Cabo Cañaveral: Adiós a todo esto
Nada más pasar la última curva a la derecha antes de llegar a la NASA en Cabo Cañaveral, se encuentra casi escondido un desvío que conduce a una iglesia metodista. La iglesia en cuestión consiste en una moderna pero insignificante estructura rectangular de paredes metálicas pintadas de amarillo que, igual que una iglesia, podrían albergar un taller mecánico o un criadero de truchas.
En uno de mis primeros viajes a Cabo Cañaveral, y bajo los efectos de la fiebre insensata del periodista entrometido, acabe abriendo la puerta de la iglesia dispuesto a compartir un padre nuestro o el cántico que fuera necesario en la liturgia metodista con tal de ver adónde llevaba la conversación con quien allí, tan cerca del trasbordador espacial, siguiera intentando comunicarse con el cielo por el método tradicional.
Pues bien, las cinco abuelas y el pastor que estaban en el interior, aseguraban que se habían reunido para rezar por los astronautas que al DIA siguiente saldrían en dirección a la Estación Espacial Internacional. Una forma más de comprobar cómo está zona de Florida vivía hasta ahora pendiente -y dependiente- del programa espacial.
Las feligresas y el pastor sabían de memoria los nombres de los astronautas. Sabían la función de cada uno. Sabían el protocolo entero previsto por la NASA para el lanzamiento.
Pero también añadían que toda ayuda es poca cuando se intenta, llegar, literalmente, a lo más alto que la ciencia humana ha conseguido.
Y, efectivamente, un rato más tarde acabamos todos haciendo un círculo cogidos de las manos, en plan La Danza de Matisse, mientras el pastor pronunciaba una oración que yo no llegaba a comprender absorto pensando en mi supuesta contribución al éxito del programa espacial norteamericano.
En fin, concluí, si ésta es la vez en que tenía que caer en el pecado de implicarme personalmente en la noticia que me tocaba cubrir, pues qué le íbamos a hacer.
Por otro lado, ya tenía su miga lo de caer en el pecado precisamente rezando. Pero ése es otro tema.
Después, cada vez que he vuelto a Cabo Cañaveral, al tomar esa curva, como ya no vas a volver a incluir otra vez a la iglesia en uno de tus reportajes (repetirse es otro pecado mal visto en esto del periodismo y, con frecuencia, menos perdonado todavía), pues sientes un pinchazo de culpa por no detenerte aunque sea a dar los buenos días.
Pero aún te espera otra experiencia religiosa al menos igual de intensa.
Porque solo un par de kilómetros más allá se divisa de pronto la inmensidad del hangar llamado Vehicle Assembly Building (Edifico de Montaje de Vehículos) de la NASA y eso sí que se parece una revelación sagrada.
... ver entrada completaEl ojo extranjero
Te impresiona Nueva York cuando llegas por vez primera, descubres poco a poco sus maneras -la impaciencia general, las prisas, la escala apabullante, la falta de pudor para hablar de dinero, la tolerancia generosa a lo insólito, la calidez ficticia del comercio, su liquidación de la tercera edad y veneración por las mascotas, tantas impresiones...- y pasados unos años te das cuenta que todo es, en el mejor de los casos, versiones de segunda de lo que tantos millones han sentido antes y, lo más curioso, desde hace tantísimo tiempo.
Esto viene a cuento de que se acaba de publicar un librito delicioso de Julio Camba titulado “Un año en el otro mundo” (Ed. Rey Lear) y que recoge parte de sus artículos del año que estuvo de corresponsal en Nueva York en 1916.
Y en la misma colección, igualmente interesante, “A 40 kms. del Pacífico y 30 de Charles Chaplin”, un diario de Jardiel Poncela de cuando -¿quién lo sabía?- pasó por Nueva York de camino a Hollywood para trabajar de guionista en los años 30.
Uno cree que esa sensación de que ya conoce visualmente Nueva York antes de haberla visitado físicamente tiene que ser necesariamente un fruto moderno del acoso (más bien delicioso) del cine y la televisión norteamericanos.
Y entonces te das cuenta del error leyendo lo que Jardiel Poncela escribía ya en 1934...:
... ver entrada completaAmistades de Nueva York
Ahora que me ha ocurrido a mí demasiadas veces, ahora sí lo entiendo.
Cuando primero lo había oído, al poco de llegar a Nueva York, me pareció una más de las exageraciones habituales sobre la ciudad. Pero no, es cierto: muchos neoyorkinos evitan algunas amistades conscientes de que sus nuevos candidatos a camaradas les romperán el corazón el día no tan lejano en que tengan que volver a sus ciudades o países de origen. Es lo que pasa en una ciudad en la que está de paso más gente que en ningún otro lugar.
Y me ha vuelto a ocurrir.
Tengo un buen amigo cuya amistad surgió de cruzarnos unas cuantas veces en el trabajo, que creció compartiendo nuestras diferencias con una sonrisa cínica que ocultaba sólo de mentira consentida la sospecha de que quizá es él y no yo quien tiene razón, pasamos la prueba de fuego de, temporal y periódicamente, volver juntos a la infancia -por ejemplo, aunque no exclusivamente, mediante partidas de pin-ball regadas con tintos y jamón en un garito oscuro del Lower East Side.
Nos dimos repetidísimos caprichos de adultos en forma de banquetes comparando restaurantes japoneses caros en los que en la mesa de al lado siempre conspiraban diplomáticos de Naciones Unidas y ejecutivos de reputación mafiosa a los que estuvimos tentados de acercarnos y cantarles las cuarenta -aunque siempre acabamos sentenciando que sería una pena dejar el sashimi y el sake solitarios en la mesa…
... ver entrada completaUna mesa de Nueva York
Posé sobre el mantel el pinot noir californiano con toda la dignidad que un enésimo vaso permite, le dije al camarero que si no le importaba no iba a tomar el solomillo de Colorado que le había pedido con anterioridad sino el fletán (halibut) thank you very much que tan imprescindible se ha hecho en los menús americanos en los últimos años y, mientras esperaba, intenté suspender un momento en mi cabeza el transcurso del tiempo y recorrí la mesa llena de buenos amigos con la mirada en sentido contrario a las agujas del reloj.
A mi derecha, un hondureño, más allá un colega de Singapur, después una colombiana, un argentino, una pareja neoyorkina anglosajona, una japonesa, una griega/norteamericana y finalmente un español.
El español, un servidor, era, con mucho, quien menos tiempo llevaba viviendo en Estados Unidos (ocho años) y el único que -en principio- reside temporalmente en el país.
Y entonces me dije, sí, ésta parece una mesa de Nueva York.
Era la boda de mi colega K. -norteamericano, trabaja en Wall Street, familia de raíz griega- y su esposa M. -también nacida en Estados Unidos pero con familia de raíz colombiana.
Lo que vi con la Selección
Para ellos que están acostumbrados a que les esperen multitudes allá donde vayan, tiene que haber sido chocante que en el aeropuerto de la ciudad de Providence tan sólo les esperará un solitario aficionado norteamericano -y un equipo de Antena 3.
Fernando Llorente se lo tomó a broma y buscaba una explicación rápida: “aquí no viven el fútbol como en Europa… pero todavía tienen tiempo de aprender”.
En realidad todo se debía a un malentendido que, a su vez, tenía que ver con otro estereotipo: el de la simplificación geográfica.
La Federación Española de Fútbol había anunciado que la selección volaba hacia Boston -porque Boston es la mayor ciudad de esa zona del nordeste de Estados Unidos. Pero en realidad adonde se dirigían era a Providence.
Algo así como si un norteamericano vuela al aeropuerto de Ciudad Real y, por simplificar y para que en Estados Unidos se tenga una idea general de adonde se encamina, dice que vuela hacia Madrid.
Total, que los aficionados se fueron a esperarles al aeropuerto de Boston.
Pero la guinda de seguirles los pasos durante media semana es, sin duda, acompañarles a los entrenamientos.
... ver entrada completaCon Strauss-Kahn en el Tribunal Criminal de Nueva York
Recuerdo haber estado en la sede del Fondo Monetario Internacional en Washington en alguna rueda de prensa sentado a unos ocho metros de Dominique Strauss-Kahn. La misma distancia a la que hoy lo veía mientras la jueza Melissa Jackson, en el Tribunal Criminal de Manhattan, le decía, básicamente, que no se fiaba de él. Sin ánimo de ofender.
En aquella sala de Washington ni siquiera las moscas movían sus alas revoltosas sin lanzar antes una mirada de permiso al director todopoderoso al que la vida siempre parecía tener reservado un capítulo aún mejor para el futuro.
En ésta de hoy en Nueva York por vez primera en su vida ni siquiera pudo abrir la boca -y eso que lo intentó.
Nada ilustra mejor su caída que ese momento en que la jueza razona en voz alta “pero si es que le hemos atrapado en el avión a punto de salir del país” y él entonces pretende explicarse. Su abogado le agarra un brazo como diciendo “las cosas han cambiado, ya te dirán cuándo puedes hablar”.
... ver entrada completaDesayuno en Nueva York
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La bendita maleta
Para moverse por el mundo no hay nada más conveniente que una maleta pequeña –y completa.
O sea, equipaje de mano con que el que cuando no se puede llegar a un aeropuerto con más de media hora de antelación no se pierda el vuelo ni se tenga que esperar quién sabe cuánto después de aterrizar cuando, invariablemente, todo son prisas.
Y una maleta no está completa sin lo básico para reaccionar en el negocio de las televisión. Un chaqueta que sirva para cualquier emergencia movida -terremotos, atentados…- y otra formal, incluso un traje, para emergencias de índole más tranquila –como, sin ir más lejos, la muerte de Bin Laden.
Y, siempre, una corbata.
A eso se le suma el calzado, un necéser para resistir al menos una semana y también con lo básico para el desgaste del cuerpo, un poco de ropa para hacer deporte, cargadores varios, adaptadores universales de corriente, acceso a internet, baterías extra, dinero en efectivo -cuando de verdad los necesitas, no va a haber cajeros- y algún libro nuevo con el que perder un par de minutos al final del día aunque sólo sea para recordar que hay mundo más allá de la noticia que te ha tocado vivir (uno aún resiste el paso al libro electrónico).
Después, tener claro lo esencial: puede sonar un tanto sucio, pero con tres camisas y dos pantalones se puede sobrevivir muchísimos días. Semanas. Comprobado. Y en este plan cisterciense se comprime lo esencial hasta la miniatura.
Esa maleta minúscula que a uno ya le cuesta trabajo cerrar empieza a parecerse a un tesoro que permite sobrevivir con la ilusión de llevar la casa y la vida a cuestas.
... ver entrada completaUna Nueva York antigua de camino a España
Efectivamente, vivir en Nueva York tiene algunos privilegios. Por ejemplo, uno puede admirar con calma y probablemente en solitario las pinturas de la Villa Boscoreale, que estaba a las afueras de Pompeya.
El Metropolitan las ha restaurado a la perfección y sin pagar más que la voluntad uno puede viajar dos mil cien años atrás en el tiempo estando, qué curioso, en la supuesta capital de la modernidad.
Los admiradores más fanáticos -como un servidor- incluso se pueden llevar a casa una reproducción sobre madera a gran tamaño y colgarla en su propia habitación para que todos los días, al levantarse, tengan la opción de desorientarse un momento sobre el siglo en que vive. Ya digo que es para fanáticos.
... ver entrada completaPredicadores en las calles
Paso por una plaza céntrica de Washington DC y casi me choco de frente con un predicador que anuncia la llegada del Juicio Final con una inminencia sustancialmente más acuciante que la que pueda sentir Gadhafi en Trípoli por el acoso internacional.
Un día antes, en el mismo momento en que levantaba el brazo para sujetarme en el metro de Nueva York, el tipo que estaba a mi lado empezó advertir a las docenas de pasajeros del vagón que deberíamos arrepentirnos por nuestros pecados antes de que fuera demasiado tarde y de que, así, podríamos, además, recuperar nuestra aparentemente perdida humildad.
Y ahora recuerdo que hace unos días me quedé perplejo al llegar a un partido de baloncesto de la NBA en Los Ángeles y cruzarme con un padre -en el sentido biológico del término- sujetando una pancarta que decía “confía en Cristo y sálvate” y prestándole un megáfono a su hijo de unos ocho, nueve años invitando al personal a leer con urgencia la Biblia.

Una hispana en el pub irlandés
Pocas cosas se ven tantas veces y todos los días en Estados Unidos. Un billete de dólar. Y, sin embargo, resulta que si uno se fija un poco descubre detalles sorprendentes.
Resulta que a la izquierda de la foto del presidente Washington -y un poco más a la izquierda de la guinness que me acompaña- está la firma de una tal Anna Escobedo Cabral.
Levanto el billete para asegurarme de que no me engaña la letra pequeña, lo acerco al ojo y me pregunto -al mismo tiempo que mis vecinos de barra- si no habrán sido ya demasiadas cervezas.
Tal vez sí, tal vez no -demasiadas cervezas- pero en todo caso, es cierto, Anna Escobedo Cabral tiene su firma impresa claramente legible en cada billete de dólar de los Estados Unidos de América.
Oye, ni que estuviéramos en Madrid. O en Buenos Aires. O en el DF.
Debajo del nombre se matiza que la susodicha es la tesorera de los Estados Unidos. Pero me pica la curiosidad.
... ver entrada completaAceras de Nueva York
Avanzo lo más rápido posible por los pasillos de la estación de metro en Times Square, donde hago la conexión de la línea 2 a la “shuttle line” o vía exprés que me llevará sin paradas a la Grand Central Station y desde donde si apuro el paso -caminando no por la acera siempre a tope sino por la orilla de la carretera- podré llegar en no más de cuatro minutos a Alí Babá, uno de los restaurantes más populares de la zona de Naciones Unidas donde toman el menú del día diplomáticos, funcionarios y periodistas.
Me espera un nuevo contacto, alguien con conocimiento de absoluta primera mano del intríngulis del Consejo de Seguridad, o sea, una de esas fuentes que luego harán posible que nuestras crónicas en directo desde la ONU, aunque siempre serán menos y más breves de lo que uno quisiera, tendrán pies de plomo, conocimiento de causa, la altura con la que a uno mismo le gustaría ser informado si le tocara estar en el papel de espectador.
Además, en esta relación intuyo una empatía que me hace oler la posibilidad de que crezca algo parecido a la amistad. Por ello, mientras subo unos peldaños en Times Square, me recuerdo a mí mismo “cuidado, la cercanía personal se empeña con demasiada frecuencia en nublar el raciocinio”.
... ver entrada completaEl mundo en cinco minutos
Se habla mucho de la crisis del periodismo y, sin embargo, a mi me da la sensación de que nunca hubo tanta información.
Decido hacer una prueba rápida.
Estoy en la ONU siguiendo los debates sobre una posible segunda resolución del Consejo de Seguridad sobre Libia y decido dedicar no más de cinco minutos a ver por internet las últimas noticias sobre la crisis nuclear en Japón.
Empiezo como siempre por el New York Times y el ojo se me escapa a un titular que no había visto hasta ahora en ningún sitio apuntando al ángulo político de la crisis: “Las deficiencias en el liderazgo japonés agravan la sensación de crisis”.
... ver entrada completaUna semana en la ONU
Miércoles, 9 de la noche en Nueva York.
Intentamos abandonar el edificio de las Naciones Unidas, donde hemos estado cubriendo la reunión del Consejo de Seguridad.
Hace dos horas que ha terminado.
Nos hemos quedado hasta que se ha ido todo el mundo menos un guardia y poder meternos en la sala del Consejo a grabar para el informativo matinal una crónica hablando a cámara (lo que nosotros llamamos un “plató”).
... ver entrada completaImposturas en Los Ángeles
¿Qué hace alguien que pasa por la primera fila de asientos vip del partido All Star de la NBA en Los Ángeles y encuentra uno libre?
Pues eso, poner cara de pertenecer al club y relajar las posaderas. Sobre todo si al lado está sentado Dustin Hoffman y saluda como si te estuviera esperando.
Luego todo es cosa de sonreír como si tal cosa, decirle lo bonita que es su camisa y empezar a divagar sin tregua sobre la belleza del baloncesto y sus ramificaciones eventuales con la vida, el cine y la familia.
Pasados unos minutos de esta cháchara celestial, uno empieza a percibir colándose por los intestinos una especie de efluvio ebriagador y la consecuencia es, como cuando se bebe en exceso, que uno ya no es uno sino otra persona desconocida y peligrosamente relajada… hasta que caído del cielo irrumpe algún peligro.
Y justo cuando se me cruza por la mente ese pensamiento de alerta, Dustin Hoffman congela de pronto la sonrisa, detiene la conversación que ha derivado hacia el tercero de los hermanos Gasol y abre la boca como para decir pronunciar algo definitivo:
- “Por cierto", se tuerce hacia el otro lado, "éste es mi hijo, te lo voy a presentar…”
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