Entonces vimos que el sonido era impecable, las luces brillantes, la estética moderna, y aquella flecha tan certera como emocionante. Y entonces pensamos que ¡por fin! algo había cambiado. Qué el país adolescente se hacía mayor. Qué lo podíamos hacer tan bien como los demás… Y nos sentimos felices. Hoy, veinte años después, no sé si todo aquello fue el sueño de una noche de verano.
“Somos cojonudos”. Antonio Rebollo, el arquero paralímpico, me cuenta ahora, que eso fue lo que le dijo a Epi, cuando comprobó que la flecha encendida había volado como estaba previsto. …Y que lo demás son leyendas urbanas y tonterías: ni tenia que entrar en el pebetero, ni era la encargada de encenderlo. Su misión era crear una sensación óptica, y una emoción colectiva. Y claro que lo consiguió. ¡Somos cojonudos!
Decía el ex--entrenador del Real Madrid Jorge Valdano que el “fútbol es un estado de ánimo”. Explicaba así que la victoria llega cuando se genera un ambiente de confianza. Algo parecido ocurrió en los Juegos Olímpicos de Barcelona. Se creó un maravilloso estado de ánimo, de tal manera que nuestros deportistas lucían veintidós medallas, como el país se las ponía delante del mundo. ¡Eh! que ya estamos aquí, en Europa, y venimos para quedarnos.
De todo esto hablaba con Antonio, fíjate, ahora que estamos tan mustios y pesimistas. Como si hubiéramos regresado a los tiempos en los que pensábamos o nos hacían pensar que España no tenia solución y los culpables eran los españoles.
El recuerdo de Antonio es grato salvo en una pizca. Se queja de que aquel disparo no le libró de levantarse todos los días como hizo siempre, para acudir a su trabajo de carpintero como hizo siempre, y vivir en su casa de siempre. “He llevado una vida normal” dice, como la de la mayoría de los españoles.
Al final de nuestra conversación compone el gesto con aquel arco famoso. Como entonces cuando se convirtió en icono de una época que ahora no sabemos si fue el sueño de una noche de verano.