Lo que mal empieza...
Ahora que todo ha pasado se vive en Estados Unidos una especie de tiempo muerto electoral dedicado al psicoanálisis de cómo y por qué Hillary Clinton ha podido perder una candidatura que se le daba por segura y lo más sorprendente es lo olvidado que parece el pecado original de su campaña: su oposición a la guerra de Iraq.
Hillary sólo votó en su día a favor pensando que la guerra no sería un fiasco y que aquellos que se opusieran a ella no tendrían futuro político. Su negativa posterior a pedir perdón y limitarse a decir "si hubiera sabido entonces lo que sé ahora...." siempre sonó a demasiado poco para los demócratas. Especialmente para todos esos veinteañeros y treinteañeros que han formado la columna vertebral de Barack Obama.
Pero esa no era la única grieta con la que partía la campaña de Hillary, cuyo equipo de asesores al máximo nivel estaba formado por ex altos miembros de la era de la presidencia de Bill Clinton pero que arrastraban entre ellos viejos renconres y divisiones del pasado. Estas divisiones serían claves después en cada uno de los momentos en que una decisión estratégica tenía que ser tomada. Y así, por ejemplo, Hillary vaciló indecisa sobre cómo reaccionar ante el que fue el único momento en que la campaña de Obama estuvo en riesgo de venirse abajo, las revelaciones sobre su ex pastor. En una de las reuniones de campaña, el número dos, Mark Penn, y el entonces número tres, Harold Ickes acabaron insultándose. Con Mark Penn acabó no hablando prácticamente nadie excepto los propios Clinton.
Además, la directora de campaña, Patti Solis Doyle, otra ex asesora de los tiempos de la Casa Blanca, fue despedida después de una desastrosa planificación de recaudación y gasto sobre la que nadie más salvo tenía tenía control y acceso. Ni siquiera avisó de los problemas hasta que los "cofres" estaban vacíos. Y de ahí que Hillary tuviera después que prestar dinero a su propia campaña en dos ocasiones y después de que, hasta entonces, gastaran como marineros borrachos, como se dice en Estados Unidos. En la primaria de Nevada, por ejemplo, los Clinton y su equipo se alojaban en una planta del Four Seasons, el hotel más caro de Las Vegas, como si fuera una visita presidencial.
En otras palabras, este era un equipo desestructurado, con serias divisiones internos, sin claras áreas de reponsabilidad y sin mecanismos de control.
Pero el más fundamental de los problemas del equipo de Hillary fue su propio marido. En ningún momento quedó aclarado cuál sería su papel, en qué medida se coordinaría con la campaña y ante quién sería responsable. En un momento, el equipo de Hillary Clinton hasta se quejó de que nadie de los suyos era admitido a viajar con el equipo de Bill Clinton en el avión del ex presidente. En otras palabras, Bill iba por su cuenta. Pero, como se trataba de él, todo el mundo daba por supuesto que sería como dejar al mejor delantero del mundo jugar a su aire en un equipo ganador. Sin embargo, el ex presidente se empeñó en demostrar que había perdido el "toque".
Cuando se plantó en Carolina del Sur, estado de mayoría demócrata afroamericana, no se le ocurrió otra cosa que referirse a Obama como "kid", muchacho o chico pero, como todo el mundo sabe, muy parecido a "boy", que como todo el mundo -en Carolina del Sur- sabe, es la forma en que los blancos solían referirse a los afroamericanos en los tiempos de la segregación. Otro día declaró que "también Jesse Jackson ganó las primarias de Carolina del Sur" y luego perdió las primarias... Cualquier grupo discriminado, agraviado o simplemente distinto de la mayoría entiende, escucha, interpreta cosas que los demás ven de otra manera. Y los afroamericanos, es fácil de comprender, tienen una especial sensibilidad con estas cosas. Lo que entendieron, y la inmensa mayoría de ellos, es que los Clinton pregonaban que un afroamericano no tenía ninguna opción. Y, aunque quien lo dijera fuera alguien a quien habían admirado y defendido, no es de extrañar que eso se lo tomaran a mal. Muy a mal.
Otro problema más, la actitud. Lo primero de lo que se dio cuenta la prensa es de lo difícil que iba a ser el acceso a la campaña Clinton. Los medios extranjeros, para empezar, ni siquiera podían conseguir acreditaciones para entrar en su mítines. Los medios nacionales, incluidos los más importantes, veían racionados sus pases. Sólo era un síntoma de un modo de comportamiento más propio de quien ya estaba en la Casa Blanca que de quien tenía que pelear por estar en la Casa Blanca. Y así, por ejemplo, Hillary Clinton se pasó meses negándose a llamar por teléfono personalmente a los superdelegados del partido que tenían voto automático, en su mayoría oscuros cargos provinciales para los que, sin embargo, Obama encontraba minutos todos los días. Nadie lo explicó mejor que Bill Richardson, el gobernador de Nuevo México y ex íntimo de los Clinton (este mismo año Bil Clinton se fue a ver con él por televisión la final de la Super Bowl), cuando dijo que Hillary y Bill se comportaban como si sintieran un derecho de posesión sobre la presidencia ("sense of entitlement"). Respuesta: Bill Richarson fue públicamente acusado de "Judas" por el entorno Clinton.
Dieron por hecho que iban a tener el apoyo del aparato del partido. A fin de cuentas, Bill ha sido el líder durante los últimos dieciseís años. Pero se comportaban como si fuera la cosa más normal del mundo que ese aparato no saliera a apoyarles desde el primer día. ¿Por qué la iban a apoyar al final, cuando Obama se había hecho un nombre, sin no la habían apoyado al principio, cuando podrían haberse ganado el mérito de estar en público con ella desde el primer día?
La convicción de que la presidencia era suya les llevó a cometer el error estratégico de convencerse de que la pelea por la candidatura se acabaría en sólo un mes, cuando llegara el supermartes 5 de febrero cuando y votara casi la mitad de los estados. Fue un error fatal. Obama sorprendió con su victoria de Iowa, que convenció a millones de votantes que quizá sus opciones no fueran un sueño. Aún así Hillary se recuperó acto seguido en New Hampshire y llegaron prácticamente empatados al supermarters. De nuevo, el supermartes fue en la práctica un empate. Pero un empate que sabía a derrota para Hillary y a victoria para Obama, que se había preparado a conciencia todos los caucus y primarias que venían acto seguido. Ganó once de ellos consecutivos, amasando el margen de victoria que conservaría hasta el final.
Y, finalmente, el mensaje. Hillary se presentó primero como la candidata con experiencia ("ready from day one"). Luego, cuando se encontró con la victoria inicial de Obama en Iowa, intentó copiarle el mensaje de cambio. Y cuando tampoco eso funcionó se reconvirtió en la heroína de la clase trabajadora -y blanca.
De este modo, la campaña de Hillary se iniciaba con serios problemas fundamentales. Cuando Obama empezó a ganar, estas deficiencias fueron un lastre muy pesado que, encima, se agudizó con una cascada de errores que a ningún otro candidato se le hubieran perdonado: Hillary insistiendo que en una visita a Bosnia en sus tiempo de primera daba había soportado fuego de francotiradores mientras las imágenes de televisión mostraban que ese día había sido recibida en el aeropuerto con niños entregándole flores, su propuesta de eliminar durante el verano los impuestos estatales de la gasolina mientras absolutamente todos los expertos económicos aseguraban que era una medida contraproducente, sus declaraciones sobre el asesinato de Robert Kennedy dando a entender de que "algo" le podría ocurrir a Obama, sus palabras diciendo que McCain (y ella) estaban preparados para ser comandante en jefe pero no Obama...
Tantos errores antes y durante la campaña quizá no hubiera sido decisivos contra otro candidato. De hecho, Hillary se ha quedado a un suspiro de la mayoría. Pero lo sorprendente no es lo poco por lo que ha perdido sino que le haya ganado, aunque por poco, un joven afroamericano con un nombre que no le ayuda, sin apenas experiencia y con un mensaje vago basado en el optimismo y la esperanza. Lo sorprendente no es que que haya conseguida la proeza -nunca antes vista en una campaña de primarias- de conseguir 18 millones de votos. Lo sorprendente es que perdiera lo que todo el mundo le daba por ganado.
Quizá frente a otro candidato tantos errores no hubieran sido decisivos pero Obama ha conectado con esa gota cambio y optimismo que corre por la sangre demócrata e incluso norteamericana. La de Obama no era necesariamente una receta ganadora, pero Hillary y Bill Clinton se empeñaron en ayudarle.
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José Angel Abad
José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.
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Ahora está todo el día Hillary detrás de Obama para conseguir un buen cargo, pues yo soy él y no se lo doy, después de todo lo que ha echo en campañas para desprestigiarlo.