Esto viene a cuento de que pensaba que éste décimo 11/S me iba a saber a trazo grueso sobre la reconstrucción de la Zona Cero o tal vez aanálisis clínico sobre qué fue de Al Qaeda.
Y, sin embargo, cuando acabé en el sótano triste donde vive Carla Villatoro cerca del aeropuerto de La Guardia me di cuenta de que éste aniversario iba a ser más bien un recordatorio abrumador de que cada capítulo de la historia universal de la infamia acaba siempre de la misma manera: con vidas anónimas e inocentes convertidas en inquilinas del cubo de la basura del devenir diario, que se alejará cada vez a mayor velocidad del curso de sus vidas, una vez tesoros luminosos, sagrados e irrepetibles para quienes reciben o recibían el calor de su llama y ahora mustios, remendados, desorientados, víctimas de fuerzas,odios, ambiciones que entrarán en libros de historia que no se acordarán del peaje doméstico pagado por quienes no tienen más culpa, por decirlo de alguna manera, que haber pasado por allí.
Como hormigas víctimas de una bota fortuita. Pasa en muchos lugares, ocurre demasiadas veces. Pero eso ni explica ni alivia ni siquiera tiene algo que ver con el dolor concreto, íntimo, axfisiante del sótano de Carla. Y eso que sigue viva.
Si yo llegara astronauta -o, ya puestos, si llegara cualquiera de quienes leeís esto-, el camino probablemente sería mucho más corto que el recorrido por Carla para llegar adonde llegó hasta el 11-S.
Nació en uno de los lados fatídicos de la humanidad, en su caso pobre y en El Salvador, pero se las arregló para emigrar a Estados Unidos colándose en la caja del motor de un camión. Hay que ser muy valiente para algo así. Carla, encima, es -era- simpática, vivaracha, trabajadora, honesta, fiel: tuvo las agallas de volver meses después a por sus dos hijos.
La vida a veces tiene gentilezas inimaginables: Carla acabó de encargada de limpieza y mantenimiento en las tres plantas que LehmanBrothers tenía en una de las Torres Gemelas. Luego vino Bin Laden y el fin de las vacaciones de Estados Unidos de la historia pero eso, en realidad, pertenece a otro libro. En el libro de la vida de Carla lo único que vino fue la desgracia. El 11-S escapó como pudo con heridas en la espalda que arrastra hasta hoy y contaminación en los pulmones que le han cambiado la voz y le impiden respirar con normalidad. Aparte, las migrañas, la ansiedad, la claustrofobia, los nervios, los miedos, las docenas de pastillas diarias, las lágrimas y el fin del matrimonio ese mismo 11-S cuando muchas horas después consiguió llegara casa y un marido que nunca supo entender que una mujer tan sencilla pudiera ser tan grande le diera por saludo: - “Ya veo que no te has muerto, no eres invisible. Apártate, estoy viendo la televisión”.A veces las parejas se separan por lo que parecen nimiedades transitorias. En otras ocasiones resisten obcecadamente vendavales sinfin y sólo rompen si el mundo literalmente se rompe a sus pies. Por ejemplo, si Bin Laden se cuela en sus vidas.
Carla no pudo volver a trabajar -le ofrecieron de nuevo el mismo empleo en la nueva sede de Lehman Brothers, pero el primer día se vino abajo con lágrimas y nervios, no precisamente porque fuera una pusilánime o pretendiera otro trabajo… Era ése o nada. Y se quedo en nada.
Desde lejos resulta difícil entender el calibre del mazazo psicológico. Carla, por ejemplo, fue incapaz de recordar la direcciónde su casa el 11-S. Se lo preguntaban y nada. Se había abierto unagujero en la memoria. Y en la vida. Hoy resiste en el sótano, enganchada a las pastillas, a los nervios ya tesorando recuerdos de cuando el mundo tuvo a bien sonreírle. Y ella es de los que tuvieron suerte.
Prudencio Lemagne se fue de Cuba poco después de la revolución. Llegó a Madrid donde trabajó de orfebre en la Plaza Mayor. Años después aterrizó en Nueva York, conoció a una portorriqueña encantadora-decirlo así es un pleonasmo- y ambos educaron a un hijo tan maravilloso que el 11/S sus jefes en la policía le ordenaron que se quedara en comisaría pero él, acabado su turno, se marchó por su cuenta a echar una mano en las torres gemelas convencido de que haría falta gente con la experiencia que él tenía en primeros auxilios.
Hay fotos de él rescatando víctimas atrapadas. Salvo muchas vidas. Entre ellas la de otro policía de rango superior que también le ordenóque no volviera a entrar a la torre que quedaba. Él contestó:- “Mientras quede gente dentro, debo intentar salvarlos”. Él fue quien no se salvó.
Prudencio se pregunta por qué tuvo que educar a un hijo tan generoso, tan digno en el cumplimiento de su deber. Se consuela ayudando a otras familias. Sólo se molesta un poco, aunque sin decir nada, cuando las familias de otras víctimas le dicen que él ha tenido suerte porque el cadáver desu hijo fue encontrado y, por tanto, pudo enterrarlo. Traga saliva y piensa que mirando alrededor a uno le parece menor su tragedia.
Las Torres Gemelas tras el impacto de los aviones