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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESDE MANHATTAN

Verano lejos de Manhattan

No sé lo que le ocurrirá a otros corresponsales o expatriados en general pero a éste en concreto se le desdobla no la personalidad pero sí la identidad al cruzar el Atlántico.

Verano lejos de manhattan Verano lejos de manhattan | Foto: antena3.com

José Ángel Abad  |  Madrid  | Actualizado el 23/08/2011 a las 08:59 horas

Uno sabe que el verano ha llegado cuando se deja llevar con fruición y nocturnidad al Murúa de cosecha excelente que un colega querido le descubre, al día siguiente se entrega con concupiscencia a un pote de buen mantel que desafía con descaro al sofoco del mediodía y, finalmente, inmune ya al acecho del reloj, sestea la tarde escuchando relatos como el de aquel mayo del 76 en que, mientras el público de LaScala de Milán discutía si Monserrat Caballé había conseguido finalmente que alguien superara a la Callas interpretando a Norma, la diva catalana lloraba en el escenario no por su intensidad interpretativa como todo el mundo pensaba sino porque le acaban de advertir en el descanso del primer acto que, debido a una peste, tendrían que ser sacrificados los cerdos de su masía de Girona.

Son placeres sencillos pero que exigen una disponibilidad de tiempo y espacio para la que apenas se encuentra oportunidad el resto del año y eso es lo que los hace extraordinarios. Quizá sea que el paso del tiempo encoge las prisas, la tradición hispana de hablar mucho de todo excepto del trabajo o tal vez una combinación de ambos, pero cada vez con más frecuencia los veranos son cuestión de encantos serenos, rodeado de hombres más bien tranquilos y mujeres en su mayoría inquietas -ellas, por lo general, más peligrosas que ellos, cuando hace años solía ser al revés.

Los veranos son cuestión de encantos serenos.

Aunque quizá esta reflexión última sólo se me ocurra porque acabo de leer -otro placer esquivo el resto del año- que, Sempronia, la esposa del cónsul romano Décimo Bruto, se casó con él no por amor ni por dinero ni por poder ni tampoco por su familia sino por su biblioteca, una de las mayores de su tiempo y gracias a la que encontraba inspiración para encargarse cada día personalmente de las noticias de sociedad de los Daily Acts, que eran, básicamente, el periódico de aquellos tiempos y con los que, como hoy, los propietarios poco escrupulosos o los políticos fuera de control podían ajustar cuentas a su manera.

Efectivamente, los tiempos no han cambiado tanto -y se entiende mejor leyendo a la sombra de un buen árbol sin compañía electrónica alguna. Entre los libros, alguien muy querido me recomienda uno que retrata la desgracia que supuso el Katrina a través de los ojos de una familia concreta de Nueva Orleans y en el que se menciona a una televisión española que un día se acercó a entrevistar a reclusos en la prisión que se improvisó en la estación de tren y autobús de la ciudad en los días inmediatamente posteriores al huracán.

- "Creo que eres tú".

Y yo lo leo y, sí, el relato encaja de modo milimétrico con mi memoria pero, sin embargo, en chanclas y al lado del Cantábrico parece tan lejano que es como si le tuviera que pertenecer a otro. Como una ropa que te encuentras en el armario y que no tienes claro que sea tuya. No sé lo que le ocurrirá a otros corresponsales o expatriados en general pero a éste en concreto se le desdobla no la personalidad pero sí la identidad al cruzar el Atlántico. Me pasa cuando alguien me pregunta por la conversación con Dustin Hoffman viendo el partido All Star de la NBA, sobre los pasos torcidos por Haití o por la impresión de encontrarse de repente con Obama en la sala de prensa de la Casa Blanca.

El señor al que le suceden esas cosas está de vacaciones y a mí me parece como si le conociera solo de lejos.

El señor al que le suceden esas cosas está de vacaciones y a mí me parece como si le conociera solo de lejos. Parte de la culpa también la tiene el hecho de que en cuanto uno llega vuelve a formar parte de la camada de modo automático e inconsciente -lo cual, al menos técnicamente, no deja de ser más que un alivio para un corresponsal.

¿Y cómo ocurrir ser de otra manera? Me presento en la comisaría para renovar el pasaporte y un polícia de paisano me asegura que hemos ido al mismo colegio. En la calle una antigua profesora me recuerda la suerte que tuve pudiendo abandonar las matemáticas en el último curso de bachillerato -de lo contrario ahora estaría asistiendo todavía a algún curso nocturno. En el avión me encuentro con una compañera de trabajo cuya cara no conocía pero con la que me une una vieja familiaridad telefónica.

La tribu -que nadie se ofenda, es una palabra generosa, lo más íntimo que tenemos como grupo-, la tribu te acoge y de repente es como si todo aquello que no tiene que ver con ella no existiera en tu vida. Y, junto con las personas, las costumbres. Uno llega aquí y, para una vez que viene, le apetece pues invitar a algún amigo o pariente. Pero si en América pagar es una cuestión meramente matemática aquí, sin embargo, es un asunto de honor. O sea, un asunto peligroso. Porque el honor sigue siendo en nuestro país algo a lo que se le adjudica un valor particularmente extraordinario.

Honor, honra, pundonor, quedar bien, causar buena impresión... forman parte del mobiliario mental con que nos movemos cada día por acá. En América, lo más frecuente es que a nadie se le ocurra invitar a nadie. Oye, esto es lo mío y eso lo tuyo y tan amigos. Y es un tanto curioso porque allí, a diferencia de aquí, la ostentación no es por lo general ningún pecado sino una especie de traducción natural y pública de lo alcanzado con supuesto merecimiento. Entre nosotros, sin embargo, se trata de una fanfarronería difícilmente tolerable.

Aparcas allí tu descapotable a la puerta del chiringuito de la playa y enseguida vendrá alguien a felicitarte por el coche tan bonito que tienes. Lo aparcas aquí y mejor no le quitas ojo, por si acaso. Luego, sin embargo, si se te ha olvidado el monedero en casa, en España tiene un arreglo mucho más fácil que en América -la diferencia entre un asunto de honor en un lado y, en el otro, una ecuación matemática para la que en ese momento no habría solución. Problema serio. Con el dinero se juega pero no se bromea en América.

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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