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Imposturas en Los Ángeles

¿Qué hace alguien que pasa por la primera fila de asientos vip del partido All Star de la NBA en Los Ángeles y encuentra uno libre? Pues eso, poner cara de pertenecer al club y relajar las posaderas. Luego todo es cosa de sonreír como si tal cosa.

José Angel Abad  |  Los Ángeles  | Actualizado el 24/08/2011 a las 14:20 horas

¿Qué hace alguien que pasa por la primera fila de asientos vip del partido All Star de la NBA en Los Ángeles y encuentra uno libre? Pues eso, poner cara de pertenecer al club y relajar las posaderas. Sobre todo si al lado está sentado Dustin Hoffman y saluda como si te estuviera esperando.

Luego todo es cosa de sonreír como si tal cosa, decirle lo bonita que es su camisa y empezar a divagar sin tregua sobre la belleza del baloncesto y sus ramificaciones eventuales con la vida, el cine y la familia. Pasados unos minutos de esta cháchara celestial, uno empieza a percibir colándose por los intestinos una especie de efluvio ebriagador y la consecuencia es, como cuando se bebe en exceso, que uno ya no es uno sino otra persona desconocida y peligrosamente relajada… hasta que caído del cielo irrumpe algún peligro.

Y justo cuando se me cruza por la mente ese pensamiento de alerta, Dustin Hoffman congela de pronto la sonrisa, detiene la conversación que ha derivado hacia el tercero de los hermanos Gasol y abre la boca como para decir pronunciar algo definitivo:

-  “Por cierto", se tuerce hacia el otro lado, "éste es mi hijo, te lo voy a presentar…”

Por si fuera poco, el sujeto que entonces llega a sentarse justo más allá del joven Hoffman es Piers Morgan, del que ya hemos hablado aquí, el antiguo editor de The Mirror y que ahora sustituye a Larry King en las noches de la CNN.

“Vaya, todo te ha ido estupendamente desde la última vez que nos vimos fue en la sala de prensa de la Casa Blanca…” le saludo.
“A sí, sí, me acuerdo, justo antes de que empezara con el programa. Sí, todo está yendo muy bien”

Y Dustin Hoffman y su hijo en medio.

En ocasiones así es fácil caer en el síndrome del camarero, el de pensar que en la barra del bar todos somos iguales olvidándose de quién está a cada lado. Mucho más, claro, si encima uno va de impostor.

Confesión: No sé si la carne será de verdad débil pero en ocasiones como ésta la mente se siente poderosamente la tentación del impostor. Es una realidad triste y vergonzante y así algún día hay un juicio final intentaré explicárselo al Señor con mayores detalles.

Por ejemplo, que uno no puede más que dejarse llevar cuando, ya alcanzada mentalmente la velocidad de crucero, se gira con confianza hacia el otro -a estas alturas ya no se necesita a Dustin para sentirse como en casa en esta primera fila… y se le indica con tono militar, mirada castigadora y brazo firme al muchacho querubín de al lado que se eche de una vez hacia atrás en el asiento y se esté quieto y así no estorbe la vista de Beyoncé tres sillas más allá.

Uno no debe ser cruel con los niños, salvo casos de extrema necesidad (como éste). O ni siquiera entonces. Porque -quizá mis aspavientos al muchacho fueron demasiado severos- Jordi, viendo la cosa de lejos, se alarmó notablemente y vino raudo por detrás a notificarme con gravedad:

- “Córtate un poco, que ése es Justin Bieber”.
- “¿Justin qué?"

Nunca he sido muy bueno para identificar a los artistas. El día más embarazoso de mi vida fue cuando confundí a una cantante muy famosa con una de sus bailarinas y ella se ofendió muchísimo y gritó como si se acabara el mundo “I am Mariah Carey!!!” Situaciones similares me han ocurrido con Christina Aguilera, Earth, wind and fire, John Cleese o Ainoa Arteta. Peor todavía, con Jessica Biel.

Al final, sin embargo, el sacerdocio del periodismo vuelve a atenazarle a uno los sentidos y bajo el disfraz de la cordura regresa el cálculo tenebroso de los minutos de que dispones para posicionarte bien en una esquina de la pista y en cuanto el árbitro pite final poder llegar antes que nadie hasta Gasol e interrogarle con una mezcla de calma rápida y la sonrisa de un colega pero la intensidad de sargento, deslizarse después entre la muchedumbre hasta los vestuarios y la sala de prensa, ponerse luego a escribir rápido, montar el reportaje y cruzar los dedos para que la crónica llegue a tiempo para el informativo matinal que es, a la hora de la verdad, lo único que importa en el mundo.

Justo cuando tus ex compañeros de tertulia han vuelto al cielo, a uno le toca sudar como soldado raso eficiente al servicio de la crónica, que, ahora que uno recobra los sentidos y lo piensa todo serenamente, es un cielo por lo menos igual de brillante.

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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