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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESDE MANHATTAN

Cabo Cañaveral: Adiós a todo esto

Nada más pasar la última curva a la derecha antes de llegar a la NASA en Cabo Cañaveral, se encuentra  casi escondido un desvío que conduce a una iglesia metodista. La iglesia en cuestión  consiste en una moderna pero insignificante estructura rectangular de paredes metálicas pintadas de amarillo que, igual que una iglesia, podrían albergar un taller mecánico o un criadero de truchas.

José Ángel Abad  |  Manhattan  | Actualizado el 20/07/2011 a las 16:28 horas

En uno de mis primeros viajes a Cabo Cañaveral, y bajo los efectos de la fiebre insensata del periodista entrometido, acabe abriendo la puerta de la iglesia dispuesto a compartir un padre nuestro o el cántico que fuera necesario en la liturgia metodista con tal de ver adónde llevaba la conversación con quien allí, tan cerca del trasbordador espacial, siguiera intentando comunicarse con el cielo por el método tradicional.

Pues bien, las cinco abuelas y el pastor que estaban en el interior, aseguraban que se habían reunido para rezar por los astronautas que al DIA siguiente saldrían en dirección a la Estación Espacial Internacional. Una forma más de comprobar cómo está zona de Florida vivía hasta ahora pendiente -y dependiente- del programa espacial.

Las feligresas y el pastor sabían de memoria los nombres de los astronautas. Sabían la función de cada uno. Sabían el protocolo entero previsto por la NASA para el lanzamiento.

Pero también añadían que toda ayuda es poca cuando se intenta, llegar, literalmente, a lo más alto que la ciencia humana ha conseguido.

Y, efectivamente, un rato más tarde acabamos todos haciendo un círculo cogidos de las manos, en plan La Danza de Matisse, mientras el pastor pronunciaba una oración que yo no llegaba a comprender absorto pensando en mi supuesta contribución al éxito del programa espacial norteamericano.

En fin, concluí, si ésta es la vez en que tenía que caer en el pecado de implicarme personalmente en la noticia que me tocaba cubrir, pues qué le íbamos a hacer.

Por otro lado, ya tenía su miga lo de caer en el pecado precisamente rezando. Pero ése es otro tema.

Después, cada vez que he vuelto a Cabo Cañaveral, al tomar esa curva, como ya no vas a volver a incluir otra vez a la iglesia en uno de tus reportajes (repetirse es otro pecado mal visto en esto del periodismo y, con frecuencia, menos perdonado todavía),  pues sientes un pinchazo de culpa por no detenerte aunque sea a dar los buenos días.

Pero aún te espera otra experiencia religiosa al menos igual de intensa.

Porque solo un par de kilómetros más allá se divisa de pronto la inmensidad del hangar llamado Vehicle Assembly Building (Edifico de Montaje de Vehículos) de la NASA y eso sí que se parece una revelación sagrada.

Es un cubo como el de la iglesia pero de dimensiones tirando a siderales: el doble de alto que la Estatua de la Libertad, más de tres millones y medio de metros cúbicos, uno de los mayores edificios del mundo.

La impresión se ve reforzada por su decoración espartana: todo de blanco con tan solo dos pinturas, una de la bandera norteamericana y  otra del logotipo de la agencia espacial.

Con frecuencia se lee que los rascacielos de los bancos en Estados Unidos son el paralelo moderno de las catedrales medievales.

A mi me parece que igual de equivalente son los templos de la ciencia norteamericanos: las grandes universidades (Harvard, Yale, MIT, Stanford, Princeton, Columbia…), o el Centro Anderson contra el cáncer de Houston, o la aglomeración de talento creativo de Silicon Valley.

Porque Estados Unidos seguirá de primera potencia no tanto en función de su déficit o de sus misiles como de que medio mundo siga teniendo razones para querer graduarse en Harvard, tratarse el cáncer en Houston o llevar a Sillicon Valley en California y no a otro sitio su gran idea para cambiar el modo en que nos comunicamos ahora en el mundo (Facebook, Google, Apple, Twitter, Foursquare, Skype…)

Y el centro de la NASA en Cabo Cañaveral entra en esta categoría de catedral del saber.

Es cierto que el fin -temporal- de su programa espacial es debido a la falta de presupuesto y que eso inevitablemente tiene una correlación con las dificultades económicas del país.

Pero al menos igual de cierto es que la retirada norteamericana de la carrera espacial se produce cuando, sencillamente, ya no le queda competidor.

Las naves rusas que se van usar de ahora en adelante son meros ascensores -incapaces de soportar la carga y los experimentos que llevan hacen hasta ahora los transbordadores.

Y ya se sabe lo que ocurre cuando uno no tiene con quién competir en el trabajo, ya sea en la NASA o en la oficina de correos de Alpedrete. Uno se amodorra.

A lo que íbamos… La noche antes del lanzamiento, la NASA permite a la prensa acercarse durante una hora hasta trescientos metros de la plataforma de lanzamiento.

Ya nadie volverá a hacerlo porque no se esperan nuevos lanzamientos pero, por si acaso, voy a recordar que el lugar se encuentra en la Laguna de los Mosquitos y que no es ni muchos menos casualidad que ése sea el nombre, como bien saben a estas alturas varias generaciones de periodistas que, al tiempo que admiraban la capacidad del hombre de llegar tan lejos, ignoraban la capacidad de los mosquitos de penetrar tan dentro del cuerpo humano.

Pero es que es fácil olvidarse de casi todo cuando ya de noche estás mirando de cerca al transbordador espacial pegado a sus dos cohetes propulsores y al imponente tanque de combustible e intentas encontrar la manera de aceptar que en tan sólo unas horas semejante mole se va a alejar de ti a una velocidad de 28.000 km/hora y ascender 350 km. Un buen momento para creer en teorías de la conspiración y concluir que, como siempre hemos sospechado, tal vez los astronautas no viajen al espacio sino al desierto de Almería…

Al día siguiente, prensa e invitados de la NASA siguen el lanzamiento desde el descampado donde está instalado el marcador electrónico con el reloj de la cuenta atrás.

De nuevo otra sugerencia para quienes, si volviese a haber más lanzamientos, quisieran tener su foto en los libros de historia: acérquense al reloj de la cuenta atrás todo lo que puedan en el momento del lanzamiento y así saldrán retratados inevitablemente alrededor del mundo en todas las imágenes oficiales.

En el centro de prensa pululan dos tipos de periodistas: los paracaidistas y los peritos.

Los primeros, como un servidor, son los que antesdeayer podían estar cubriendo la presentación del nuevo esmalte de uñas de Paris Hilton o los entresijos de las negociaciones para contener el déficit público en la Casa Blanca y hoy, sin embargo, les toca coquetear con los datos técnicos de los motores criogénicos del shuttle. Una forma como otra cualquiera de pasar el día.

Los peritos son los periodistas que vienen a la NASA cada dos por tres, por lo general sujetos de aspecto desaliñado y como de andar un poco despistados por el mundo pero que, cuando se trata de material cosmonauta, disertan con la convicción propia de un tripulante del Apolo V.

A nosotros los paracaidistas nos miran con una mezcla de pena e impaciencia pero enseguida se prestan a compartir los misterios arcanos de su sabiduría -lo mismo ocurre cubriendo otras operaciones especializadas como desfiles de moda, finales de tenis o cumbres del Fondo Monetario Internacional.

Por allí también pululan docenas de astronautas - van de uniforme!- que han ido tripulado otras misiones de la NASA. Te acercas a ellos y puedes charlar o entrevistarlos el tiempo que quieras. La guinda del viaje.

Una cosa curiosa con los astronautas: son, lógicamente, capaces de responder con una precisión técnica meticulosa y de rememorar con naturalidad lo que los demás asociamos más bien con películas de ciencia ficción pero hacia la mitad de la conversación uno empieza a fijarse en cómo les brillan las pupilas del y el modo en que su sonrisa se alarga del mismo modo que la de un niño cuando le prometes que el domingo lo vas a llevar a la playa y le vas a comprar un helado de chocolate…

Detrás de su especialización sin igual y sus vivencias únicas, cada astronauta parece albergar una especie de ilusión inocente, algo parecido al fervor por la exploración de lo desconocido del mismo modo que probablemente lo tuvieran Ptolomeo en el siglo II o Colón en el XV. Ahora ellos.

Sí, merece la pena la conversación.

Y, luego, el lanzamiento. Qué más se puede decir…

Primero una bola de fuego y humo blanco que crece como si llegara el día del juicio final, acompañada por un estruendo violento, amenazante, avasallador, como si uno se tuviera que rendir a lo que fuera que venga después.

Acto seguido, todo vibra pero no al modo de un terremoto sino como si lo que se agitase fuera el aire -pero tampoco como un huracán. Como si una fuerza poderosa saliera de las entrañas de la tierra y amenazara con provocar alrededor, en una distancia superior a la que abarca la vista, un efecto contrario al de la gravedad.

Bueno, en la práctica eso es exactamente lo que ocurre -sólo que lo único que se aleja es el transbordador espacial.

Detrás deja una estela de fuego olímpica, inaudita aunque la hayas visto con anterioridad, y que provoca la incredulidad que uno imagina debían tener en la antigüedad cuando hacían un sacrificio a los dioses.

Y ahora esta memoria de los lanzamientos es eso, memoria. No habrá más. Sólo quedaba hacerse una foto para el recuerdo con los colegas de Associated Press y decir bye, bye, Cabo Cañaveral.

Por la noche me fui a cenar con Jordi a The Surf, un restaurante americano al lado de la playa de Cocoa Beach, cerca de Cabo Cañaveral, y al que hemos acudido religiosamente en cada una de nuestras visitas. Ya conocíamos al dueño, a los empleados y a algunos clientes.

Pero resulta que a la puerta misma nos dimos cuenta que The Surf ha cerrado y el local está en venta. Y nos sentimos entonces como en tierra extraña.

Dispuestos a solucionar la cuestión de la cena como un trámite exclusivamente fisiológico, vagabundeamos a pie, de noche, un par de manzanas -lo cual siempre es altamente sospechoso en la América suburbana donde hasta el más corto desplazamiento se hace en coche- y encontramos un único garito con farolitas rojas que apuntaban a algo pecaminoso.

En realidad, resultó ser un restaurante judío. Desde la puerta pudimos ver una docena de mesas ocupadas y escuchar acordes de jazz.

Dos señoras con aire de sofisticación provinciana y aspecto de haber pasado por barbies genuinas algo más de medio siglo atrás, salieron enseguida a recibirnos primero con hospitalidad agradecida y luego un tanto sorprendida por encontrarse dos extranjeros despistados a semejante hora ya tardía.

Me di cuenta de que estábamos en el lugar apropiado cuando al dar un paso adentro vi que la música era en directo y provenía de una banda de cuatro miembros que entre todos debían de sumar bastantes más de trescientos cincuenta años y uno de ellos, que Jordi decía que se parecía a Richard Clayderman pero que tenía unos pelos blancos, finos y largos que a mí me parecían más bien una peluca barata de algún Chinatown de la zona, pues éste hombre acabó de interpretar una canción de Duke Ellington y acto seguido preguntó como la cosa más natural del mundo, micrófono en mano, con voz ronca y meliflua:

- “¿Alguien sabe cuánto de profundo es el océano? Bueno, no me contesten, ahora tengo la inspiración perfecta para interpretar a The Meters. The Meters, de Lousiana”.

Y yo pedí la mesa más cercana posible.

El segundo espectáculo del día era algo que tampoco se podrá volver a repetir: la comida del restaurante -a juzgar por el rape que me pedí y que llegó asemejándose a un filete empanado- no va a figurar jamás en las páginas de ninguna guía gastronómica y la banda musical entrañable parecía tener demasiados años y alcohol encima como para resistir mucho más.

De hecho, el que tocaba el bajo, con cuerpo de boxeador castigado por el paso del tiempo y mirada elegante y cansada como Marlon Brando en sus último años, se levantó de pronto del escenario y anunció que se iba. Sin más.

Al salir, se despidió mesa por mesa y al llegar a la nuestra nos dijo muy sucinta y acertadamente:

- “Es el fin, es el fin. Adiós a todo esto”.

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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