06:40 ene 03, 2010 | José Angel Abad | General

Postal nipona

Camino por el aeropuerto después de más doce de horas de vuelo y un oficial de aduanas me despierta a gritos pidiéndome el equipaje que todavía no he recogido.

Unos minutos después salgo a coger un taxi y en la cola se forma de repente una discusión acalorada con uno de los conductores que entretanto casi se lleva por delante mi maleta. Alguien habla de llamar a la policía.

Sigo a lo mío intentando subirme al siguiente pero su maletero parece el cubo de la basura. Doy media vuelta y busco otro.

Al poco de llegar a casa bajo al supermercado. Al pagar, en la cola, una señora se gira un momento hacia la estantería de su izquierda para coger la pasta de dientes que se le ha olvidado. La operación dura aproximadamente tres segundos pero justo entonces llega otra clienta detrás que inmediatamente protesta con aspavientos enérgicos como si se hubiera cortado una autopista: “¿Qué hace? ¡Quiero pasar! ¡Apártese!”.

Cuando llego a pagar, poso mi cesta encima del mostrador. En la calle había -15º C y de repente me doy cuenta de que empiezo a sudar así que antes de vaciar mi cesta desabrocho mi abrigo. Error. “¡Ponga sus productos sobre la cinta!” ordena impaciente la cajera -y eso que nadie espera detrás de mí.

Es casi medianoche. De vuelta me doy cuenta de que también a mí se me ha olvidado algo, la leche, que decido comprar en la tienda de la esquina, el “deli” coreano abierto veinticuatro horas.

Antes de subir las escaleras, en una esquina de la puerta de la calle, en el suelo, me esperan los periódicos atrasados que a nadie se le ha ocurrido llevarse prestados.

No hay duda. Esto es Nueva York y sus maneras rápidas, zafias y efectivas me sorprenden más que nunca porque regreso de pasar unos días entre las formas ceremoniosas que se gastan en Japón -incluso cuando tienen prisas.

De hecho las últimas horas fueron de compras atropelladas entre el frenesí de las rebajas de Tokio de inicios de año e incluso entonces veo a las dependientas casi adolescentes inclinarse respetuosamente al saludar, atender y despedir a cada uno de los clientes que igualmente combinan agitación y cortesía con una naturalidad desconcertante.

Recuerdo aquello de que coraje es gracia bajo presión pero esto es otra cosa. Un ritual social. Inclinarse hacia delante y bajar la cabeza cada vez que te relacionas con cualquiera como forma de respeto. En buena parte del resto del mundo se entendería como sumisión. Aquí es muestra de la deferencia de unos hacia otros y, a la vez, símbolo del protocolo social -del que no hay manera de evadirse.

Hace apenas unas semanas Obama pasaba también por Japón y en su encuentro con el emperador hizo la reverencia debida -inclinando el torso hasta apuntar con la nariz en dirección a los zapatos.

Obama estas cosas las hace muy bien. Un tipo cumplidor, en plan yerno perfecto, gestos precisos, halagos debidos y tal. Lo que manda el libro de las buenas maneras.

Y, sin embargo, en casa lo pusieron de vuelta y media. Que cómo puede ser que el presidente de los Estados Unidos conceda semejante genuflexión -o sea, se rebaje, poco menos que se humille. Y, con él, el pueblo norteamericano.

Es aquello de los símbolos y cómo lo mismo significa cosas distintas en lugares diferentes. Lo que explicaba Eco en el “Tratado de semiología” y aplica por el mundo el HSBC con su logo “never underestimate the importante of local knowledge” (“nunca subestime la importante del conocimiento local”).

El caso es que nadie por Japón creería que Obama se estaba postrando ante el emperador. En realidad, he desayunado todos los días leyendo la prensa local y el “tema”, lo que centra el debate público en los asuntos de estado en este país es, sorpresa, sorpresa, su relación con Estados Unidos.

A corto plazo, el traslado de una controvertida base norteamericana y, en el fondo, el rediseño de una relación bilateral surgida hace sesenta años y que ha funcionado con éxito pero que se enfrenta a una nueva realidad -Japón con el espectro de la segunda guerra mundial ya lejano y con un comercio con Estados Unidos por vez primera menos importante que con China.

En esencia, que los japoneses creen haber ganado peso pero, ay, no el suficiente como para darle las buenas noches, muchas gracias a los norteamericanos, que siguen siendo -y por mucho tiempo- los únicos que garantizan su seguridad.

Vamos, que los americanos tienen sus cosas pero sin ellos China sería un vecino no de negocios sino de miedo. Por no hablar de Rusia. Y, encima, Toyota es quien más coches vende en América.

En definitiva, que este año he cambiado el espíritu navideño por la geometría óptica en versión nipona para acabar confirmando que todo depende del color con que se mire -y que tiene su importancia mirarlo todo con diferente colores.

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Blog desde Manhattan

José Angel Abad

José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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