Narcofutbolistas
Los futbolistas son últimamente mucho más que practicantes del deporte más popular del mundo. Se han convertido en iconos de moda, reclamos publicitarios, objetivo de la prensa del corazón y esta semana también hemos visto el lado oscuro del fútbol gracias a una operación policial en la que han sido detenidos dos ex jugadores, un futbolista en activo y dos representantes de futbolistas. Todos ellos por su relación con un alijo de 600 kilos de cocaína.
El inicio de la Operación Cliclón que ha destapado todo el entramado nada tiene que ver con los futbolistas, ni siquiera con el agente FIFA detenido. Las investigaciones arrancaron en un primer momento siguiendo los pasos un viejo conocido de los servicios anti-droga. La UDYCO de Madrid y los GRECO de la Comisaría General de Policía Judicial centraron sus pesquisas en Juan Carlos Balbastre. Este tipo se encontraba en tercer grado penitenciario, sólo iba a la cárcel a dormir, ya que cumplía una condena de once años de cárcel por tráfico de drogas.
Y en esa situación, los investigadores se enteraron de que Balbastre buscaba financiación para costear un envío de cocaína desde América del Sur. Vieron que el tipo contactaba con personas de toda clase y, eso sí, de lunes a jueves volvía a dormir a prisión para seguir cumpliendo su condena. Tuvo éxito y logró convencer a un serbio, Zoran Matijevic, quien se comprometió a correr con los gastos de la operación de narcotráfico.
Zoran Matijevic es un agente de futbolistas de nacionalidad serbia, aunque está radicado en Francia y tiene pasaporte de ese país. Tuvo cargos directivos en el Olimpique de Marsella y en el Niza. Fue la persona que llevó al Málaga al futbolista holandés Kiki Mussampa, que luego jugó en el Atlético de Madrid, y el artífice de la llegada del entrenador Javier Clemente a Marsella. Su condición de agente FIFA le permitía viajar por todo el mundo para negociar traspasos y contrataciones de futbolistas sin levantar sospechas. Muchos de estos viajes tenían Sudamérica como destino –Matijevic habla castellano perfectamente– y allí es donde negoció el envío de 600 kilos de coca, por un coste de unos veinte millones de euros.
Y alrededor de Matijevic aparecen otros nombres de personajes relacionados con el mundo del fútbol. Una de ellas es la persona de máxima confianza de Matijevic, el también serbio Pedrag Stankovic, un ex futbolista del Hércules de Alicante, afincado en esta ciudad desde su retirada. Por debajo de los serbios, la policía sitúa en el escalafón de la organización a Jesús Díez de Mier, Chuchi, vecino de Stankovic en Alicante y ex jugador del Athletic de Bilbao, el Lleida y el Badajoz.
Pero también han encarcelado en esta operación un jugador del Rayo Vallecano en activo. Se trata de Carlos de la Vega Díaz, un lateral derecho de 29 años que llegó la pasada temporada al Rayo, su primer equipo como profesional, donde ganaba cerca de 120.000 euros al año. Antes, había pasado por clubes madrileños de segunda B y tercera división, como el Alcalá o el Alcorcón. La policía nos contaba que los técnicos y los directivos del Rayo les decían que era el último jugador del que habrían sospechado que podría estar envuelto en algo así. Y la verdad es que es sorprendente, porque De la Vega tiene un perfil bastante atípico en el mundo del fútbol: hijo de una familia acomodada –su padre fue candidato del PSOE a la alcaldía de Ávila–, licenciado en Económicas y Empresariales. Incluso trabajaba en una empresa de representación de futbolistas, Arietesport, donde también estaba de los detenidos, Pablo Acosta.
Según la policía, el defensa del Rayo se encargaba de prestar a la organización todo tipo de apoyo logístico: alquilaba coches, pisos e incluso las caletas donde iba a estar almacenada la cocaína. Todo ello a sabiendas de que estaba colaborando con una red de traficantes, según las investigaciones. Sus compañeros han coincidido en señalar que De la Vega era un tipo muy despierto para los negocios y que les había asesorado en la compra de pisos, en inversiones.
No es la primera vez que en España aparecen nombres de futbolistas o ex futbolistas relacionados con organizaciones de traficantes de drogas.
La cocaína está por todas partes. Somos una potencia en consumo y en tráfico de drogas. Así que también algunos futbolistas se mezclan en ese mundo. José Aído, un ex futbolista del Club Deportivo Málaga, ha sido detenido varias veces por su relación con el tráfico ce estupefacientes. En 1999 fue arrestado en compañía de Dionisio Rodríguez, el Dioni, cuando el ladrón metido a cantante intermediaba en la venta de un alijo de 700 gramos de cocaína a la red dirigida por el ex futbolista. También fue arrestado junto a un grupo de policías corruptos que se dedicaba al tráfico de drogas.
Otro ex jugador de Primera, esta vez del Espanyol, José María Gallart, fue detenido el pasado año en relación con un alijo de media tonelada de cocaína decomisada en Las Palmas. Gallart tuvo su día de gloria en un partido de Copa de la Uefa, frente al Milán, en el que hizo un memorable marcaje al holandés Ruud Gullit.
Los problemas de los futbolistas con las drogas no son nuevos, evidentemente. Diego Maradona, uno de los mejores de la historia, es un ejemplo perfecto de hasta dónde puede destrozar la vida de un deportista la cocaína. En 1991 se convirtió en el adicto más famoso del mundo y su imagen, desencajado, con las pupilas dilatadas y la mandíbula fuera de su sitio, dio la vuelta al mudo cuando fue detenido en Buenos Aires en una redada antidroga que llevó a la policía a un apartamento donde Maradona estaba consumiendo cocaína.
Pero, aunque el más conocido, Maradona no es, ni mucho menos, el único jugador con problemas de adicciones. Otro argentino, también campeón del mundo, aunque en 1978, Alberto “el conejo” Tarantini, fue arrestado en 1996 acusado de tenencia de drogas. Según reconoció él mismo, era un consumidor habitual de cocaína, lo que le libró de ser acusado de tráfico de estupefacientes.
En España, quizás el caso más conocido sea el del ex internacional y ex jugador del Barcelona y Atlético de Madrid, Julio Alberto. El defensa, asturiano de nacimiento, tuvo una exitosa carrera que acabó en 1991. Entonces, cayó en una depresión enorme que le llevó, según él mismo ha reconocido, a convertirse en un adicto a la cocaína. En la actualidad está totalmente recuperado e incluso ha obtenido el título de entrenador, pero su etapa “negra” le llevó hasta a ser acusado de robar la recaudación del local en el que trabajaba como relaciones públicas.
Un caso mucho más trágico fue el de Canito, un jugador que militó en el Espanyol y en el Barcelona, entre otros clubes y que incluso fue convocado alguna vez con la selección española. Tras dejar el fútbol inició un descenso a los infiernos de la droga que acabó con su vida en el año 2000 con apenas 44 años. Vivía en casa de su hermana y gracias a la caridad de las asociaciones de veteranos del Barcelona y el Espanyol.
Además de existir problemas de drogas en el mundo del fútbol, también ha habido jugadores envueltos en asuntos tan graves como el terrorismo, incluso alguno ha sido acusado de pertenecer a Al Qaeda.
Como por ejemplo, Nizar Ben Abdelaziz Trabelsi que está condenado a 10 años de prisión por planear un atentado suicida en una base militar norteamericana en suelo belga. Trabelsi, tunecino de nacimiento, fue futbolista antes de convertirse en un alto operativo de Al Qaeda. Llegó a militar en el Fortuna Düssseldorf, un club de la primera división alemana. Fue arrestado el 13 de septiembre de 2001 –dos días después de los ataques terroristas a Estados Unidos- y según la justicia belga, que le condenó, se entrevistó varias veces personalmente con Osama Bin Laden.
En España se ha hablado de futbolistas víctimas de extorsiones de ETA, pero también existen jugadores en el otro lado. Lo cierto es que los jugadores son ricos, famosos y, por tanto, fáciles víctimas para las extorsiones de los terroristas: Txiqui Beguiristain, ex jugador de la Real y del Barcelona y hoy director deportivo azulgrana, fue víctima de un intento de extorsión, al igual que Bixente Lizarazu, un jugador vasco francés que militó en el Bayern de Munich y jugó en el Athletic de Bilbao sólo un año.
Hoy, Sarriegi es abogado y defiende a terroristas de ETA tan significados como Ignacio Bilbao, que es ese tipejo que se dedica sistemáticamente a amenazar a todos los jueces con los que se ve en la Audiencia Nacional.
Quini y Di Stéfano fueron dos futbolistas secuestrados por intereses económicos mientras estaban en activo, pero también ha habido algún ex jugador acusado de secuestro. Uno de los detenidos por el secuestro de Mari Angels Feliu, la farmacéutica de Olot, también estaba relacionado con el mundo del fútbol. Juan Manuel Pérez Funes había sido futbolista, delantero centro, y cuando fue arrestado, en 1999, entrenaba al primero equipo de la Unión Deportiva Vic, uno de los equipos en los que había militado como jugador. El tribunal le absolvió porque consideró que sólo ayudó a José Ramón Ullastre en los preparativos del zulo en el que fue encerrada la víctima del secuestro, sin saber para qué iba a usarse.
Quizás, Inglaterra y sus jugadores sean los campeones en el ránking de futbolistas metidos en problemas. Grandísimos futbolistas como George Best o Paul Gascoigne han arruinado sus vidas por su alcoholismo. Best, considerado uno de los mejores futbolistas británicos de la historia, murió en 2005 con el hígado destrozado. En vida tuvo que responder a acusaciones de agresión sexual, malos tratos, conducir bajo los efectos del alcohol. Paul Gascoigne, uno de los jugadores con más talento de las islas británicas, integrante del Tottenham, Newcastle, Lazio, Glasgow Rangers, Everton está aún en plena cuesta abajo. En septiembre de 2008 fue ingresado en una clínica de Faro (Portugal), con una sobredosis de alcohol y drogas.
Hay otros muchos futbolistas británicos más asiduos a las páginas de sucesos que a las de deportes. Un buen ejemplo reciente es Jody Morris, un centrocampista que actualmente milita en el club escocés Saint Johnston, pero que ha pasado por clubes tan importantes como el Chelsea o el Leeds. Morris ha sido detenido varias veces. Cuando militaba en el Chelsea fue uno de los jugadores del equipo londinense que, borrachos, comenzaron a decir barbaridades de carácter sexual a unas turistas americanas en Heatrow en un día tan señalado como el 11 de septiembre de 2001; en 2002, junto a su compañero, el central John Terry, fue acusado de agredir al vigilante de un club nocturno; en 2003 fue acusado de violar a una mujer, aunque no llegó a ser juzgado; en 2006 fue detenido conduciendo borracho y en sentido contrario.
Las costas españolas también han sido escenario de alguna de estas correrías de futbolistas ingleses que han acabado con la llegada de la policía o incluso con jugadores encarcelados. La Manga del Mar Menor fue el escenario en 2004 de un oscuro incidente en el que se vieron envueltos varios jugadores del Leicester, un club inglés de la Premier League. Tres de sus jugadores, Dickov, Gillespie y Sinclair, fueron encarcelados porque tres mujeres africanas que se hospedaban en su mismo hotel les acusaron a ellos, y a otros tres futbolistas, de agresión sexual. Pasaron seis días en prisión y dos meses después de los hechos, fueron liberados de cualquier cargo, ya que las pruebas forenses realizadas a las denunciantes parecieron dejar claro que no hubo agresión sexual.
Los jugadores son jóvenes, ricos y, lógicamente, aficionados a la juerga. Pero algunas de estas juergas acaban de mala manera. Muy recientemente, el pasado mes de enero, Fernandes, el medicentro portugués el Valencia, acabó en los calabozos después de liarse a mamporros con los porteros de una discoteca y varios policías de paisano que estaban en el local. Fernandes celebraba a las cuatro de la mañana el cumpleaños de su compatriota y compañero, el lateral Miguel.
Pero en el lado de los malos también ha habido profesionales del fútbol. Un ex jugador de la Real Sociedad, Iker Sarriegi, fue acusado en 2001 de colaboración con banda armada. Sus casas fueron registradas por su presunta relación con el comando Donosti. No fue su único problema legal. Cuando aún jugaba al fútbol, en 1998, fue detenido en Irún y multado con 300.000 de las antiguas pesetas por llamar “cipayo-zipaia en euskera” (calificativo despectivo equivalente a chivato, con el que los proetarras se dirigen a los agentes autonómicos) y a la que hizo gestos –y leemos de la sentencia– “consistentes en movimientos repetidos de los labios, de forma que parecía que estaba chupando algo hacia arriba y hacia abajo”. Según la sentencia, Sarriegi estaba borracho porque había estado bebiendo toda la noche.Comentarios
Publicar un comentario
Manuel Marlasca
En esta bitácora Manuel Marlasca y Luis Rendueles nos cuentan lo que se dejan en el tintero cada semana en su sección del mismo nombre en Julia en la onda (16:00-19:00 ONDA CERO). Un espacio para no perder detalle de la crónica negra de nuestro país y para compartir con ellos tus inquietudes.
Feeds:
