Morir para huir
La muerte es lo único cierto en la vida, decía el poeta. A veces, en el Territorio Negro, ni eso. Al menos dos personas han resucitado en España en los últimos años. El último, Juan Gutiérrez, de Murcia, murió hace ocho años en Colombia y hoy, en 2009, se sienta en el banquillo de la Audiencia de Las Palmas, acusado de tráfico de drogas. Algunos de estos muertos con buena salud fallecen para huir de la justicia, o de la pareja, o para cobrar un seguro de vida.
Juan Gutiérrez tiene 51 años –contando los que pasó fallecido–. Estuvo muerto desde el 17 de julio de 2001, gracias a un certificado de defunción que presentó su abogado en la Audiencia de Las Palmas y que fue entregado previamente en el consulado de España en Bogotá por la entonces aparente viuda.
Este individuo quería simular su muerte porque no quería sentarse en el banquillo, acusado de tráfico de cocaína. Juan Gutiérrez fue detenido en 1998 por la Guardia Civil en un hotel de Maspalomas, acusado de ser integrante de una banda de narcotraficantes, a los que se les intervino un alijo de poco más de kilo y medio de cocaína. Juan iba a ser la persona que se iba a hacer cargo de la droga. Le detuvieron a él y a otras diez personas. Juan Gutiérrez ingresó en prisión, pero cinco meses después salió en libertad provisional.
Fue entonces cuando se perdió su rastro. Dejó de presentarse en el juzgado y no se supo nada de él hasta que llegó desde Colombia su certificado de defunción, que la Audiencia de Las Palmas dio por bueno. Quedaba extinguida su responsabilidad criminal, mientras que sus compinches fueron juzgados y condenados a penas de entre uno y nueve años de prisión. Juan Gutiérrez, según el certificado de defunción, había muerto por un infarto de miocardio el 17 de julio de 2001.
Y así de muerto siguió hasta el pasado 25 de enero, cuando Yolanda Deal Tarfur, su mujer –la misma que presentó el certificado de defunción en la delegación consular– se presentó en la comisaría madrileña de Puente de Vallecas. Contó a los policías que su marido la maltrataba psicológicamente. Los agentes acudieron al domicilio indicado por la mujer y detuvieron a Juan mientras se afeitaba tranquilamente.
Fue Yolanda, su esposa, quien se lo contó a la policía. La mujer explicó que después de salir en libertad provisional, se fueron a Colombia con sus dos hijas y al poco de llegar allí, ella y las niñas fueron secuestradas. Y, además, contó que su marido estaba oficialmente muerto para las autoridades españolas desde 2001.
Pasó en Colombia una buena temporada, pero tuvo que huir de allí porque una banda de narcos puso precio a su cabeza y a la de su familia. Lo sorprendente es que regresó con su identidad real, con su pasaporte, y comenzó a trabajar como vigilante en varias empresas de seguridad. Incluso ha presentado puntualmente sus declaraciones de renta, aunque tenía previsto regresar a Colombia próximamente. La policía encontró en su casa billetes de avión con ese destino a su nombre y al de su hija mayor.
Aunque parezca increíble, no es el primer resucitado de la crónica negra española. Hubo otra mujer, que nuestros oyentes de Granada conocerán, llamada La Paquitina, que también murió o eso parecía. La Paquitina es el nombre de guerra de Francisca Martos, una mujer dedicada a vender cocaína y heroína en el polígono de Almanjáyar, en Granada. La policía la detuvo y en 2001 fue condenada por tráfico de drogas a diez años de prisión y más de 32 millones de pesetas de multa. La Paquitina acudió al juicio y escuchó la sentencia que la obligaba a entrar en la prisión el día 15 de octubre de 2001.
Pero el 15 de octubre, Paquitina no se presentó a la cárcel. Acudió su abogado, Miguel Ángel Caro, con un certificado médico firmado por un doctor del centro de salud La Cartuja, donde se decía que Francisca Martos había sufrido un infarto y había muerto el 21 de septiembre, es decir unas semanas antes.
Y claro, los muertos no entran en prisión. Aunque ella estaba muy viva y no sólo tomando cañas, como dice la rumba, sino vendiendo droga en el polígono. Su abogado había falsificado el certificado, la firma y el sello y había usado el nombre de un pediatra, posiblemente el que atendía a algún hijo de la familia. Lo cierto es que un juez declaró el 18 de octubre que Paquitina estaba muerta y no tenía ni que ir a prisión ni que pagar la multa. Incluso una de sus hermanas, La Loles, logró que le devolvieran la fianza de 6.000 euros que había pagado La Paquitina mientras esperaba su ingreso en prisión.
Estuvo oficialmente muerta dos años. Pero ni se cambió de casa ni se hizo la cirugía. Incluso fue a prisión a ver a otros familiares. Siguió a pie de obra en el polígono. Los policías de la Brigada de Estupefacientes siguieron su trabajo y muchos camellos les contaban que compraban donde la Paquitina. Así que en 2003 fueron a la zona y allí la encontraron y la detuvieron.
Y esta vez si la juzgaron y la condenaron. A ella y a sus abogados, Miguel Ángel Caro y Manuel Martínez Valle. Hubo diferencias sobre cuánto se pagó por aquellos certificados de su falsa muerte. Paquitina dijo que había pagado 3.000 euros, Caro, desmintiendo su apellido, dijo que sólo cobró 450 euros. A los abogados les cayeron cuatro años y ocho meses de prisión. A Paquitina, sólo dos años, que añadió a su condena pendiente de otros diez de cárcel, que está cumpliendo desde finales de 2004.
La mujer ni siquiera se escondió ni cambió de barrio. Pero en otros casos hay personajes más poliédricos, que se cambian hasta de país o de cara. Algunos grandes traficantes de droga se operan la cara e incluso las yemas de los dedos para cambiar sus huellas dactilares. Eso, añadido al certificado de defunción, hacen que el criminal muera y nazca un tipo limpio. Dicen que eso fue lo que quiso hacer Amadeo Carrillo, el señor de los cielos, narco que inundaba Estados Unidos de cocaína, aunque otros creen que murió en la mesa de operaciones haciéndose la cirugía y la liposucción en 1997. Su hijo, por cierto, también se había cambiado de nombre, pero ha sido detenido este año.
El caso más misterioso en España es el de Francisco Paesa, mitad espía, mitad diplomático, que llegó a publicar su esquela en El País. Había muerto en Tailandia, en 1998, su hermana María encargó 30 misas gregorianas en memoria de su alma y por su eterno descanso. Paesa estaba ya entonces en París. Es un personaje muy vidrioso, que ha prestado servicios especiales a varios gobiernos. Y ha cobrado muy bien por ello.
¿Por qué decide morirse Paesa? hasta donde podemos decir, Paesa fue un personaje clave en la detención de Luis Roldán. Eran muy amigos y Paesa le convenció-traicionó. Se inventó aquella figura del capitán Khan que ni era capitán ni Khan, sino que cobraba de Paesa y la entrega en Laos de Roldán, que realmente había estado escondido en París desde su fuga de España.
A Roldán Paesa le dio un pasaporte argentino falso y cogió un avión convencido de que iba a negociar. En Tailandia le esperaban policías españoles que le detuvieron. Paesa cobró casi tres millones de dólares de fondos reservados y se quedó con parte de la fortuna de Roldán, que aún debe conservar. Cuando los jueces españoles, en 1998 quisieron cazarle para pedirle cuentas por 1.500 millones de pesetas, llegó su muerte y la esquela. Pero seguía y creemos que sigue viviendo en Francia, donde fue localizado hace cuatro años por periodistas de Interviú y El Mundo.
¿Y por qué no se va a por Paesa? pues como diría un policía gallego amigo nuestro, ¿y qué adelantas con eso?. Paesa sabe mucho y aunque esto parezca un sacrilegio, ha prestado importantes servicios antiterroristas. El más importante fue cuando montó una operación y logró vender misiles a ETA durante el gobierno de Felipe González. En los misiles iban colocados unos chips que permitieron a los servicios antiterroristas localizar el mayor arsenal de la banda y la contabilidad de las extorsiones en lo que se llamó operación Sokoa, en noviembre de 1986.
Hay personas que simulan su muerte para cobrar un seguro o para simplemente perder de vista a su pareja. Fue lo que hizo, Patrick Mc Dermott, el novio de Olivia Newton John, de quien se dijo que se había ahogado en su velero en 2005. El velero, por cierto, se llamaba Libertad, como el de Perales. Luego fue localizado en México, dos años después. Ella, por su parte, se volvió a casar, con otro, claro. En España es más frecuente el caso contrario, es decir, negar la muerte para seguir cobrando.
En Italia y España se dan más estos casos. Se muere el padre o la madre o el marido, y se esconde su cadáver en casa, en un sótano o en la nevera para cobrar la pensión. Ocurrió en Cádiz, cuando un hijo descuartizó y escondió el cadáver de su padre para seguir cobrando 30.000 pesetillas de pensión. También en Alaejos (Valladolid), los hijos y el marido ocultaron durante seis años la muerte de Petra, que fue descubierta en octubre del pasado año por la Guardia Civil. Y también en Carcaixent (Valencia), sólo que fue una historia mucho más negra. Un hombre enterró a su madre en cal viva en el sótano de su casa. Gracias a eso, cobró la pensión de viudedad de ella, de Pepita, durante ocho años. Al final, el tipo se suicidó en diciembre de 2007 y dejó una nota en la que explicaba la muerte natural de su madre y su fraude macabro.
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Manuel Marlasca
En esta bitácora Manuel Marlasca y Luis Rendueles nos cuentan lo que se dejan en el tintero cada semana en su sección del mismo nombre en Julia en la onda (16:00-19:00 ONDA CERO). Un espacio para no perder detalle de la crónica negra de nuestro país y para compartir con ellos tus inquietudes.
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