Murakami tiene una forma de escribir en la que todo es tranquilo, todo parece transcurrir sin que nadie parezca poder hacer nada, casi con indiferencia, pero va envolviéndonos en las historias que nos cuenta, dándole intensidad, profundidad. En esta novela combina una realidad cotidiana con la extrañeza de otras dimensiones, donde los muertos, los diferentes planos, el mundo de los sueños, los universos alternativos conviven con la actividad diaria, casi con normalidad.
Y mientras la vida transcurre, mientras nos muestra la intimidad más absoluta de sus personajes, el protagonista baila, en el sentido en el que pasa de puntillas sobre las cosas, baila intentando que no le hagan daño, baila intentando negociarlas, seguir viviendo, baila, baila, baila. El cabo del ovillo está en el Dolphin Hotel, donde el narrador estuvo alojado con Kiki, una prostituta que desapareció de su vida. La trama arranca cuando el narrador vuelve al Dolphin Hotel, en Sapporo, y se lo encuentra convertido en un moderno edificio. Pero parece que el antiguo y extraño Hotel Delfín, gobernado por el hombre carnero, sobrevive de alguna forma dentro del nuevo hotel, y de hecho, a veces, una oscuridad extraña lo envuelve todo, y puedes caminar por habitaciones y hablar con gente que viene de otros tiempos, de otra realidad.
Portada de la novela de Murakami | Foto: antena3.comAllí conoce a una niña de trece años, Yuki, que se queda sola en el hotel, ya que su madre, una famosa fotógrafa, se ha ido dejándola abandonada. Una de las recepcionistas, Yumiyoshi, de la que el narrador se enamora, le propone que acompañe a la niña de vuelta a Tokio para que no vuele sola y así inicia una extraña y maravillosa relación con Yuki, basada en conversaciones en las que los sobreentendidos y los silencios cuentan a veces más que las palabras, los paseos en coche escuchando música y la comprensión mutua. Así, conoceremos también a la madre de Yuki, Ame, y a su novio, Dick North, en un viaje a Hawai, y al padre de Yuki, un excéntrico escritor de éxito.
También conoceremos a Gotanda, un amigo de la infancia que se ha convertido en un actor de éxito, pero que vive una vida impostada que no le aporta nada y es profundamente infeliz. Un día, viendo una película, descubre que junto a Gotanda actúa Kiki, la prostituta a la que estaba buscando y así logra saber algo más de ella. Gotanda le cuenta cómo la contrató, y de hecho, una noche llaman a dos prostitutas de la misma agencia. El narrador se acuesta con una de ellas, Mei, y establece con ella una relación fantástica, llena de ternura y de complicidad. Pero un día Mei aparece asesinada y el narrador es interrogado por una extraña pareja de policías.
Las historias se cuentan como si fueran cotidianas, como si fueran normales, pero hay una radiografía extraordinaria de los personajes, y las conversaciones entre ellos, y los sentimientos, son muy intensos, muy profundos, conmovedores, impresionantes. En esta novela está muy presente la muerte, y la soledad, y está llena de visiones y percepciones de esa otra realidad tan de Murakami.
Siempre termino sus novelas con el corazón encogido, como si me hubieran dejado mirar por un agujero y hubiera podido ver las miserias de cada uno, las soledades, la muerte cara a cara, la vida tal y como es, aunque la historia que me haya contado no tuviera nada que ver conmigo y se desarrolle en Hawai o en Japón, y uno lee, lee, lee, mientras avanzan las páginas.