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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESDE MANHATTAN

Noche de gala

No hay sitios asignados en las mesas de gala con manteles de hilo blanco, centros de flores, cuatro vasos por comensal y programas incrustados en las servilletas de tela doblada al estilo triple cono. Afuera hacía un frío endiablado y caía esa lluvia neoyorkina que con frecuencia le siega a uno la vista. Una de esas noches en que se hace inconcebible el encanto por el espacio exterior. En Nueva York disfrutan al aire libre más bien quienes están de paso por la ciudad.

José Ángel Abad  |  Washington  | Actualizado el 10/12/2012 a las 14:16 horas

En los cocktails previos ha habido oportunidad de cruzar palabras con el bailarín ruso Mijaíl Baryshnikov -las justas para apreciar que no estaba dispuesto a que durasen ni un segundo más de lo que imponían las buenas maneras- y con una nueva estrella de la televisión local, de origen venezolano y bellísima, a quien algún insensato había dejado acudir sola -calculando, quizá, que ella estaría nerviosa y ocupada preparando unas palabras que tenía que pronunciar en público. 

Como en algo hay que matar el tiempo, se me cruza por la esquina siniestra de la mente la tentación de jugar a entrever hasta dónde estaría cada cual dispuesto a esconder el sentido común y comenzar a preguntarle, por ejemplo, si le gusta la versión de “Voy a apagar la luz” de Los Montejo que está sonando por los altavoces.Pero concluyo rápido que con sus preocupaciones y su edad -y, peor aún, con la mía- no es ni el lugar ni el momento. Y, en todo caso, nos avisan de que nos acerquemos cada uno a nuestras mesas para cenar. 

Los amigos generosos que me habían invitado me colocan en la mesa del escultor Joel Shapiro. Así que, en todo caso, a la velada sí le vamos a sacar partido. Shapiro es uno de los artistas norteamericanos más prestigiosos, un maestro del juego contra la gravidez y la exploración abstracta. Su nombre está ya en lo libros de historia del arte moderno. Leyenda viva.  Esta noche le honran con un premio importante. En la cara no esconde la emoción pero la combina con esa teatralidad desenfadada que tienen en público los americanos bien educados. Nada de chabacanerías –pero nada de aires de importancia tampoco. En lo que a mí respecta, que de construcción geométrica espacial voy tirando a justo pero de curiosidad voy con exceso, se trata de aprovechar la oportunidad de jugar a ser Glenn O´Brien entrevistando a Andy Warhol. Salvando las distancias, se entiende.

Hace un rato charlamos de India -por donde los dos hemos viajado-, le pregunto por qué nunca pone títulos a sus esculturas, le cuento que he visto la de Barakaldo y que me fascina la historia de su padre, antiguo médico militar norteamericano que un día le salvó la vida al líder del partido comunista de Estados Unidos y luego la CIA le hizo pasar un mal rato por ello. Saludo a mis otros ocho compañeros de mesa, intercambiando fruslerías simpáticas cuyo único objetivo verdadero es asegurar un asiento al lado de Shapiro. A su derecha está ya una mujer que viste un traje elegante de Lanvin, sonrisa profesional y un collar de brillantes que así a modo rápido calculo que debe costar seguro por encima de mi salario anual. Pero lo que más me llama la atención es que se gasta con Shapiro unas maneras sólidas y confiadas que me hacen descartar automáticamente la posibilidad sentarme a ese lado del artista.

Me queda el otro.Aún estamos todos de pie. Se apuran los cocktails.Cada cual ha tenido oportunidad ya de cogerle medida a la noche. La ecuación de aquello a lo que ha venido, dividido por lo que ahora cree posible. Trigonometría social. Aunque nunca falta alguien que se ha presentado sin más. Hay gente para todo. Para acercarme a Shapiro, finiquito primero una conversación con un “bueno, me encantaría escuchar más tarde más detalles”. Es cierto. Se trata de un abogado que estuvo en el comité organizativo de los juegos olímpicos de Atlanta y que años después no quiso repetir trabajando con Mitt Romney en los de Salt Lake City. En cuanto me giro, sin detenerme, y con cara de compungido, vuelvo a decirle cuánto lo siento a un tipo judío que no deja de advertir de las supuestas consecuencias funestas de la victoria de Obama. 
Finalmente, llego al otro lado de Shapiro y, con aplomo, como si le estuviera haciendo un favor, le digo que es un placer sentarme a su lado.Todos lo han oído. Asunto resuelto.O no.

Porque en ese momento llega a la mesa el décimo y último comensal, una abuela de aire distinguido, calculo que más cerca de los ochenta que de los sesenta, recién salida, parece, de una obra de ingeniería en la peluquería, regalándonos con exceso un perfume por otro lado elegante que recuerda al gálbano y al jazmín, haciendo muchos aspavientos como disculpándose por hacernos esperar y saludándonos a todos con una efusividad que me hace pensar con nerviosismo si debería conocerla de algo. 
Sospecho que todos estamos en la misma situación. Incluido Shapiro, cuyas dos manos se quedan atrapadas en sendos puños de la abuela, como si estuvieran a punto de comenzar a bailar un merengue que no acaba de arrancar. Es obvio. La abuela está dispuesta a robarme el asiento a la izquierda de Shapiro. Es decir, es la guerra. Evidentemente, no es fácil pelear contra una abuela. Ella puede empujarte –que es, de hecho, lo que está haciendo. Y tú no puedes corresponder de la misma manera. Cuestión de formas.

Miro alrededor, masticando con calma un segundo que espero alargar mientras busco una solución al desastre que se avecina. Como si el salón de gala fuera una mesa de billar con posibles carambolas. Hay que decidirse por una.De repente un silencio entre Shapiro y la abuela.¡Ahora o nunca! Hay que decir algo, lo que sea.
“La verdad es que es un placer cenar con Joel”, me lanzo entre los dos, “pero también, por supuesto… con el señor Auster”.Paul Auster está con su esposa, Siri Hustvedt, en la mesa de al lado. Una vez estuve en su casa en Park Slope. Encantadores. Y en el centro del salón de casa tienen con orgullo la escultura del Premio Príncipe de Asturias. “No se si usted le conoce…. Deberíamos saludarle también”, querida abuela.

Shapiro aprovecha para recuperar la libertad perdida en sus brazos y yo conduzco con paso decidido a mi inesperada oponente hasta la mesa de Auster con una sonrisa falsa pero ancha como el puente de Brooklyn, retomando el control de la situación. A Auster ya le había saludado también antes así que pienso que esto va a ir rápido.
“Paul”, como si tal cosa, “¿puedo presentarte un momento a…?”. La abuela atrapa de inmediato las dos manos a Auster. Miro esos puños supuestamente femeninos y me dan la impresión de que han resistido incólumes el paso de los años. Y por un momento temo que Auster nunca jamáspueda volver a escribir. Lo siento por él -y por sus lectores- pero, francamente, ése no era ya mi problema.

Ahí les dejo, echando a correr de vuelta a Shapiro. Cuando llego, no sé, tal vez sean imaginaciones mías, pero me da la sensación de que Shapiro me regala una mirada de agradecimiento. Como si su cara fuera más joven. Estamos a punto de sentarnos. Las copas retintinean en las bandejas que los camareros ofrecen para recoger las copas tras el último sorbo a los cocktails. La luz se hace más tenúe. Alguien ruega que todo el mundo tome asiento.Intentando ser galante, le confieso a la mujer elegante a la derecha de Shapiro que su collar es realmente precioso.

Ella me mira calibrando si lo mío es un cumplido vacío o si merece la pena añadir algo. Creo que tira por la calle de en medio porque responde algo así como “solo me lo pongo para las ocasiones realmente importantes y hoy bla, bla, bla”. Vaya. Eso se alarga en exceso, calculo.

Uno no debe sentarse antes que una dama, así que pasado lo que me parece es un minuto de cortesía razonable aterrizo suavemente los ojos sobre el plato como en señal de invitación un tanto descortés, sin duda, pero, dadas las circunstancias, inevitable. Cuestión de costes y beneficios. Shapiro da un paso final hacia la mesa. La mujer elegante, ya en silencio, se sienta primero y justo entonces, cuando yo hago una leve inclinación de cabeza señalando que espero que Shapiro lo haga a continuación, la abuela regresa con ímpetu por mi derecha mirándome fijamente a los ojos y diciendo algo así como “es un hombre fantástico” -imagino que por Auster- pero su cuerpo mira hacia el otro lado, hacia Shapiro, me temo que buscándole de nuevo las manos.

Es como el baloncesto. Me ha ganado la posición y ya no hay tiempo para reaccionar. Podría empujarla pero es altamente probable que no quedara bien. Estos españoles brutos y tal y tal. También podría ponerle los puntos sobre las íes en plan “has llegado tarde, bruja, éste es mi sitio”. Pero mi reputación no se recuperaría el resto de la noche. Tal vez jamás.Así son las cosas. Has hecho lo que has podido. Momento para recordar que parte de la trigonometría social, como de todo lo demás, consiste en saber perder. Y que siempre hay belleza en una derrota digna.

Por megafonía siguen con los boleros y ahora se escucha, muy apropiadamente, a Ramón Ayala interpretar “Triste y desolado”.Solo queda un sitio libre. Está justo en frente, al otro lado de la mesa. Me llevo una mano al botón del smoking aparentando serenidad, levanto la vista hacia uno de los comensales que va a ser mi vecino y encuentro una sonrisa cómplice en un tipo bien parecido a la manera de Willem Dafoe.

La abuela lo ignoró al llegar.Ha venido con su esposa y se que es arquitecto. Alto, pelo rubio denso peinado hacia el lado derecho con consistencia, delineado por una raya contundente, gafas amplias de pasta negra y una pajarita azul cobalto que tal vez indique seriedad en la conversación con un apunte aventurero. En fin, tal vez no esté todo perdido.

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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