Sala de prensa española en America
Cuando suena el himno americano al aparecer Obama y todos los presentes se ponen en pie excitados y sonrientes como si se tratara de Elvis Presley a punto de entonar "Love me tender" todo son comentarios condescendientes -sin faltar al respeto, la verdad, pero en plan "los americanos siempre igual".
La sorpresa es cuando un par de minutos después da comienzo el Desayuno Nacional de Oración y un senador republicano, con aspecto circunspecto como de disertar con frecuencia y profundidad sobre la diversidad étnica de Afganistán, se pone sin embargo delante del micrófono a rezar.
Y en la sala, a un par de kilómetros de distancia y en donde la prensa española recién llegada de Madrid sigue por circuito cerrado el evento, nadie sabe muy bien cómo tomárselo. De momento un silencio confuso, casi embarazoso, miradas de desconcierto que preguntan sin palabras si esto es una broma extraña o si, por el contrario, cualquier movimiento corporal puede ser considerado por algún nativo espiando con cámara oculta como un sacrilegio imperdonable.
Los que llevamos un tiempo en este país nos intercambiamos sonrisa breve, disimulada, como quien conoce un viejo y sencillo truco de mesa que siempre deja estupefactos a los invitados.
El truco, claro, es saber que por estos lares en donde con tanta firmeza se separa la Iglesia del estado sin embargo se mezclan hasta la confusión la religión y la vida pública. Que es, en cierto modo, el revés de aquello a lo que estamos acostumbrados.
A los pocos minutos, la ceremonia desemboca en un discurso previsible sobre libertad y solidaridad, que con políticos pierde mucho empaque, y por ello en nuestra sala los españoles damos paso a esas conversaciones poliédricas con participantes en todas las esquinas de la habitación y cuyas palabras, a su vez, se entrecruzan con diálogos de otros grupos igualmente lejanos e intermitentes. Pero el tono es educado, nadie intenta anular a los demás elevando el tono de voz.
Al contrario, hace falta mucha sofisticación conversacional -o como se diga, que probablemente es, sin más, mucha práctica- para sostener estas conversaciones múltiples sin que nadie se salga del carril.
- ¿Cómo se llama ésa que ha hablado?, pregunta alguien al aire.
- "Amy Klobuchar, con k", le responden desde en frente.
- ¿A qué hora salía el autobús?, sigue alguien desde la puerta.
- ¿Con k? ¿Seguro? No me suena, ¿no será con c?, también desde la puerta.
- "A las dos y media, creo", opina alguien al lado de quien había hecho la primera pregunta.
- ¡Oye, pásame uno de esos bocadillos que te estas comiendo!, se suma otro.
- "A mí también me parece que es con k" se ofrece alguien más. ¿Tú qué crees?, le pregunta al de al lado.
- “No, no, han dicho que a las tres menos cuarto”, matiza alguien caminando por detrás.
- “Se los hemos robado a los de la sala de al lado. Aquí sólo tenemos galletas y bollería”.
- “Ya os han dicho que es con k. Lo que no tengo claro es que sea con b…”
Y así. Todo esto, encima, sin dejar de escribir.
La mayoría de periodistas americanos no resistiría aquí. Ellos necesitan orden. Y se toman muy en serio a sí mismos, incapaces -de nuevo, por lo general- de combinar la formalidad del trabajo con la volubilidad contagiosa que se gastan mis paisanos.

¡Ojo! Que no es que se lo tomen a broma. Ejemplo: no está claro si Obama y Zapatero han llegado finalmente a hablar a solas y entonces se forma una discusión en la que cada uno echa en público sus cuentas sobre la cosa: que si no tuvieron tiempo porque esto y lo otro, que si sí tuvieron tiempo pero es imposible porque siempre estuvieron con otra gente, que uno llego tarde y tal y cual. Y todos apuntando. Y luego el más listo es que el se queda con más datos.
Los americanos, de nuevo, funcionan al revés. Callan siempre y el más listo suele ser el que más calla, o sea, el que más sabe. Al revés que nosotros.
Así que estoy aquí sentado tomando notas sobre la traducción cultural y los beneficios de poder perderse en ambos planetas y las desventajas de no pertenecer por completo a ninguno de los dos, esa bendición de los emigrantes que es a la vez su cruz, y me sorprendo a mi mismo participando cada vez en más en estas conversaciones cruzadas, dando mi opinión sobre esto y repartiendo besos con ellas y abrazos con ellos como no haría jamás con mis colegas anglosajones y de repente noto que se me calienta algo por algún lugar en medio de los pulmones, que hablo cada vez mas rápido, como sin pensar, y que, de pronto, siento una situación de familiaridad con estos colegas a los que no conozco de nada y, sin embargo, parece que he tratado toda la vida, oye.
No es la llamada de la selva de Jack London sino más bien la llamada de la camada, en plan el Gatopardo de Lampedusa, descubriéndote a ti mismo que perteneces a aquello de donde nunca te has ido, no importa cuánto te hayas alejado ni por cuánto tiempo, que no estás jugando a ver las diferencias sino a calcular la velocidad con que vuelves. Es como sentir el calor de la vuelta al hogar y, a la vez, el peso de un cinturón familiar que te vuelve a alcanzar. Tal dulce y tan diabólico.
Y en esto se acaba la jornada y ellos se van camino del aeropuerto para volar a España y a ti te llama un colega para ver qué planes tienes para ver la Superbowl el domingo. Se acabó la dulzura. Y el cinturón.
José Angel Abad
José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.
Feeds:
