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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESDE MANHATTAN

Una mesa de Nueva York

Posé sobre el mantel el pinot noir californiano con toda la dignidad que un enésimo vaso permite, le dije al camarero que si no le importaba no iba a tomar el solomillo de Colorado que le había pedido con anterioridad sino el fletán (halibut) thank you very much que tan imprescindible se ha hecho en los menús americanos en los últimos años y, mientras esperaba, intenté suspender un momento en mi cabeza el transcurso del tiempo y recorrí la mesa llena de buenos amigos con la mirada en sentido contrario a las agujas del reloj.

José Ángel Abad  |  Nueva York  | Actualizado el 21/06/2011 a las 18:00 horas

A mi derecha, un hondureño, más allá un colega de Singapur, después una colombiana, un argentino, una pareja neoyorkina anglosajona, una japonesa, una griega/norteamericana y finalmente un español.

El español, un servidor, era, con mucho, quien menos tiempo llevaba viviendo en Estados Unidos (ocho años) y el único que -en principio- reside temporalmente en el país.

Y entonces me dije, sí, ésta parece una mesa de Nueva York.

Era la boda de mi colega K. -norteamericano, trabaja en Wall Street, familia de raíz griega- y su esposa M. -también nacida en Estados Unidos pero con familia de raíz colombiana.

Habían reservado el salón de un estupendo club de golf a las afueras de Nueva York y lo habían convertido en una pequeña Grecia -a la novia, aunque no sea necesariamente lo más frecuente en el mundo hispano, el rastro colombiano se le había quedado ya más lejos en la aventura de vivir.

A mí, que un par de semanas antes -durante el viaje a Éfeso- me había escapado también a la isla griega de Quíos en busca de pequeños monasterios ortodoxos en las que divagar amablemente con los sacerdotes por qué una iglesia tan benévola como la ortodoxa, que no admite la existencia del purgatorio, sin embargo, tampoco acepta la música en su liturgia -sí, uno tiene perversiones difíciles de explicar-, pues a mí el salón de bodas de Nueva York me parecía una especie de olimpo en el que se alternaban dioses todopoderosos y matronas sabias con adonises juguetones y ménades expectantes.

Como encima durante la comida todo el mundo se levantaba para unirse en un tipo de baile griego tradicional, a uno aquello le parecía el friso de la panatenaicas pero con imágenes en movimiento y sonoras.

Hasta que en el momento más inesperado alguien hacía un comentario sobre la última desgracia de los Mets -simplificando y para entendernos, el equipo neoyorkino de las “desgracias” y equivalente en el béisbol americano al Atlético de Madrid en el fútbol español-,  se empezaban a lanzar en masa billetes de dólares al paso de los novios empapelando el suelo de imágenes de Lincoln y Jefferson o alguien recordaba las colaboraciones generosas de mi amigo K. con las “charities” (ONGs) y que, todo sea dicho, son mucho más frecuentes en Estados Unidos que en Europa.

Entonces quedaba claro que las fantasías solo tenían una conexión evocadora con la realidad y que por supuesto no estábamos en Grecia ni en Colombia. Estábamos en Nueva York.

Claro que para llegar a esa conclusión tan sólo hacía falta lo del principio, reposar la mirada por el vecindario de la mesa, esos invitados a los que el azar, como si nos hubieran sacado por lotería del listín telefónico de la ciudad, nos había puesto a compartir una intimidad entrañable.

Cada uno heredero a su manera -y con mayor o menor gana u orgullo, voluntaria o más involuntariamente, consciente o sin siquiera reparar en ello- cada uno heredero, digo, de cientos o miles de años de tradición refundida, mezclada y vuelta a nacer en una especie de nueva tierra prometida que para algunos es la Arcadia feliz y para otros el final de la escapada -sí, Nueva York es capital de muchas cosas, sobre todo de sueños, pero también la capital de quienes escapan o tienen que huir de algo: no todos vienen a Times Square a comerse el mundo, en ningún otro lugar es mayor la legión de quienes llegan sólo para poder asegurarse unos centímetros saludables de experiencia humana porque en casa, sencillamente, les cortaban las alas. O el cuello.

Nueva York seduce al mundo como ese crisol incomparable donde se cruza la fauna humana con la intensidad y armonía que no se ve en ningún otro lugar -y el mundo, en otras muchas ocasiones, también mira a Nueva York por encima del hombro, como a esa esquina del mapa que brilla pero de mentira porque nunca ha tenido ni supuestamente tendrá la casta genuina que sólo da la sucesión genealógica de la camada -por recordar a Lampedusa, que tan bien retratara a su camada siciliana.

Pero a la hora de la verdad, a Nueva York le da igual.

Allí sentados a la mesa, cada uno a su manera se sentía miembro de una nueva camada que, sin renunciar a su origen, se define mucho más por su presente que por su pasado. No importa de dónde vienes sino adónde vas.

Hablando de ir, el camarero llegó de pronto y servicial con el halibut (“attitude is everything”, “la actitud lo es todo”, decía la chapa que llevaba en el pecho), el reloj volvió a correr y el pensamiento se medio esfumó -y esto es lo que quedó.

 

 

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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