abajo. Florence huye de la habitación hacia Chesil Beach, mientras Edgard la persigue. Todo se acaba, en otro capítulo rotundo y duro se deshacen los malentedidos, se descubren los errores y las culpa, y la misma educación que les hace llegar hasta allí,les impide salir impunes. Los mismos prejuicios les hacen huir, entre malentendidos, supuestos e inmadurez.
Y luego, cuando apenas quedan diez páginas para que termine la novela Ian McEan acelera y nos cuenta el resto de las vidas de ambos, la evolución de esa sociedad y reflexiona de forma genial sobre lo que pasó, sobre las razones. Diez páginas gloriosas.
¿Qué decisiones hemos tomado por inmadurez o por desconocimiento que nos han marcado para siempre? ¿Qué caminos hemos tomado y por qué? ¿Nos hemos equivocado? ¿Qué nos impulsó a ello? Nunca lo sabremos. De eso trata al final esta novela. Es un ejercicio magnífico. Es una experiencia. Yo recomiendo que os la leáis del tirón, en una tarde, o en un día, entre baño y baño, para no perderse ningún matiz, para entender perfectamente a los personajes.
La única pena es que haya que esperar ahora a la nueva novela de McEwan y que está sólo dure un día.
Sexo en la cabeza
(Luis Fernando Verissimo, Ed. Ézaro)
¡Qué bien sienta una carcajada! Y en verano más, y en tiempos de crisis (o desaceleración) ni os cuento.
Luis Fernando Verissimo es prácticamente desconocido en España, pero en Brasil es uno de los escritores contemporáneos más importantes. Ha publicado más de 50 obras, ha sido traducido en 17 países y publica dos columnas semanales en O Globo, el periódico de mayor tirada en Brasil. Leerle ha sido toda una experiencia: relajante, divertida, tierna, incluso profunda. Hay lugares a los que solo puede llegar el humor. Hay lugares de los que solo nos salva el humor.
El libro me llegó a través de su traductor, José María Villalvilla que ha hecho una traducción muy buena, en un género tan complicado como la comedia, en la que nada se pierde, ni siquiera ese tono zumbón que hace que te imagines al autor, contándote los cuentos ante un café. Lo mejor es cuando desaparece el traductor, cuando no se nota.
Son 49 relatos en 136 páginas. Algunos de ellos parecen micro relatos, breves apuntes, una carcajada y basta. Algunos parecen chistes bien contados, algunos son reflexiones sorprendentes con finales delirantes, o situaciones y equívocos brillantes. Y todas con el nexo común de las mujeres, como objeto de deseo, de sorpresa, de admiración, de reflexión. Con el Sexo en la cabeza.
Fantásticos: el que da título al libro, que nos cuenta la evolución de una célula hasta nuestros días, en dos páginas, con el sexo como único argumento evolutivo (¿no es acaso verdad?); Códigos, en el que las madres van transmitiendo su sabiduría a sus hijas antes de casarse, o no; Eva, en el que nos cuenta la “verdadera” creación del hombre y de la mujer; el de la pareja pactando cláusulas por si se quedan encerrados en un ascensor; la historia de Alentar Alípio, el sexólogo que no existe, que se inspiró en otro sexólogo que no existe (la más larga del libro), y que seguramente perderá la vida por la única broma que se permitió; Boca abierta, en el que un niño reflexiona sobre los besos de cine y la imposibilidad de que sean reales, dulcísimo; Emoción, en el que unos niños sienten de forma especial la posibilidad de estar con la más guapa y experimentada de la pandilla; la historia de un hombre que se encuentra solo, en una isla desierta, con la mujer de sus sueños (una famosa modelo) después de contestar la famosa pregunta de “qué tres cosas te llevarías a una isla desierta”; la historia de Matinhos, un hombre que crea una historia muy elaborada por si su mujer le pilla con la vecina, su amante doña Zeneida; o la última, mezcla de relato de detectives y fábula moral: una delicia tras otra que no os quiero destripar.
Pero hay tres que son espectaculares: Eso, en el que un tipo habla de la muerte y otro habla del sexo, pero ambos se refieren a “eso”, creando una confusión divertidísima (uno dice que cuando todo se termina es el paraíso, y el otro dice que eso es lo que le asusta porque no sabe si creérselo); la historia de los dos viejos que han utilizado siempre a Vinícius de Moraes para seducir a las mujeres y al fin descubren que las nuevas generaciones no conocen al poeta así que se apropian de sus versos, con éxito redoblado; y Farsa, en el que una mujer es sorprendida por su marido con su amante y éste, de la forma más típica se esconde en el armario y a partir de ahí, cada vez que el marido se acerca al armario le plantea una pregunta esencial: la resolución es magistral. Tendréis que leerlo.
Permitíos una lectura relajada, contárselos luego a los amigos en las reuniones, leedlos con vuestra compañera, en la cama (¿no es la risa la mejor forma de seducir?). Poned, mientras lo leéis, música de Vinicius, y divertíos.

Tsugumi
(Banana Yoshimoto, Ed. Tusquets)
Hay que leer a los japoneses. Siempre he tenido problemas con
ellos. Y con los alemanes. Con estos últimos porque tengo la sensación de que
no estoy leyendo sino al traductor y que no queda nada de la forma de expresión
alemana, ni de su lengua. Y con los japoneses, porque empecé con Yukio Mishima
y me di cuenta, por primera vez, que estaba leyendo a alguien tan alejado de mi cultura que necesitaría más bagaje para
entenderlo. Por cierto, Siruela acaba de reeditar La Perla y otros cuentos, de Mishima ,
magnífica recopilación de relatos (traducidos del inglés, eso sí) y donde
podréis encontrar algunas de las obsesiones del autor: la muerte, la propia
cultura japonesa, la ceremonia del hara-kiri, y algunas otras cosas que a veces
te dejan con la boca abierta. Seguí con el Nobel de literatura de 1994
Kenzaburo Oé, y la verdad es que juré no retomar ciertos caminos.
Pero últimamente he tropezado con varios autores japoneses que me están haciendo dar la vuelta a los viejos fracasos. El primero, el que dicen que va a ser próximo Premio Nobel, Haruki Murakami, cuyo Tokio Blues (horrible traducción del título original, “Norwegian Wood”, título de una canción de The Beatles con la que arranca la novela y que provoca además, al modo proustiano, la primera sensación y la primera evocación), es un libro magnifico. Reconozco que me lo empecé dos veces y fracasé en ambas, pero gracias a la insistencia de mi amigo Carel Peralta, volví a por él y a la tercera no sólo me enganchó sino que me fue hipnotizando hasta terminarlo de forma compulsiva una noche después, en soledad.
Tusquets ha publicado, en febrero de este año, una recopilación
de los cuentos de Murakami bajo el título de Sauce ciego, mujer dormida, traducidos
directamente del japonés, que reúne cuentos escritos desde 1979. Hay un poco de
todo, pero los libros de relatos permiten leerse a la vez que otros e ir
avanzando, a veces sin orden, por sus páginas, así que es una buena compañía
para la mesilla o el baño, para leer algún cuento de vez en cuando. Murakami dice en el prólogo que para él “escribir novelas es un reto, escribir
cuentos es un placer”. Y eso se nota
a lo largo de sus casi 400 páginas.
Ante tan inesperado éxito me atreví con un libro que contenía tres relatos, firmados por Banana Yoshimoto, en Tusquets, Sueño profundo, y me volví a enganchar. Hay una tradición japonesa que tiene que ver con los sueños, con vigilarlos, y el relato que da título al libro trata precisamente de una mujer que se alquila para dormir con los clientes, velar sus sueños, hasta el punto de robar las pesadillas, de asimilar los sueños ajenos, en una especia de prostitución onírica. Un relato de una belleza y de una pureza extrañas que deja una sensación de limpieza magnífica. Buena literatura.
Por eso me lancé a leer la novela que hoy os propongo. Nos cuenta la historia, a ratos intrascendente, de dos amigas, alrededor de un verano que pasan juntas. Y es que, como he dicho antes, la literatura japonesa tiene algo de hipnótica porque empieza a contarte la historia de dos amigas, casi adolescentes, sus enfados, sus miedos, sus aventuras, y lo que parece no ser sino algo cotidiano, algo que no tiene por qué interesarnos, va envolviéndote de forma que consigue captar tu atención y meterte en ese mundo lejano pero se que convierte en algo muy atractivo.
Hay un personaje, que es el que da título a la novela, muy
bien construido, que juguetea con la muerte, enfermiza, extraña, que tiene un
sentido del humor y un espíritu vital extraordinarios. Es curioso, porque la
primera frase nos dice: “Tsugumi era una
muchacha desagradable, de eso no cabe duda.” Pero ese personaje construido
casi para caernos mal va tomando forma, con una forma especial de agarrarse a
la vida, de decidir sobre lo que le sucede, que va ganándose nuestro respeto. Está
contado desde un punto de vista que no toma partido, que nos ofrece la
descripción como en un cuadro, como en un fotograma, donde todo está a la vista
y sin embargo todo está oculto, porque la imagen siguiente puede cambiarlo
todo, porque está lleno de matices, de gestos que a veces hay que interpretar o
adivinar.
El descubrimiento de la madurez y del lugar donde queremos estar y vivir. De eso nos habla esta novela. De las cosas que nos marcan, de las pequeñas cosas que nos condicionan. De las decisiones y de los caminos. De los encuentros casuales. Del destino y de la capacidad que tenemos para construirlo. De cosas universales, al fin.
Hay que leer a los japoneses.

Antonio Martínez Asensio
Antonio Martínez Asensio nació en Madrid en 1964. Estudió Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid y empezó muy pronto a trabajar en el mundo de la televisión: en TVE, en Tele 5 y en Canal+, así como en varias productoras independientes. Ha desarrollado una labor de crítico literario en la radio como colaborador en varios programas. Ha escrito guiones para series de televisión y para el cine. Es subdirector del programa dirigido por Isabel Gemio en Onda Cero, "Te doy mi palabra", donde también presenta la sección literaria de los domingos. Ha publicado un ensayo en clave de humor titulado ¡Mi mujer está embarazada! (Grand Guignol Ediciones), que va a ser traducido al italiano y que quiere ser una guía del embarazo para los padres (y no para las madres). Va a publicar próximamente su primera novela, En soledad.
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