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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESDE MANHATTAN

Una semana en la ONU

Bienvenidos a las Naciones Unidas. Imaginemos el salón de actos de un centro cultural de barrio en una ciudad española en los años ochenta. Pues en el aspecto físico, eso es la ONU sólo que un poco más grande y con gente mejor vestida.

José Angel Abad  |  Nueva York  | Actualizado el 17/05/2011 a las 20:38 horas

Miércoles, 9 de la noche en Nueva York.

Intentamos abandonar el edificio de las Naciones Unidas, donde hemos estado cubriendo la reunión del Consejo de Seguridad.

Hace dos horas que ha terminado. Nos hemos quedado hasta que se ha ido todo el mundo menos un guardia y poder meternos en la sala del Consejo a grabar para el informativo matinal una crónica hablando a cámara (lo que nosotros llamamos un “plató”).

Luego, al salir, descubrimos que las dos puertas principales están cerradas por dentro. Hay una tercera, la que da a la calle 43, pero no se puede llegar a ella desde la zona del Consejo de Seguridad.

A través de algunas puertas con cristales vemos a varias limpiadoras pero nos hacen gestos de que no nos pueden abrir. Vamos de pasillo en pasillo. Nos cruzamos con tres periodistas japoneses que también peregrinan de un lado a otro en busca de una puerta, una ventana, una escalera, lo que sea con tal de volver a la libertad exterior

Después de media hora bien larga, de lo que parecía un armario pero resulta ser una puerta ciega surge un tipo con casco y tejanos sucios, uno de los operarios que trabajan de noche en la reforma del edificio.Para nosotros, como si se hiciera la luz.

Le explico la situación kafkiana y él responde con acento británico, flema de preocupación y tonillo simpático y cruel a la vez:

- “Sí, hace unas semanas le pasó lo mismo a otro periodista. Para salir hay que coger el camino de la Asamblea General, bajar al segundo sótano, cruzar todo el edificio por las zonas de mantenimiento, pasar por el garaje, subir después a la entrada principal y desde ahí caminar a la salida sur. Hay puertas electrónicas que vosotros no podeís abrir. Yo os las podría abrir pero lleva unos quince minutos. No sé si tengo tanto tiempo...”.

Sábado, 9:30 de la mañana.

Acabamos delante de las Naciones Unidas el directo para el informativo de la tarde y entramos para seguir la reunión de expertos previa a la del Consejo de Seguridad de hoy. Como es fin de semana y todo está en obras, hay que entrar por una puerta inhabitual. En el control de seguridad, el guardia se olvida de fijarse si pasamos por el detector de metales.

Luego, con las señales antiguas inservibles y guiándonos exclusivamente de nuestro esquivo sentido de la orientación, cogemos el camino equivocado y acabamos en la antigua cafetería, convertida en un almacén gigante y fantasmagórico. Damos media vuelta.

Vemos a otra periodista y la seguimos. Abre puertas misteriosas y camina por un tunel cuya existencia ni conocía ni hubiera imaginado. Al final hay que hacer uso de una tarjeta especial que no poseo.

Le digo que me he olvidado la mía y que si nos puede dejar pasar con la suya. Me mira de arriba abajo y sin decir palabra se acerca al lector de banda magnética. Entra Jordi. Entro yo. Así dos veces más. Finalmente, llegamos a la zona del Consejo por otra puerta oculta en la que nunca había reparado.

Bienvenidos a las Naciones Unidas. Imaginemos el salón de actos de un centro cultural de barrio en una ciudad española en los años ochenta. Pues en el aspecto físico, eso es la ONU sólo que un poco más grande y con gente mejor vestida.

Las normas de lo aceptado y lo prohibido aquí no están muy claras. Ni quién manda. Casi todo se decide de un modo un tanto asambleario. El mobiliario es viejo, la luz triste, se puede gritar a cualquiera, especialmente a los diplomáticos. Y, si se descuidan, también agarrarlos del brazo. Si lo comparas, por ejemplo, con la Casa Blanca, donde hasta las moscas tienen su itinerario y horario delimitados, es como la noche y el día. Aparece el embajador libio, que a estas horas aún está del lado de Gadafi. Intenta salir y acaba en un enjambre de periodistas.

Está comprensiblemente nervioso, tal vez la vida de su familia dependa de las palabras que pronuncie aquí. Dice cosas inconexas, que está a favor de Gadafi y, a la vez, de los protestantes.

Le gritamos, le zarandeamos, en un momento dado me planto delante y me pongo muy digno, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, para preguntarle:

- “Pero, señor, con el debido respeto, lo que el mundo quiere saber, y le está escuchando a través de esta cámara -apunto con el dedo, muy melodramático-, es si usted considera o no a Gadafi responsable de las muertes de estos días”.

Me mira y es evidente que el tipo está en un callejón sin salida.

- “No. Todos somos responsables en el régimen, pero él no…”

Los periodistas salivamos. Es uno de esos momentos en que sabes que tienes ahí a tu presa. Un fulano que se ha pasado la vida dando órdenes, pisando moqueta, levitando por encima de los problemillas propios de cualquier vecino de en frente, asociado encima con un tirano y que, ahora mismo, está a merced de que le cantes las cuarenta en forma interrogativa con la cámara por testigo.

Confesión: los periodistas soñamos con eso por las noches.

Para el embajador quizá sea el día más difícil de su vida. ¿Me paso al lado de los protestantes? ¿Y si Gadafi se recupera?

Para nosotros es una de esas veces en que, Pedrín lo sentimos mucho, no hay espacio para el amor en esto. Hay mucha gente muriendo, el futuro de un país en juego, tú has elegido tener mando en plaza y ahora toca enseñar las nalgas. Cruel, pero no somos nosotros quienes eligen las reglas. Lo nuestro es aclarar qué dice y qué hace cada cual. Asegurarnos de que cada palo aguanta su vela. Aplicado al caso:

- “Embajador, perdone, todo el mundo responsable excepto Gadafi, ¿no encuentra usted eso insultante para las familias de quienes han muerto?”.

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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