Obama en las alturas
Colas de seguidores desde horas antes como si se tratara de un concierto de Elvis Presley, docenas de camiones militares como si estuviéramos en la frontera de Rusia con Georgia y miles de periodistas como si esperásemos una visita oficial de Marte, nada se ha visto en política hasta ahora como lo que rodea al discurso de aceptación de candidatura presidencial de Barack Obama.
Ni siquiera la forma en que lo escribió es la habitual, en que se suele tirar de asesores que dan líneas generales y revisan y retoquen borrador tras borrador. Para Obama, sin embargo, sería difícil encontrar alguien que escriba discursos mejor que él. Cuentan que en 1990 cuando tomó la presidencia del Harvard Law Review sus comentarios sobre su origen familiar hicieron que hasta los camareros dejaran de servir.
Esta vez él mismo se encargó del primer borrador, a mano y en papel amarillo como hace habitualmente y días después se encerró por ratos en una suite de un hotel de Chicago a resguardo del lío mediático y familiar dejándose ver mientras aquí y allá… aquí y allá por todo el país, tranquilo como si nada y con un aire de confianza que tiene mucho que ver con la seguridad metódica con que habla y, a la vez, con el tono de suficiencia que por momentos parece entrever y al que los republicanos se agarran para acusarle de soberbio.
Por ahora eso quizá sea demasiado pronto para decirlo pero éste es un tipo que no parece que su mayor error en la vida vaya a empezar por la cartera o por la bragueta pero quizá sí por la arrogancia si no consigue seguir conviviendo con esa doble personalidad entre figura pública y sujeto privado.
Aún se defiende bien. Hace unas semanas se presentó en su gimnasio habitual de Washington a primera hora de la mañana y a la entrada se encontró con una recepcionista que cuando Obama se dirigía hacia el vestuario le dio el alto y le pidió que se identificara. Por una vez, los dos agentes del servicio secreto que le acompañaban se quedaron mirando diciendo “esto sí que no es asunto nuestro” mientras él, por modestia, incredulidad o precaución, se acercó y dijo con toda calma “soy Barack Obama, lo siento pero no llevo ninguna identificación encima”. “Lo siento, pero sin la tarjeta de miembro no puede pasar”. Y, como la chica no lo conocía, pues no pasó –hasta que un rato después se aclaró el malentendido, se entiende y él acabó el día contando la cosa con gracia.
Claro que también puede ser Obama termine en noviembre como el mayor bluf político jamás visto y entonces no tendrá que acostumbrarse a evitar el peso de la gravedad política.
Votantes contra pronóstico
Nada como caminar por los pasillos del Pepsi Center de Denver que acoge la convención demócrata para entender cómo ha sido posible que Obama se haya convertido en el líder de media América.
Bob Kihm, de San Antonio, Colorado, casi a sus sesenta años aún parece un doble del tipo duro de los anuncios de Marlboro, bigote y sombrero cowboy incluidos pero que casi se indigna cuando le pregunto si a Obama no le iría mejor en las encuestas si fuera blanco en vez de afroamericano. Para él Obama es un héroe americano, sin más, porque “su historia es la quintaesencia de América, crecer desde cero sin que nadie te regale nada”.
De Bill Walsh tampoco se diría a primera vista que le encantaría compartir una cerveza con Obama. Viene de traje oscuro, corbata con la bandera americana estampada, botas de ranchero y la voz profunda y ronca de quienes se han pasado la vida en las praderas de su Dakota del Sur, donde los afroamericanos son aún hoy casi un exotismo. Y también los demócratas. Pero resulta que asegura que “un tipo como Obama sólo aparece una vez cada cincuenta años en América. Es como una combinación de John y Bob Kennedy”.
A David Horburt nadie lo tomaría tampoco como al jefe del club de fans de Obama. Con mirada penetrante y porte tieso, peina muchas canas tan blancas como el color de su piel, que en su estado de Tennessee ha sido toda la vida como un pasaporte para ser ciudadano de primera. Nacer afroamericano en Estados Unidos cuando él era más joven era un suplicio. Nacer en Tennessee en particular era un infierno. “Recuerdo el primer día que los niños negros fueron aceptados en el colegio y todos los niños blancos nos levantamos y nos fuimos”, recuerda. “Y mentiría si dijera que ser un candidato afroamericano no es un pequeño obstáculo hoy en día en algunos condados rurales de mi estado pero en general no es problema”.
Lo mismo asegura Tim Mower, que también viene de un antiguo estado confederado y con su traje blanco, sombero chato y porte elegante tiene de hecho toda la pinta de uno de los antiguos propietarios de granjas de algodón del siglo XIX. “Sería estúpido decir que el color de la piel no juega ningún factor en el sur del país, pero no tiene nada que ver con lo que era en el pasado”.
Ronna Raoul es una afroamericana de Washington D.C. que de tanto pelear en la vida ya ni se excita cuando alguien le comenta que ésta es una convención histórica. Y, además, precisa: “por supuesto que estoy orgullosa de que un afroamericano vaya a ser el candidato pero no es ésa la razón por la que voy a votar por él sino las ideas que trae consigo, sus planes para la educación, lo que quiere hacer con la economía, nuestra posición en el mundo”.
Gail Bray vive en Idaho, en donde hasta las vacas son republicanas, y tiene la misma edad que Hillary Clinton, a la que lleva siguiendo en política desde los años 70… pero “Hillary dañaría al resto de candidatos demócratas a congreso, senado y a nivel estatal. En el oeste son legión quienes no pueden ni verla. No puedo explicarlo, ella es una mujer brillante pero, no sé, quizá la animosidad que despierta por ser una mujer tan fuerte, pero en todo caso no creo que ella pudiera salir elegida”.
Ninguno de ellos son votantes naturales de Barah Obama sino votos que el candidato afroamericano ha ganado contra pronóstico y que explican su triunfo histórico entre las filas demócratas.
Lo razonable sería que se comportaran como adultos...
Los candidatos son Obama y Joe Biden pero el nombre más mencionado en esta convención demócrata en Denver es el de Hillary.
Los mal pensados sacan cuentas: si Obama gana en noviembre volverá a ser candidato demócrata otra vez dentro de cuatro y entonces Hillary probablemente nunca vuelva a tener la oportunidad de ser presidenta. Si Obama pierde, Hillary será la candidata natural dentro de cuatro años… Muchos se acuerdan del factor humano, lo difícil que es verse durante años casi candidata oficial y que de repente llegue un joven desconocido y... Lo que tampoco a nadie se le escapa es que Obama ha sido correcto con Hillary pero nada más. Y de Bill nunca se acuerda. Bill Clinton era el punto de referencia de los demócratas… hasta que Obama empezó a dar a entender que Reagan creó una revolución conservadora pero Bill Clinton no fue capaz de hacer lo equivalente para los demócratas. Y cuando pone ejemplos de política exterior siempre se acuerda de George Bush padre pero nunca de Clinton… Y después de tantos años convertido en dios a Bill esas cosas no le sientan nada bien.
El objetivo de la convención es acercar a Obama a la clase media americana pero primero tendrán que resolver esta cuestión de la unidad. Lo razonable es que se conviertan como adultos ayudándose lo justo los unos a los otros… pero quién sabe.
Y ahora la olimpiada política
Los americanos siempre han sido muy astutos en la cuestión de los calendarios. La liga de futbol la ponen justo después de la de baseball y este año, además, la campaña presidencial la han colocado para tomarle el relevo a las Olimpiadas con el inicio el lunes de la Convención Demócrata. No es casualidad. Las convenciones se retransmiten por televisión en prime time. !Qué mejor espectáculo que ver a Hillary pidiendo el voto para Obama! O a McCain intentando no tropezarse con Bush por Minneapolis.
El caso es que la carrera presidencial tendrá desde hoy 74 días y su primera prueba será el marathon de convenciones, la semana próxima la demócrata y acto seguido la republicana. Las convenciones son el encuentro con mayúscula de la política y el espectáculo. Para los demócratas el reto es presentarse unidos, como si ya nadie tuviera dolores de las primarias, como si Obama fuera el líder querido por todos y por el que todos trabajarán al máximo. A día de hoy eso aún tiene que probarse. Por su parte, para los republicanos es, en cierto modo, lo opuesto, como alejarse de la herencia Bush sin dejar de ser republicanos y ofender a las bases más militantes.
Entre las convenciones y los cuatro debates (tres entre candidatos a presidente, uno entre los candidatos a vicepresidente) vendrán tres semanas de toma y daca político en el que es tradicionalmente el momento idóneo para levantar escándalos, falsos rumores y todo lo que pueda salir despedido del ventilador de la porquería política. McCain y Obama prometieron una campaña limpia. Entonces será el momento de cumplirlo.
Tal y como están las cosas, los debates parece que volverán a tener una importancia fundamental. Los demócratas se las prometían muy felices después de ocho años de Bush de los que hasta la mayoría de republicanos abomina ahora. Pero resulta que las encuestas no dicen nada de eso, sino que esta es una carrera totalmente abierta, que Obama tiene una ligera ventaja, sí, pero que McCain está a tiro de piedra, que cualquiera puede ganar, que hay pelea, que los demócratas tendrán que ganar las elecciones no sólo gracias a Bush sino gracias a ellos mismos.
Aún así, se sigue teniendo la impresión de que esta es una elección básicamente sobre Obama, que a él es a quien corresponde convencer al país de que él representa el cambio que todo el mundo pide -también los republicanos. Pero por ahora no lo ha conseguido.
Los reyes de la jungla
Si Nueva York es una jungla, Javier Veiga y Diego Prendes tienen que ser unos leones.
Me he acordado de ellos estos días que Nueva York se llena de visitantes que intentan no sólo sobrevivir al caos estridente de Manhattan sino descubrir y dominar de repente sus reglas y mezclarse con las tribus locales. Y no es fácil en una ciudad en la que no se conoce la palabra paciencia, las buenas maneras son con demasiada frecuencia un comportamiento sospechoso y el honor se confunde con el tamaño de la cartera.
A Javier y Diego los encontré un día en la esquina de la calle 33 con Broadway. Me oyeron hablar en español y se acercaron a preguntar si sabía dónde estaba un Wendys para comer las hamburguesas más baratas de Nueva York. La blackberry nos sacó del apuro y allá se fueron ellos, uno al lado del otro ayudándose a sortear las carreras, codazos y empujones del mediodía. Y mientras se alejaban entre la jauría humana y resistiendo mis propias prisas me quedé viéndoles y empezando a preguntarme: ¿cómo podían sobrevivir aquí dos ciegos que ni conocían la ciudad ni hablaban inglés?, ¿cómo se arreglarían para cruzar estas calles salvajes?, ¿qué les traería a Nueva York? ¿No era aquélla una auténtica odisea?
Javier es de Santa Eulalia de Bolaño, cerca de Castroverde, provincia de Lugo, y Diego de El Berrón, Asturias. Como a tantos otros, se les ocurrió hacer un curso de inglés. Buscaron los papeles, compraron el billete de avión y se plantaron en Nueva York. En ningún momento se les pasó por la cabeza que su ceguera pudiera ser un inconveniente insalvable.
Me fui tras ellos y casi les imploré que me contaran su historia. “Pues nada, que hemos venido como viene cualquiera”. “Pero ¿solos?”. “Sí, claro. Igual que hay gente que puede ver sin problema y practica, por ejemplo, parapente pues nosotros….”
Durante un par de días compartimos comidas y visitas y, sobre todo, hablamos sobre como un ciego “ve” Nueva York. Porque ellos no tienen la facultad de la visión, es cierto, pero no se pierden detalle: los suelos están viejos y sucios, explicaban, la gente camina muy rápido, ¡y su tamaño es grande!, los coches tienen muchos caballos a juzgar por el ruido de los motores, hay una gran variedad de olores en los restaurantes… y qué decir de los idiomas que se oyen por la calle, y, por cierto, es muy fácil hacer conversación con cualquiera, pero lo más sorprendente es la animación y ritmo trepidante por la calle…
El caso es que parecían auténticos sherpas cada vez que yo pensaba que podría haber algún problema en que fueran aquí o allá y ellos, nada, que ya verás, que no hay problema. Y así fue. No dejaron de visitar ninguno de los lugares famosos de la ciudad, ni de coger el metro a todas horas o aventurarse en los restaurantes que invitaban a entrar con sus aromas.
El caso es que sobrevivieron y disfrutaron en una ciudad que es una jungla y demostraron que inteligencia y sentido común son los mayores y mejores dones que una persona puede tener.
Hay quienes se marchan en vacaciones al Amazonas, al Serenguetti o al Polo Norte pero ninguno de ellos es ni la mitad de valiente que Javier y Diego que con sus bastones y su humor se han metido a Nueva York en el bolsillo.
José Angel Abad
José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.
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