Hasta que al día siguiente caminas en Nueva York por la Estación de Pennsylvania de camino a la oficina y te asalta la muchedumbre con las prisas locales que se gastan aquí para cualquier cosa y que, sin embargo, en el resto del mundo se reservan solo para cuando se escapa de un incendio o del fin del mundo.
Estos neoyorkinos sólo van a coger el tren o el metro pero para algo tan sencillo en esta ciudad los nativos se permiten una violencia confiada solo al alcance de quien se sabe en uso de una actitud legítima.
No es que los neoyorkinos tengan más prisas que el resto del mundo. A fin de cuentas, las ocho de la mañana son tan ocho de la mañana en Manhattan como en Alpedrete.
La diferencia es que esta ciudad vive imbuida en una tradición que aplica hasta sus últimas consecuencias una supuesta gestión eficiente del tiempo.
El tipo que en otra circunstancia se detendría a preguntarte cortésmente si estás perdido ahora te empuja inmisericorde para asegurarse que no tiene que esperar tres minutos por el siguiente tren. Y no cuentes con una disculpa. Más bien al revés.
Las buenas maneras en estos parajes se sacrifican con facilidad en honor del reloj. Por eso aquí, por ejemplo, es tan frecuente en las cenas que los americanos de pronto miren el reloj, digan que se tienen que ir y acto seguido enfilen la puerta en todo uno -no como hacemos los de la camada ibérico-mediterránea que nos despedimos tres o cuatro veces antes de empezar a despedirnos de verdad.
Y por eso aquí también cuando como hoy vas por la estación es “aceptable” que te empujen, te pisen o te aparten sin tiempo para disculpas dilatorias.
Entonces, a uno, ignorante de las costumbres locales o, como es el caso, simplemente recién llegado del otro mundo, le asoma de repente por el entrecejo una centella de indignación que intenta controlar a base de racionalizar la situación. Como cuando te entra un arrebato y decides contar hasta diez en vez de dejarte llevar.
Para contener el fastidio te acuerdas de cosas estúpidas que solo vienen tangencialmente al caso. Como que estás en la Estación de Penssylvania y que, ya ves tú, en Penssylvania precisamente vivió Benjamin Franklin, que fue quien convirtió en poco menos que ley de vida para este país la frase “el tiempo es oro” con su “Consejo a un joven comerciante” en 1748, una época en la que, aunque todavía pertenecieran a la corona británica, el influjo puritano de moral estricta y disciplina laboral era tan intenso en las colonias americanas que en algunas de ellas había ya leyes que establecían legal y obligatoriamente que “ninguna persona, propietario o cualquier otro usará el tiempo de manera ociosa o infructuosa” (Massachussetts Bay Colony Law, 1633).
Y la multa que aplicaban los jueces a los acusados por malgastar el tiempo era el equivalente a una semana de salario -por cierto, tratándose de multas en general, ¿hemos hecho bien en abandonar la proporcionalidad entre el calibre de la sanción y las posibilidades económicas del supuesto infractor?
En fin, todo esto para decir que a uno aún le siguen sorprendiendo algunas pequeñas costumbres de acá cuando llega de allá. Y, si no, nada más salir del metro me sobresalta un tipo al que he visto a diario docenas de veces sin darle mayor importancia, como quien se cruza con una farola con piernas, que es la manera en que en Nueva York en general unos se cruzan con otros.
Pero hoy, después de unas semanas en Europa, el fulano me llama la atención. Comprensiblemente pensaréis tal vez después de leer su descripción: varón, unos sesenta años, calza unos zapatitos de niña en edad escolar pero con unas calzas pantorrilla arriba que sólo recuerdo haber visto a jugadores de rugby en Gales, una especie de falda roja campestre similar al de las asturianas con traje regional en domingo de romería, por encima un delantal blanco que me recuerda al mantel de una pupusería perdida de Chichicastenango y, como colofón superior, una barba de tamaño equivalente a la de Fidel Castro en sus mejores años pero de color verde esmeralda y a juego con un bosque floral del mismo color por toda su cabeza.
Eso más un ramito de pétalos blancos que lleva en la mano y un ejército de pulseras de colores en el brazo izquierdo. Vamos, lo que se dice un tipo creativo.
Pero también un tipo, por lo demás, no tan diferente de otros muchos con los que uno se cruza a diario por estas aceras tan imprevisibles como indiferentes de Manhattan. Imprevisibles porque lo que en cualquier otro sitio sería un fulano de aspecto normal aquí pertenece tal vez a la minoría.
E indiferentes porque todo el mundo ve pero nadie mira. Nadie, otra vez, excepto quien viene de visita o acaba de volver del otro mundo.
O sea, yo saliendo de la estación y, hoy sí, reparando no tanto en el transeúnte singular con quien me cruzo como en la maravilla -y a la vez el desdén, que es la otra cara de la moneda- de que la ciudad le acoja con normalidad apática, despreocupada.
En fin, cosas que uno da por normales en Manhattan pero en las que se fija el primer día cuando vuelve -del mismo modo que se fija en otras el primer día en que llega a la tribu patria y luego da por normales.
Pintoresco hombre en Nueva York