“Año de nieves, año de bienes “, proclama un clásico del refranero aludiendo a magras cosechas y ricos cauces de agua, cuando este país era rural y Madrid un pueblo grande. Allá por 1900. Por entonces esquiar en la España serrana consistía en ingeniárselas para abrirse paso entre la nieve, en adaptarse a los elementos. Probablemente el primer maestro nacional del “slalom” fue un cartero. Paisanos con esquíes artesanos “made in tablones” y bastones a base de palo y cuerda. Esquiadores de boina y pana, pioneros por necesidad de lo que luego fue un deporte burgués y hoy una diversión para más de dos millones de españoles.
La Estación de La Molina en 1929 | Foto: AgenciasEn Japón, hace cuarenta años un madrileño de Cercedilla, Paquito Fernández Ochoa, hizo algo muy extraño. Consiguió la primera medalla de oro individual del deporte español en unos Juegos Olímpicos. Esto, en sí mismo, ya era tremendo, porque en 1972 este país todavía no se había puesto el chándal, y sacar un campeón de algo era como extraer petróleo del Canal de Isabel II. Pero es que además la logró esquiando, y entonces aquí esquiar lo que se dice esquiar de verdad era tan raro como oír de Standard & Poor's o Moody’s una buena noticia.
De todo esto hablamos con Blanca, la hermana de Paquito, cuando surgió una pregunta curiosa e imposible de resolver. ¿Hubiera conseguido Paco convertirse en un esquiador de élite, y en todo un campeón, con la escasa nieve que en los últimos años cubre la Sierra de Madrid? Porque, junto con la vela, no hay deporte que dependa más del hombre del tiempo, y hay veteranos de la zona que aseguran que ahora nieva la mitad que entonces. “Sin nieve no hay esquí, no sé, pero algo está pasando” concluye el otro emblema del esquí español, mientras se encoge de hombros y mira al cielo.
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