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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
BLOGS | DESDE MANHATTAN

Recuerdos del último viaje a Dallas en 2010

No se trata de convertir el blog en una guía de viajes pero con frecuencia en este negocio vienen rachas de nomadismo transitorio como la actual que ahora nos ha llevado a Texas y que, entre otras cosas -como enviar crónicas-, uno intenta aprovechar para confirmar estereotipos y a la vez matizarlos, sorprenderse cara a cara con la historia o apreciar un poco más lo que tanto damos por supuesto.
Vamos por partes.

Dallas, lugar del asesinato de Kennedy Dallas, lugar del asesinato de Kennedy | Foto: José Ángel Abad

José Ángel Abad  |  Estados Unidos  | Actualizado el 21/11/2013 a las 20:45 horas

Tratándose de Texas, no hay mayor estereotipo que el de la arrogancia, lo que aquí llaman swagger intentando rebajarlo a la categoría de fanfarronería y cuya evidencia te asalta en todo momento, empezando por la frasecita que te encuentras a cada paso en pegatinas, llaveros, postales y demás: "Don´t mess with Texas", "no te metas con Texas", en el sentido de "no te compliques la vida con Texas o te rompemos los dientes".

Y aquí todo lo quieren tener mas grande: el capitolio del estado tiene una cúpula mayor que el federal de Washington, abundan los restaurantes donde si eres capaz de comer la inmensidad de carne que sirven no tienes que pagar nada y, por supuesto, acaban de construir el nuevo estadio del equipo de futbol de los Cowboys y en el que se ha roto el record de asistencia a un partido de baloncesto con mas de 108.000 espectadores.

Una pena que a la mitad del público la pista le quede más bien lejos para seguir el partido y se tengan que fijar entonces en la pantalla electrónica. La mayor del mundo, por supuesto.

Y, sin embargo, esa obsesión superlativa no se acaba ahí, sino que cuando uno esta a punto de dejarse llevar por el tobogán fácil de la condescendencia -"pobrecitos estos texanos, se creen los number one y no son más que unos fantoches..." pero resulta que esa manía por el exceso, por ser mas que los demás, lo trasladan con el mismo ímpetu a otros campos menos aparentes pero quizá mas importantes, como el de la amabilidad, la buena educación, la perfección técnica, la fiabilidad o el afán de superación.

Y, entonces, el estereotipo, como ocurre casi siempre al mirar algo de cerca, se hace más complejo. Ya no es solamente arrogancia barata.

Por ejemplo, conducimos a primera hora de la mañana, apenas amanecido, por una de esas autopistas tan repetidas aquí, en las que a uno le hacen falta las dos manos para contar los carriles y en las que lo único que se ve a los lados es una continuidad sin fin de establecimientos comerciales repetidos hasta la saciedad por toda America haciendo indistinguible un punto de otro.

Buscamos un lugar para tomar café.

Lo encontramos y antes de bajarnos nos decimos: ya verás, apenas han abierto, pero en cuanto entremos veremos todo en perfecto orden, como si nos estuvieran esperando, nos recibirán con un sonrisa afable de oreja a oreja dándonos los buenos días con un entusiasmo respetuoso como si se alegraran realmente de vernos, preguntándonos qué queremos con el mismo tono que podría pasar por el que se emplea cuando se quiere hacer un favor de corazón, tendrán todo fresco porque los repartidores han llegado a tiempo y hasta el New York Times habrá sido repartido puntualmente y al irnos nos desearán un buen día con otra sonrisa más, como si se apenaran de que nos vayamos.

Y así resulta ser.

Cuando al final del día se acaba el partido tenemos que salir del aparcamiento y los miles y miles de coches hacen colas respetuosas sin falta de policías. A nadie -a nadie- se le ocurre colarse, plantarse a la cabeza para ahorrarse quince minutos a costa de la benevolencia de los demás. Y tampoco nadie aprieta el claxon ni lanza miradas envenenadas a otros. La gente se une a la cola a la altura de donde está aparcado su vehículo aunque la cola se vaya mas atrás. Sencillamente le hacen un hueco. Y todo con una especie naturalidad que en nada parece impuesta. Como si compitieran a ver quién tiene mejores maneras.

Por cierto que al salir, los guardias de seguridad nos daban las buenas noches, como si fueran los acomodadores de un cine antiguo.

Vaya, ya ves, resulta que la fanfarronería y arrogancia resulta ser menos ubicua de lo que el estereotipo indica a pensar es lo que se me cruza otra vez por la cabeza y pienso que tal vez en esta ocasión podría ponerlo en el blog. A riesgo de que me acusen de haberme vuelto un republicano contumaz...

Los escépticos o los descreídos dirán que es de mentira, que son unos hipócritas.

Pues no, lo que son es corteses, amables, con esos modales que uno emplea cuando no tiene sentimiento ni de superioridad ni de inferioridad sino tan sólo el objetivo de hacer con la mayor eficacia y simpatía posible la tarea que le ha asignado la vida en este día concreto.

Claro que también puede ser que yo esté completamente equivocado, que no me haya enterado de nada y que sean en realidad unos canallas disfrazados, como no podía supuestamente ser de otro modo tratándose del estado que Bush...

Pero en mi opinión lo que ocurre es que no hay nada que considerado con detenimiento sea fácil de entender. Y en Texas tienen sus cosas, como la fanfarronería. Y, a la vez, la amabilidad.

Luego nos escapamos dos horas a la Dealey Plaza en que fue asesinado John F. Kennedy y subimos hasta la misma ventana desde la que Lee Harvey Oswald disparo al presidente.

No vamos a hablar de teorías conspiratorias. Todos hemos tenido catorce años y querido aclarar el misterio.

Pero una cosa es segura: desde esa ventana de la esquina derecha en el segundo piso más alto Oswald paso aquella mañana agachado en el suelo, comiendo pollo y esperando a que pasara el coche presidencial -de derecha a izquierda en la foto- para pegarle desde atrás unos tiros al hombre que había seducido a America y al mundo y arrancarle literalmente los sesos a la altura justa de la esquina inferior izquierda de la imagen.

Y ahora arriba, dentro del edificio, pegado a esta ventana en apariencia anodina, con unos ladrillos rojos de lo más corriente, se hace difícil entender cómo aquí pudo haber cambiado tanto la historia.

A lo mejor es que es así. Es que todas las fuerzas económicas, materialismo histórico, determinismo, movimientos y motores de la historia no son nada en comparación con el azar caprichoso.

¿Qué hubiera pasado si soldado despechado le hubiera pegado un tiro a Napoleón antes de que hubiera puesto Europa patas arriba?

¿Qué hubiera pasado si Oswald hubiese errado el tiro?

Uno mira a la historia y todo parece que tuvo que haber sido necesariamente del modo en que ha ocurrido y, quién sabe, si aquella mañana hubiera habido niebla o si Oswald se hubiera levantado con diarrea o si se le hubiera cruzado un gato en el momento crucial, la historia se escribiría hoy de manera bien diferente.

O quién sabe, tal vez, los capítulos fuesen muy parecidos.

Pero aquí al lado de esta ventana -donde está prohibido hacer fotos- a uno le entra un cierto vértigo pensándolo.

A Oswald no le pasó lo mismo.

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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