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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESDE MANHATTAN

Locos -fascinantes - por todos lados

Desde la esquina más olvidada de la barra sólo se distingue una tiniebla borrascosa porque en esta ciudad está prohibido fumar en los bares pero de noche, en los antros del Lower East Side, aún hoy la policía toma nota del consejo que da Rick al mayor nazi Strausser en Casablanca: “Hay algunos barrios de Nueva York que no le recomendaría que intentaran invadir”.

José Ángel Abad  |  Nueva York  | Actualizado el 25/11/2011 a las 21:42 horas

En el piso de arriba se encuentra uno del puñado de teatros independientes de Manhattan cuya reputación resulta inversamente proporcional a su tamaño físico minúsculo, como si fuera un tablao clandestino. Esta noche acaba de estrenar su obra una compañía extranjera que, en vez de aprovechar las pequeñas ventajas domésticas alcanzadas en su país con el paso del tiempo, se ha decidido a perseguir un sueño –al precio habitual de complicarse enormemente la vida, igual que uno de esos boxeadores que salen de su terruño convencidos de que el único ring a su altura es el del Madison Square Garden.

La función ha sido un éxito y la estrella del reparto levita de comprensible felicidad por una noche que algún día podrá recordar con orgullo, cuando llegue, sin prisa, el día de recordar. La nuestra es una amistad discreta, de esas crecidas en un par de golpes lejanos pero curiosos, y que pugna sin conseguirlo jamás –quizá desafortunadamente, quizá por fortuna- por escaparse de los guiños transitados de la cortesía simpática.

Veo al director a la entrada y me delizo hasta allá para felicitarle. Es un tipo prudente y correcto, de los que saben esconder la satisfacción en el bolsillo. Cuando un intruso grandullón, de pecho y hombros desproporcionados, pelo rubio, ojos azules metálicos y expresión cansada y triste, cuando este fulano tropieza conmigo y me saluda como si fuéramos viejos conocidos, el director le da también a él las gracias por haber venido. Pero yo al intruso no lo he visto en mi vida. Y de pronto me quedo frente a frente con él porque alguien más requiere la atención del director.

-          “Yo no sé mucho de teatro, pero sí de vodka. Bebamos”, masculla en un tono eslavo que no me queda claro si es de ruego o de orden.

Todo va rápido: el camarero, que parece conocerle de lejos, posa sobre la barra una botella, se suceden las rondas acompañadas de sus correspondientes vasos de agua y mi nuevo amigo -“me llamo Dimitri, pero los amigos me llaman Dima. Puedes llamarme Dima”- , se empeña en hacer castillos con las cajitas de cerillas triangulares que regala la casa.

Le digo que me parece imposible que tenga buena maña con esas manos gigantes que tiene, fácilmente más del doble que las mías.

-          “¿Cuántas horas vas al gimnasio a la semana?”, le pregunto.

-          “Ya no voy desde hace muchos años. No me hace falta. Fui demasiado de joven. Estuve en el equipo olímpico de remo de la Unión Soviética”, contesta.

En ese momento, con cinco cajetillas de cerillas en pie, se vienen todas abajo y añade:

-          “Y no me hace falta ir más. Ya todo el mundo me tiene miedo de sobra. Especialmente cuando bebo. Creen que me puedo poner violento. Y, sin embargo, últimamente me he hecho un sentimental absoluto. Me he enamorado de una mujer que dice que no me puede hacer caso porque tiene que centrarse en su sueño. Era actriz en Francia, es preciosa, pero quiere abrir un negocio aquí. Nunca adivinarías de qué se trata. Quiere tener la mejor panadería de Nueva York. Y ni siquiera tiene visa para trabajar aquí. Imagínate si no está soñando. Yo lo único que se es que hemos nacido el mismo día y que estamos condenados a estar juntos. Espero”.

Otra ronda. Es mi turno y nada más hacerle señas al camarero me pellizco un dedo para comprobar cómo va el equilibrio psicomotriz.

-          “Yo le digo”, continúa Dima, “que también tengo mi sueño. Voy a crear la primera aeolínea de bajo coste entre Estados Unidos y Rusia”.

Durante estos años en esta ciudad he oído ya suficientes planes lunáticos de este tipo como saber que hay que tomarlos en serio. Algunos los hacen realidad porque nadie les avisó de que lo suyo fuera imposible. Así que ceremoniosamente pongo primero cara de comprensión, acto seguido le pido al camarero que no se moleste en llevar la botella y finalmente desvío la mirada hacia la derecha echándole un vistazo al titular de un periódico sobre la mesa que dice: “Ya no son seis . Sólo tenemos cuatro grados de separación”. Vaya.

Resulta que en alguna universidad habían calculado hace tiempo que, de media, dos personas cualquiera tienen una distancia de otras seis personas hasta dar con alguien que resulta ser un conocido común de ambos. Sin embargo, parece que en los últimos años se ha reducido a cuatro. Cada cuatro personas, todos tenemos una conocido. Lo llaman la ley de grados de separación.

Pero, no sé, a mí eso de los cuatro grados aquí en Nueva York me resulta todavía un tanto excesivo. Y cuando giro la mirada de vuelta a Dima me pregunto cúales serán los cuatro grados de separación que tengo con él, este ruso triste de cuarenta y un años que me asegura ahora que esta mujer le ha hecho sentirse mayor por primera vez en su vida y que se va al baño anunciando que se va a meter una raya de coca.

Mientras se toma su tiempo con lo suyo, me acuerdo de que tengo un viaje pendiente a Moscú en Acción de Gracias y que tengo que llamar a mi colega SB, con el que en otros tiempos competía en Inglaterra por reportajes disparatados y que ahora presenta uno de los informativos estrella en Rusia.

Y me quedo pensando en eso. Porque, me estaba dando cuenta, el caso es que la última vez que hablé con S. me recomendó que le echase un vistazo a los programas de Russia Today, el nuevo canal 24 horas ruso. Y precisamente unas semanas atrás, en la Asamblea General de Naciones Unidas, conocí a  algunos reporteros rusos que trabajan para Russia Today y que, así de pequeña resulta ser Rusia, conocen a mi amigo.

Uno de estos reporteros era ser una señorita que me confesaba tomando un café que su segundo gran sueño siempre había sido trabajar en Nueva York; y el primero, estudiar en España. Y que ya había conseguido los dos. En España se daba la circunstancia de que había estudiado en la misma universidad en que una escritora española de éxito me explicaba, días antes de mi encuentro con Dima, que había enseñado durante toda su vida, y que dado el currículum de la periodista rusa -sobre la que enseguida la puse al tanto- tenía necesariamente que haber pasado por sus clases.

Esa escritora de éxito acaba de publicar en Estados Unidos un libro que esa misma noche, cenando, me confesaba haber leído ya en su edición española otro colega español loco -que ha cogido todos sus ahorros y se ha plantado en Nueva York para montar un restaurante, como si aquí no hubiera ya o él tuviera necesidad alguna de complicarse la vida… “Es mi sueño, José Ángel, es que tú no lo entiendes…”

En ese restaurante, y esa misma noche, me encontraba con el director de teatro que acaba de estrenar esta noche en el Lower East Side -y al que por entonces yo no conocía ni él me dijo que fuera a estrenar enseguida en Nueva York, modesto como es. Y mientras pienso en todas estas concatenaciones misteriosas vuelve mi colega ruso Dima, con cara de energía renovada y listo para otra botella de vodka -claro, así bebe cualquiera, pero mirando inevitablemente a sus puños me doy cuenta de que tampoco es plan de ofenderlo.

Dima pide más vodka y añade:

-          “Entonces, ¿periodista, verdad? Pues a mí en televisión me gustan más las noticias en Rusia que aquí. Mi periodista favorito se llama… SB. ¿No lo conoces, verdad?”

Y entonces miro al vaso de vodka e intento calcular aproximadamente cuántos llevamos. Pensaría que todo se trata de una nebulosa nocturna de no saber que esta ciudad está, efectivamente, llena de locos intentando hacer aquí, por unos días o permanentenmente, las cosas que no quieren, saben o, con más frecuencia, pueden hacer en casa y que, como andan inquietos y tienen prisa tienden a tropezarse unos con otros, tangencial o frontalmente, haciendo que en Nueva York, aunque seamos siete millones, la ley de grados de separación no es ni de seis ni de cuatro.

Te sientas a la barra y con toda seguridad el tipo que estará al lado no tiene grado alguno de separación. Porque de todos nueva yorks que existen, el de los locos en busca de un sueño -que, desafortunadamente, creo que sólo es el mío tangencialmente- cuenta sin duda con los tipos más interesantes. Y te los encuentras por todos lados. Sin grados de separación.

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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