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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESDE MANHATTAN

Amistades de Nueva York

Ahora que me ha ocurrido a mí demasiadas veces, ahora sí lo entiendo. Cuando primero lo había oído, al poco de llegar a Nueva York, me pareció una más de las exageraciones habituales sobre la ciudad. Pero no, es cierto: muchos neoyorkinos evitan algunas amistades conscientes de que sus nuevos candidatos a camaradas les romperán el corazón el día no tan lejano en que tengan que volver a sus ciudades o países de origen. Es lo que pasa en una ciudad en la que está de paso más gente que en ningún otro lugar.

 

José Ángel Abad  |  Nueva York  | Actualizado el 21/06/2011 a las 18:03 horas

Y me ha vuelto a ocurrir.

Tengo un buen amigo cuya amistad surgió de cruzarnos unas cuantas veces en el trabajo, que creció compartiendo nuestras diferencias con una sonrisa cínica que ocultaba sólo de mentira consentida la sospecha de que quizá es él y no yo quien tiene razón, pasamos la prueba de fuego de, temporal y periódicamente, volver juntos a la infancia -por ejemplo, aunque no exclusivamente, mediante partidas de pin-ball regadas con tintos y jamón en un garito oscuro del Lower East Side.

Nos dimos repetidísimos caprichos de adultos en forma de banquetes comparando restaurantes japoneses caros en los que en la mesa de al lado siempre conspiraban diplomáticos de Naciones Unidas y ejecutivos de reputación mafiosa a los que estuvimos tentados de acercarnos y cantarles las cuarenta -aunque siempre acabamos sentenciando que sería una pena dejar el sashimi y el sake solitarios en la mesa…

Hemos compartido secretos y picardías, vagabundeado de noche por Manhattan intentando probar aquello de que la ciudad nunca duerme. Alguna vez que el mundo parecía no tener sentido él estaba ahí listo para intentar darle forma -y ánimos- a golpe de cervezas y uno ha intentado corresponder intentando no violar los límites razonables que su situación en el mundo imponía a nuestras horas de asechanza cómplice.

Si alguna vez creí ver en él alguna flaqueza, siempre pensé que tenía que ser un error y miré para otro lado. Con mucha más frecuencia tuve la sensación de que era él quien hacía lo mismo conmigo.

He visto crecer a sus hijos y a alguno incluso nacer. Su esposa quiso aceptar lo nuestro como una extensión más de las circunstancias familiares, participando en la complicidad mediante tardes perezosas en Central Park, barbacoas en el Upper West Side, veladas glamourosas en restaurantes pijos de Gramercy o sesiones disparatadas de stand-up comedy en el Village. Pero, sobre todo, dándonos cuerda para que puediéramos desaparecer lo justo. O, más probablemente, sólo un poco más de lo justo.

En resumidas cuentas, tenía un amigo en Manhattan.

Era 1 de esos 8.200.000 habitantes de la ciudad. O, para ser más precisos, 1 del 1.600.000 que viven en el centro, es decir, en Manhattan -que es donde uno de verdad hace su vida.

De ellos, más de la tercera parte son extranjeros. Y de los dos tercios restantes, la inmensa mayoría han nacido en algún lugar de Estados Unidos pero fuera de Nueva York.

Con tanta gente llegada de fuera, es fácil comprender que es un exceso quienes están sólo de paso, residentes temporales, haciendo que esta ciudad sea como un enorme ascensor en el que la mayoría se aprieta como sardinas en lata pero solo para entrar y salir sin parar.

Lo de apretados va en serio. Madrid, por ejemplo, tiene una densidad de 5.200 habitantes por kilómetro cuadrado. Manhattan tiene una densidad de 26.000.

Así que con tanto tiburón viniendo a comerse el mundo, a probar aquello de Sinatra de “si puedes hacerlo en Nueva York, puedes hacerlo (luego) en cualquier sitio”, se entiende mejor la necesidad de encontrar almas gemelas con quien rebajar la guardia con confianza.

Cuando uno llega a Nueva York el mundo se parece a una de esas competiciones de quién come más tartas deliciosas por minuto. Sin embargo, hacen falta amigos con los que compartir el ágape y, al mismo tiempo, repetirse unos a otros la consigna de que el atracón no debe rebasar lo sensato, para no indigestarse y acabar con facilidad por debajo del listón de exigencia sin piedad que es condición sine qua non que Nueva York impone a sus vecinos como si fuera una claúsula más para conseguir el visado.

Sí, con tanto tiburón suelto y tan lejos de la patria sentimental, aquí es más cierto que en ningún otro lugar aquello de que quien tiene un amigo tiene un tesoro.

Lo que ocurre es que en ninguna otra ciudad las mejores amistades se mueren tan rápida ni tan arbitrariamente. No por una discusión, no por una traición, no por el desgaste inclemente del paso del tiempo.

Las mejores amistades aquí son como esos amores de verano que sabes que prodrían ser para toda la vida pero que las circunstancias impiden que vayan más allá de la fiesta de San Roque.

Es uno más, pero no precisamente el más dulce, de los peajes particulares, crueles, del paisanaje de Nueva York.

 

 

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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