Las normas de Wall Steet

Durante la campaña electoral, John McCain solía decir que Wall Street parecía un casino. La verdad es que tenía razón el candidato republicano, un casino, pero lleno de trampas.
El parquet de Wall Street, con el suelo lleno de papeles y basura como si fuera una tasca de mala muerte, tiene un aire irreal, a medio camino entre Las Vegas y Disney, un cruce de la obsesión por el dinero rápido con la ambición desmedida de un niño fantasioso en exceso. Un niño peligroso. Y quizá por eso es por lo que siguen vistiendo sus batitas y dándose esos paseos agitados para beneficio de las cámaras de televisión. Porque a juzgar por el último escándalo, ahora Madoff -la nadería de 50.000 millones de dólares por un hedge fund capitaneado por el ex presidente de Nasdaq, que es algo así como tener sangre azul en la bolsa- parece que la Comisión del Mercado de Valores tiene una regulación mayor para las televisiones que para los operadores bursátiles.
La última vez que estuvimos allá preparábamos un directo para el informativo de Matías desde el mismo parquet pero el primer problema resultó ser que Jordi, vistiendo ya para la ocasión zapatos, chaqueta y corbata, no iba sin embargo con pantalón de traje y la chica de prensa nos miraba con cara de preocupación, como si fuera un pecado quizá imperdonable faltarle de esta manera al respeto de tantos tipos con las manos sucias. Pero, a fin de cuentas, se trata de salvar el obstáculo y sacar adelante la crónica más que mentarles al gran Gatsby, la hoguera de las vanidades y las Meditaciones de Marco Aurelio.
Luego, resulta que el trípode no sólo “ya sabéis” que hay que dejarlo fuera del parquet, no sea que se le caiga en el dedo gordo de un pie a un broker y se hunda el mercado a causa del dolor, sino afuera bien afuera, lejos, como si te hubieras presentado con un leproso y de repente encontrarle una esquina perdida donde dejarlo quince minutos fuera un problema insoluble. Seguridad, decían. Y sin embargo todo lo que yo tenía en mi mente era que en esos quince minutos de descuido cualquier desalmado con batita de camino a hacer pis podría cogernos el trípode para partirlo en pedacitos y colocarlo en Tokio, Hong-Kong y Moscú o como colateral de cualquier fondo de garantía de esos apartamentos estupendos de Miami en los que se ha acabado el cemento a mitad de construcción.
Finalmente, como si fuera Grandas de Salime, que no se oye, eso, como lo oís, que allí en mitad de la cosa tecnológica resulta que mucho inversor con master de Harvard, ingeniero del MIT de Massachussets y satélites de última generación pero que no son capaces de que se pueda oír la voz calmada de Mikel, nuestro realizador, que es como el piloto de avión que quieres que esté a los mandos cuando hay turbulencias. Pero tienes que escucharle. Y allí no, quién lo diría.
Entonces, echas mano del móvil, que es lo más natural del mundo pero que en Wall Steet es el mayor de los sacrilegios. No sea que le vayas a pasar información confidencial a no se quién. Y entonces sí que oyes a otro tipo saliendo del más allá gritando que si no cuelgas el teléfono de inmediato te van a cortar el satélite y los de seguridad te van a dar una patada en el trasero y echarte no a la calle sino cinco años a Guantánamo.
Y luego me pregunto que si las normas y su aplicación fueran tan estrictas para lo que de verdad cuenta, el funcionamiento del mercado y la inspección de los operadores, quizá no habría tantos escándalos y tanta desconfianza y tantos bancos que no se atreven a prestarse un dólar unos a otros de tanto miedo que se tienen.
Turista imposible en Nueva York
Después de unos años en Nueva York uno cree haberse acostumbrado a no sorprenderse por nada pero afortunadamente la impresión sólo es un espejismo.
Por ejemplo, al acabar el viernes el directo de las nueve de la noche desde Wall Street con los mercados amenazando con irse al garete, nos metemos en un Pret a manger que hay a dos manzanas de la bolsa a matar la hora que queda antes del cierre de la sesión comiendo un sándwich tardío y cuando me doy cuenta hay un tipo de color sentado enfrente, cincuenta y tantos pero con aspecto juvenil, vestido como un anuncio de Hermenegildo Zegna y con todo el aspecto de haber pasado el día visitando museos sin prisa, sonriendo encima como si estuviéramos en un picnic y con toda la intención de enganchar para darle conversación gratis al primer incauto que se ponga a tiro. O sea, yo.
“¿Italiano?” Mal comienzo, colega, pienso. Muy mal comienzo. Y mientras todavía sin abrir la boca miro al intruso que se cuela en mi paz, al sándwich y a la pantalla del portátil que indica que al menos hoy Wall Street va a sobrevivir, el tipo añade: “¿O español, quizá? Incluso mejor…”, añade.
Ups, vaya, no sé si nos vamos a entender pero ahora ya no es plan de ser maleducado. “Sí, español. Italiano no hubiera estado mal, pero mejor en otra época. Los italianos de hoy en día hablan mucho y alto como nosotros pero ellos mueven más los brazos y más rápido”, bromeo. “¿De dónde vienes?"
Y ahí va y dice como si nada: “soy de Zimbawe, estoy de vacaciones”.
Casi zampo el sándwich encima del ordenador. “¿De Zimbawe? Con el debido respeto… ¿cómo puede haber un turista de Zimbawe en Wall Street?”
Y ahora es él quien se toma los segundos para contestar, haciéndose el medio ofendido por la duda pero también el medio halagado al tener de repente la posibilidad de una conversación seria sobre su país. Zimbawe, por supuesto, está en el pelotón de cabeza de los países más pobres del mundo y los últimos años de la dictadura de Mugabe lo han dejado sin infraestructura, sin esperanza y sin muchas vidas perdidas por los disturbios -o más bien por las represalias policiales. Lo único que sobra es hambre e inflación de tres y cuatro dígitos.
Y, sin embargo, aquí está Mafingei, presentándose como doctor, especializado en diálisis -“aunque ahora por el boicot internacional a Mugabe nos hemos quedado sin suministros”- sobreviviendo gracias a su clínica y la comida que consigue traer de Sudáfrica y Mozambique y a una vida planeada al detalle que incluye haber sacado a tiempo a sus hijos del país (¡y sus ahorros!) para que estudiaran fuera y resistan financieramente. Tiene una hija en una universidad de Washington a punto de terminar su carrera de medicina. Y dice que quiere volver a Zimbawe, que sólo espera que finalmente Mugabe pacte un acuerdo con la oposición para que vuelva la paz al país, dispuesta a no drenar aún más los recursos y, literalmente, el talento de su patria. Una héroe.
Y de repente el portátil advierte que se acaba la sesión de Wall Street, con pérdidas pero dejando la catástrofe para otro día. Y Mafingei, sonríe, recordando en primera persona algo que habitualmente se lee en las páginas financieras de los periódicos internacionales: “antes las crisis venían de países pobres como el mío. Ahora, ya ves, aquí estamos, en el corazón financiero del mundo y todos cruzando los dedos”.
Qué ironía. El turista del país más pobre del mundo en el corazón del país más rico pasando por la mayor crisis. “¿Sabes lo que esto quiere decir? Mi país ya no puede ser más pobre pero ahora va a tardar más en llegar ayuda humanitaria y de ONGs. El mundo está loco. Esté donde esté, tengo crisis alrededor”.
El huracán... ¡en Wall Street!
A veces uno, sencillamente, tiene suerte. El caso es que me iba a perder otra vez el partidillo semanal de fútbol del fin del semana a la orilla del East River y casi debajo del puente de Williamsburg y mientras se lo comentaba a algunos de los colegas resulta que ellos, trabajando en Wall Street, respondían que tampoco sabían si podrían ir, que la cosa estaba muy fea, que tenían que estar enganchados al ordenador porque la crisis financiera esto y lo otro y yo diciéndoles que vale, que siempre están con la misma canción y que no, que esta vez es diferente, que va en serio, que la Reserva Federal no se cuánto y que Lehman Brothers se va al carajo y que Merril Lynch sabe Dios y A.I.G. esperando…
Total que una llamada lleva a la otra y a otra y al final uno al caer la noche del sábado al domingo en un aparcamiento al sur de Texas sin mucha claridad ni alrededor ni en la cabeza acaba pensando que lo gordo del huracán de viento y lluvia ya ha pasado pero no vaya a ser que se nos venga encima el tsunami financiero a la puerta de casa en Nueva York y nos pille demasiado lejos.
Así que editamos una última crónica el domingo sobre cómo va el rescate en Galveston y al sur de Houston y nos ponemos al volante hasta el aeropuerto abierto más cercano, que es el de Austin, y acto seguido vuelta a casa. De camino regalamos por aquí y por allá la comida y gasolina que nos sobró -curioso, por cierto, esto de sentirse a veces como una ONG en la misma América- antes de llegar otra vez al glorioso mundo de la electricidad, el aire acondicionado y las tiendas abiertas y funcionando.
Y, efectivamente, el huracán resulta que ahora está aquí en Nueva York y ya veremos si acaba en tsunami. Los mercados llevan demasiado tiempo en crisis con demasiadas víctimas y con demasiados nervios sin que haya llegado a afectar todavía de modo dramático a la economía en general. Entendámonos, ya ha afectado, claro, las cosas ya se han puesto feas para todos en todos sitios. Pero todavía es un juego de niños comparado con lo que está en juego en Wall Street.
José Angel Abad
José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.
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