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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
BLOG 'DESDE MAHATTAN'

Café en Nueva York

Tendría que haber desayunado en Venezuela y, sin embargo, lo he hecho en un café del Upper West Side de Nueva York sentándome entre una mujer de cuarenta y tantos años que analiza con papel y boli, y haciendo sumas y restas muy profesionales, los datos y registros de la media maratón que aparentemente -a juzgar por el dorsal que aún lleva- acaba de correr en Central Park.

Café en Nueva York Café en Nueva York | Foto: José Ángel Abad

José Ángel Abad  |  Estados Unidos  | Actualizado el 15/04/2013 a las 07:33 horas

En un momento suena un pequeño teléfono móvil que lleva y ella contesta: “Sí, sí, por supuesto que ya lo he visto por twitter. Lo veo todos los días, ya lo sabes. Nuestro 401K (que es como los norteamericanos se refieren a su plan de pensiones) está yendo muy bien. La bolsa está subiendo como un tiro. Y, ya verás, esto es solo el comienzo. Tengo razones para creerlo. Luego te llamo”.

Al otro lado, una jovencita veinteañera de aspecto asiático y moderno que lee con mucha concentración la Biblia. Algo sobre Isaías. Junto al libro, lleno de anotaciones, tiene un teléfono Galaxy Samsung, que se lleva ahora mucho más que el Iphone.  

En frente y un poco a la izquierda, un tipo ensimismado en la lectura del New York Times. Aún se lee en papel, al menos los domingos. De pronto viene una muchacha con aspecto deportivo -pero no de hacer deporte- y le dice: “Perdone. Aquí le dejo la tarjeta de mi amiga. Nos acabamos de levantar de nuestra mesa. Ella piensa que eres muy atractivo. Ella es una abogada muy bella. Por si la quieres llamar”. 

No hay tarjeta para mí. Pero me siento también recompensado -a menor escala, evidentamente.

Solo el hecho de toparme de mañana y por sorpresa con tanto Nueva York en tan poco tiempo y espacio ya hace que casi le agradezca a Kim Jong Un que nos tenga a todos de alerta y, en lo que a mí respecta, me impidiera ir a Venezuela.  

Uno no quiere perderse viajes así. Primero, en lo profesional, por la trascendencia de la noticia. Segundo, porque un corresponsal tiene varias vidas distintas en varios países lejanos, vidas que, en lo personal, con frecuencia no tienen nada que ver unas con otras.

Amigos, lugares, sabores, olores, temores, secretos, complicidades, recuerdos, hasta colores por alguna razón imposibles o inconcebibles en otras fronteras. Y uno nunca sabe si podrá alguna vez volver a vivir momentáneamente su vida de, por ejemplo, Honduras, Chile, Trinidad y Tobago, Guatemala. O Venezuela.  

Me hubiera gustado poder subir a una moto y vencer al tráfico infernal de Caracas para llegar a tiempo de sobra a enviar una crónica y luego darnos cuenta tal vez fatídica de que en un país con tantos recursos conectarse a internet es aún una ruleta rusa. O, como teníamos previsto, aventurarnos en la noche por alguno de los barrios -como allí se refieren a los suburbios peligrosos- para intentar ilustrar en un reportaje la criminalidad terrible.

A quién le importa la política cuando al levantarse por la mañana hay que cruzar lo dedos no para que no te pase algo a ti en cualquier esquina sino para que no le pase a tu mujer, a tus hijos, a tus padres, a tus hermanos, a cualquiera. Y, tarde o temprano, a alguien le va a terminar pasando -sí, señor Maduro.   

Sin embargo, aquí ando, tomando notas sueltas para ver si en algún momento pueden vencer a la tiranía de los setenta y cinco segundos de las crónicas. Intentado delinear el dilema norteamericano en ser proporcional a lo que hagan los norcoreanos.  

Si hay lanzamiento de misil nuclear, incluso aunque no cause muertes porque sea interceptado o vaya dirigido al mar, ¿cómo reacciona Estados Unidos? Si la respuesta no es muy contundente, alguien en algún lugar tomará nota y llegará a la conclusión de que usar un misil nuclear como arma no es tan arriesgado; si te sale bien, consigues tu objetivo, y si no te sale bien no tienes que pagar un precio demasiado alto. 

Claro que si no hay víctimas mortales y, a pesar de ello, la respuesta sí es contundente, medio mundo se le va a echar encima a Estados Unidos. Quienes se echan encima tal vez no pensarían igual si, por poner un ejemplo, quien lanzara el misil fuera un país cercano a España y lo lanzara cerca de España. Sí, de cerca se ven las cosas de otra manera. Pero, aún así, ¿quién decide qué es la contundencia? ¿Y si el misil no es nuclear? 

Y esto es solo considerando el tema desde Estados Unidos. También se puede hacer desde Japón. O Corea. Ellos podrían pensar: si Estados Unidos no reacciona con contundencia, eso tal vez quiera decir que no tenemos tan garantizado que estén dispuestos a defendernos en caso de ataque. Y, en ese caso, tal vez debamos buscarnos la defensa por nuestra cuenta. Es decir, hacer como Corea del Norte y tener nuestras propias bombas nucleares. En otras palabras, una carrera nuclear en Asia -además de la que ya tienen Pakistán e India. ¿Alguien quiere eso? 

Más aún, nuclear o no, o con misil o sin misil, Estados Unidos, China o hasta Corea del Sur podrían llegar a “castigar” al régimen norcoreano hasta el punto de que, hipotéticamente, se viniera abajo. De nuevo, ¿alguien quiere eso?

Un país hambriento -y militarizado- viviendo una situación que fácilmente degenerase en guerra civil y éxodo de población. Además del drama humano, ¿de verdad alguien se cree que eso no afectaría a la situación económica en Corea del Sur y China? Más aún, ¿no añadiría mucha más tensión a los mercados y harían más tambaleante la situación financiera en Europa…?  

Y una provocación: ¿no tiene Corea del Norte derecho a tener toda la capacidad de defensa que pueda, especialmente cuando le hacen maniobras militares a la puerta de casa? ¿Por qué no dejarles en paz?Claro que si les dejas en paz, ¿seguro que no van a intentar conseguir un arma nuclear? ¿Alguien se cree que no pasa nada porque la tengan? ¿Nos gustaría que la tuviera algún país vecino del sur de España? ¿Se imaginan los venezolanos que intentaran conseguir un arma nuclear los colombianos? O al revés.

O argentinos y chilenos.

Cualquiera vecino de cualquira. 

¿Cómo se define la proporcionalidad de una respuesta militar? O sea, la legitimidad. Y ¿cómo se establece la relación entre la proporcionalidad y la conveniencia? 

Es bueno hacerse las preguntas sobre el contexto en que ocurrirá lo que habrá que contar en setenta y cinco segundos de crónica mañana o pasado. Porque pase lo que pase parecerá sencillo de resumir pero, visto de cerca, nada es obvio, claro ni evidente. Hasta servir un café es tremendamente complicado si hace bien.  

Levanto la vista. La camarera me coge la mirada. Deja de hacer algo. Se acerca, rápida pero sin apremio, con sonrisa atenta pero no servicial ni excesiva y sin perder detalle de lo que ocurre alrededor. Pronunciando con corrección cada palabra, cada sílaba, nada de tono coloquial ni frío ni condescendiente, pregunta si deseo “¿algo más, señor?” y antes de que termine de decir que no, que estoy bien, responde que por supuesto y se da media vuelta con una rapidez que me hace intuir que pretende no hacerme pensar que me tengo que ir. Mucho contenido en algo tan aparentemente sencillo. Y se lo agradezco sin decir nada. Buen trabajo.  

Es una chica joven de algún país latinoamericano, no es probable pero tal vez Venezuela.Me hubiera gustado ver el mundo, aunque solo sea por unos días, como se ve desde allí: la guerra contra el terrorismo, la crisis financiera, la amenaza norcoreana, el desafío iraní, son cuestiones lejanas y secundarias, casi de otro mundo.

Me hubiera gustado comprobar por enésima vez cómo pese a las diferencias de todo tipo, incluso a las tensiones o los odios, a lo que aspira la mayor parte de la gente en cualquier esquina del planeta es siempre lo mismo: tener un trabajo decente que le permita vivir con comodidad y respeto razonables, con los suyos cerca, viéndolos crecer o envejecer con dignidad, salud y alegría comprensibles, y con la esperanza fundada de que el mañana probablemente vaya a ser mejor que el ayer. 

Después de dar mil vueltas de un sitio a otro, de apelotonar distintas vidas en una y de colarme en la de muchísimos más y contar tantas historias, al final lo único que creo haber aprendido es que, efectivamente, no es tanto -y, sin embargo, sí es tanto- a lo que todo el mundo aspira en todos sitios. Partimos con la diferencia de la lotería genética y familiar pero, en el fondo, nos parecemos de modo tan uniforme…  

Claro que nos lo montamos tan mal de tanto fijarnos en lo que nos separa o diferencia, en lo que no nos gusta del otro. A veces fijándonos sobre todo en eso. Cuando en el fondo somos tan similares.

En otras circunstancias yo podría ser la camarera, la corredora de media maratón que sigue tan puntillosamente la marcha de la bolsa, incluso la jovencita moderna que dedica la mañana del domingo a leer la Biblia.Caso aparte, por supuesto, es el tipo al que la admiradora secreta le envió la amiga para darle su tarjeta.

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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