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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESDE MANHATTAN

Jo, qué noche. Parte 3

Se llamaba Zadi, tenía unos cuarenta años, pelo raso, nariz torcida de boxeador, manos gruesas, piel oscura y mostraba esa fuerza bruta pero tranquila que tienen los africanos fuertes que sin buscarlo tienen unos músculos que pugnan irreverentes por dejarse ver. Y, sin embargo, una mirada de niño dolido y a la vez tranquilo, como esperando con calma el siguiente golpe, un golpe que parece que ya no le haría daño de tantos que antes ha recibido. Algunos los ha sorteado y ahora le queda memoria para contarlo. Incluso humor.

Taxis de Nueva York tras el paso de Sandy Taxis de Nueva York tras el paso de Sandy | Foto: HoylosAngeles.com

José Ángel Abad  |  Madrid  | Actualizado el 05/11/2012 a las 19:32 horas

En otras palabras, calculo un tipo peligroso si él lo quisiera pero que, sin embargo, en el camino, sin duda alguna muy tortuoso que le ha tocado vivir, parece haber elegido el camino imprevisto, el difícil: el de la contención, la prudencia, el esfuerzo, el rechazo de las tentaciones rápidas que en ruta vital tienen seguro un margen de error mínimo. La lotería genética, ya se sabe. Naces en tal sitio y en tal familia y no hace falta ningún experto en estadística para calcular la bisectriz de tu vida -excepto las pocas excepciones a la regla. He aquí una, pienso.

La mueca confiada y a la vez deferente que le hace al policía que le acaba de llamar "jodido idiota" y el comentario posterior, "qué gracia" me recuerdan de pronto a otro tipo, M.  En otra época, cuando tenía un poco más de tiempo y a la vez muchas más prisas -o sea, cuando tenía "fiebre en los cañones", como escribía el guatemalteco Miguel Angel Asturias en "El señor Presidente"- acababa de vez en cuando en lugares donde me encontraba a tipos como Zadi pero una fase más temprana de su trayectoria y no siempre eligiendo al final el mismo camino. 

Con uno de ellos, M., recorrí en cayuco el río Niger.  De noche cantábamos canciona africanas a la luz de la luna. Cantaba mayormente M., que era la forma en que volvía a sentirse un niño.  Luego, de día, cuando teníamos hambre, parábamos en cualquier orilla, nos bajábamos a tierra, M. elegía con confianza una gallina que le compraba a algún lugareño y, sin zarandaja alguna sacaba un cuchillo enorme que siempre llevaba al cinto y le pegaba un tajo sereno y preciso a la gallina en el cuello -la comida del día.

Ese tajo inapelable era más que otra cosa lo que me hacía recordar que M. era -como yo, tal vez- un niño grande pero -en su caso- solo porque quería.  La vida le había enseñado, de la manera más elemental de la experiencia humana, a poder volverse en solo un segundo brutal, contundente, peligroso. No todas las veces. Ni siquiera la mayoría. No era un tipo envenado. La vida no le había convertido en un monstruo. O él había resistido.

Pero cada día, cada hora, podía elegir. De ahí el cuchillo al cinto.  Mi taxista Zadi me dio la impresión de que podría bajarse del taxi y en la oscuridad de la noche explicarle en tres palabras, dos segundos y un tajo en el cuello al señor agente quién iba a ser la gallina en esta noche neoyorkina. 

Que nadie llegue a conclusiones sobre el policía. Tal vez en otra ocasión. Los policías neoyorkinos -¿o será cosa de norteamericanos en uniforme?- tiene una relación inversamente proporcional entre sus maneras y su grado de eficiencia.  Pueden llamarte "jodido idiota" y complicarte la vida sin piedad por cualquier tontería. Pero, igualmente, es muy probable que ese mismo agente se juegue la vida más que nadie por, por ejemplo, rescatarte de un incendio; no te van a dejar atrás. 

En todo caso, Zadi no se paró, ni sacó cuchillo alguno. Solo continuó riendo y añadió un imprevisible: "poor guy", "pobre tío" o "pobre tipo".

Vaya, vaya. No se de dónde viene nuestro amigo taxista Zadi pero parece haber llegado a la mitad de la vida haberse limpiado por dentro. Oye, que eso no ocurre tan fácilmente hoy en día. Ni siquiera comiendo tres veces al día, teniendo segunda casa en la costa y tarjeta de crédito de color dorado.

Guardo bloc y bolígrafo y decido abrir un agujero negro en el tiempo dentro del taxi. Vamos por partes. Zadi nació en Costa del Marfil pobre como las ratas -no es una redundancia; en los países pobres hay muchos ricos y viven muy bien. Algunos, inevitablemente, se ven zarandeados por los avateres de la corrupción, la indecencia o lucha por el poder y acaban de cualquier cosa en otro país.

Pero a lo que vamos.  ¿Cómo se convirtió Zadi en un error estadístico? Cantaba, como mi amigo M. Y su coro, orfeón o lo que fuera en Costa del Marfil debían hacerlo bien porque empezaron a recibir invitaciones para viajar. Una de ellas les trajo a Estados Unidos. Ahí Zadi se bajó del tren; que una cosa es ser un tipo sereno y otra idiota. 
Eso fue dieciséis años atrás.

Desde entonces trabaja feliz doce horas al día en un taxi alquilado que le da lo justo para sobrevivir en Nueva York y mantener a toda su familia africana. Eso incluye a su mujer y tres niños, a los que no ha conseguido traer.  Su hermano es soldado. El año pasado hubo un golpe de estado en Costa del Marfil. El hermano estaba en el lado equivocado. Mala suerte. Intentó irse del país pero le pillaron. Para que no pudiera escapar le pegaron un tiro en una pierna. 

Zadi conoció en Nueva York a un tipo que conocía otro tipo que conocía a otro tipo que trabajaba en Naciones Unidas.  Ese es el tipo de relación con que aquí en casa uno consigue, si tiene suerte, que le repare el coche un tipo de confianza. En Costa del Marfil es el tipo de relación con que puedes salvar la vida a tu hermano y toda la familia.
Zadi se movió. A su hermano lo soltaron -solo era un soldado- pero llegó a la conclusión de que estaba marcado. Había que irse.

"Me siento bendecido. A fin de cuentas he sido adoptado por el sistema.

Tras meses de peticiones y gestiones más o menos humillantes, y todos los ahorros de por medio (¡qué rápido se escribe!), Zadi consiguió que su familia escapara del país.Ahora viven en Ghana en un campo de refugiados. Son veintiún familiares en total. La última gestión le costó 171 dólares por familiar.

Además, cada mes les tiene que enviar la mitad de sus ingresos para que sobrevivan. - "Sobre todo por los niños. Es que si no tienen dinero se acaban prostituyendo", explica. Porque Zadi nunca fue a la universidad pero sabe mucho de estadística.

Mientras me cuenta esto -hemos parado un par de veces-, llegamos a la zona con luz de Manhattan y en seguida a nuestra oficina.  Nos esperan las crónicas para el informativo matinal, Espejo Público y el de las 15 horas sobre el huracán. El relato de la tragedia improbable pero sobrevenida del que contra pronóstico también me he olvidado a cuenta de un insulto y una sonrisa.

Llega el momento de la despedida:

- Zadi, no creo que seas ningún jodido idiota. Más bien creo que deberías estar orgulloso de ti. Por lo menos. El policía era el idiota. 
-  Oh, no te preocupes. Fue gracioso. Así son las cosas. Me siento bendecido. A fin de cuentas he sido adoptado por el sistema. No está mal.

Le miro y me gustaría decirle finalmente que en español hay un refrán que dice que no ofende quien quiere sino quien puede. Pero estas traducciones nunca acaban de funcionar bien.  Y además Zadi lo sabe todo ya de estadística y de refranes. El sistema le ha adoptado y ahora es un taxista de Nueva York.  Y yo sé de qué me voy a acordar, sobre todo cuando recuerde la noche en que a Nueva York llegó un huracán se inundó y se quedó a oscuras.

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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