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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESDE MANHATTAN

Una hispana en el pub irlandés

Me maravilla que los latinos (entendido como sinónimo de hispanos) cada vez se cuelen más en la fontanería de lujo de este país. Tanto, que ya ni es noticia. Yo incluso tengo la sensación de que muchos tendrían problemas para aclarar si se sienten norteamericanos o hispanos.

José Angel Abad  |  Nueva York  | Actualizado el 24/08/2011 a las 14:15 horas

Pocas cosas se ven tantas veces y todos los días en Estados Unidos. Un billete de dólar. Y, sin embargo, resulta que si uno se fija un poco descubre detalles sorprendentes. Resulta que a la izquierda de la foto del presidente Washington -y un poco más a la izquierda de la guinness que me acompaña- está la firma de una tal Anna Escobedo Cabral.

Levanto el billete para asegurarme de que no me engaña la letra pequeña, lo acerco al ojo y me pregunto -al mismo tiempo que mis vecinos de barra- si no habrán sido ya demasiadas cervezas.

Tal vez sí, tal vez no -demasiadas cervezas- pero en todo caso, es cierto, Anna Escobedo Cabral tiene su firma impresa claramente legible en cada billete de dólar de los Estados Unidos de América.

Oye, ni que estuviéramos en Madrid. O en Buenos Aires. O en el DF.

Debajo del nombre se matiza que la susodicha es la tesorera de los Estados Unidos. Pero me pica la curiosidad.

Echo inmediatamente mano a la blackberry.

Resulta que la señora Escobedo es una californiana nacida en 1959 cuyos abuelos eran emigrantes mexicanos, que de pequeña revolvía con sus padres y hermanos en las basuras y que cuando, a pesar de todo, llegó a estudiar al instituto había cambiado de domicilio nada menos que veinte veces.

Al terminar esos estudios, se puso a trabajar para ayudar a sus padres, pero su profesor de matemáticas se empeñó en ayudarla a conseguir una beca para que pudiera seguir estudiando.

Acabó en Harvard y Berkeley. Con eso, estás más que listo de papeles. En el 2004 el propio Bush -que puede ser muchas cosas no precisamente lindas pero racista no es una de ellas- la nombra tesorera del país y es ratificada por el senado.

Olé.

Me maravilla que los latinos (entendido como sinónimo de hispanos) cada vez se cuelen más en la fontanería de lujo de este país. Tanto, que ya ni es noticia. Yo incluso tengo la sensación de que muchos, tal vez la mayoría, tendrían problemas para aclarar si se sienten primero norteamericanos o hispanos.

Son categorías distintas y esto de la identidad se convierte en un jardín enrevesado al segundo siguiente de que a uno la vida le haga torcer la esquina. O el parentesco le de una sorpresa. O incluso el camarero.

Lo digo porque justo cuando estoy posando de nuevo el dólar en la barra el camarero se acerca y pregunta:

- “Another guinnes, lad?”

“Lad”. “¿Otra guinnes, lad?”.

Estoy en el “Dublin House”, que es un pub irlandés neoyorkino de verdad. O sea, una excepción.

Es un negocio familiar abierto desde los años veinte. Mike, que es el camarero, también es el dueño. Tiene la mirada seria, apuntando a triste pero nunca a desagradable. Y cuando menos te lo esperas su tez pálida esboza una sonrisa con ribertes rojizos. No va disfrazado de adolescente -camisa blanca, pantalón de tergal, zapatos de vestir. Ni te nubla la vista en el bar llenándolo con multitud de pantallas como si estuvieras en un casino.

Y, lo más importante, se dirige a ti con la palabra “lad”, que es algo así como “muchacho”, “tío” o “colega” como también lo usan en Irlanda. Vamos, que la cabeza se me va para allá.

A poco que uno se empeñe, se puede domesticar la rutina, el deber y hasta el sentido común. Pero la nostalgia va por libre, indómita y desafiante ante el acecho del avión, el telefóno e internet, tan fiera como el primer día. Y resulta que se te cuela por esquinas que ni siquiera recordabas tener.

Por ejemplo, apuras la guinnes, se te cuela algo por el oído y de pronto descubres que el corazón se te ha marchado por su cuenta al otro del Atlántico. Y a uno le asaltan los recuerdos de los tiempos en que se ganaba el pan por las calles de Drumcree, Derry, Belfast y otros paraísos sentimentales irlandeses.

Aquel día que probé el “broth” por vez primera y casi se me escapan las lágrimas porque tenía el mismo sabor del caldo gallego de la infancia -sí, la patata y lo que significa, tan igual en la historia de ambas tierras.

Aquella noche en un pub de Belfast en que al sonido de las gaitas me echaba el brazo por encima un republicano (nacionalista norirlandés) que presumía de pistola en el bolsillo y hasta entonces muy simpático pero que de pronto decía “tú no entiendes lo hijo de putas que son, tú no entiendes lo que es que te maten a tu hermana”. "Intento entenderlo". "No me jodas, no lo puedes entender, ¿está claro?, ¿que si está claro?".

O, en el otro bando, mi también amigo S., igual de generoso que de peligroso. Lo conocí cuando volvió a Irlanda del Norte tras pasar unos años “a la sombra” en Inglaterra porque se le había ido la mano por las calles de Belfast y sabía que si no ponía tierra de por medio le iban a coser los sesos. O hacerle unas de esas gracias en las rodillas tan típicas en aquellos tiempos. “Todo empezó porque mis amigos no eran ejemplares” explicaba como quien recuerda una tarde de lluvia en el campo.

Es que Irlanda se me cuela sin querer cada dos por tres. Es como una amante a la que quieres olvidar y con la que no dejas de encontrarte.

Vaya, que no hace mucho hasta volaba de Milán a Nueva York, al piloto le dio un ataque al corazón -sí, por la megafonía del avión preguntaron si había un médico a bordo y, a los cinco minutos, si había alguien con experiencia en pilotar y a todo los pasajeros, efectivamente, nos hizo la gracia que os podéis imaginar. Especialmente cuando acto seguido complementan el mensaje anunciando un aterrizaje de emergencia. Por supuesto, en Irlanda, en Shannon en concreto, rodeados de ambulancias y bomberos (http://itn.co.uk/5229761f8e00e7de1c373f6d63918ebe.html).

Total, para nada. A las dos horas, en otro pub irlandés, este pata negra, confraternizando con los unos hermanos improvisados y animando a no sé qué equipo que pegaba unas patadas horribles en el partido de fútbol que amenizaba por la tele las cervezas a las que no permitían pagar. A fin de cuentas, éramos evacuados de un vuelo.

Una noche en Irlanda caída literalmente del cielo.

Pero me he vuelto a liar. Yo sólo quería hablar de aquella mujer hispana. La culpa de esta entrada tan larga y deslavazada es en parte mía. Pero, en parte, también de Nueva York, donde acabas paseando por México o por Irlanda con sólo bajar a tomar una cerveza al bar de la esquina.

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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