Hasta la vista, Haiti

- Buenas noches. ¿Podrían traerme, por favor, un zumo de naranja?
- Por supuesto que sí, señor Abad.
Miro el reloj. Es la una de la mañana.
Levanto la vista, aún con el teléfono en la mano, y más allá de la pared acristalada en este piso catorce del hotel está el malecón de Santo Domingo. Un coche solitario se detiene justo debajo respetando el cambio de color en el semáforo.
Hemos llegado hace poco. Tengo la voz ronca, apenas puedo hablar y recurro como toda la vida a la vitamina C.
- Pero mire, lo que necesito es un zumo de naranja no de botella y fresco. ¿Podrían, por favor, exprimir las naranjas ahora mismo?
- Por supuesto, señor Abad, no se preocupe, ahora mismo le preparamos su jugo de naranja. ¿Desea alguna cosa más?

“Vaya, aquí estamos, de vuelta en el mundo donde caprichos y problemas tienen solución”, pienso. “Tan fácil como levantar el teléfono”.
En el viaje en coche desde Puerto Príncipe lo que más me había llamado la atención fue una nadería: el ver, al poco de entrar en territorio dominicano, a unos paisanos jugar al dominó a la vera de la carretera.
Dos sentados y cuatro o cinco de pie alrededor, mirando. En apariencia todos disfrutando de la banalidad del juego, ajenos al resto del mundo, incluido el tráfico que pasaba por al lado.
Conozco bien esa voluptuosidad. Pero ahora mismo me resulta de una familiaridad lejana. Como un pariente que se ha ido y aún tardará en volver.
Los últimos días han estado llenos de momentos así.
En Washington, el jueves, pasando por delante de la Casa Blanca de camino a la posición del directo en el informativo y pensando que sería tan fácil entrar un momento al Rose Garden, pedir que me acreditasen para el grupo de periodistas que cubriría la salida de Obama en helicóptero de camino a Florida y, cuando apareciera, gritarle con toda la fuerza del mundo “oiga, presidente, pero ¿a qué demonios se va usted a Tampa? ¡Si es a Haití adonde tiene que ir!”Regreso a Nueva York en el puente aéreo de Delta.
Al embarcar pregunto si hay retraso y me cuentan que ha habido cancelaciones durante todo el día debido al viento pero que nuestro vuelo, uno de los últimos de la jornada, está en hora. Luego resulta que todo son turbulencias.
“No hay problema. Ha habido muchos tipos calculando si se puede volar o no, otros muchos que se han asegurado que el avión está en perfecto estado y el capitán y el resto de la tripulación tienen la experiencia necesaria. Estamos a cuatro horas al norte de Haití. El mundo aquí está en orden”, son los pensamientos que me vienen a la cabeza.
Miro alrededor en Nueva York: gente con prisa, niños con atuendos bien elegidos, taxis preocupándose por ganarle la posición al vehiculo de al lado, voces al teléfono con el aplomo que da la seguridad de poder resolverlo todo con American Express.
Y yo mismo, resolviendo disyuntivas que casi me avergüenzan: ¿corbata roja o con rayas azules?, ¿rape o bacalao para cenar?, ¿me tomo el viernes libre?
Pierre seguro que no se lo tomara libre. Ni el sábado. Ni el domingo. Ni ningún día de los próximos meses.
Pierre era nuestro fixer, nuestro hombre en Haití, conductor cuando íbamos en su coche o el que, si no, contrataba a los motoristas (una moto para Jordi, otra para mi) y luego venía con nosotros (Jordi tenia que llevar la cámara así que Pierre se subía a “mi” moto, lo que, con el conductor, sumaba tres), guía, mediador para todo, traductor de creole, el que mantenía los ojos bien abiertos y se acercaba corriendo cuando veía a alguien con pistola.

Lo conocí el primer día. Unos periodistas de otro país le estaban racaneando unos dólares miserables.
Yo ya sabia que él era colega del fixer de AP y le había visto un no se qué que me decía que ése era mi hombre. No se me ocurre cómo explicar esto. Lo ves o no lo ves. Y, aun viéndolo, uno puede, lógicamente, equivocarse.
Pero no esta vez. Pierre seria mi pasaporte para moverme por allá.
Así que di un paso al frente, elevé la apuesta lamentable a lo que él pedía -veinticinco dólares más por jornada- poniéndole en la mano los que correspondían ya al día de hoy y en los ojos de Pierre me pareció ver algo de agradecimiento no tanto por el dinero como por no regatearle la dignidad de su tarifa cuando su margen de negociación era más bien escaso. Más que nada porque su familia -supe después- también duerme en la calle.
Pierre es también el que se ha quedado atrás, junto con otros nueve millones, de los que algo así como la tercera parte son niños.
Muchos de ellos nos han suplicado agua y comida, otros nos han enseñado sus muñones y algunos nos han preguntado que por qué les han amputado una pierna. También están los que confesaban que no saben nada de sus padres. Y los que no nos decían nada porque son tan jóvenes que aún no hablan. O ya no pueden hablar.
Siempre que vuelvo a casa de un viaje repaso los videos que hemos emitido.
El televisor viene con una caja digital que es como un pequeño ordenador haciendo las funciones de video y puedes programarlo para grabar horas y horas de cualquier canal, incluido Antena 3. Así luego ves de manera muy distinta el trabajo que te resulta tan íntimo.
Por lo general, lo que creías que había quedado estupendamente resulta que no ha quedado tan bien y lo que pensabas que había ido mal no parece ninguna tragedia.
Esta vez, sin embargo, no he querido ver nada.
Ocurre siempre con las historias importantes. Que te hacen volver a lo fundamental del negocio. Como recordarte, por si acaso, que no se debe tomar partido. O dejarse llevar por los sentimientos.
O sea, no olvidar que no somos ni comparsas ni enfermeras.
Lo nuestro es contar lo que hay y hacerlo con la mayor pretensión de objetividad. Punto. Si el personal intuye de qué lado te inclinas, malo. Si sales con cara o voz de pena o alegría o excitación o lo que sea, malo también.
Sólo que si tienes una docena de cadáveres desfigurados delante y otra docena amontonados en una carretilla detrás, o una niña de siete años colgándose de tu chaqueta porque cree que llevas una botella de agua y no se la quieres dar, o una madre mirándote con repulsión porque le niegas una limosna, o Pierre diciéndote que “vámonos rápido, peligro, vámonos, now!, now!, now!”, pues es jodidamente enrevesado aplicar la exquisitez teórica del manual como si se tratase de una rueda de prensa de Llamazares.
Y, además, en estos casos, no suele ser buena idea darle voz a los pensamientos.
“Verás, yo es que estoy aquí para montar una crónica para el informativo de las nueve, ¿entiendes?”
O, “¿por qué nunca os habéis preocupado de tener gobernantes que sean menos corruptos?”
También se te ocurre aprovechar que sales por la tele para decirle un par de cosas al resto del mundo. “Si ya sabíais que Haití era un desastre” y tal.
Pero, de nuevo, eso no es lo nuestro.
Lo nuestro es contar las noticias. No es tan complicado. Aquí un terremoto, aquí hay tantos muertos, aquí hay hambre. A poder ser explicando un poco por qué, cómo, cuándo, quién y pequeños detalles así. Intentando que se entienda. Y no liarlo todo.
Luego, cuando acabas la tarea, y sólo cuando la acabas, puedes darle a Pierre lo que sea, repartir las limosnas que te parezcan y volver a casa literalmente con lo puesto.
Y entonces esperar que, efectivamente, tú hayas hecho tu parte con la honestidad que pretendías y contribuido desde tu pequeña esquina a que todos sepamos un poco mejor en qué mundo vivimos.
A fin de cuentas, las noticias no se las cuentas a espectadores sino a ciudadanos.
Memorias tristes de Haiti
Trabajando en Haití

Jordi me ha echado una bronca enorme:
“¡Que sea la última vez que tardas tanto en levantarte cuando hay un
terremoto!”, me espetó con muchos aspavientos después de la réplica de
6.1 a las seis de la mañana con el suelo convertido en una pista de
baile y yo pensando mientras me ponía los pantalones que si esto se
iba al carajo de nada iba a servir correr.
Pero es que el tipo también tiene su humor negro otras veces:
“¿Pero no lo sientes, José Angel, no lo sientes? ¡Otro más, otro más!
¡Corre, corre!”.
El muy perverso, venga meterme el miedo en el cuerpo con una sonrisa
diabólica en la cara.
Y juro que mientras escribo esto en la terraza del hotel donde
dormimos y teniendo delante, a apenas cuatro metros, toda la techumbre
central derruida, la tierra va y pega otra sacudida envenenada y la
cincuentena de periodistas que estamos aquí planeando el día salimos
corriendo hacia zona despejada.
Jacobo, de El Mundo, que parece que ha nacido para esto, como si
cubriera terremotos salvajes tres veces por semana, se ríe de algún
listo que dice “tranquilos, todos tranquilos” tras ser el primero (el
listo, no Jacobo) en pegar un brinco que casi llega a Florida.“Si el edificio se cae ahora lo
peor es que no me he acordado de
salvar el texto que escribía” Jacobo dixit. Un crack.
Esta noche ha sido tranquila. Aunque con tantas réplicas sin parar nadie duerme a pierna suelta sino en una especie de duermevela, con la puerta abierta, los pantalones puestos y el pasaporte encima. Muchos incluso han dejado su habitación y se han unido a las docenas que duermen al raso. No es que sean cobardes. Es un cálculo de riesgo como otro cualquiera. ¿Se puede venir abajo un edificio que no se ha caído? ¿Merece la pena descansar menos a cambio de algo más, quizá, de seguridad?
Como decía estamos en un hotel, Villa Creole, un edificio de inspiración colonial ahora hecho un desastre. Centenares de refugiados a la puerta, plantas derruidas, pasillos cortados, cristales por los suelos. Pero se las han arreglado para restablecer el servicio de habitaciones y un desayuno, comida y cena elementales. Una pena que yo tardara cuatro días en enterarme porque salíamos por la mañana a las seis y volvíamos a medianoche directamente a la habitación. Luego resulta que hasta tenían internet.
La mitad de los periodistas españoles desplazados a Haití están aquí en este hotel aunque nosotros hemos llegado con el contingente americano de Associated Press que, como sabéis, tuvieron la gentileza -que me va a costar una fortuna en cervezas y cenas a la vuelta- de traerme con ellos en un avión y aterrizar directamente en Puerto Príncipe, como si fuéramos el primer ministro, cuando al principio en el aeropuerto todavía aterrizaba el que primero llegaba.
Cuando nos presentamos en recepción nuestras habitaciones ya estaban ocupadas. Deberíamos haberlo supuesto. Tremendo lío. Al final nos ofrecieron unas libres, pero en la parte del edificio que se sienta sobre una colina. Un despeñadero desafiante. Vamos, las que con tanta réplica nadie quería. A Francisco Perejil, de El País, le tocó otra aún peor, un piso por debajo, y al principio no le hizo, con razón, mucha gracia pero acabó metiéndose dentro. Y nosotros no íbamos a ser menos. La habitación sería bonita de no ser por los cristales rotos y los cuadros por el suelo, y también espaciosa si no fuera por los dos colegas de AP con que la compartíamos de noche.
Nosotros dormimos de noche y ellos de día, tras acabar su turno de noche. Uno de ellos es un cámara mexicano con el que ya trabajé en Honduras, adonde el muy loco se fue el día antes de que naciera su segundo hijo. El caso es que así siempre teníamos las sábanas calentitas. Y luego, además, con los días, se sumaron a dormir otros más, todos, como nosotros, brevemente, casi siempre unas cuatro horas antes de volver otra vez a la crónica siempre pendiente.
Aparte, el trasiego de la ducha, el nuestro y el de los colegas que
preferían dormir en el patio pero entrar a lavarse -todo sea dicho, no
sólo les dejamos la ducha todo el tiempo que quieran sino que también
les agradecemos que se laven. Cuestión de olor.
Una de esas veces en que a nadie le importa en absoluto meterse bajo agua fría.
Caminando de noche por el patio uno tiene que andar con cuidado de no
tropezar con alguien durmiendo en el suelo.
Pero lo bueno para nosotros es que podemos revolotear del grupo
americano al español como Pedro por su casa.
Los españoles que andan por aquí son todos gente preparada para trotar
por este infierno, como, entre otros muchos, el bueno de Manolo Cascante, todo el rato
aclarándonos dudas con su simpatía castiza, Elena González de Onda
Cero, valiente y con un punto indómito, los muchachos del El País, que
además tuvieron el detallazo de compartir unas lonchas de jamón con
todos, Almudena Ariza de TVE siempre simpática, dicharachera y
profesional, Fran Sevilla de RNE, sin perder nunca la sonrisa, y sobre
todo Joaquín Ibarz, de La Vanguardia, que es sin quererlo el padrino
de todos porque tiene más profesión y más corazón él sólo que todos
los demás juntos.
También de La Vanguardia está aquí Francesc Peirón que es el que
probablemente a más haitianos ha conocido, hasta de noche me lo ha
encontrado caminando él solo por calles oscuras apurando detalles para
sus crónicas y, luego, en plan Jack Lemon en “Primera Página”,
rompiéndose el corazón entre la familia -el recuerdo de sus niños- y
la tentación de escribir, con un toque de falso cascarrabias porque yo
se que está disfrutando.
He visto cómo acaba una crónica y se le escapa la sonrisa silenciosa. Periodista puro. Algún día compartimos la hora de la cena, que en el hotel es un día hamburguesa y otro día pollo. Y muy agradecidos. Porque al principio los chicos de AP tenían el campamento operativo en el aeropuerto y allí era donde nos pillaba desayuno, comida y cena a base de latas de atún, galletitas y barras de cereal. Y racionando el agua. Lo cual, a su vez, y dadas las circunstancias, era un preciadísimo tesoro.
Luego han ido pasando los días y, a medida que las cosas mejoraban mínimamente para los haitianos, lo han hecho en proporción inmensamente mayor para nosotros. El cambio decisivo fue cuando pudimos encontrarnos con el otro equipo de Antena 3 que tenemos ahora aquí, el de Silvia García, que es como un cielo brillante, y aunque ella también lo ha pasado apurado, apurado al principio -cucarachitas incluidas por sus habitaciones y tal- su productora, Cris -que también ha pasado lo suyo acampada en el aeropuerto- además de regalarnos su simpatía y humor, se las ha arreglado para conseguir que nuestra habitación hoy parezca un almacén de Carrefour.
Y es entonces, cuando empiezas a ver las inconveniencias por el espejo retrovisor, cuando te das cuenta de que inevitablemente la cobertura se empieza a acabar. Y que pronto nos iremos. Y que ojalá no olvidemos a los haitianos.
Dolor en Haití
Editamos la crónica de las nueve de la noche en una esquina del aeropuerto de Puerto Príncipe -aquí se han instalado la mayoría de agencias de televisión porque era el único lugar seguro y operativo después del terremoto.
Delante, a apenas tres metros, tengo a un niño de unos doce años, su hermana algo menor, la madre y un tío. Al padre lo vi pasar hace unos minutos en una camilla que llevaban con mucha urgencia soldados norteamericanos camino de la pista. Después le practicaban reanimación. Ahora acaban de confirmar que ha muerto y a la familia la han traído aquí un empleado de la embajada y una psicóloga del ejército americanos.
No hay consuelo para los pequeños. Papá se acaba de ir.
Un colega corresponsal me preguntó esta misma mañana si todo lo que veíamos me afectaba.
Le contesté la verdad -embarazosa. Que mientras trabaja me arreglaba más o menos con el corazón. Que la tragedia es tan grande que me parece inasequible a tu dolor de visitante transitorio y con demasiadas prisas. Y que para sentirla en el estómago como se debe, como una punzada que te petrifica, tienes que fijarte en un dolor concreto, en algo de magnitud más limitada, algo concebible para nuestra conciencia de ciudadanos que hemos crecido desayunando, comiendo y cenando cada día. Una tragedia limitada, más a nuestro alcance.
Estos dos niños delante.
Tres metros de distancia física, tres mil años luz de verdad. Los dos están pasando desde hace unos minutos la hora maldita de su existencia, llorando sin poder calibrar aún la enormidad en que el resto de su vida ha cambiado irremediablemente. El terremoto ha venido, el padre se ha ido, su vida se ha jodido.
Por ahora sólo lloran, gimen como si el terremoto para ellos llegará con seis días de retraso y les acabe de dejar la inmensa desolación de ver su vida caerse por un barranco, la paz de su familia, la protección de su infancia, la guía para abrirse un futuro en este país que siempre ha sido un océano de miseria. El niño, bien vestido con unos tejanos, zapatillas deportivas y un polo amarillo, como cualquier chiquillo de España, abrazando a su madre desconsolada, intentando calmarla, haciéndose aquí mismo y ahora un hombre a la fuerza y de la peor manera posible. Se acabó la niñez.
Y ahora mismo, pienso, es cuando no hay forma de ser inmune a esto. Al día siguiente de llegar alguien también me preguntó si me había encontrado antes con algo como esto de Haití. Y al principio pensaba que sí.
He visto algunas cosas bien feas, horribles, algunas de las que nunca he querido hablar, para qué, basura de la existencia, intentando que la memoria la recicle. Pero no, al pasar los días me he dado cuenta de que tanta destrucción, tantos muertos en tan poco espacio, tantos cuerpos hinchados rodeados de moscas por las calles, tantos pedazos de brazos y piernas, tantos niños llorando a la vez, jamás había pasado por mi retina. Ni por mi imaginación.
Nunca una desolación tan absoluta que ojos, conciencia y corazón son incapaces de abarcar su calibre. Sólo ahora viendo a esta niña abrazada a una psicóloga del ejército americano como si fuera lo último que le queda en el mundo y en cierto modo lo es, a su hermano intentando mantener la compostura como un niño con pantalones demasiado grandes y a su madre paralizada, como haciendo todos los esfuerzos mentales posibles para darle atrás al reloj, solo ahora el mundo se te cae a los pies.
Y luego ¿cómo se multiplica esto por 200.000?
Los tengo delante y al lado mi cámara de fotos, la pequeña de video que siempre llevo encima, la grande profesional y la de la blackberry pero no hay forma ni fuerzas ni decencia de hacerles una foto. Su mundo se ha roto y al menos en esta esquina oscura, sucia y desolada del aeropuerto de Puerto Príncipe los restos les pertenecen solo a ellos.
Por eso para esta entrada no he enviado foto. Es mejor cerrar un momento los ojos y rogar que si hay otro mundo ojalá ahí estos niños puedan volver a sonreír como niños.
Lo macabra que puede ser la vida
Naciones Unidas fue, una vez más, la parada obligatoria para hacer un directo sobre una crisis internacional, esta vez Haití, justo antes de empezar la carrera contrarreloj de siempre para llegar al lugar de la historia de verdad tras sortear la lista interminable de preparativos, vanalidades que, sin embargo, uno quiere dejar bien atadas porque cuando las cosas se pongan cuesta arriba pueden suponer un mundo. En este caso, por ejemplo, alquilar un teléfono por satélite antes de subir al avión.
Los colegas de Associated Press nos han prometido hacer lo posible por dejarnos subir a Jordi y a mí en alguno de los aviones privados que están contratando para llevar a su personal y equipos hasta Haití. El problema es que son las tres y media de la tarde, estamos en Nueva York y el vuelo despegará desde Miami a primera hora de la mañana. Así que hay que volar cuanto antes a Florida y no hay tiempo para alquilar el teléfono en Nueva York.
Jordi encuentra por internet una compañía que nos lo alquila a las afueras del aeropuerto de Miami… pero estará cerrado cuando lleguemos. Les convencemos, sin embargo, para que nos lo dejen en una consigna que tienen a la puerta de su oficina.
Echamos mano del material de emergencias que siempre tenemos en la oficina -y que incluye colchonetas, mosquiteros y cosas así- y nos metemos en un taxi cargados como los itiriteros.
De camino, enciendo el ordenador para ver cuál es el primer avión para Miami y desde qué aeropuerto. Hay uno a las siete desde La Guardia... Ése lo vamos a perder por apenas quince minutos. Pero se me ocurre entrar en la web del aeropuerto para ver si en la información en tiempo real de vuelos hay algún retraso.
¡Bingo! Va media hora tarde.
Compro entonces desde el taxi nuestros dos billetes por internet -internet, sí-, internet ha cambiado el mundo. Nos colamos, como siempre, en el mostrador de facturación. Nuestros asientos son en la última fila -vamos, lo peor…- pero nos sabe a gloria sentarnos entre quienes llevan planes tan distintos para los próximos días.
Cuando llegamos a Miami, nos vamos de inmediato a recoger el teléfono por satélite. Es una zona de hangares, madrugada. Me han dicho que busque una consigna en forma de pequeña caja de color púrpura. Veo cuatro. Ninguna púrpura. Intento marcar la combinación que me han dado, 003036, en todas ellas. Es un candado endiablado. No hay forma de marcar la clave, a la puerta de esta compañía en una zona industrial desierta, con el taxista impacientándose mosqueado y con un coche policía que de repente se acerca.
Buen momento para pensar aquello de "manda huevos": aquí en mitad de la nada de Florida, en una noche tranquila y sospechosa y ahora a ver cómo le cuento yo al policía que somos españoles, venimos de Nueva York y me han dicho que aquí puedo coger un teléfono por satélite para marchar a Haití.
El ángel, que rara vez nos abandona, viene otra vez a vernos: de repente vemos a alguien en el interior de la nave, un tipo que se acerca y al que se le ha acumulado el trabajo y se ha quedado de noche. Problema resuelto.
CJ, así se llama, fiel a la pasión americana por las iniciales (a mí mismo hay quien me conoce aquí por "J", por aquello de José), resulta ser un americano
dicharachero con la sonrisa rápida y pasión por los cachivaches electrónicos. Nos sugiere otro teléfono mejor y nos pasamos más de una hora estudiando los modelos y funciones.
Son ya las dos de la mañana cuando CJ llama a un taxi para irnos a un hotel, el más cercano, un Embassy que resulta estar lleno. Fantástico.
El nuevo taxista, un cubano alegre (vaya redundancia), nos sugiere otro sitio donde, dado que vamos a coger un avión enseguida, se puede pagar por horas.
"Oye, pero ¿tú estas seguro de que ése es un sitio para dormir?" A las cinco y después de un afeitado rápido, llegamos al aeropuerto. Llegan casi a la vez también los colegas de APTN.
Estos tipos son como hermanos. Les abonaremos el pasaje a precio de oro, por supuesto, pero eso hay que darlo por supuesto. A fin de cuentas, también ellos tienen que hacerse cargo del coste del vuelo, el combustible, el seguro, etc. El caso es que no hay dinero que pague la gentileza de llevarnos, algo que sólo surge porque llevamos años arrugando el ceño juntos aquí y allá y presumiendo entre nosotros de no ponernos nerviosos cuando el reloj y las circunstancias aprietan. Tipos tipos duros y generosos, cortos de palabras, con los que uno se entiende con la mirada. Congéneres que le hacen a uno entender de manera bien distinta el concepto de nacionalidad. La otra familia.
Salimos del aeropuerto de Oka-locka, que es el aeródromo para aviones privados en Miami, en un pequeño jet que ha alquilado APTN. El embarque no tiene nada que ver con los de la aviación comercial: no hay detector de metales ni trámites de inmigración –tan sólo un miembro de la tripulación tomando nota del nombre y número de pasaporte (ya veremos cómo se lo cuento al oficial de inmigración cuando vuelva a Estados Unidos, pienso).
A bordo, cuatro periodistas de la agencia americana, piloto y copiloto y yo. No hay sitio para Jordi, que saldrá en otro vuelo más tarde –pero, por salir ahora, yo ya llegaré a tiempo de darme una vuelta rápida, tomar algunas notas y entrar en directo en el informativo de las 3 de la tarde.
Son las 6.15 de la mañana, aún de noche. En el interior vamos cargados por todos lados, pasillos incluidos, de equipos de televisión -más chalecos antibalas, cascos, agua, sacos de dormir y antenas para comunicaciones por satélite- que indican el tipo de viaje al que nos encaminamos.
Ni siquiera nos piden que apaguemos los teléfonos cuando enfilamos la pista y en segundos nos elevamos sobre las luces de una Miami que aún duerme tranquila debajo. Si miro a la izquierda veo las primeras luces débiles del amanecer de un día abierto a lo imprevisto -dentro de los confines de la tragedia-.
Enseguida nos liamos a charlar en el avión, recordando la última vez que nos cruzamos o especulando con la próxima vez que nos veremos en una situación similar. Pero mientras tenemos pendiente el asunto de Haití, que, en un soplo, se empieza a dibujar en el horizonte, bajo una luz divina y océano brillante, un recordatorio de lo diabólica que puede llegar a ser la belleza.
El capitán nos dice que somos el noveno avión para aterrizar –oficiales de Naciones Unidas se han hecho cargo del aeropuerto. Y aquí, dándole un momento a la tecla, uno piensa que se ha hecho periodista para cosas como ésta –y, como si fuera el primer día, porque siempre es el primer día, espera estar a la altura de quienesesperan informarse a través de nosotros de una nueva versión de lo macabra que puede ser esta vida.
Esta vez, además, en tierra maldita.
Llegada a Haití
Naciones Unidas fue, una vez más, la parada obligatoria para hacer un directo sobre una crisis internacional, esta vez Haití, justo antes de empezar la carrera contrarreloj de siempre para llegar al lugar de la historia de verdad tras sortear la lista interminable de preparativos, vanalidades que, sin embargo, uno quiere dejar bien atadas porque cuando las cosas se pongan cuesta arriba pueden suponer un mundo.
En este caso, por ejemplo, alquilar un teléfono por satélite antes de subir al avión.
Los colegas de Associated Press nos han prometido hacer lo posible por dejarnos subir a Jordi y a mí en alguno de los aviones privados que están contratando para llevar a su personal y equipos hasta Haití.
El problema es que son las tres y media de la tarde, estamos en Nueva York y el vuelo despegará desde Miami a primera hora de la mañana.
Así que hay que volar cuanto antes a Florida y no hay tiempo para alquilar el teléfono en Nueva York.
Jordi encuentra por internet una compañía que nos lo alquila a las afueras del aeropuerto de Miami… pero estará cerrado cuando lleguemos.
Les convencemos, sin embargo, para que nos lo dejen en una consigna que tienen a la puerta de su oficina.
Echamos mano del material de emergencias que siempre tenemos en la oficina -y que incluye colchonetas, mosquiteros y cosas así- y nos metemos en un taxi cargados como los titiriteros.
De camino, enciendo el ordenador para ver cuál es el primer avión para Miami y desde qué aeropuerto.
Hay uno a las siete desde
Pero se me ocurre entrar en la web del aeropuerto para ver si en la información en tiempo real de vuelos hay algún retraso.
¡Bingo!
Va media hora tarde.
Compro entonces desde el taxi nuestros dos billetes por internet -internet, sí, internet ha cambiado el mundo.
Nos colamos, como siempre, en el mostrador de facturación.
Nuestros asientos son en la última fila –vamos, lo peor… pero nos sabe a gloria sentarnos entre quienes llevan planes tan distintos para los próximos días.
Cuando llegamos a Miami, nos vamos de inmediato a recoger el teléfono por satélite.
Es una zona de hangares, madrugada.
Me han dicho que busque una consigna en forma de pequeña caja de color púrpura.
Veo cuatro. Ninguna púrpura.
Intento marcar la combinación que me han dado, 003036, en todas ellas. Es un candado endiablado. No hay forma de marcar la clave, a la puerta de esta compañía en una zona industrial desierta, con el taxista impacientándose mosqueado y con un coche policía que de repente se acerca.
Buen momento para pensar aquello de “manda huevos”: aquí en mitad de la nada de Florida, en una noche tranquila y sospechosa y ahora a ver cómo le cuento yo al policía que somos españoles, venimos de Nueva York y me han dicho que aquí puedo coger un teléfono por satélite para marchar a Haití.
El ángel, que rara vez nos abandona, viene otra vez a vernos: de repente vemos a alguien en el interior de la nave, un tipo que se acerca y al que se le ha acumulado el trabajo y se ha quedado de noche. Problema resuelto.
CJ, así se llama, fiel a la pasión americana por las iniciales (a mí mismo hay quien me conoce aquí por “J”, por aquello de José), resulta ser un americano dicharachero con la sonrisa rápida y pasión por los cachivaches electrónicos.
Nos sugiere otro teléfono mejor y nos pasamos más de una hora estudiando los modelos y funciones.
Son ya las dos de la mañana cuando CJ llama a un taxi para irnos a un hotel, el más cercano, un Embassy que resulta estar lleno. Fantástico.
El nuevo taxista, un cubano alegre (vaya redundancia), nos sugiere otro sitio donde, dado que vamos a coger un avión enseguida, se puede pagar por horas.
“Oye, pero ¿tú estas seguro de que ése es un sitio para dormir?”
A las cinco y después de un afeitado rápido, llegamos al aeropuerto.
Llegan casi a la vez también los colegas de APTN.
Estos tipos son como hermanos.
Les abonaremos el pasaje a precio de oro, por supuesto, pero eso hay que darlo por supuesto. A fin de cuentas, también ellos tienen que hacerse cargo del coste del vuelo, el combustible, el seguro, etc.
El caso es que no hay dinero que pague la gentileza de llevarnos, algo que sólo surge porque llevamos años arrugando el ceño juntos aquí y allá y presumiendo entre nosotros de no ponernos nerviosos cuando el reloj y las circunstancias aprietan. Tipos tipos duros y generosos, cortos de palabras, con los que uno se entiende con la mirada. Congéneres que le hacen a uno entender de manera bien distinta el concepto de nacionalidad. La otra familia.
Salimos del aeropuerto de Oka-locka, que es el aeródromo para aviones privados en Miami, en un pequeño jet que ha alquilado APTN.
El embarque no tiene nada que ver con los de la aviación comercial: no hay detector de metales ni trámites de inmigración –tan sólo un miembro de la tripulación tomando nota del nombre y número de pasaporte (ya veremos cómo se lo cuento al oficial de inmigración cuando vuelva a Estados Unidos, pienso).
A bordo, cuatro periodistas de la agencia americana, piloto y copiloto y yo. No hay sitio para Jordi, que saldrá en otro vuelo más tarde –pero, por salir ahora, yo ya llegaré a tiempo de darme una vuelta rápida, tomar algunas notas y entrar en directo en el informativo de las 3 de la tarde.
Son las 6.15 de la mañana, aún de noche.
En el interior vamos cargados por todos lados, pasillos incluidos, de equipos de televisión –más chalecos antibalas, cascos, agua, sacos de dormir y antenas para comunicaciones por satélite que indican el tipo de viaje al que nos encaminamos.
Ni siquiera nos piden que apaguemos los teléfonos cuando enfilamos la pista y en segundos nos elevamos sobre las luces de una Miami que aún duerme tranquila debajo. Si miro a la izquierda veo las primeras luces débiles del amanecer de un día abierto a lo imprevisto –dentro de los confines de la tragedia.
Enseguida nos liamos a charlar en el avión, recordando la última vez que nos cruzamos o especulando con la próxima vez que nos veremos en una situación similar.
Pero mientras tenemos pendiente el asunto de Haití, que, en un soplo, se empieza a dibujar en el horizonte, bajo una luz divina y océano brillante, un recordatorio de lo diabólica que puede llegar a ser la belleza.
El capitán nos dice que somos el noveno avión para aterrizar –oficiales de Naciones Unidas se han hecho cargo del aeropuerto.
Y aquí, dándole un momento a la tecla, uno piensa que se ha hecho periodista para cosas como ésta –y, como si fuera el primer día, porque siempre es el primer día, espera estar a la altura de quienes esperan informarse a través de nosotros de una nueva versión de lo macabra que puede ser esta vida.
Esta vez, además, en tierra maldita.
Paisaje de invierno
Me había puesto ya, sin querer, un poco tierno antes de despegar, en parte porque el bueno de Jordi me dijo algo en el embarque con la palabra afligirse que, como no la oigo muy a menudo, me trajo a la memoria un artículo que leí hace años de García Márquez en sus tiempos de plumilla citando a Omar Torrijos que decía algo tan cierto como terrible, "el que se aflige se afloja", y en parte porque cuando ya estábamos sentados en el avión nos advirtieron primero que tenían que cambiar una pieza misteriosa del aparato y luego, con la cosa ya supuestamente resuelta, que tenían que eliminar no sé cuánto hielo acumulado en las alas. Y qué queréis que os diga, aunque uno ya lleva mucha mili de avión esas cosas le siguen haciendo tilín detrás de la oreja.
En esos casos echo cuenta de la estadística para recordarme a mí mismo que las posibilidades de imprevistos aéreos son nimias y, encima, como uno ya ha tenido algún susto de los de garabatear en plan testamento un rápido hasta luego Lucas, ha sido un placer, pues crees que tu número de la lotería aérea macabra, de salir, ya ha salido.

Claro que tanto va el cántaro a la fuente que uno apenas se quita de la cabeza la frasecita que sale en la estupenda película, favorita para los oscars, ya veréis, 'Up in the air' cuando le preguntan al protagonista que se pasa la vida volando por América que de dónde es y él, antes de abrir la boca, mira pensativo al pasillo del avión y responde con resignación "pues soy de aquí".
Lo que quería decir -es cierto, siempre me enrollo demasiado y varios colegas expertos en la materia de los blogs siempre me recomiendan que corte el rollo- es, sencillamente, que me subía al avión que salía de Detroit con un tono tirando a melancólico.
Y por eso cuando giro la cabeza a la derecha dejando que la vista se pierda desde la ventanilla hasta el infinito no puedo evitar una emoción súbita y fría, un pequeño calambre: una llanura de una inmensidad inconcebible para los cánones europeos cubierta de la nieve que lleva cayendo durante una semana y ante la que parecen querer rebelarse sin fuerza las líneas de carretera, con una nebulosa densa en el aire que da idea de la temperatura gélida de ahí abajo que no sube seguro de los veinte grados centígrados bajo cero, con el lago St. Clair y a un paso más allá el Erie cubiertos por una capa de hielo y con la impresión general de que la vista es tan brutal que no puede haber civilización ni mundo ni nada porque esto no es un viaje en el espacio sino en el tiempo y a la era de los glaciales.
Pero no, así es el invierno en este norte de Estados Unidos. En realidad ya lo conozco bien, no sólo por haberlo visitado una y otra vez durante los últimos siete años sino porque mi viejos amigos Buffalo Bill y el último mohicano, de los que nunca me he olvidado, ya me habían mostrado muchos más años atrás su dureza y naturaleza indómita. Otra razón más para darles las gracias.
E intento imaginar lo que tiene que haber sido resistir aquí durante siglos para las tribus indias y luego para los colonos, lo desesperados que tendrían que estar los emigrantes alemanes, irlandeses, del este de Europa o de donde fuera y también lo canallas que deberían haber sido aquellos otros muchos que se plantaron aquí más por el olor del beneficio que por las puñaladas de la necesidad.

Para salir del ensimismamiento aparto un momento la mirada hacia el interior del avión y resulta que el fulano trajeado de al lado, que había sacado el ordenador y yo lo imaginaba ya con sus números de ventas, está sin embargo concentrado con un videojuego llamado "Empire. Total war", matando enemigos electrónicos y enarbolando en la pantalla banderitas americanas y británicas y a mí la cosa me parece un sacrilegio de tal calibre que muy seriamente calculo las posibilidades de agarrarlo por la corbata, arrastrarlo por el pasillo hasta la salida de emergencia y darle una buena patada en el culo para que vaya a hacerle compañía a las víctimas de Buffalo Bill.
"Va a ser un lío, mejor no".
Y vuelvo al delirio de la naturaleza y a pensar en ponerlo en el blog hasta que se me hace un nudo en la garganta al pensar que esto, otra vez, no va a haber forma de contarlo sin enrollarme.
Postal nipona
Camino por el aeropuerto después de más doce de horas de vuelo y un oficial de aduanas me despierta a gritos pidiéndome el equipaje que todavía no he recogido.
Unos minutos después salgo a coger un taxi y en la cola se forma de repente una discusión acalorada con uno de los conductores que entretanto casi se lleva por delante mi maleta. Alguien
habla de llamar a la policía.
Sigo a lo mío intentando subirme al siguiente pero su maletero parece el cubo de la basura. Doy media vuelta y busco otro.
Al poco de llegar a casa bajo al supermercado. Al pagar, en la cola, una señora se gira un momento hacia la estantería de su izquierda para coger la pasta de dientes que se le ha olvidado. La operación dura aproximadamente tres segundos pero justo entonces llega otra clienta detrás que inmediatamente protesta con aspavientos enérgicos como si se hubiera cortado una autopista: “¿Qué hace? ¡Quiero pasar! ¡Apártese!”.
Cuando llego a pagar, poso mi cesta encima del mostrador. En la calle había -15º C y de repente me doy cuenta de que empiezo a sudar así que antes de vaciar mi cesta desabrocho mi abrigo. Error. “¡Ponga sus productos sobre la cinta!” ordena impaciente la cajera -y eso que nadie espera detrás de mí.
Es casi medianoche. De vuelta me doy cuenta de que también a mí se me ha olvidado algo, la leche, que decido comprar en la tienda de la esquina, el “deli” coreano abierto veinticuatro horas.
Antes de subir las escaleras, en una esquina de la puerta de la calle, en el suelo, me esperan los periódicos atrasados que a nadie se le ha ocurrido llevarse prestados.
No hay duda. Esto es Nueva York y sus maneras rápidas, zafias y efectivas me sorprenden más que nunca porque regreso de pasar unos días entre las formas ceremoniosas que se gastan en Japón -incluso cuando tienen prisas.
De hecho las últimas horas fueron de compras atropelladas entre el frenesí de las rebajas de Tokio de inicios de año e incluso entonces veo a las dependientas casi adolescentes inclinarse respetuosamente al saludar, atender y despedir a cada uno de los clientes que igualmente combinan agitación y cortesía con una naturalidad desconcertante.
Recuerdo aquello de que coraje es gracia bajo presión pero esto es otra cosa. Un ritual social. Inclinarse hacia delante y bajar la cabeza cada vez que te relacionas con cualquiera como forma de respeto. En buena parte del resto del mundo se entendería como sumisión. Aquí es muestra de la deferencia de unos hacia otros y, a la vez, símbolo del protocolo social -del que no hay manera de evadirse.
Hace apenas unas semanas Obama pasaba también por Japón y en su encuentro con el emperador hizo la reverencia debida -inclinando el torso hasta apuntar con la nariz en dirección a los zapatos.
Obama estas cosas las hace muy bien. Un tipo cumplidor, en plan yerno perfecto, gestos precisos, halagos debidos y tal. Lo que manda el libro de las buenas maneras.
Y, sin embargo, en casa lo pusieron de vuelta y media. Que cómo puede ser que el presidente de los Estados Unidos conceda semejante genuflexión -o sea, se rebaje, poco menos que se humille. Y, con él, el pueblo norteamericano.
Es aquello de los símbolos y cómo lo mismo significa cosas distintas en lugares diferentes. Lo que explicaba Eco en el “Tratado de semiología” y aplica por el mundo el HSBC con su logo “never underestimate the importante of local knowledge” (“nunca subestime la importante del conocimiento local”).
El caso es que nadie por Japón creería que Obama se estaba postrando ante el emperador. En realidad, he desayunado todos los días leyendo la prensa local y el “tema”, lo que centra el debate público en los asuntos de estado en este país es, sorpresa, sorpresa, su relación con Estados Unidos.
A corto plazo, el traslado de una controvertida base norteamericana y, en el fondo, el rediseño de una relación bilateral surgida hace sesenta años y que ha funcionado con éxito pero que se enfrenta a una nueva realidad -Japón con el espectro de la segunda guerra mundial ya lejano y con un comercio con Estados Unidos por vez primera menos importante que con China.
En esencia, que los japoneses creen haber ganado peso pero, ay, no el suficiente como para darle las buenas noches, muchas gracias a los norteamericanos, que siguen siendo -y por mucho tiempo- los únicos que garantizan su seguridad.
Vamos, que los americanos tienen sus cosas pero sin ellos China sería un vecino no de negocios sino de miedo. Por no hablar de Rusia. Y, encima, Toyota es quien más coches vende en América.
En definitiva, que este año he cambiado el espíritu navideño por la geometría óptica en versión nipona para acabar confirmando que todo depende del color con que se mire -y que tiene su importancia mirarlo todo con diferente colores.
José Angel Abad
José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.
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