Peñíscola, estrella en el mar
De rasgos ibicencos y sentimientos marcadamente “latinomediterráneos” –o sea, esa mezcla que sale de un buen rollo de nuestro carácter, de esas casas blancas, que se elevan unas por encima de otras, y de ese olor evocador a orégano y aceite-, Peñíscola ha sido escenario, plató y atrezzo de numerosas películas de ambientación medieval. Su muralla perfectamente conservada, su imponente castillo y sus callejuelas reviradas, empedradas y llenas de vida, atrapan al viajero en nuestro tiempo y en etapas de la Historia más lejana. La imaginación lo es todo.
Y esto mismo lo podía haber escrito hace 15 años, cuando conocí este destino viajando con mis padres. Tres lustros después, viajando con el programa, lo encuentro todo igual. O sea, mejor. Porque si sumamos que ha soportado la presión urbanística, que todo el pueblo está pintado, sus calles adecentadas y que el tiempo no parece pasar por su vida, el resultado es que Peñíscola está mejor que hace 15 años, ¿no? (ADVERTENCIA. Todo lo escrito surge desde la exclusión visual del monte que la protege por su cara oeste y que está criminalmente alicatada, con una corona de adosado acosados, en forma de pirámide, que se merece todos los repudios existentes. Aunque no voy a negar que hace 15 años me lo pasé muy bien con esa casita que alquilamos en la falda de esos montes, con su inmensa piscina mirando al castillo de la orden de los Templarios y hogar del Papa Luna, o sea, de Benedicto XIII)
Volviendo a la época presente, Peñíscola, al margen del tremendo encanto de su Castillo, de sus murallas, de sus callejuelas y de su faro -que da la espalda a la urbe y saca pecho ante el Mediterráneo-, es uno de esos destinos que merece la pena en cualquier época del año, aunque es preferible fuera de temporada alta. Peñíscola, aparte de historia, tiene algún edificio digno de visitarse por su arquitectura, como el Hotel Ágora y el Palacio de Congresos... Y tiene varios restaurantes y bares de copas, imprescindibles: Restaurante Casa Jaime y el Mandarina Café Terraza Club, ambos locales en la Avenida Papa Luna, frente a la Playa Norte.
En el primero, el arroz Calabuch, los erizos de mar, el pulpo, los buñuelos de bacalao, la sepia con setas, el carpaccio de langostino, las espardenyes, el helado de queso de cabra... son una delicia que ningún viajero puede perderse (porque el precio, además, acompaña). Lo del Mandarina, es otra cosa. Se puede picar –la cocina también está muy bien-, pero su fuerte está a partir de la medianoche. Buena música y mucho ambiente en la terraza, frente al mar y mirando al casco histórico, perfectamente iluminado. La mejor forma de bajar la cena. Bailando.
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Jorge Granullaque
Sólo hay una cosa que nos gusta tanto o más que viajar: torturar a familiares y amigos con miles de fotos (es lo que tiene la fotografía digital y las memorias de 4 gigas). Con este blog, queremos compartir contigo alguno de los viajes del equipo de Gente Viajera (sábados y domingos, de 12 a 14 horas, en Onda Cero) y darte la oportunidad de contar al resto del mundo tus experiencias como viajero. No olvides que viajar nos hace libres.
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