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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESDE MANHATTAN

Ciudad con memoria (7-7-12)

A las dos de la tarde del lunes pasado se esperaba al alcalde Bloomberg en la planta 70 de la Torre Libertad para presidir el momento en que el nuevo rascacielos que se levanta en la Zona Cero se convierte en el más alto de Nueva York.

 

Desde Manhattan Torre Libertad | Foto: J.A. Abad

Jose Ángel Abad  |  Madrid  | Actualizado el 07/05/2012 a las 14:22 horas

El alcalde no aparece y nosotros, siempre con el acecho de la hora del informativo encima, nos dedicamos no tanto a asegurarnos de grabar la ceremonia, hacer entrevistas o la “entradilla” para salir hablando dentro del vídeo, sino cómo descender hasta ras de suelo en un edificio tan alto y con solo un ascensor compartido por todos los operarios, editar la pieza, comprimirla y enviarla por internet con tiempo suficiente para el informativo de la noche en España que empezaba en menos de una hora.

Pero esos minutos que se escapan tan rápido -hoy día la materia prima de las noticias es casi tanto el tiempo como la realidad mala señal,- uno siempre intenta compartimentarlos, segmentarlos como si fueran plastilina, aplicándoles una disciplina de hierro: a cada minuto su función, como un ejército bien organizado. Y siempre dejando un margen de error, el minuto garbanzo negro del plan que se va a demorar y poner en peligro el éxito del equipo.

Desde ManhattanVistas desde Torre Libertad | Foto: J.A. Abad

Hoy, sin embargo, los minutos han cumplido escrupulosamente su función, cada segundo se ha esforzado en alcanzar su objetivo y los cinco minutos de reserva en la primera parte del plan -la que se desarrolla aún en lo alto de la torre-, en vez de ahorrarlos para compensar algún imprevisto más tarde, decido derrocharlos en un capricho: acercarme al mismo precipicio del edificio y contemplar la ciudad a mis pies y en la distancia, jugando a abrir un paréntesis en el tiempo, con calma, como suspendido, el reloj detenido en mi mente aunque sea de mentira: Nueva York, desde lo alto de la nueva torre, Central Park al fondo, el estado de Nueva Jersey a la izquierda, a orillas del imponente río Hudson, Queens y Brooklyn como si fueran el país de los liliputienses a la derecha, en medio el Manhattan turístico del Midtown, más cerca el verdadero del Village, Chelsea, Lower East Side, Soho, a los pies Tribeca y el distrito financiero, con el resto de rascacielos de Wall Street convertidos desde aquí en aspirantes de segunda, con aspecto provinciano porque todo depende de cómo se mire y, en este caso, desde dónde.

Y una idea que se cruza por la mente: buena parte de lo que ha entrado en los libros de historia del mundo en los últimos diez años ha sido porque esta vista que ahora admiro con parsimonia, masticando en la boca un caramelo de menta que me ayuda a aparentar calma, todo eso, lo de Afganistán, Iraq, Obama, los déficits en la economía americana, hasta en cierto modo la crisis bursátil que ha dado origen a la crisis financiera internacional, todo tiene su origen en que esta vista dejó hasta ahora de ser posible…

Es otra manera de ver la historia, pienso, mientras intento retener no tanto la vista -no tan distinta de la de otros rascacielos o desde el avión del puente aéreo con Washington que pasa al ras de Manhattan- como el pensamiento.

“Hey dude! Your were waiting for the elevator, right? Are you coming?”

Un operario me grita que el ascensor está aquí. O echo a correr para tomarlo o espero otros diez minutos y la crónica se va al carajo.

Desde ManhattanEdificio Manhattan | Foto: J.A. Abad

No, la crónica es el rey sol, todo gira a su alrededor, y aunque las consecuencias de ello sean múltiples y no siempre saludables en este momento lo único que cuenta es meterse en esa jaula de alambres con los obreros que acaban el turno y bajar como en una mina, repasando mentalmente los segundos asignados para cada función en los próximos treinta minutos.

Días después la memoria de aquella vista se ha difuminado y confundido con otras y de no escribir estas líneas pronto también lo haría la reflexión sencilla y probablemente intrascendente.

Ocurre, desde luego, en todos sitios, pero en Nueva York esto de la memoria es por lo general más complicado que en otros lugares.

En esta ciudad, a la que tantas veces se llega persiguiendo un mito o un sueño, o abandonando otra, con frecuencia escapando, en muchas ocasiones incluso sin darse cuenta, y de la que es fácil convertirse en adicto, como quien promete una y otra vez dejar de fumar sabiendo que nunca lo va a conseguir y ni siquiera intentar en serio, en esta ciudad a la que se llega para vivir una vida desarraigada no posible en otro lugar, aquí el pasado tiende a convertirse en memoria lejana, difusa, ajena y hasta enemiga del nuevo presente. Otro tú.

En ningún otro lugar tan cierto el poema de Pessoa: “no sé cuántas almas tengo/cada momento he cambiado/continuamente me siento un extraño para mí”.

Sin embargo, pese a ser tan exigente con el pasado de sus habitantes Nueva York no lo es tanto como se pudiera pensar para con el suyo mismo.

Se levantan rascacielos en cuestión de meses en cualquier esquina, los negocios tienen una esperanza de vida tan limitada que hacen pensar a primera vista que en vez del corazón del capitalismo se trata de un arrabal del tercer mundo, los vecinos entran y salen sin dar tiempo siquiera a cruzarse.

Desde ManhattanPlaca edificio | Foto: J.A. Abad

Pero Nueva York respeta su pasado.

Más de la mitad de los edificios son centenarios. Por todas esquinas una pequeña placa recuerda quién vivió dónde y en edificios legalmente protegidos que -sea cual sea la opinión estética de cada cual- conviven con naturalidad con lo que se acaba de construir.

No importa que hayan vivido incluso en el mismo edificio varios personajes ilustres en épocas diferentes.

Sin ir más lejos, el jueves nos vamos al edificio del Upper West Side donde vivía Obama a los 24 años y resulta que allí también había vivido el director de cine Cecil B. de Mille.

Las calles recuerdan con sus nombres a sus antiguos inquilinos, también los puentes, aeropuertos, parques, colegios.

Y, sobre todo, los homenajes.

Aquí es donde las estrellas crecen y mueren en días. Aquí se alcanza la gloria más excelsa, y de ahí que tantas veces dure, efectivamente, quince minutos y que algo así lo tuviera que decir otro neoyorkino de renombre.

Warhol no nació en Nueva York. Pero los neoyorkinos no lo son por nacimiento, y eso es algo que vuelve a distinguir a esta ciudad y, a la vez, a demostrar que el pasado se valora aquí me manera especial.

Pero volvamos a los homenajes. Porque la máquina de los sueños no deja de funcionar ni tampoco la presión sin piedad del dinero de Wall Street pero al caer el día Nueva York encuentra cada jornada la manera recordar a aquellos que en su día la adornaron, enriquecieron, entretuvieron, mimaron o simplemente amaron.

Desde ManhattanSara Montiel | Foto: J.A. Abad

Sin ir más lejos, lo de Sara Montiel.

A esta mujer en otros lugares se la juzga, por decirlo de algún modo, por lo que acaba de hacer. Es esa actitud injusta que considera que los últimos años de la vida de cualquiera son los definitorios, como si el ayer no contara.

Se ha extendido demasiado esa tiranía del presente, como si el mundo comenzara y acabara con nuestra experiencia directa -y tan minúscula. Como si hoy se escribiera con mayúscula y ayer fuera una nota a pie de página.

Igual que quienes minusvaloran aquellos lugares que no conocen, es tan frecuente hoy no hacer justicia a aquello que no se ha vivido. La ignorancia en el tiempo puede ser tan absurda como la ignoracia en el espacio, la geográfica y la de las culturas.

El ayer ha perdido respeto.

De esta mujer se podría decir que es la Elizabeth Taylor española. Como ella, no nació en Estados Unidos (Elizabeth Taylor nació en Londres) pero aquí hubo un tiempo en que ambas triunfaron como pocos artistas lo han conseguido.

El éxito vino gracias a que entretuvieron e ilusionaron a millones durante décadas en las que Nueva York era, aún más que hoy, el centro del mundo. Luego vinieron otros años -o como diría otro neoyorkino especial, Frank Sinatra, “the autumn days”, los días del otoño de sus vidas.

Pero Nueva York no olvida aquello.

Sara Montiel vino a Nueva York a un homenaje en el Instituto Cervantes de la ciudad (previamente, también a otro de la Universidad de Cincinati) y, sin que nadie les invitara, sin que nadie lo esperara, una delegación del ayuntamiento de la ciudad se presentó en el acto para entregarle un certificado de agradecimiento y de ciudadanía ejemplar.

El gesto es para una artista que, igual que durante décadas no podría haber caminado por las calles de la ciudad sin el acoso del público, ahora sin embargo no sería reconocida en absoluto por esas mismas aceras. Ni su presencia le aporta nada nuevo a Manhattan.

Pero esta ciudad que todo lo devora no es mezquina, sin embargo, en agradecimiento.

El pasado no es aquí una tarjeta de visita que le haga a uno medrar posiciones. Pero el pasado aquí no se olvida.

Como decía Faulkner, “el pasado no está muerto. Ni siquiera es pasado”.

Curiosamente, Faulkner no era neoyorkino ni vivió en la ciudad. Pero cuando escribió esta frase en 1951 en su novela “Requiem for a nun” (traducida en España como “Réquiem por una mujer”) tenía un affair con Else Jonsson, cuyo padre le había entrevistado a él en Nueva York, donde era corresponsal.

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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