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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESDE MANHATTAN

Resolución de Año Nuevo

El otro día alguien me preguntaba si los colegas con quienes juego al fútbol una vez por semana a orillas del East River son extranjeros y yo contestaba que, efectivamente, la inmensa mayoría no somos norteamericanos. Sin embargo, luego me quedaba pensando que si a ellos alguien les preguntan si yo mismo soy de fuera pues iban a contestar probablemente que no.

Times Square en Nochevieja Times Square en Nochevieja | Foto: Agencias

José Angel Abad  |  Madrid  | Actualizado el 31/12/2011 a las 16:54 horas

Porque tal vez en ninguna otra ciudad la identidad tenga tan poco que ver con el lugar donde uno ha nacido.

Tampoco hace falta que les pregunten a otros. A estas alturas, noveno año en Nueva York, uno tiende a considerarse ya de la ciudad porque, entre otras cosas, una vez le escuché a Bush a apenas unos metros básicamente amenazar al mundo en la Asamblea General de Naciones Unidas y luego me fui a hablar sobre la cosa con un peluquero ruso que en su día había escapado de la Unión Soviética y que ahora tijera en mano me explicaba que no había que darle mucha importancia a lo de Bush, que todo el mundo quiere causar impresión en Nueva York.

“Y las patillas no te gusta que te las corte, ¿verdad?”

También porque en otra ocasión me dio el punto de jugarme el visado en un encontronzado en el Upper East Side con un agente fanfarrón del servicio secreto al que estúpidamente devolví un insulto añadiendo una invitación patética a pelearnos en la calle y él, muy profesional, se empeñó en arrestarme. Luego no había coche para llevarme, o tiempo, o yo qué se, y en vez de vuelta a España cogí la línea E del metro, como si tal cosa, con una naturalidad que sólo prueba que a veces de noche el destino sí existe. Y juega a tu favor -o eso me aseguró una vez una astróloga de Hollywood.

También te hace sentir así la familiaridad con Wall Street, el Rockefeller, el Empire, el Metropolitan, el Lincoln Center o las tortugas del santuario al lado del Ramble, que es mi lugar preferido de la ciudad. Por cierto, que hace unos días fui a visitar a las tortugas, no estaban y, ya ves, me fui preocupado.

Y porque aquí mismo he visto a muchos buenos amigos unas veces reír y otras llorar. Yo mismo he ganado y he perdido -sin tener aún muy claró cuándo fue qué.

Un día fui a Central Park a decidir si había llegado la hora o no de intentar tener un hijo. Y allí mismo donde Jackqueline Kennedy paseaba su prole, la conversación profunda acabó haciéndose tan desatinada que me fui al Dead Poet, que sigue siendo mi pub favorito aunque nunca haya escrito de él, y decidí tomar al menos allí una decisión importante: abandonar la Guinnes en favor de la Sam Adams no porque sea la cerveza que más me guste sino para añorarla cuando ya no viva en la ciudad.

Todo por darle a aquel día algo de la liviandad con que parece que los grandes proyectos se discuten como si tal cosa en esta ciudad tan poco dada a la introspección y la ironía.

Aquí he madrugado con asiduidad feroz para trabajar y también ha habido noches borrascosas en las que al tocer algunas esquinas de Queens no tenía muy claro si lo que estaba era recordando a Ray Liotta en “Uno de los nuestros”.

Otro día, bebiendo donde no debía y con quienes no me convenían, conocí a un tipo de aspecto tan siniestro que pensé se trataba de un asesino peligroso y resultó ser el jefe de homicidios de la policía. Y entonces tuve miedo.

Para cubrir noticias urgentes y en ocasiones intrascendentes, he hecho cosas terribles a quienes estaban a mi lado -les he abandonado en países lejanos para llegar de vuelta cuanto antes, o, al revés, dado la vuelta estando aún en el aeropuerto de Nueva York y prometiendo llegar otro día, cuanto antes, o sea, en otra ocasión. No he estado en los hospitales en los que debía hacer compañía, o he inflado la importancia suprema de lo que acababa de ocurrir para así justificar así mi marcha.

Todo por aquello de que esto es un sacerdocio. Pero también por adicción a la cosa. Vamos, por vicio.

Y por egoísmo.

Y por miedo, pensando que quienes te rodean en esta carrera loca son gente mucho más preparada, que funciona con energía nuclear y tú vas a vapor, macho, ponte las pilas.

También hubo un amanecer romántico sentado en un banco del Soho. Noches con una mujer bella que además tiene ese algo sólo norteamericano que es una mezcla de tontería y carácter y que saben cómo hablarle de tú a tú a Ralph Lauren, que no es una marca, es un señor, y si lo tienes delante un dios.

E igualmente la cena más dulce que recuerde, como una revelación en la que el futuro se abriera ante mis ojos la tuve en Antibes, que es un restaurante francés del Lower East Side. Y en un bar cercano un beso inesperado, que me recordó al Nacimiento de Venus de Botticelli. Cosas por las que merece la pena calzarse los zapatos.

El nacimiento de VenusEl nacimiento de Venus | Foto: Agencias

Quiero decir que ocho años largos dan para mucho.

Para lo suficiente como para pensar que uno es de aquí.

Lo suficiente como para ser de aquí.

Y, ay, sin embargo…

Sin embargo, el otro día tuve un momento de flaqueza con mi jefa y me puse a contarle con sinceridad impropia lo más difícil de la corresponsalía y me salió del alma la batalla por no hacerse uno de aquí.

Cuanto más conoces la ciudad, cuanto más entiendes al paisanaje, cuantas más raíces echas, cuanto más preparado estás para contar las cosas… tanto mayor es el peligro de hacer justo lo contrario. De dejar de ser el corresponsal de tu gente. De intentar corregir, no explicar. De pensar que la visión buena es la tuya porque tienes los árboles más cerca, y no la de los otros porque sólo ven el bosque. De amanerarse, no ser ya parte de tu camada. De hacerse extranjero. De cambiar demasiado. De convertirse en otra cosa.

Y, como consecuencia, uno vive así, peleando por no hacerse de aquí sabiendo que ya no puede ser del todo de allí, cuestionando lo que aprende, relativizándolo todo, estableciendo conexiones improbables, empañándose en no sorprenderse y, al mismo tiempo, queriendo sorprenderse por nimiedades que prefieres pensar tienen una trascendencia fastuosa en la que nadie ha reparado aún, envidiando aunque sea de mentira a esos tipos que van por la vida llenos de certezas sobre cómo son los americanos, los españoles, los franceses o los del precioso San Antolín de Ibias, provincia de Asturias.

Envidiando de verdad a quienes escapan a esta ciudad para cumplir un sueño profundo, que son la mayoría -aunque ese sueño tantas veces ocupe un lugar desmesurado entre lo que deberían ser sus prioridades y les haga desperdiciar la vida. Porque en ninguna ciudad se cumplen tantos sueños, pero en ninguna otra tampoco naufragan tantos. Ésta es sobre todo una ciudad de gente que escapa, y ya se sabe qué ocurre muchas vences entonces.

En fin, que todo esto es la gimnasia del corresponsal. Empeñarse en hacer de puente colgante, en no llegar nunca a la otra orilla, así pasen nueve o noventa años.

Y, de paso, es un antídoto contra los aguijonazos inevitables del negocio, que no todo van a ser siempre caramelos. Como se dice en inglés, it comes with the territory (“viene con el territorio”).

Por ejemplo, la semana pasada leía una entrevista magnífica que le han hecho a mis dos colegas y maestros en Londres, Iñigo Gurruchaga, corresponsal de El Correo, y Walter Oppenheimer, de El País, y después en el primer comentario alguien les criticaba por hablar de naderías, de estereotipos, oye que estos tipos nos hacen perder el tiempo...

Hay que ver.

Uno se pasa 35 años de corresponsal, peleándose en soledad por traducir la vida extranjera a letra ibérica, publicando día a día, y de repente viene un fulano a decirte en un pis pas de cuatro líneas que no te has enterado de nada.

Quién sabe.

Supongo que hay algo de belleza en eso. Ah, sí, y qué bien que en democracia cualquiera puede decir cualquier cosa.

Si eso les pasa a los mejores…

Resumiendo, que uno no se olvida que está de prestado, que aquí hay un contrato y no me refiero al de Antena 3 con el corresponsal sino al nuestro: vosotros seguís cuando os parezca las crónicas por la tele y el blog por internet y yo hago todo lo posible por dejar el alma en España, a las piernas darles toda la carrera posible por Estados Unidos y los ojos os los entrego voluntariamente y lo más limpios posible.

Decidir si la visión es nítida o desenfocada, es vuestro privilegio. Es decir, responsabilidad.

Y así, si os parece, tiramos otra temporada, ¿cómo lo veís?

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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