La revista británica de cine Sight & Sound realiza cada diez años, desde 1952, una encuesta entre reputados críticos, distribuidores y cinéfilos. Sus resultados desprenden esta vez que la japonesa Tokyo Monogatari (Cuentos de Tokio) ha quedado como la tercera mejor película de la historia... Y, atención, ha sido votada como la mejor de todas por los directores de cine, entre los que se encuentran Woody Allen, Quentin Tarantino, Martin Scorsese...
Yasujirô Ozu (1903-1963) es considerado uno de los mejores directores de cine de todos los tiempos y, junto a titanes como Akira Kurosawa y Kenji Mizoguchi, se lo conoce como uno de los tres grandes de la edad de oro del cine japonés. Aunque su trayectoria como director empezó a finales de los años 20 y su producción se concentra sobre todo en los años 30 (muchas de las cintas de esa época, lamentablemente, se han perdido), Ozu saltó a la fama internacional en los años 50, sobre todo después del éxito de Tokyo Monogatari (Cuentos de Tokio) en 1953.
Los filmes de Ozu se caracterizan, en general, por ser de carácter costumbrista y desarrollo lento. Sus películas son retratos perfectos de las circunstancias sociales del Japón contemporáneo a cada una de sus películas y hablan sobre todo sobre conflictos, sentimientos encontrados, alegrías y tristezas en el contexto familiar.
Cuentos de Tokio se enmarca a principios de los años 50, con Japón aún tratando de recuperarse de las heridas de la Segunda Guerra Mundial, y con un abismo social cada vez más notorio entre las personas chapadas a la antigua, criadas o desarrolladas en el contexto ultranacionalista e imperialista de la preguerra, vestidos aún con kimono, y la juventud, más suelta y desenfadada, ya empezando a vestir con ropas de estilo occidental.
La película narra la visita de una pareja de ancianos de Onomichi (cerca de Hiroshima) a Tokio, donde viven y trabajan sus hijos, así como su joven nuera Noriko, que se quedó viuda (presumiblemente perdió a su marido en la guerra). La visita de los ancianos parece incomodar a los hijos, que están ocupados con sus vidas, mientras que la joven y solícita Noriko, interpretada por la increíble Setsuko Hara, es la única que responde con amabilidad y dulzura y se presta a hacerles compañía.
Con un ritmo lento y los famosos “planos desde la altura del tatami” marca de la casa de Yasujirô Ozu, Cuentos de Tokio consigue emocionar al espectador consiguiendo hacer vislumbrar, de forma muy sutil, los fuertes sentimientos escondidos detrás de la impertérrita “máscara” de los japoneses de la época.
Tenéis más información sobre Yasujirô Ozu, y sabréis por qué personalmente me fascina la obra de este director, en la reseña del manga de su biografía en mi blog MangaLand.
