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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESDE MANHATTAN

Aceras de Nueva York

El otro día estuve en el cine viendo la última película de Matt Damon y Emily Blunt, y en un momento dado se especula con las posibilidades ínfimas de cruzarse en las calles de Nueva York con alguien conocido, dada la altísima densidad de población.

José Angel Abad  |  Nueva York  | Actualizado el 24/08/2011 a las 14:16 horas

Avanzo lo más rápido posible por los pasillos de la estación de metro en Times Square, donde hago la conexión de la línea 2 a la “shuttle line” o vía exprés que me llevará sin paradas a la Grand Central Station y desde donde si apuro el paso -caminando no por la acera siempre a tope sino por la orilla de la carretera- podré llegar en no más de cuatro minutos a Alí Babá, uno de los restaurantes más populares de la zona de Naciones Unidas donde toman el menú del día diplomáticos, funcionarios y periodistas.

Me espera un nuevo contacto, alguien con conocimiento de absoluta primera mano del intríngulis del Consejo de Seguridad, o sea, una de esas fuentes que luego harán posible que nuestras crónicas en directo desde la ONU, aunque siempre serán menos y más breves de lo que uno quisiera, tendrán pies de plomo, conocimiento de causa, la altura con la que a uno mismo le gustaría ser informado si le tocara estar en el papel de espectador.

Además, en esta relación intuyo una empatía que me hace oler la posibilidad de que crezca algo parecido a la amistad. Por ello, mientras subo unos peldaños en Times Square, me recuerdo a mí mismo “cuidado, la cercanía personal se empeña con demasiada frecuencia en nublar el raciocinio”.

Pero sin cercanía personal es mucho más difícil tener fuentes… Otro de esos terrenos resbaladizos del periodismo, que con tanta frecuencia se parece al trapecio de un circo.

La cabeza procesa ese pensamiento mientras la retina y las piernas avanzan en piloto automático por el pasillo mal iluminado del metro, sorteando lo que a uno le parece lentitud insoportable de aproximadamente la mitad de los viandantes e intentando encontrar centímetros de oportunidad por los que adelantar con dignidad y arañarle unos segundos al reloj. Quién sabe si llegando a tiempo de coger de inmediato la línea express, colándome justo antes de que cierren las puertas del vagón que ya estará en el andén y así no tener que esperar los tres o cuatro minutos que tarda en llegar un nuevo tren…

Y en ese momento alguien me golpea en el brazo izquierdo con una contundencia y precisión que parecen demasido intensas para ser casual.

El otro día estuve en el cine viendo “The adjustment bureau” (“Destino final”), la última película de Matt Damon y Emily Blunt, y en un momento dado se especula con las posibilidades ínfimas de cruzarse en las calles de Nueva York con alguien conocido, dada la altísima densidad de población.

Pues bien, miro a la izquierda a ver quién me ha agarrado el brazo y me encuentro con una buena amistad de años. Los dos nos quedamos tan felices como perplejos.

El abrazo de rigor es breve porque resulta que lo que antes me parecía lentitud insoportable tiene la fuerza de un torrente ahora que nosotros nos hemos detenido, así que de inmediato nos dejamos llevar por la muchedumbre.

Mi colega me habla rauda de sus últimos pasos, su carrera artística, quién ha ido a ver su obra, los planes de su nueva película, que este fin de semana tiene que viajar para otro estreno, que acaba de volver de una boda en España, que su hermana está en Nueva York y tenemos que quedar, que por qué no cenamos y entonces, esquivando a otros pasajeros como quien intenta evitar fuego enemigo, caemos en la cuenta de que vamos a coger trenes distintos. Nos despedimos con otro abrazo breve, como si nuestras piernas siguieran avanzando pero nuestros brazos se entrelazaran aún unos segundos más para alcanzar más tarde el resto del cuerpo.

- “Oye, llama!”.
- “Sí, y tú!”
Ya, ya lo sé.

En cuanto nos separamos, y pese a lo agradable del encuentro, calculo sin querer el tiempo que “me ha costado”: apenas unos segundos pero los suficientes para perder el primer tren que podría haber cogido. O sea, unos cuatro minutos.

Me maldigo a mí mismo por la mezquindad neuronal involuntaria pero me doy cuenta de que aún así me vuelvo un poco más agresivo en los metros finales hasta el andén. Un poco de menos decoro al adelantar a los demás, un gesto más sucio en la cara… los síntomas inequívocos del “síndrome de agresividad peatonal”.

Sí. Existe (http://nymag.com/daily/intel/2011/02/sidewalk_rage_is_real_and_its.html).

Y también en Facebook el grupo “I secretly want to punch slow walking people in the back of the head” (Quiero golpear en secreto y en la parte de atrás de su cabeza a la gente que camina despacio”). Muy popular en Nueva York.

Aquí se tiene muy en cuenta esto de la velocidad del tráfico peatonal. Sin ir más lejos, el propio ayuntamiento tiene muy estudiada la cosa.

De acuerdo a sus estadísticas (http://www.nyc.gov/html/dcp/pdf/transportation/td_fullpedlosb.pdf , capítulo 5, página 56), la velocidad media en las aceras de Nueva York es de 1.3014 metros por segundo.

Pero la gente que va de camino al trabajo camina a 1.3441 metros por segundo. Y aún más rápido sin van hablando por teléfono con el popular pinganillo bluetooth conectado a la oreja –debe de ser que van muy concentrados: 1.44142 metros por segundo.

Sin embargo, quienes van hablando por el teléfono sin más avanzan a sólo 1.2801 m/seg. Los fumadores a 1.27.10 m/seg. Los que caminan por la acera sin más pero no van al trabajo descienden a sólo 1.887 m/seg.

Y los más lentos de todos, efectivamente, los turistas: 1.1551 m/seg. Ah, y todos esas velocidades son significativamente menores si se va en grupo. Cuando llego a mi cita en Alí Babá mi colega aparece casi al mismo tiempo que yo, con un colorete en la cara que delata que también ha contraído ya el síndrome.

Él lleva apenas unos meses en la ciudad pero ha aprendido de inmediato el valor supremo que aquí se le concede al tiempo y por eso empieza por disculparse por presentarse el último –aunque sólo fuera con una diferencia de segundos.

- “He intentado llegar cuanto antes pero me tuve que retrasar un momento a última hora en la ONU y luego es difícil caminar con tanta gente por la calle. Encima aquí todo el mundo camina rápido como si estuviera en la terminal de un aeropuerto…”

Eso es lo curioso. Que hasta los lentos turistas se contagian y caminan más rápido de lo que lo harían visitando otra ciudad. Así se entiende que la gente en Nueva York esté más delgada que en el resto de Estados Unidos.

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José Angel Abad

José Ángel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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