12:43 ene 15, 2010 | José Angel Abad | General

Lo macabra que puede ser la vida

Naciones Unidas fue, una vez más, la parada obligatoria para hacer un directo sobre una crisis internacional, esta vez Haití, justo antes de empezar la carrera contrarreloj de siempre para llegar al lugar de la historia de verdad tras sortear la lista interminable de preparativos, vanalidades que, sin embargo, uno quiere dejar bien atadas porque cuando las cosas se pongan cuesta arriba pueden suponer un mundo. En este caso, por ejemplo, alquilar un teléfono por satélite antes de subir al avión.

Los colegas de Associated Press nos han prometido hacer lo posible por dejarnos subir a Jordi y a mí en alguno de los aviones privados que están contratando para llevar a su personal y equipos hasta Haití. El problema es que son las tres y media de la tarde, estamos en Nueva York y el vuelo despegará desde Miami a primera hora de la mañana. Así que hay que volar cuanto antes a Florida y no hay tiempo para alquilar el teléfono en Nueva York.FOTO: EFE

Jordi encuentra por internet una compañía que nos lo alquila a las afueras del aeropuerto de Miami… pero estará cerrado cuando lleguemos. Les convencemos, sin embargo, para que nos lo dejen en una consigna que tienen a la puerta de su oficina.

Echamos mano del material de emergencias que siempre tenemos en la oficina -y que incluye colchonetas, mosquiteros y cosas así- y nos metemos en un taxi cargados como los itiriteros.

De camino, enciendo el ordenador para ver cuál es el primer avión para Miami y desde qué aeropuerto. Hay uno a las siete desde La Guardia... Ése lo vamos a perder por apenas quince minutos. Pero se me ocurre entrar en la web del aeropuerto para ver si en la información en tiempo real de vuelos hay algún retraso.

¡Bingo! Va media hora tarde.

Compro entonces desde el taxi nuestros dos billetes por internet -internet, sí-, internet ha cambiado el mundo. Nos colamos, como siempre, en el mostrador de facturación. Nuestros asientos son en la última fila -vamos, lo peor…- pero nos sabe a gloria sentarnos entre quienes llevan planes tan distintos para los próximos días.

Cuando llegamos a Miami, nos vamos de inmediato a recoger el teléfono por satélite. Es una zona de hangares, madrugada. Me han dicho que busque una consigna en forma de pequeña caja de color púrpura. Veo cuatro. Ninguna púrpura. Intento marcar la combinación que me han dado, 003036, en todas ellas. Es un candado endiablado. No hay forma de marcar la clave, a la puerta de esta compañía en una zona industrial desierta, con el taxista impacientándose mosqueado y con un coche policía que de repente se acerca.

Buen momento para pensar aquello de "manda huevos": aquí en mitad de la nada de Florida, en una noche tranquila y sospechosa y ahora a ver cómo le cuento yo al policía que somos españoles, venimos de Nueva York y me han dicho que aquí puedo coger un teléfono por satélite para marchar a Haití.

El ángel, que rara vez nos abandona, viene otra vez a vernos: de repente vemos a alguien en el interior de la nave, un tipo que se acerca y al que se le ha acumulado el trabajo y se ha quedado de noche. Problema resuelto.

CJ, así se llama, fiel a la pasión americana por las iniciales (a mí mismo hay quien me conoce aquí por "J", por aquello de José), resulta ser un americano dicharachero con la sonrisa rápida y pasión por los cachivaches electrónicos. Nos sugiere otro teléfono mejor y nos pasamos más de una hora estudiando los modelos y funciones.

Son ya las dos de la mañana cuando CJ llama a un taxi para irnos a un hotel, el más cercano, un Embassy que resulta estar lleno. Fantástico.

El nuevo taxista, un cubano alegre (vaya redundancia), nos sugiere otro sitio donde, dado que vamos a coger un avión enseguida, se puede pagar por horas.

"Oye, pero ¿tú estas seguro de que ése es un sitio para dormir?" A las cinco y después de un afeitado rápido, llegamos al aeropuerto. Llegan casi a la vez también los colegas de APTN. 

Estos tipos son como hermanos. Les abonaremos el pasaje a precio de oro, por supuesto, pero eso hay que darlo por supuesto. A fin de cuentas, también ellos tienen que hacerse cargo del coste del vuelo, el combustible, el seguro, etc. El caso es que no hay dinero que pague la gentileza de llevarnos, algo que sólo surge porque llevamos años arrugando el ceño juntos aquí y allá y presumiendo entre nosotros de no ponernos nerviosos cuando el reloj y las circunstancias aprietan. Tipos tipos duros y generosos, cortos de palabras, con los que uno se entiende con la mirada. Congéneres que le hacen a uno entender de manera bien distinta el concepto de nacionalidad. La otra familia.

Salimos del aeropuerto de Oka-locka, que es el aeródromo para aviones privados en Miami, en un pequeño jet que ha alquilado APTN. El embarque no tiene nada que ver con los de la aviación comercial: no hay detector de metales ni trámites de inmigración –tan sólo un miembro de la tripulación tomando nota del nombre y número de pasaporte (ya veremos cómo se lo cuento al oficial de inmigración cuando vuelva a Estados Unidos, pienso).

A bordo, cuatro periodistas de la agencia americana, piloto y copiloto y yo. No hay sitio para Jordi, que saldrá en otro vuelo más tarde –pero, por salir ahora, yo ya llegaré a tiempo de darme una vuelta rápida, tomar algunas notas y entrar en directo en el informativo de las 3 de la tarde.

Son las 6.15 de la mañana, aún de noche. En el interior vamos cargados por todos lados, pasillos incluidos, de equipos de televisión -más chalecos antibalas, cascos, agua, sacos de dormir y antenas para comunicaciones por satélite- que indican el tipo de viaje al que nos encaminamos.

Ni siquiera nos piden que apaguemos los teléfonos cuando enfilamos la pista y en segundos nos elevamos sobre las luces de una Miami que aún duerme tranquila debajo. Si miro a la izquierda veo las primeras luces débiles del amanecer de un día abierto a lo imprevisto -dentro de los confines de la tragedia-.

Enseguida nos liamos a charlar en el avión, recordando la última vez que nos cruzamos o especulando con la próxima vez que nos veremos en una situación similar. Pero mientras tenemos pendiente el asunto de Haití, que, en un soplo, se empieza a dibujar en el horizonte, bajo una luz divina y océano brillante, un recordatorio de lo diabólica que puede llegar a ser la belleza.

El capitán nos dice que somos el noveno avión para aterrizar –oficiales de Naciones Unidas se han hecho cargo del aeropuerto. Y aquí, dándole un momento a la tecla, uno piensa que se ha hecho periodista para cosas como ésta –y, como si fuera el primer día, porque siempre es el primer día, espera estar a la altura de quienesesperan informarse a través de nosotros de una nueva versión de lo macabra que puede ser esta vida.
Esta vez, además, en tierra maldita.

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Blog desde Manhattan

José Angel Abad

José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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