El fin del vicio
Hoy ha sido el último día de uno de mis vicios favoritos: viajar en el tiempo, exactamente cien años atrás todos los días durante diez minutos. Y ello porque la edición electrónica del New York Times cancela la reproducción diaria del periódico de un siglo atrás cada día. Mantienen otra sección en la que puedes elegir la fecha que quieras y visitarla. Pero yo me había encaprichado con los cien años precisos, como si fuera un cuarto oscuro al que uno se acostumbra, le coge la medida, conoce a los lugareños y se acostumbra a sus manías. Se acabó.
Entre las noticias de hoy hace cien años están la prueba de que Cook no había llegado, como ya se sospechaba, al Polo Norte. Dos de sus ayudantes cómplices en la mentira se sentían despechados porque no les había pagado todo lo prometido y confesaron -en realidad se tardaría otros cincuenta años más en confirmarse completamente el montaje, pero esto es algo que yo sólo se porque, como decía, puedo viajar en el tiempo hacia atrás y luego otra vez hacia adelante. Lo cual prueba que, efectivamente, siempre es una ventaja tener billete de vuelta.

La noticia que más me llamó la atención ayer -ayer más otros cien años- es la de que un ricachón propietario de minas, Samuel Newhouse, rompió el récord de tiempo de viaje entre Chicago y Nueva York (distancia, 540 millas), reduciéndolo en 14 minutos y dejándolo en 17 horas y 46 minutos en tren. Aún lo hubiera hecho en menos tiempo de no ser por un retraso de 48 minutos debido a una avería en el acelerador de la locomotora. Me puedo imaginar su impaciencia y voces a los operarios trabajando a pie de vía desesperados, todos con abrigos intentando desafiar a las temperaturas bajo cero en algún lugar perdido del estado de Nueva York.
Por cierto que era un tren especial para él sólo y le costó 1930 dólares, equivalente a cien billetes a tarifa normal. El tipo intentaba como fuera llegar a Nueva York para embarcarse en el Lusitania, cruzar el Atlántico y llegar a tiempo de ver a su hermano que se moría enfermo en París. El drama personal es como una novela pero la noticia ejemplifica aquella época en que los nuevos medios de comunicación se esforzaban literalmente día a día por arañarle minutos a la distancia entre ciudades -y ahora, cien años después, volvemos a intentar hacerlo con los AVEs.
Antesdeayer, me entretuve con la historia de Antonio Fernández, el tercer aviador muerto en la historia, un español, ex modisto para mujeres y, añade la crónica, de extraordinaria belleza, que le cogió gusto a la aviación (los hermanos Wright habían mostrado el camino) pero que desafió el consejo de su técnico y acabó estrellándose a las afueras de Niza.
Era el atractivo de los playboys de entonces con respecto a los de ahora: antes la moneda de cambio para presumir de valor era jugarse la vida.
Y así era hasta ahora mi otro menú de noticias de cada día, las que me dejaban escaparme un poco de Obama, la crisis financiera, la amenaza terrorista y las desventuras de Tiger Woods.
Los temas habituales de aquel invierno de 1909 eran la interferencia de Estados Unidos en Nicaragua y el recelo de los diplomáticos de los países centroamericanos -y, confirmo, estamos hablando de hace cien años…-, los crecientes muertos en la calles a causa del tráfico (los coches aún no llevaban matrícula, ni había límites de velocidad), la lucha de las mujeres para conseguir el voto, los linchamientos a los afroamericanos -a los que entonces se llamaba “negros” con un desdén que acabó ensuciando la palabra de tal modo que hoy día es tan resbaladiza que muchos no se lanzarían a usarla con tanta confianza si de vez en cuando viajaran también en el tiempo.
Total, que cien años es un tiempo muy considerable pero resulta que los temas de entonces tienen bastante semejanza o bastante que ver con lo que tenemos de vuelta en el presente. En otras palabras, que leer el periódico sirve para probar que sí es cierto aquello de que el pasado ayuda y mucho a explicar el presente -y lo mismo el presente con el futuro, por eso conviene también leer el periódico de hoy…
Y, por cierto, antes de acabar, unas gracias románticas -porque ellos no las leerán pero yo me quedo tranquilo dándoselas de todos modos- a aquellos periodistas y editores que apuraron tanto tiempo atrás los minutos de cada día para llegar a tiempo al cierre de la edición y que todos pudieran leer las noticias al día siguiente. O a los cien años siguientes.
José Angel Abad
José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.
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