Dando la nota camino de Chile
Desde esta esquina hermana y tierna del mundo que es Chile veo que aún nunca faltan indeseables en cualquier lado.
Ni tampoco quienes dadas las circunstancias de nocturnidad y anonimato aprovechan para emprender el camino de vuelta exprés a los tiempos delcro magnon. Como saltarse un semáforo en rojo de noche pero a lo bestia.
Quienes mantienen el respeto y la solidaridad no por obligación o conveniencia sino porque pudiendo darse gratis el festín de los salvajes deciden por el contrario comportarse como persona y no como animal son los verdaderos herederos de siglos de progreso humano. Los auténticos héroes de nuestro tiempo.
Y uno ya ha visto demasiado en demasiados sitios para llegar a la triste conclusión de que no es nada fácil. De que tienes muchas papeletas de ver al vecino del tercero o el de la casa de en frente como nunca te lo hubieras imaginado en cuanto nos dejan de vigilar o las cosas se tuercen.
Sin ir más lejos, entre los periodistas. El terremoto es el sábado y ese mismo día por la noche salimos para Bogotá, donde a mediodía del domingo nos espera un vuelo charter fletado exclusivamente para enviados especiales -entre otros, norteamericanos, británicos, chinos, japoneses, colombianos, mexicanos-, nosotros los únicos españoles.
Para estas cosas, por ejemplo intentar aterrizar en un aeropuerto cerrado como era el de Santiago, es mejor arrimarse a tipos que no pestañean ante ideas locas -como los militares colombianos a los que se contrató para que pilotasen el avión- y echarle luego mucho morro al tema. Despegar diciendo que tu destino final es Mendoza en Argentina y luego tirar de despachos, de teléfono, eximir a todo el mundo de cualquier responsabilidad de la locura y plantarse encima de Santiago con los dedos cruzados a ver si te dejan bajar y que cada palo aguante su vela.
Hasta se intentó aterrizar directamente en Concepción, lo cual, de noche, sin luces en la pista ni que nadie la hubiera examinado aún era pelín, digamos, excesivo. Pero me estoy desviando. Nos habían advertido: venid con poco equipaje, somos unos sesenta y no podemos presentarnos todos a tope de equipos de televisión, así no hay avión que levante el vuelo o, peor todavía, no hay avión que puedan cruzar los Andes sin darse cuenta a mitad de camino de que lleva demasiado peso y adiós buenas tardes.
¿Os acordáis de "Viven"? Pues allí tienes a la mitad de los periodistas, no sólo con sus trípodes, cajas de luces como si fuéramos a iluminar el país, equipos de televisión igual que si tuviéramos que retransmitir los juegos olímpicos y generadores a cual mayor, sino también provisiones de comida y agua como para sobrevivir un mes.
Y, claro, como no es un vuelo regular sino privado, montamos todo al avión con alegría, como quien cierra un maleta saltando encima de ella. Luego llegan los milatares colombianos, ven aquello y, oye, a los tipos no les tiembla el pulso pero suicidas no son. Ni idiotas. "Muchachos", dicen, "de todo eso, la mitad fuera". Nos vamos al bar, avisadnos cuando acabéis.
Total, que salimos del avión, un puñado de baja a la pista, se cuelan por la bodega y una hora y muchas discusiones después se creen que han solucionado el tema, volvemos todos a bordo, llamamos a los colombianos, nos sentamos muy felices gastando bromas macabras a ver quién asusta más a quién y de pronto nos llega el aviso de que hemos perdido el tiempo, colegas, que ya os lo dijimos, que esto no es un trasatlántico, que como lo habéis cargado a vuestra manera no hay quién sepa el peso exacto pero así a ojo de buen cubero esto no se levanta del suelo, así que ya sabéis.
Se organiza a toda pastilla otro comité de sabios que vuelve a meterse en la bodega -imaginaos la alegría del personal de tierra del aeropuerto- y vuelven a sacar un puñado de bultos. Quienes no habíamos llevado apenas equipaje -de hecho, algunos como nosotros, sólo teníamos equipaje de mano, una bolsita con ropa interior, el micro, la cámara un par de baterías, ordenador, cables y poco más- empezábamos a mosquearnos y es entonces cuando se decide la bodega y saque lo que le parezca hasta que el capitán diga que ya está bien.
Claro que, a la vez, dentro del aparato surgen las discusiones y acusaciones cada vez más acaloradas, tipo por qué coño traeís eso y quién eres tú para decirme nada a mí y qué ganas me están dando de explicártelo con la mano y cuando nos damos cuenta de que dos supuestos periodistas con más ínfulas de chapetones de porra que sentido común están llevándose la mano al cuello en mitad del pasillo del avión y algunos nos decimos ahora sí que esto se pone feo, Pedrín.
Pero estábamos equivocados. Todavía se iba a poner peor. Otro sujeto plumilla decidió por su cuenta que a él no se sacaban nada y acabó tirándose a la yugular de un representante del aeropuerto que daba instrucciones de qué se quedaba y qué no. Era surrealista. Íbamos a cubrir la situación posterior a un terremoto y teníamos una pelea en la parte trasera del avión y otra en la delantera. Otra vez todos fuera, otras dos horas perdidas, muchas disculpas y garantías al aeropuerto de Bogotá de que nos íbamos a portar bien y que, sobre todo, nos íbamos a marchar de una vez, vuelta a los asientos, aquello parecía "El día de la marmota" de tanto entrar y salir- y luego, con la puerta cerrada, viéndo por la ventanilla la lotería de qué sacaban finalmente.
Algunos, para rizar el rizo, decidieron que entonces no viajaban, y allí se quedaron en Bogotá. Yo tengo la teoría que su amenaza era un farol que les salió mal bajarse, no pagaban, y entonces el resto tocábamos a más por asiento. Pero a aquellas alturas, seis horas después, lo que queríamos era despegar de una vez, aunque no faltaban quienes estaban por internet averiguando el peso que podía llevar un aparato Embraer brasileño 170 como el nuestro con una trayectoria y altura como la que requeríamos. Sólo faltaban Pepe Gotera y Otilio.
Y, acabo, cómo puede uno sorprenderse de que haya saqueos y robos después de un terremoto si un puñado de periodistas presumiblemente especializados en el tema de cómo contar un tragedia sin perder la compostura son incapaces de hacer despegar un avión como gente civilizada y sin montar un número. Lo nuestro es contar la historia y a veces la nuestra es la historiaque merece ser contada. Por las razones equivocadas
Memorias de Dallas

No se trata de convertir el blog en una guía de viajes pero con frecuencia en este negocio vienen rachas de nomadismo transitorio como la actual que ahora nos ha llevado a Texas y que, entre otras cosas -como enviar crónicas-, uno intenta aprovechar para confirmar estereotipos y a la vez matizarlos, sorprenderse cara a cara con la historia o apreciar un poco más lo que tanto damos por supuesto.Vamos por partes.
Tratándose de Texas, no hay mayor estereotipo que el de la arrogancia, lo que aquí llaman swagger intentando rebajarlo a la categoría de fanfarronería y cuya evidencia te asalta en todo momento, empezando por la frasecita que te encuentras a cada paso en pegatinas, llaveros, postales y demás: "Don´t mess with Texas", "no te metas con Texas", en el sentido de "no te compliques la vida con Texas o te rompemos los dientes".
Y aquí todo lo quieren tener mas grande: el Capitolio del estado tiene una cúpula mayor que el federal de Washington, abundan los restaurantes donde si eres capaz de comer la inmensidad de carne que sirven no tienes que pagar nada y, por supuesto, acaban de construir el nuevo estadio del equipo de futbol de los Cowboys y en el que se ha roto el record de asistencia a un partido de baloncesto con mas de 108.000 espectadores. Una pena que a la mitad del público la pista le quede más bien lejos para seguir el partido y se tengan que fijar entonces en la pantalla electrónica. La mayor del mundo, por supuesto.

Y, sin embargo, esa obsesión superlativa no se acaba ahí, sino que cuando uno esta a punto de dejarse llevar por el tobogán fácil de la condescendencia -“pobrecitos estos texanos, se creen los number one y no son más que unos fantoches...” pero resulta que esa manía por el exceso, por ser mas que los demás, lo trasladan con el mismo ímpetu a otros campos menos aparentes pero quizá mas importantes, como el de la amabilidad, la buena educación, la perfección técnica, la fiabilidad o el afán de superación. Y, entonces, el estereotipo, como ocurre casi siempre al mirar algo de cerca, se hace más complejo. Ya no es solamente arrogancia barata.
Por ejemplo, conducimos a primera hora de la mañana, apenas amanecido, por una de esas autopistas tan repetidas aquí, en las que a uno le hacen falta las dos manos para contar los carriles y en las que lo único que se ve a los lados es una continuidad sin fin de establecimientos comerciales repetidos hasta la saciedad por toda America haciendo indistinguible un punto de otro.
Buscamos un lugar para tomar café. Lo encontramos y antes de bajarnos nos decimos: ya verás, apenas han abierto, pero en cuanto entremos veremos todo en perfecto orden, como si nos estuvieran esperando, nos recibirán con un sonrisa afable de oreja a oreja dándonos los buenos días con un entusiasmo respetuoso como si se alegraran realmente de vernos, preguntándonos qué queremos con el mismo tono que podría pasar por el que se emplea cuando se quiere hacer un favor de corazón, tendrán todo fresco porque los repartidores han llegado a tiempo y hasta el New York Times habrá sido repartido puntualmente y al irnos nos desearán un buen día con otra sonrisa más, como si se apenaran de que nos vayamos.
Y así resulta ser.
Cuando al final del día se acaba el partido tenemos que salir del aparcamiento y los miles y miles de coches hacen colas respetuosas sin falta de policías. A nadie -a nadie- se le ocurre colarse, plantarse a la cabeza para ahorrarse quince minutos a costa de la benevolencia de los demás. Y tampoco nadie aprieta el claxon ni lanza miradas envenenadas a otros. La gente se une a la cola a la altura de donde está aparcado su vehículo aunque la cola se vaya mas atrás. Sencillamente le hacen un hueco. Y todo con una especie naturalidad que en nada parece impuesta. Como si compitieran a ver quién tiene mejores maneras, respetándose a si mismos. Y dejamos lejos el enjambre de coches apenas unos minutos.
Por cierto que al salir, los guardias de seguridad nos daban las buenas noches, como si fueran los acomodadores de un cine antiguo.
Vaya, ya ves, resulta que la fanfarronería y arrogancia resulta ser menos ubicua de lo que el estereotipo indica a pensar es lo que se me cruza otra vez por la cabeza y pienso que tal vez en esta ocasión podría ponerlo en el blog. A riesgo de que me acusen de haberme vuelto un republicano contumaz…
Los escépticos o los descreídos dirán que es de mentira, que son unos hipócritas. Pues no, lo que son es corteses, amables, con esos modales que uno emplea cuando no tiene sentimiento ni de superioridad ni de inferioridad, sino tan sólo el objetivo de hacer con la mayor eficacia y simpatía posible la tarea que le ha asignado la vida en este día concreto.
Claro que también puede ser que yo esté completamente equivocado, que no me haya enterado de nada y que sean en realidad unos canallas disfrazados, como no podía supuestamente ser de otro modo tratándose del estado que Bush…
Pero en mi opinión lo que ocurre es que no hay nada que, considerado con detenimiento, sea fácil de entender. Y en Texas tienen sus cosas, como la fanfarronería. Y, a la vez, la amabilidad.
Luego nos escapamos dos horas a la Dealey Plaza en que fue asesinado John F. Kennedy y subimos hasta la misma ventana desde la que Lee Harvey Oswald disparo al presidente.

No vamos a hablar de teorías conspiratorias. Todos hemos tenido catorce años y querido aclarar el misterio. Pero una cosa es segura: desde esa ventana de la esquina derecha en el segundo piso más alto Oswald paso aquella mañana agachado en el suelo, comiendo pollo y esperando a que pasara el coche presidencial -de derecha a izquierda en la foto- para pegarle desde atrás unos tiros al hombre que había seducido a America y al mundo y arrancarle literalmente los sesos a la altura justa de la esquina inferior izquierda de la imagen.
Y ahora arriba, dentro del edificio, pegado a esta ventana en apariencia anodina, con unos ladrillos rojos de lo más corriente, se hace difícil entender cómo aquí pudo haber cambiado tanto la historia. A lo mejor es que es así. Es que todas las fuerzas económicas, materialismo histórico, determinismo, movimientos y motores de la historia no son nada en comparación con el azar caprichoso.
¿Qué hubiera pasado si soldado despechado le hubiera pegado un tiro a Napoleón antes de que hubiera puesto Europa patas arriba? ¿Qué hubiera pasado si Oswald hubiese errado el tiro?
Uno mira a la historia y todo parece que tuvo que haber sido necesariamente del modo en que ha ocurrido y, quién sabe, si aquella mañana hubiera habido niebla o si Oswald se hubiera levantado con diarrea o si se le hubiera cruzado un gato en el momento crucial, la historia se escribiría hoy de manera bien diferente. O quién sabe, tal vez, los capítulos fuesen muy parecidos.
Pero aquí al lado de esta ventana -donde está prohibido hacer fotos- a uno le entra un cierto vértigo pensándolo. A Oswald no le pasó lo mismo.
El stoop
Tocaba encontrarse con el escritor francés Marc Levy y después de recorrer su estupenda casa de Manhattan para elegir el lugar de la entrevista decidimos practicar un deporte muy neoyorquino: hacerla en el stoop, las escaleras de entrada a la vivienda.
Digo muy neoyorquino porque aquí cualquiera se puede sentar en el stoop de cualquiera. Especialmente, como es natural, en el tuyo. Entendámonos: el stoop es propiedad privada, es parte de la casa. Y éste sigue siendo un país donde la propiedad privada recibe el mismo respeto que las vacas sagradas en India. 
Por las aceras incluso hay marcas de plomo en el suelo que indican qué parte es pública y qué parte es privada -pertenece al dueño del edificio, con frecuencia un rascacielos, y en esa parte de la acera por lo general lo único que se puede hacer es, literalmente, caminar. Si intentas cualquier otra cosa -vender algo, fumar, grabar con una cámara, repartir publicidad o simplemente pararte- enseguida viene un guardia jurado y te explica con gentileza que aunque no lo parezca esto no es la acera pública, que la acera empieza cinco centímetros más atrás y que tienes diez segundos para optar por una de las dos formas en que se puede resolver la situación y una de ellas es contigo acabando con cinco costillas rotas y además arrestado.
En muchos estados no sólo es legal disparar a cualquiera que entre en tu casa sin permiso. Es legal incluso disparar a cualquiera que entre a casa del vecino.
Pero en Nueva York nada hay más sagrado que el derecho de pernada en el stoop.
Lo practica todo el mundo, no tiene nada que ver con los sin techo, los sin tiempo para comer o los turistas. Tú abres la puerta de tu casa -o llegas de vuelta- y te encuentras con por lo general una o dos personas sentadas en tu escalera. Se levantan con amabilidad para que puedas pasar y te dan un “perdón”.
El perdón no se refiere a sentarse en tu propiedad sin permiso -lo que técnicamente constituye trespassing y es un delito muy serio- sino que es ese perdón de carril que se da aquí cuando se camina sin prisas y al cruzarse con alguien con roce o dificultando su paso se quiere aparentar buenas maneras. O sea, pura hipocresía de tipo cívico, como para echarse sal a nuestro devenir diario. Igual que sonreírle a alguien cuando te cruzas en la puerta.
Volvamos al stoop: tú pasas y ellos se vuelven a sentar. ¡Están en su derecho! Y a ningún propietario se le ocurre echarles.
Esta ciudad es el paraíso de los promotores inmobiliarios y Donald Trump es admirado como si fuera un dios -un dios especulador de terrenos, pero aquí lo que se admira es ganar dinero, sin más. Hasta el último centímetro de suelo está tasado y apenas hay espacios públicos -Central Park distorsiona la media. Quizá por eso, porque no hay ni dónde detenerse un momento, se haya abierto espacio esta costumbre.
Porque la tradición del stoop se ha convertido es una especie de derecho consuetudinario nacido contra pronóstico.
No importa que la casa, como la de Levy, cueste una fortuna. Cualquiera puede sentarse en sus escaleras -especialmente, como es lógico, si además son las tuyas. Pero lo bueno es que, aunque tú seas el afortunado dueño de la mansión, es muy probable que cualquier otro día te sientas un rato con el periódico y el café en un stoop ajeno. Si te cruzas con alguien en la escalera, no se le ocurrirá mirarte de manera sospechosa, probablemente incluso sea él quien te pida perdón. Y al irte tú lo dejarás todo como lo encontraste.
Es lo que hacen los neoyorquinos, que apenas tienen parques, no conocen las comodidades de los bancos por las calles y en las terrazas de sus restaurantes la única vista de que disfrutan es la del tráfico a cuatro metros de distancia. Pero pueden disfrutar del stoop de cualquiera.
Lo último en señales de tráfico
A modo de anécdota, aquí os cuelgo lo que se le acaba de ocurrir a la policía de Nueva York para disuadir a los conductores de aparcar en la Quinta Avenida: un cartel diciendo "Ni siquiera PIENSES en aparcar aquí".

Puede que funcione, ¿verdad?, suena como si te fueran a cortar un brazo si aparcaras. Y parece que nadie se atreve.
Las cumbres no son tan sofisticadas
En estas cumbres internacionales como ahora la de Washington sobre la crisis en los mercados financieros y la economía internacional en general todo el mundo intenta ponerse muy estirado y cosmopolita, como perteneciendo a una comunidad superior a la de las fronteras nacionales en plan ciudadano del mundo.
Y, sin embargo, resulta que no hay forma de esconder el ADN, que con sólo abrir la puerta o abrir la boca es como si sacáramos la bandera nacional sin darnos cuenta. Periodistas y políticos.
El primero, Bush, que se va a ir sin haber aprendido a sentarse a la mesa como una persona adulta, siempre despachurrado a medio camino entre naturalidad propia de los americanos y la impostura de un cowboy. Lo ves ahí con el trasero al borde del asiento y los hombros sin apenas levantar más allá del respaldo de la silla y te dan ganas de dar un paso al frente, saltar el protocolo y gritarle “siéntate bien, hombre”.
Brown y Sarkozy se mueven con la seguridad natural de quienes creen que pertenecen al club por derecho natural, lo que les da un aire de gravedad aristocrática como si en vez de haber venido a la cumbre hubieran tenido que ir al dentista.
Zapatero con aire indeciso, como sin saber si puede cruzar la puerta primero que los demás, todavía no seguro de cuáles son las reglas de la casa pero dispuesto a levantar la mano el primero si puede presumir de haber llegado con los deberes en regla.
El chino Hu Jintao siempre sin prisa, como si el reloj jugara inexorablemente a su favor, heredero de una cultura milenaria que, a diferencia de otras, nunca parece haber tenido prisa. Y, claro, con esa certeza de las grandes fortunas agrarias con las que nunca cuentan los ricos de las ciudades hasta que, curiosamente, de un día para otro, empiezan a cortejarle a su hija rolliza.
Y, así, cada uno hijo de su patria.
Pero también los periodistas, por supuesto. Los americanos se delatan por su ausencia. Nada más ilustrativo de la tradicional tendencia aislacionista de Estados Unidos (es sólo una de las tendencias, a veces impera, pero no siempre) que darse cuenta de que aquí apenas hay prensa americana. Esto apenas existe para ellos. Con todos los líderes del mundo en su capital y hoy coges el New York Times y en primera página te hablan de Obama, de mormones en C
alifornia y de el principio del fin de los envoltorios de plástico pero no de la cumbre. O sea, el provincianismo vive en todos lados.
Los españoles, lo contrario. Somos el grupo más numeroso, en parte por la novedad, en parte por esa cosa nuestra de no ser un estado federal pero aspirar a que cada parte del país sea un todo presente en todos lados. Y no sólo geográficamente. Hasta los pequeños periódicos tienen aquí su corresponsal o enviado especial. Aunque, comparado con los americanos, éste es uno de esos casos en que, sin duda, es mejor pecar por exceso que por defecto. Me gustaría decírselo, pero no están.
Sí están los argentinos, y por vez primera. Y por eso, mientras preparo mi directo tengo al lado a un argentino que, a la puerta del departamento de estado y en una cumbre sobre crisis financiera internacional, empieza su crónica recordándoles a sus espectadores que “esta es la capital del mundo, aquí, en este edificio se planearon la mayoría de los golpes de estado en Latinoamérica” y sigue por esa senda un rato.
Luego, cuando ya se ha desahogado con Estados Unidos… España, que “ha mendigado estar aquí”.
Lo cual, según se mire, puede ser cierto, pero igualmente cierto sería haber dicho que según el criterio económico que se utilice España es la octava potencia del mundo y por ello merece estar aquí. O que, empeñada en estar, lo ha conseguido. O que de todas los países industrializados tiene la que ha resultado ser mejor regulación financiera. Pero no. Mendigando.
Y a mí me parece que de todos los periodistas asistentes, sólo un argentino podría empezar así.
No es que me parezca mal, sólo que me parece previsible.
En fin, no es plan de seguir así con todas las delegaciones, sólo resumir que todos nos delatamos demasiado rápido. Me pregunto qué diría de mí el argentino.
José Angel Abad
José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.
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