Uno de los poltergeist más inexplicables se produce cada día del mes de mayo a las siete de la tarde en los alrededores de la calle de Alcalá de Madrid. La Plaza de Las Ventas del Espíritu Santo hace honor a su nombre y el milagro se reproduce día a día.
Diez minutos antes de empezar la corrida apenas hay cinco mil espectadores ocupando sus localidades. Parece imposible que se pueda llegar al lleno. Los pasillos de la ya casi centenaria plaza están a rebosar de turistas despistados, jubilados escalando a la andanada, aficionados apurando su cerveza y fans esperando a su torero, que siempre llega el último.
Una mirada a la explanada y ya sí que es seguro: imposible que lleguen a tiempo. La boca de metro vomita una riada de gente, con la mirada puesta en la puerta grande, pero tampoco con excesiva prisa. Son años de experiencia y un boca a boca que pasa de generación en generación: no pasa nada, que llegamos. Seguramente hace ochenta años los bisabuelos de estos mismos madrileños decían los mismo al bajarse del trolebús. Y entonces, también, tenían razón.
La afición de Madrid no corre, no se angustia. En Madrid no hay tertulia previa ni paseo por la plaza para saborear el ambiente. En Madrid la afición conoce los tiempos de una ciudad acelerada y puntual. Correr, en Madrid, es de pardillos. Llegar a las 7 en punto, es lo castizo.
Suenan clarines y timbales, se abre el portón. Sale la terna. Mirada nerviosa al tendido para ver si se llenó el coso. Aún hay huecos. Mucha gente en los vomitorios. Los acomodadores no dan a basto. Dudas. ¿Se montará un escándalo? Si es que no puede ser, etc….Siete y cinco de la tarde. Asoma el pañuelo blanco en el balcón presidencial. Se abren toriles. Veintitrés mil personas encajadas sin dejar un hueco libre. Milagro en la calle de Alcalá.
Plaza de Las Ventas, el domingo 20 de mayo, bajo un aguacero.