12:22 may 30, 2008 | Roberto Brasero | General

Llanto y lluvia en Moscú

Que el tiempo es relativo ya lo demostró Einstein y nosotros lo comprobamos a diario: una hora de sopor parece eterna y 60 minutos de diversión pasan en un suspiro. Eso es la apreciación del tiempo, que varía, obviamente, según el sujeto. En la praxis de la ciencia meteorológica hay dos grandes campos: la predicción –responsable mayor de que se califique a la meteorología de  “ciencia inexacta”- y la observación, campo éste del rigor y el dato: aquí quienes hablan son los pluviómetros, anemómetros o  heliógrafos, y hablan con una cifra concreta y objetiva. El pasado 21 de mayo, sin embargo, 9 millones de españoles y varios cientos de millones de espectadores en todo el mundo pudieron comprobar que, efectivamente, el tiempo es relativo. Y no sólo el que avanza en los relojes: a pesar de los sofisticados instrumentos de medición, puede que no haya nada más subjetivo que la apreciación de los fenómenos meteorológicos.

Se enfrentaban el Manchester United y el Chelsea en el encuentro final que otorgaría al ganador  el título del rey del fútbol en Europa: la final de la Champion League, o Liga de Campeones. Dos semanas antes se habían jugado también entre ellos el título de su liga nacional, la inglesa, que no es menor, porque allí entre otras cosas, surgió el invento que ahora nos ocupa. Rivalidad, máxima tensión, emoción, y todo eso… y de repente se pone a llover.  De repente pero no de sorpresa, porque se había pronosticado lluvia para el final del partido. Y el partido, eso sí, tarda más de lo previsto en llegar al final. Acaban con empate (1-1)  y hay que acudir a una prórroga. La lluvia que había asomado tímidamente al final de  los “90 minutos reglamentados”, comienza a hacerse notar en los primeros minutos de la prórroga. Al final de ese primer cuarto de hora extra el aguacero hay es notable. Nadie ha marcado y la tensión crece. Se juega toda la segunda parte bajo un chaparrón moderado y constante, y a medida que pasan los minutos, arrecia la lluvia en el campo y crece también la expectación. La emoción es máxima: quién marque ahora, en los minutos finales de la segunda parte de la prórroga, se llevará el partido, ¡el título! -y sigue cayendo agua- y si no marca nadie, vamos a los penaltis, la lotería del fútbol. Y aunque sigue lloviendo en el campo y cada vez llueve más, en la grada los seguidores del Manchester y los del Chelsea sólo ven  un tiempo, el tiempo del reloj del árbitro que avanza, vertiginoso, pero a buen seguro que ni se dan cuenta del otro tiempo, de la lluvia que no ha dejado de caer desde hace un poco más hace media hora.

Y empapados el campo y los jugadores –“¿empapados?, ¿es que llovía?” se preguntarán al día siguiente los jugadores- llegan a la tanda de penaltis. Arrecian las gotas y, extrañamente, aunque ahora que la lluvia es más fuerte, ha desaparecido completamente para el público y los protagonistas, que ahora sólo ven un balón, un portero, una portería y un lanzador. Todo lo demás se ha borrado, incluido el tiempo: el de los relojes se ha congelado, y el de las nubes ni existe –“¿es que llovía?”.

El momento es digno para la épica, y el Caballero de Rojo, Cristiano Ronaldo, no cumple con el papel de héroe: falla el penalti y literalmente se hunde en un campo inundado. Y en el otro bando, Terry, el Héroe Azul , también falla en su momento cumbre y luego vendrá Anelka para rematar la faena con un bajonazo y entregar la victoria al equipo contrario.

Ahora es cuando más llueve, y las gotas de lluvia se mezclan con las lágrimas de Terry, un jugador como una torre que llora con un llanto imparable como los lanzamientos del contrario, un llanto notable y constante como el chaparrón; llora en Moscú el capitán del Chelsea, que seguramente no vió llover durante el partido pero que no dejará de ver el resto de su vida ese balón que salió fuera rozando el poste. Un penalti que hubiera metido a su equipo en la Historia, y a que él, con su llanto inconsolable bajo la lluvia,  sí le inscribió en la leyenda. La de los sublimes momentos amargos.

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Roberto Brasero

Roberto Brasero

Periodista de formación y vocación, a Roberto Brasero (Talavera de la Reina, 1971) le dijeron un día sus jefes: “con el mismo estilo con el que hasta ahora contabas lo que ha pasado, quiero que nos cuentes lo que va a pasar”. Y así fue como Brasero pasó de los hechos a las previsiones, de los reportajes a los mapas. Y fue así también como lo segundo se fue contagiando lo de lo primero y contar el tiempo se convirtió en algo más que decir dónde va a llover. Este blog pretende seguir esa línea recogiendo el espíritu de aquellas reuniones caseras donde se hablaba del tiempo y de todo que le rodea, que cada vez es más. La mesa camilla de este nuevo siglo es Internet, y en este blog nos seguimos arrimando a un Brasero para contar y escuchar historias.

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