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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
BLOG 'DESDE MANHATTAN'

La cadencia de los días

Lo único que se mueve alrededor en este mediodía es el zanganeo de un gato alrededor de la piscina gélida y un ferry corso en la lejanía que parece más bien varado en el mar. Como si el reloj no avanzase. Como si no quedara atrás un año para dar paso inexorable al siguiente.No está mal, pienso, porque la ambigüedad temporal también se extiende al espacio, un paisaje natural con menos colores que en Nueva York pero más intensos y con un cielo más luminoso que el de Madrid pero tal vez menos brillante.

José Ángel Abad  |  Nueva York  | Actualizado el 05/01/2015 a las 22:26 horas

Hay buganvillas mustias, como corresponde a esta parte del año, contraventanas de colores terrosos y algunas ánforas igual que dos mil años atrás. Pero no se ven banderas ni carteles que traicionen por completo lo incierto del lugar.

Curioso que esté aquí. Vengo ahora que la vida me empuja en otra dirección y, sin embargo, lo aplacé hasta el infinito cuando tuve oportunidad y una buena razón para hacerlo.

Eran tiempos en que internet era aún una extravagancia y en fines de semana serenos como éste lo primero que hacía era bajar a primera hora a por los periódicos, aún atados en los grandes fardos en que se repartían.

Gato ronronea alrededor de una piscina- | Foto: José Ángel Abad

Después, de vuelta al altillo de la casa victoriana de Belsize Park, me esperaba un desayuno en el balcón, con frecuencia a la lluvia, daba igual, y después una caminata hasta el pub preferido -el Washington, ¿cómo no creer en el destino?- bajo el crujido de las hojas de los plane trees, en realidad árboles originarios de España, habituales en las calles de Londres y exportados en tiempos más recientes a Nueva York. Sin saberlo, pisaba el mapa que iba a transitar.

La cuestión era llegar pronto al pub aunque sin aparentar entusiasmo, siempre sosprechoso en Inglaterra. Había que acomodarse en la mesa clave desde la que se podía otear, a un lado, el salón acristalado de una casa en la que unos niños progresaban en sus clases de piano y, al otro lado, dentro del pub, los dardos de quienes jugaban a la diana estratégicamente situada a la entrada del baño de señoras. Los británicos pueden ser a partes idénticas graciles y diabólicos.

Mientras, recortaba páginas y páginas de periódico que pudieran servir para preparar noticias o reportajes. Esto interesa, esto llama la atención, esto es importante, esto es absurdo.

Casa de piedra- | Foto: José Ángel Abad

La cadencia era un sorbo de Guinness por cada página recortada.

¿Qué habrá sido de aquellos niños?

Eran dos. Uno siempre sentado, tranquilo, aire meticuloso. El otro, más pequeño y revoltoso, como si aquello no fuera de su agrado.

Les recuerdo y pienso que me gustaría encontrarlos hoy, hablar con ellos, saber cómo les está yendo ahí afuera en el laberinto, averiguar cuánto han aprovechado las oportunidades -en apariencia exquisitas- que les tenía, en principio, reservado la vida: buen país, buen barrio, buena educación, buena familia, salud.

El resto es, básicamente, no estropearlo.

Si les dijera cuántos fines de semana he seguido de lejos sus lecciones se quedarían tan de piedra como yo en aquella ocasión, no lejos del pub, en que a la puerta de mi casa apareció aquella mujer diciéndome que ella había nacido allí cincuenta y tantos años antes…

Yo iba con prisa pero intenté ser amable, dándome cuenta de que aquello para ella aquello tenía cierta importancia sentimental.

Le ofrecí subir y mostrarle el apartamento por dentro. Se lo pensó un segundo y respondió que mejor no.

Tenía razón. Hay cosas que es mejor dejar a la memoria.

Y, además, tal vez le resultó poco menos que una violación a su intimidad que un extranjero, alguien tan ajeno a su recuerdo, ocupara ahora aquel espacio íntimo suyo.

Quizá por romper el silencio embarazoso, el marido se echó a hablar sobre el mucho tiempo que su esposa y él habían pensado en volver a visitar Londres y yo le pregunté que de dónde era. De Shrewsbury, me dijo.

Vaya, añadí. Shrewsbury, a la orilla del Severn, ¿verdad?

Pub británico- | Foto: José Ángel Abad

Y me demoré un par de segundos, como quien se piensa si sacar o no una tarjeta de visita del bolsillo.

Decidí decirlo, por qué no: en Shrewsbury me enamoré una vez…

El tipo me miró sin saber qué decir, intentando calcular la probabilidad de haber comprendido bien, o, más probablemente, de que mi pronunciación hubiera sido incorrecta.

Seguro que pensó que mi intención era decir otra cosa, quizá que una vez en Shrewsbury me había caído por un barranco, vete a saber.

Pero aquello, que era cierto, sirvió de coda para cerrar aquella conversación que ya se había alargado más de lo suficiente.

Se me ocurre que aunque ya no viva allí y haya pasado tanto tiempo aún podría localizar a la señora y mostrarle la casa. La habitación donde nació y que tanto tiempo después fuera, quién sabe, la mía propia. Compartimos una intimidad espacial dislocada en el tiempo.

Tengo amigos, contactos, hilos de los que tirar y con el interés apropiado podría encontrarla a ella y a su marido.

También a aquellos niños que veía desde el pub.

Sería como una nueva perversión del paso del tiempo. Otra marcha atrás absurda. Empeñarse en que se puede doblegar -de mentira- al tránsito frontal del calendario. Que es, a fin de cuentas, lo que hago también hoy aquí.

O, en realidad, lo que intentamos hacer cada día.

Esta ambigüedad fingida se puede romper en cualquier momento. Y de hecho lo va a hacer en cuanto me suba al avión con destino Nueva York.

Otra cadencia.

Trámites engorrodos que hacer, azafatas con las que hablar, taxistas con quienes pelear, un corte de pelo, recoger algo en la tintorería, correo que atender, pagar un alquiler, plantas que regar, burócratas a quienes explicar las circunstancias del pasaporte en el aeropuerto.

Aquí me asalta siempre a mi pesar, la verdad, el pensamiento de un tipo al que detesto, Paul Morand, porque pese a ser un insoportable presumido, fascista y traidor tenía una sensibilidad exquisita y admiraba Nueva York en los años treinta:

“Hay dos tipos de neoyorkinos, según dicen: los que pueden pagarse un viaje a Europa y los otros”.

Hoy en día, me parece a mí, hay dos tipos de neoyorkinos: los que, hayan ido o no, no han roto el cordón umbilical con Europa -cada vez menos- y los otros.

En tan solo dos días me encuentro ya en el ascensor de una estación neoyorkina. Comunicarse con los demás no es solo cosa del lenguaje oral. También el corporal. Además de hablar, uno no se mueve ni comporta igual de un país a otro -si no quiere pasar por extranjero y, en ocasiones, por desgracia, por mal educado. Otra cosa es que a uno le importe.

En España solemos más bien ignorarnos en los ascensores, tal vez dar el buenos días, más rara vez un adiós.

Los americanos suelen dar el adiós -desearte un buen día- más que ofrecer un saludo inicial. A ese saludo le suelen dar con no poca frecuencia un tono casi marcial que lo convierte, más que una concesión generosa, en una exigencia de correspondencia. Vas tan tranquilo por la mañana, medio dormido, y no solo te sobresaltan con el saludo sino que te exigen respuesta.

En otras ocasiones todo se resuelve con una media sonrisa.

En Inglaterra, por supuesto, no hay nada de eso. Si alguien se dirige a otro en un ascensor, o casi en cualquier sitio, lo más probable es que lo tomen por un lunático peligroso.

Total, que en este ascensor americano opto -conscientemente- por la media sonrisa, un tanto más amplia y larga de lo que haría al otro lado del Atlántico, aunque sin fijarme a quiénes, ni siquiera cuántas personas exactamente había en el interior.

La puerta comienza a cerrarse y desde atrás del ascensor una voz masculina grave pero amistosa dice al vacío que en enseguida todos estaremos en casa…

Vaya, estamos de vuelta pienso, recordando que los americanos tienen también esta camaradería general, una especie de amistad transitiva en clave nacional, quizá no genuina pero tampoco del todo falsa, como si les gustara jugar a ser una gran familia. O, por lo menos, todos miembros del mismo club de boy scouts.

Tal vez tenga algo que ver con que a los tipos solitarios aquí se les considera más bien raros, anti sociales, más oscuros que misteriosos. Hay que ser uno más. Y a poder ser el más de uno más, la versión más perfecta del modelo ideal. Así se convierte uno aquí en el más popular, que está muy bien visto.

De verdad que no es idea mía.

El caso es que del ascensor paso a una sala de espera infame. Sin ventanas, luz febril, asientos añosos, en el aire un tufo sospechoso. Pero cae la noche y hay que resguardarse unos minutos de un frío inclemente a la espera de un tren.

Otro minuto suspendido en el tiempo.

Miro alrededor y entre los personajes me encuentro a una joven, casi una niña, afroamericana, concentrada en su iphone, con aspecto fatigado pero escapándosele una media sonrisa cómplice con alguien con quien está enviándose mensajes.

Joven mira su móvil- | Foto: José Ángel Abad

Viste ropas anodinas pero modernas, como la mayoría de nosotros en un día cualquiera.

La miro por aburrimiento, tal vez por deformación profesional, o por el puro vicio de la curiosidad, yo qué sé, y pienso que si alguien, a su vez, se fija en mí va a pensar en cualquier otro motivo espúreo. Pero a mí por qué me habría de importar.

En todo caso, estoy en este estúpido tira y aflora mental conmigo mismo cuando la mirada llega a los zapatos de la chica, que dibujan una flor triste en la parte superior pero en la inferior… no puede ser. Sí!

La chica del iphone y con algo de maquillaje en los ojos tiene un agujero inmenso en la suela de uno de sus zapatos. No es un boquete cualquiera. Por ahí puede pasar un kiwi!

Intento imaginarlo: cada vez que la joven da un paso al frente casi la mitad de la parte delantera inferior de su pie derecho hace contacto físico con el suelo.

Y parece una chica más: como las que te encuentras en la cola del Starbucks, en el ascensor del trabajo, en la pista de atletismo del East River Park, en la barra exquisita del bar del Nomad Hotel.

Pura apariencia.

Esta es una joven que no tiene dinero para zapatos nuevos, ¡ni viejos!, por mucho que tenga un iphone y yo no comprenda la gestión de sus prioridades económicas, suponiendo que se las haya planteado o que haya podido hacerlo.

Cuando veo a alguien así, no puede evitar acordarme de William Bryan, un demócrata más bien radical que además de enfrentarse a las grandes corporaciones y a las políticas imperialistas y de inventar las giras políticas modernas antes de cada elección, estuvo a punto de ser llegar a ser presidente a comienzos del siglo pasado.

Un americano tan progresista también fue capaz de decir:

“El destino de cada uno no es casualidad. Es una elección. No es algo que haya que esperar, sino algo que hay que conseguir”.

América pura.

Pero antes de que cada uno saque conclusiones también hay que recordar que el mismo William Bryan dijo en otra ocasión:

“Todos los males de América tienen su origen en la enseñanza de la teoría de la evolución”.

Vaya. ¿Encefalograma plano?

Quiero decir que hasta la persona más sensata, vista de cerca, puede tener su complejidad. Incluso un lado oscuro. Sin duda, alguna parte inexplicable en su persona.

Cómo juzgar, pues, a esta niña.

Prefiero echar mano de Alfred Kazin, que antes de ser un escritor conocido había nacido en un arrabal de Nueva York. En sus propias palabras:

“Cuando era pequeño creía que vivía en el fin del mundo”.

Esta niña tiene pinta de tomar esta noche el tren de vuelta al fin del mundo.

Tiene muchas papeletas en contra pero ojalá le toque hacer algún día el viaje inverso, como Alfred Kazin.

Mientras, aquí estamos, compartiendo espacio y tiempo.

Solo un par de horas después me acerco a la ventana grandiosa del salón de la casa donde mis amigos me han invitado a celebrar el nuevo año: en frente, casi puedes tocarlo, el puente de Brooklyn, debajo el East River como si fuera un jardín fluvial privado y al fondo el Empire State Building, Wall Street y el skyline luminoso de Manhattan. Hay fuegos artificiales a lo lejos y gente a los pies del edificio cantando y brindando sin importarles el frío.

Ventana de un bar en NY- | Foto: José Ángel Abad

Todo lo que la mano del hombre puede hacer para que el mundo parezca una gran fiesta.

Hay tantas habitaciones en este apartamento que ya no sé dónde están los viejos posters soviéticos de Lenin que me habían llamado la atención hace un rato. Algunos niños juegan a carreras kilométricas por los pasillos. Desde una aplicación de teléfono alguien baja la luz y la música de baile que sale por toda la casa por unos altavoces invisibles y un grupo de invitados empieza a jugar a adivinanzas con

Otra manera de compartir tiempo y espacio.

¿Dónde estará ahora mismo la niña de la sala de espera del tren?

Esa sí que es una buena adivinanza.

El teléfono me advierte de una tragedia de última hora: decenas de muertos en China en una estampida en una celebración de fin de año.

Lo primero que me viene a la cabeza no es algo de lo que estoy seguro de sentirme orgulloso pero es incuestionablemente práctico: 1) con esta noticia ya se pueden llenar mañana los informativos; 2) si ya hay una tragedia, es estadísticamente muy probable que no se presente otra más, tal vez cercana, que interrumpa aquí las celebraciones.

Pero si así fuera, esta suspensión del avance del tiempo se interrumpiría y volveríamos a la cadencia inevitable de cada día: las prisas, los informativos, la necesidad de contar lo que ocurre y que lo que ocurre modele nuestro devenir.

La vida y nuestro tránsito por ella.

Si no es esta noche, lo será mañana o en todo caso en cuanto se cierre este paréntesis navideño que colocamos en el calendario para simular que engañamos al paso de los días.

Nadie puede mentir a todos todo el tiempo. Hay que volver a la realidad.

Porque todo es relativo y el recuerdo y la contemplación sirven, como las fiestas, para hacer requiebros al calendario.

Pero las tragedias siguen su curso, el avance de la ciencia y del sentido común afortunadamente también -quizá en una línea menos recta- y hace falta contarlo y hacer de ello una cadencia que le de sentido a nuestros días. Traducir a noticia el espacio y tiempo que compartirmos.

Dejemos que ése sea el propósito de resolución para 2015.

Feliz año.

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  • Foto de IdoyaMoon

    #1 IdoyaMoon Será cosa del nuevo año, será cosa de los Reyes Magos, será cosa de algún entrañable "leprechaun" con un cascabel rojo, será cosa de... lo importante es que es toda una delicia poder volver a compartir contigo ese deambular por tus pensamientos, recuerdos y reflexiones...

    07/01/2015 a las 09:11
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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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