06:04 feb 05, 2010 | José Angel Abad | General

Sala de prensa española en America

Cuando suena el himno americano al aparecer Obama y todos los presentes se ponen en pie excitados y sonrientes como si se tratara de Elvis Presley a punto de entonar "Love me tender" todo son comentarios condescendientes -sin faltar al respeto, la verdad, pero en plan "los americanos siempre igual".                      

La sorpresa es cuando un par de minutos después da comienzo el Desayuno Nacional de Oración y un senador republicano, con aspecto circunspecto como de disertar con frecuencia y profundidad sobre la diversidad étnica de Afganistán, se pone sin embargo delante del micrófono a rezar.

Y en la sala, a un par de kilómetros de distancia y en donde la prensa española recién llegada de Madrid sigue por circuito cerrado el evento, nadie sabe muy bien cómo tomárselo. De momento un silencio confuso, casi embarazoso, miradas de desconcierto que preguntan sin palabras si esto es una broma extraña o si, por el contrario, cualquier movimiento corporal puede ser considerado por algún nativo espiando con cámara oculta como un sacrilegio imperdonable.

Los que llevamos un tiempo en este país nos intercambiamos sonrisa breve, disimulada, como quien conoce un viejo y sencillo truco de mesa que siempre deja estupefactos a los invitados.

El truco, claro, es saber que por estos lares en donde con tanta firmeza se separa la Iglesia del estado sin embargo se mezclan hasta la confusión la religión y la vida pública.  Que es, en cierto modo, el revés de aquello a lo que estamos acostumbrados.  

A los pocos minutos, la ceremonia desemboca en un discurso previsible sobre libertad y solidaridad, que con políticos pierde mucho empaque, y por ello en nuestra sala los españoles damos paso a esas conversaciones poliédricas con participantes en todas las esquinas de la habitación y cuyas palabras, a su vez, se entrecruzan con diálogos de otros grupos igualmente lejanos e intermitentes. Pero el tono es educado, nadie intenta anular a los demás elevando el tono de voz. 

Al contrario, hace falta mucha sofisticación conversacional -o como se diga, que probablemente es, sin más, mucha práctica- para sostener estas conversaciones múltiples sin que nadie se salga del carril.
- ¿Cómo se llama ésa que ha hablado?, pregunta alguien al aire.
- "Amy Klobuchar, con k", le responden desde en frente.
- ¿A qué hora salía el autobús?, sigue alguien desde la puerta.
- ¿Con k? ¿Seguro? No me suena, ¿no será con c?, también desde la puerta.
- "A las dos y media, creo", opina alguien al lado de quien había hecho la primera pregunta.
- ¡Oye, pásame uno de esos bocadillos que te estas comiendo!, se suma otro.
- "A mí también me parece que es con k" se ofrece alguien más. ¿Tú qué crees?, le pregunta al de al lado.
- “No, no, han dicho que a las tres menos cuarto”, matiza alguien caminando por detrás.
- “Se los hemos robado a los de la sala de al lado. Aquí sólo tenemos galletas y bollería”.
- “Ya os han dicho que es con k. Lo que no tengo claro es que sea con b…”

Y así. Todo esto, encima, sin dejar de escribir.

La mayoría de periodistas americanos no resistiría aquí. Ellos necesitan orden. Y se toman muy en serio a sí mismos, incapaces -de nuevo, por lo general- de combinar la formalidad del trabajo con la volubilidad contagiosa que se gastan mis paisanos.

¡Ojo! Que no es que se lo tomen a broma.  Ejemplo: no está claro si Obama y Zapatero han llegado finalmente a hablar a solas y entonces se forma una discusión en la que cada uno echa en público sus cuentas sobre la cosa: que si no tuvieron tiempo porque esto y lo otro, que si sí tuvieron tiempo pero es imposible porque siempre estuvieron con otra gente, que uno llego tarde y tal y cual. Y todos apuntando. Y luego el más listo es que el se queda con más datos.

Los americanos, de nuevo, funcionan al revés. Callan siempre y el más listo suele ser el que más calla, o sea, el que más sabe. Al revés que nosotros.

Así que estoy aquí sentado tomando notas sobre la traducción cultural y los beneficios de poder perderse en ambos planetas y las desventajas de no pertenecer por completo a ninguno de los dos, esa bendición de los emigrantes que es a la vez su cruz, y me sorprendo a mi mismo participando cada vez en más en estas conversaciones cruzadas, dando mi opinión sobre esto y repartiendo besos con ellas y abrazos con ellos como no haría jamás con mis colegas anglosajones y de repente noto que se me calienta algo por algún lugar en medio de los pulmones, que hablo cada vez mas rápido, como sin pensar, y que, de pronto, siento una situación de familiaridad con estos colegas a los que no conozco de nada y, sin embargo, parece que he tratado toda la vida, oye.

No es la llamada de la selva de Jack London sino más bien la llamada de la camada, en plan el Gatopardo de Lampedusa, descubriéndote a ti mismo que perteneces a aquello de donde nunca te has ido, no importa cuánto te hayas alejado ni por cuánto tiempo, que no estás jugando a ver las diferencias sino a calcular la velocidad con que vuelves. Es como sentir el calor de la vuelta al hogar y, a la vez, el peso de un cinturón familiar que te vuelve a alcanzar. Tal dulce y tan diabólico.

Y en esto se acaba la jornada y ellos se van camino del aeropuerto para volar a España y a ti te llama un colega para ver qué planes tienes para ver la Superbowl el domingo. Se acabó la dulzura. Y el cinturón.

 

 

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08:29 ene 30, 2010 | José Angel Abad | General

Hasta la vista, Haiti

Cojo el teléfono y aprieto el botón señalado como “any wish”.

 - Buenas noches. ¿Podrían traerme, por favor, un zumo de naranja?
- Por supuesto que sí, señor Abad.


Miro el reloj. Es la una de la mañana.

Levanto la vista, aún con el teléfono en la mano, y más allá de la pared acristalada en este piso catorce del hotel está el malecón de Santo Domingo. Un coche solitario se detiene justo debajo respetando el cambio de color en el semáforo.


Hemos llegado hace poco. Tengo la voz ronca, apenas puedo hablar y recurro como toda la vida a la vitamina C.

- Pero mire, lo que necesito es un zumo de naranja no de botella y fresco. ¿Podrían, por favor, exprimir las naranjas ahora mismo?
- Por supuesto, señor Abad, no se preocupe, ahora mismo le preparamos su jugo de naranja. ¿Desea alguna cosa más?


“Vaya, aquí estamos, de vuelta en el mundo donde caprichos y problemas tienen solución”, pienso. “Tan fácil como levantar el teléfono”.

En el viaje en coche desde Puerto Príncipe lo que más me había llamado la atención fue una nadería: el ver, al poco de entrar en territorio dominicano, a unos paisanos jugar al dominó a la vera de la carretera.

Dos sentados y cuatro o cinco de pie alrededor, mirando. En apariencia todos disfrutando de la banalidad del juego, ajenos al resto del mundo, incluido el tráfico que pasaba por al lado.

Conozco bien esa voluptuosidad. Pero ahora mismo me resulta de una familiaridad lejana. Como un pariente que se ha ido y aún tardará en volver.

Los últimos días han estado llenos de momentos así.

En Washington, el jueves, pasando por delante de la Casa Blanca de camino a la posición del directo en el informativo y pensando que sería tan fácil entrar un momento al Rose Garden, pedir que me acreditasen para el grupo de periodistas que cubriría la salida de Obama en helicóptero de camino a Florida y, cuando apareciera, gritarle con toda la fuerza del mundo “oiga, presidente, pero ¿a qué demonios se va usted a Tampa? ¡Si es a Haití adonde tiene que ir!”Regreso a Nueva York en el puente aéreo de Delta.

Al embarcar pregunto si hay retraso y me cuentan que ha habido cancelaciones durante todo el día debido al viento pero que nuestro vuelo, uno de los últimos de la jornada, está en hora. Luego resulta que todo son turbulencias.

“No hay problema. Ha habido muchos tipos calculando si se puede volar o no, otros muchos que se han asegurado que el avión está en perfecto estado y el capitán y el resto de la tripulación tienen la experiencia necesaria. Estamos a cuatro horas al norte de Haití. El mundo aquí está en orden”, son los pensamientos que me vienen a la cabeza.

Miro alrededor en Nueva York: gente con prisa, niños con atuendos bien elegidos, taxis preocupándose por ganarle la posición al vehiculo de al lado, voces al teléfono con el aplomo que da la seguridad de poder resolverlo todo con American Express.

Y yo mismo, resolviendo disyuntivas que casi me avergüenzan: ¿corbata roja o con rayas azules?, ¿rape o bacalao para cenar?, ¿me tomo el viernes libre?

Pierre seguro que no se lo tomara libre. Ni el sábado. Ni el domingo. Ni ningún día de los próximos meses.

Pierre era nuestro fixer, nuestro hombre en Haití, conductor cuando íbamos en su coche o el que, si no, contrataba a los motoristas (una moto para Jordi, otra para mi) y luego venía con nosotros (Jordi tenia que llevar la cámara así que Pierre se subía a “mi” moto, lo que, con el conductor, sumaba tres), guía, mediador para todo, traductor de creole, el que mantenía los ojos bien abiertos y se acercaba corriendo cuando veía a alguien con pistola.

Lo conocí el primer día. Unos periodistas de otro país le estaban racaneando unos dólares miserables.

Yo ya sabia que él era colega del fixer de AP y le había visto un no se qué que me decía que ése era mi hombre. No se me ocurre cómo explicar esto. Lo ves o no lo ves. Y, aun viéndolo, uno puede, lógicamente, equivocarse.

Pero no esta vez. Pierre seria mi pasaporte para moverme por allá.

Así que di un paso al frente, elevé la apuesta lamentable a lo que él pedía -veinticinco dólares más por jornada- poniéndole en la mano los que correspondían ya al día de hoy y en los ojos de Pierre me pareció ver algo de agradecimiento no tanto por el dinero como por no regatearle la dignidad de su tarifa cuando su margen de negociación era más bien escaso. Más que nada porque su familia -supe después- también duerme en la calle.

Pierre es también el que se ha quedado atrás, junto con otros nueve millones, de los que algo así como la tercera parte son niños.

Muchos de ellos nos han suplicado agua y comida, otros nos han enseñado sus muñones y algunos nos han preguntado que por qué les han amputado una pierna. También están los que confesaban que no saben nada de sus padres. Y los que no nos decían nada porque son tan jóvenes que aún no hablan. O ya no pueden hablar.

Siempre que vuelvo a casa de un viaje repaso los videos que hemos emitido.

El televisor viene con una caja digital que es como un pequeño ordenador haciendo las funciones de video y puedes programarlo para grabar horas y horas de cualquier canal, incluido Antena 3. Así luego ves de manera muy distinta el trabajo que te resulta tan íntimo.

Por lo general, lo que creías que había quedado estupendamente resulta que no ha quedado tan bien y lo que pensabas que había ido mal no parece ninguna tragedia.

Esta vez, sin embargo, no he querido ver nada.

Ocurre siempre con las historias importantes. Que te hacen volver a lo fundamental del negocio. Como recordarte, por si acaso, que no se debe tomar partido. O dejarse llevar por los sentimientos.

O sea, no olvidar que no somos ni comparsas ni enfermeras.

Lo nuestro es contar lo que hay y hacerlo con la mayor pretensión de objetividad. Punto. Si el personal intuye de qué lado te inclinas, malo. Si sales con cara o voz de pena o alegría o excitación o lo que sea, malo también.

Sólo que si tienes una docena de cadáveres desfigurados delante y otra docena amontonados en una carretilla detrás, o una niña de siete años colgándose de tu chaqueta porque cree que llevas una botella de agua y no se la quieres dar, o una madre mirándote con repulsión porque le niegas una limosna, o Pierre diciéndote que “vámonos rápido, peligro, vámonos, now!, now!, now!”, pues es jodidamente enrevesado aplicar la exquisitez teórica del manual como si se tratase de una rueda de prensa de Llamazares.

Y, además, en estos casos, no suele ser buena idea darle voz a los pensamientos.

“Verás, yo es que estoy aquí para montar una crónica  para el informativo de las nueve, ¿entiendes?”

O, “¿por qué nunca os habéis preocupado de tener gobernantes que sean menos corruptos?”

También se te ocurre aprovechar que sales por la tele para decirle un par de cosas al resto del mundo. “Si ya sabíais que Haití era un desastre” y tal.

Pero, de nuevo, eso no es lo nuestro.

Lo nuestro es contar las noticias. No es tan complicado. Aquí un terremoto, aquí hay tantos muertos, aquí hay hambre. A poder ser explicando un poco por qué, cómo, cuándo, quién y pequeños detalles así. Intentando que se entienda. Y no liarlo todo.

Luego, cuando acabas la tarea, y sólo cuando la acabas, puedes darle a Pierre lo que sea, repartir las limosnas que te parezcan y volver a casa literalmente con lo puesto. 

Y entonces esperar que, efectivamente, tú hayas hecho tu parte con la honestidad que pretendías y contribuido desde tu pequeña esquina a que todos sepamos un poco mejor en qué mundo vivimos.

A fin de cuentas, las noticias no se las cuentas a espectadores sino a ciudadanos.
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06:09 ene 24, 2010 | José Angel Abad | General

Trabajando en Haití


Jordi me ha echado una bronca enorme: “¡Que sea la última vez que tardas tanto en levantarte cuando hay un terremoto!”, me espetó con muchos aspavientos después de la réplica de 6.1 a las seis de la mañana con el suelo convertido en una pista de baile y yo pensando mientras me ponía los pantalones que si esto se iba al carajo de nada iba a servir correr. Pero es que el tipo también tiene su humor negro otras veces: “¿Pero no lo sientes, José Angel, no lo sientes? ¡Otro más, otro más! ¡Corre, corre!”.

El muy perverso, venga meterme el miedo en el cuerpo con una sonrisa diabólica en la cara. Y juro que mientras escribo esto en la terraza del hotel donde dormimos y teniendo delante, a apenas cuatro metros, toda la techumbre central derruida, la tierra va y pega otra sacudida envenenada y la cincuentena de periodistas que estamos aquí planeando el día salimos corriendo hacia zona despejada. Jacobo, de El Mundo, que parece que ha nacido para esto, como si cubriera terremotos salvajes tres veces por semana, se ríe de algún listo que dice “tranquilos, todos tranquilos” tras ser el primero (el listo, no Jacobo) en pegar un brinco que casi llega a Florida.“Si el edificio se cae ahora lo peor es que no me he acordado de salvar el texto que escribía” Jacobo dixit. Un crack.

Esta noche ha sido tranquila. Aunque con tantas réplicas sin parar nadie duerme a pierna suelta sino en una especie de duermevela, con la puerta abierta, los pantalones puestos y el pasaporte encima. Muchos incluso han dejado su habitación y se han unido a las docenas que duermen al raso. No es que sean cobardes. Es un cálculo de riesgo como otro cualquiera. ¿Se puede venir abajo un edificio que no se ha caído? ¿Merece la pena descansar menos a cambio de algo más, quizá, de seguridad?

Como decía estamos en un hotel, Villa Creole, un edificio de inspiración colonial ahora hecho un desastre. Centenares de refugiados a la puerta, plantas derruidas, pasillos cortados, cristales por los suelos. Pero se las han arreglado para restablecer el servicio de habitaciones y un desayuno, comida y cena elementales. Una pena que yo tardara cuatro días en enterarme porque salíamos por la mañana a las seis y volvíamos a medianoche directamente a la habitación. Luego resulta que hasta tenían internet.

La mitad de los periodistas españoles desplazados a Haití están aquí en este hotel aunque nosotros hemos llegado con el contingente americano de Associated Press que, como sabéis, tuvieron la gentileza -que me va a costar una fortuna en cervezas y cenas a la vuelta- de traerme con ellos en un avión y aterrizar directamente en Puerto Príncipe, como si fuéramos el primer ministro, cuando al principio en el aeropuerto todavía aterrizaba el que primero llegaba.

Cuando nos presentamos en recepción nuestras habitaciones ya estaban ocupadas. Deberíamos haberlo supuesto. Tremendo lío. Al final nos ofrecieron unas libres, pero en la parte del edificio que se sienta sobre una colina. Un despeñadero desafiante. Vamos, las que con tanta réplica nadie quería. A Francisco Perejil, de El País, le tocó otra aún peor, un piso por debajo, y al principio no le hizo, con razón, mucha gracia pero acabó metiéndose dentro. Y nosotros no íbamos a ser menos. La habitación sería bonita de no ser por los cristales rotos y los cuadros por el suelo, y también espaciosa si no fuera por los dos colegas de AP con que la compartíamos de noche.

Nosotros dormimos de noche y ellos de día, tras acabar su turno de noche. Uno de ellos es un cámara mexicano con el que ya trabajé en Honduras, adonde el muy loco se fue el día antes de que naciera su segundo hijo. El caso es que así siempre teníamos las sábanas calentitas. Y luego, además, con los días, se sumaron a dormir otros más, todos, como nosotros, brevemente, casi siempre unas cuatro horas antes de volver otra vez a la crónica siempre pendiente.

Aparte, el trasiego de la ducha, el nuestro y el de los colegas que preferían dormir en el patio pero entrar a lavarse -todo sea dicho, no sólo les dejamos la ducha todo el tiempo que quieran sino que también les agradecemos que se laven. Cuestión de olor. Una de esas veces en que a nadie le importa en absoluto meterse bajo agua fría.

Caminando de noche por el patio uno tiene que andar con cuidado de no tropezar con alguien durmiendo en el suelo. Pero lo bueno para nosotros es que podemos revolotear del grupo americano al español como Pedro por su casa. Los españoles que andan por aquí son todos gente preparada para trotar por este infierno, como, entre otros muchos, el bueno de Manolo Cascante, todo el rato aclarándonos dudas con su simpatía castiza, Elena González de Onda Cero, valiente y con un punto indómito, los muchachos del El País, que además tuvieron el detallazo de compartir unas lonchas de jamón con todos, Almudena Ariza de TVE siempre simpática, dicharachera y profesional, Fran Sevilla de RNE, sin perder nunca la sonrisa, y sobre todo Joaquín Ibarz, de La Vanguardia, que es sin quererlo el padrino de todos porque tiene más profesión y más corazón él sólo que todos los demás juntos. También de La Vanguardia está aquí Francesc Peirón que es el que probablemente a más haitianos ha conocido, hasta de noche me lo ha encontrado caminando él solo por calles oscuras apurando detalles para sus crónicas y, luego, en plan Jack Lemon en “Primera Página”, rompiéndose el corazón entre la familia -el recuerdo de sus niños- y la tentación de escribir, con un toque de falso cascarrabias porque yo se que está disfrutando.

He visto cómo acaba una crónica y se le escapa la sonrisa silenciosa. Periodista puro. Algún día compartimos la hora de la cena, que en el hotel es un día hamburguesa y otro día pollo. Y muy agradecidos. Porque al principio los chicos de AP tenían el campamento operativo en el aeropuerto y allí era donde nos pillaba desayuno, comida y cena a base de latas de atún, galletitas y barras de cereal. Y racionando el agua. Lo cual, a su vez, y dadas las circunstancias, era un preciadísimo tesoro. 

Luego han ido pasando los días y, a medida que las cosas mejoraban mínimamente para los haitianos, lo han hecho en proporción inmensamente mayor para nosotros. El cambio decisivo fue cuando pudimos encontrarnos con el otro equipo de Antena 3 que tenemos ahora aquí, el de Silvia García, que es como un cielo brillante, y aunque ella también lo ha pasado apurado, apurado al principio -cucarachitas incluidas por sus habitaciones y tal- su productora, Cris -que también ha pasado lo suyo acampada en el aeropuerto- además de regalarnos su simpatía y humor, se las ha arreglado para conseguir que nuestra habitación hoy parezca un almacén de Carrefour.

Y es entonces, cuando empiezas a ver las inconveniencias por el espejo retrovisor, cuando te das cuenta de que inevitablemente la cobertura se empieza a acabar. Y que pronto nos iremos. Y que ojalá no olvidemos a los haitianos.

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03:05 ene 19, 2010 | José Angel Abad | General

Dolor en Haití

Editamos la crónica de las nueve de la noche en una esquina del aeropuerto de Puerto Príncipe -aquí se han instalado la mayoría de agencias de televisión porque era el único lugar seguro y operativo después del terremoto.                                                                                               

Delante, a apenas tres metros, tengo a un niño de unos doce años, su hermana algo menor, la madre y un tío. Al padre lo vi pasar hace unos minutos en una camilla que llevaban con mucha urgencia soldados norteamericanos camino de la pista. Después le practicaban reanimación. Ahora acaban de confirmar que ha muerto y a la familia la han traído aquí un empleado de la embajada y una psicóloga del ejército americanos.

No hay consuelo para los pequeños. Papá se acaba de ir.

 

Un colega corresponsal me preguntó esta misma mañana si todo lo que veíamos me afectaba.

Le contesté la verdad -embarazosa. Que mientras trabaja me arreglaba más o menos con el corazón. Que la tragedia es tan grande que me parece inasequible a tu dolor de visitante transitorio y con demasiadas prisas. Y que para sentirla en el estómago como se debe, como una punzada que te petrifica, tienes que fijarte en un dolor concreto, en algo de magnitud más limitada, algo concebible para nuestra conciencia de ciudadanos que hemos crecido desayunando, comiendo y cenando cada día. Una tragedia limitada, más a nuestro alcance.                                                                                                    

Estos dos niños delante.

 

Tres metros de distancia física, tres mil años luz de verdad.  Los dos están pasando desde hace unos minutos la hora maldita de su existencia, llorando sin poder calibrar aún la enormidad en que el resto de su vida ha cambiado irremediablemente.                                                                                                       El terremoto ha venido, el padre se ha ido, su vida se ha jodido.

Por ahora sólo lloran, gimen como si el terremoto para ellos llegará con seis días de retraso y les acabe de dejar la inmensa desolación de ver su vida caerse por un barranco, la paz de su familia, la protección de su infancia, la guía para abrirse un futuro en este país que siempre ha sido un océano de miseria. El niño, bien vestido con unos tejanos, zapatillas deportivas y un polo amarillo, como cualquier chiquillo de España, abrazando a su madre desconsolada, intentando calmarla, haciéndose aquí mismo y ahora un hombre a la fuerza y de la peor manera posible. Se acabó la niñez.

 

 

Y ahora mismo, pienso, es cuando no hay forma de ser inmune a esto. Al día siguiente de llegar alguien también me preguntó si me había encontrado antes con algo como esto de Haití. Y al principio pensaba que sí.                                   

 

He visto algunas cosas bien feas, horribles, algunas de las que nunca he querido hablar, para qué, basura de la existencia, intentando que la memoria la recicle. Pero no, al pasar los días me he dado cuenta de que tanta destrucción, tantos muertos en tan poco espacio, tantos cuerpos hinchados rodeados de moscas por las calles, tantos pedazos de brazos y piernas, tantos niños llorando a la vez, jamás había pasado por mi retina. Ni por mi imaginación. 

 

Nunca una desolación tan absoluta que ojos, conciencia y corazón son incapaces de  abarcar su calibre. Sólo ahora viendo a esta niña abrazada a una psicóloga del ejército americano como si fuera lo último que le queda en el mundo y en cierto modo lo es, a su hermano intentando mantener la compostura como un niño con pantalones demasiado grandes y a su madre paralizada, como haciendo todos los esfuerzos mentales posibles para darle atrás al reloj, solo ahora el mundo se te cae a los pies.             

Y luego ¿cómo se multiplica esto por 200.000?                                     

Los tengo delante y al lado mi cámara de fotos, la pequeña de video que siempre llevo encima, la grande profesional y la de la blackberry pero no hay forma ni fuerzas ni decencia de hacerles una foto. Su mundo se ha roto y al menos en esta esquina oscura, sucia y desolada del aeropuerto de Puerto Príncipe los restos les pertenecen solo a ellos.

Por eso para esta entrada no he enviado foto. Es mejor cerrar un momento los ojos y rogar que si hay otro mundo ojalá ahí estos niños puedan volver a sonreír como niños.

 

 

 

 

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12:43 ene 15, 2010 | José Angel Abad | General

Lo macabra que puede ser la vida

Naciones Unidas fue, una vez más, la parada obligatoria para hacer un directo sobre una crisis internacional, esta vez Haití, justo antes de empezar la carrera contrarreloj de siempre para llegar al lugar de la historia de verdad tras sortear la lista interminable de preparativos, vanalidades que, sin embargo, uno quiere dejar bien atadas porque cuando las cosas se pongan cuesta arriba pueden suponer un mundo. En este caso, por ejemplo, alquilar un teléfono por satélite antes de subir al avión.

Los colegas de Associated Press nos han prometido hacer lo posible por dejarnos subir a Jordi y a mí en alguno de los aviones privados que están contratando para llevar a su personal y equipos hasta Haití. El problema es que son las tres y media de la tarde, estamos en Nueva York y el vuelo despegará desde Miami a primera hora de la mañana. Así que hay que volar cuanto antes a Florida y no hay tiempo para alquilar el teléfono en Nueva York.FOTO: EFE

Jordi encuentra por internet una compañía que nos lo alquila a las afueras del aeropuerto de Miami… pero estará cerrado cuando lleguemos. Les convencemos, sin embargo, para que nos lo dejen en una consigna que tienen a la puerta de su oficina.

Echamos mano del material de emergencias que siempre tenemos en la oficina -y que incluye colchonetas, mosquiteros y cosas así- y nos metemos en un taxi cargados como los itiriteros.

De camino, enciendo el ordenador para ver cuál es el primer avión para Miami y desde qué aeropuerto. Hay uno a las siete desde La Guardia... Ése lo vamos a perder por apenas quince minutos. Pero se me ocurre entrar en la web del aeropuerto para ver si en la información en tiempo real de vuelos hay algún retraso.

¡Bingo! Va media hora tarde.

Compro entonces desde el taxi nuestros dos billetes por internet -internet, sí-, internet ha cambiado el mundo. Nos colamos, como siempre, en el mostrador de facturación. Nuestros asientos son en la última fila -vamos, lo peor…- pero nos sabe a gloria sentarnos entre quienes llevan planes tan distintos para los próximos días.

Cuando llegamos a Miami, nos vamos de inmediato a recoger el teléfono por satélite. Es una zona de hangares, madrugada. Me han dicho que busque una consigna en forma de pequeña caja de color púrpura. Veo cuatro. Ninguna púrpura. Intento marcar la combinación que me han dado, 003036, en todas ellas. Es un candado endiablado. No hay forma de marcar la clave, a la puerta de esta compañía en una zona industrial desierta, con el taxista impacientándose mosqueado y con un coche policía que de repente se acerca.

Buen momento para pensar aquello de "manda huevos": aquí en mitad de la nada de Florida, en una noche tranquila y sospechosa y ahora a ver cómo le cuento yo al policía que somos españoles, venimos de Nueva York y me han dicho que aquí puedo coger un teléfono por satélite para marchar a Haití.

El ángel, que rara vez nos abandona, viene otra vez a vernos: de repente vemos a alguien en el interior de la nave, un tipo que se acerca y al que se le ha acumulado el trabajo y se ha quedado de noche. Problema resuelto.

CJ, así se llama, fiel a la pasión americana por las iniciales (a mí mismo hay quien me conoce aquí por "J", por aquello de José), resulta ser un americano dicharachero con la sonrisa rápida y pasión por los cachivaches electrónicos. Nos sugiere otro teléfono mejor y nos pasamos más de una hora estudiando los modelos y funciones.

Son ya las dos de la mañana cuando CJ llama a un taxi para irnos a un hotel, el más cercano, un Embassy que resulta estar lleno. Fantástico.

El nuevo taxista, un cubano alegre (vaya redundancia), nos sugiere otro sitio donde, dado que vamos a coger un avión enseguida, se puede pagar por horas.

"Oye, pero ¿tú estas seguro de que ése es un sitio para dormir?" A las cinco y después de un afeitado rápido, llegamos al aeropuerto. Llegan casi a la vez también los colegas de APTN. 

Estos tipos son como hermanos. Les abonaremos el pasaje a precio de oro, por supuesto, pero eso hay que darlo por supuesto. A fin de cuentas, también ellos tienen que hacerse cargo del coste del vuelo, el combustible, el seguro, etc. El caso es que no hay dinero que pague la gentileza de llevarnos, algo que sólo surge porque llevamos años arrugando el ceño juntos aquí y allá y presumiendo entre nosotros de no ponernos nerviosos cuando el reloj y las circunstancias aprietan. Tipos tipos duros y generosos, cortos de palabras, con los que uno se entiende con la mirada. Congéneres que le hacen a uno entender de manera bien distinta el concepto de nacionalidad. La otra familia.

Salimos del aeropuerto de Oka-locka, que es el aeródromo para aviones privados en Miami, en un pequeño jet que ha alquilado APTN. El embarque no tiene nada que ver con los de la aviación comercial: no hay detector de metales ni trámites de inmigración –tan sólo un miembro de la tripulación tomando nota del nombre y número de pasaporte (ya veremos cómo se lo cuento al oficial de inmigración cuando vuelva a Estados Unidos, pienso).

A bordo, cuatro periodistas de la agencia americana, piloto y copiloto y yo. No hay sitio para Jordi, que saldrá en otro vuelo más tarde –pero, por salir ahora, yo ya llegaré a tiempo de darme una vuelta rápida, tomar algunas notas y entrar en directo en el informativo de las 3 de la tarde.

Son las 6.15 de la mañana, aún de noche. En el interior vamos cargados por todos lados, pasillos incluidos, de equipos de televisión -más chalecos antibalas, cascos, agua, sacos de dormir y antenas para comunicaciones por satélite- que indican el tipo de viaje al que nos encaminamos.

Ni siquiera nos piden que apaguemos los teléfonos cuando enfilamos la pista y en segundos nos elevamos sobre las luces de una Miami que aún duerme tranquila debajo. Si miro a la izquierda veo las primeras luces débiles del amanecer de un día abierto a lo imprevisto -dentro de los confines de la tragedia-.

Enseguida nos liamos a charlar en el avión, recordando la última vez que nos cruzamos o especulando con la próxima vez que nos veremos en una situación similar. Pero mientras tenemos pendiente el asunto de Haití, que, en un soplo, se empieza a dibujar en el horizonte, bajo una luz divina y océano brillante, un recordatorio de lo diabólica que puede llegar a ser la belleza.

El capitán nos dice que somos el noveno avión para aterrizar –oficiales de Naciones Unidas se han hecho cargo del aeropuerto. Y aquí, dándole un momento a la tecla, uno piensa que se ha hecho periodista para cosas como ésta –y, como si fuera el primer día, porque siempre es el primer día, espera estar a la altura de quienesesperan informarse a través de nosotros de una nueva versión de lo macabra que puede ser esta vida.
Esta vez, además, en tierra maldita.

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11:13 ene 14, 2010 | José Angel Abad | General

Llegada a Haití

Naciones Unidas fue, una vez más, la parada obligatoria para hacer un directo sobre una crisis internacional, esta vez Haití, justo antes de empezar la carrera contrarreloj de siempre para llegar al lugar de la historia de verdad tras sortear la lista interminable de preparativos, vanalidades que, sin embargo, uno quiere dejar bien atadas porque cuando las cosas se pongan cuesta arriba pueden suponer un mundo.

 

 

En este caso, por ejemplo, alquilar un teléfono por satélite antes de subir al avión.

 

 

Los colegas de Associated Press nos han prometido hacer lo posible por dejarnos subir a Jordi y a mí en alguno de los aviones privados que están contratando para llevar a su personal y equipos hasta Haití.

 

 

El problema es que son las tres y media de la tarde, estamos en Nueva York y el vuelo despegará desde Miami a primera hora de la mañana.

 

Así que hay que volar cuanto antes a Florida y no hay tiempo para alquilar el teléfono en Nueva York.

 

 

Jordi encuentra por internet una compañía que nos lo alquila a las afueras del aeropuerto de Miami… pero estará cerrado cuando lleguemos.

 

Les convencemos, sin embargo, para que nos lo dejen en una consigna que tienen a la puerta de su oficina.

 

 

Echamos mano del material de emergencias que siempre tenemos en la oficina -y que incluye colchonetas, mosquiteros y cosas así- y nos metemos en un taxi cargados como los titiriteros.

 

De camino, enciendo el ordenador para ver cuál es el primer avión para Miami y desde qué aeropuerto.

 

Hay uno a las siete desde La Guardia... Ése lo vamos a perder por apenas quince minutos.

 

Pero se me ocurre entrar en la web del aeropuerto para ver si en la información en tiempo real de vuelos hay algún retraso.

 

¡Bingo!

 

Va media hora tarde.

 

Compro entonces desde el taxi nuestros dos billetes por internet -internet, sí, internet ha cambiado el mundo.

 

Nos colamos, como siempre, en el mostrador de facturación.

 

 

Nuestros asientos son en la última fila –vamos, lo peor… pero nos sabe a gloria sentarnos entre quienes llevan planes tan distintos para los próximos días.

 

 

Cuando llegamos a Miami, nos vamos de inmediato a recoger el teléfono por satélite.

 

Es una zona de hangares, madrugada.

 

Me han dicho que busque una consigna en forma de pequeña caja de color púrpura.

 

Veo cuatro. Ninguna púrpura.

 

Intento marcar la combinación que me han dado, 003036, en todas ellas. Es un candado endiablado. No hay forma de marcar la clave, a la puerta de esta compañía en una zona industrial desierta, con el taxista impacientándose mosqueado y con un coche policía que de repente se acerca.

 

 

Buen momento para pensar aquello de “manda huevos”: aquí en mitad de la nada de Florida, en una noche tranquila y sospechosa y ahora a ver cómo le cuento yo al policía que somos españoles, venimos de Nueva York y me han dicho que aquí puedo coger un teléfono por satélite para marchar a Haití.

 

 

El ángel, que rara vez nos abandona, viene otra vez a vernos: de repente vemos a alguien en el interior de la nave, un tipo que se acerca y al que se le ha acumulado el trabajo y se ha quedado de noche. Problema resuelto.

 

 

CJ, así se llama, fiel a la pasión americana por las iniciales (a mí mismo hay quien me conoce aquí por “J”, por aquello de José), resulta ser un americano dicharachero con la sonrisa rápida y pasión por los cachivaches electrónicos.

 

Nos sugiere otro teléfono mejor y nos pasamos más de una hora estudiando los modelos y funciones.

 

 

Son ya las dos de la mañana cuando CJ llama a un taxi para irnos a un hotel, el más cercano, un Embassy que resulta estar lleno. Fantástico.

 

El nuevo taxista, un cubano alegre (vaya redundancia), nos sugiere otro sitio donde, dado que vamos a coger un avión enseguida, se puede pagar por horas.

 

“Oye, pero ¿tú estas seguro de que ése es un sitio para dormir?”

 

 

A las cinco y después de un afeitado rápido, llegamos al aeropuerto.

 

Llegan casi a la vez también los colegas de APTN.

 

Estos tipos son como hermanos.

 

Les abonaremos el pasaje a precio de oro, por supuesto, pero eso hay que darlo por supuesto. A fin de cuentas, también ellos tienen que hacerse cargo del coste del vuelo, el combustible, el seguro, etc.

 

El caso es que no hay dinero que pague la gentileza de llevarnos, algo que sólo surge porque llevamos años arrugando el ceño juntos aquí y allá y presumiendo entre nosotros de no ponernos nerviosos cuando el reloj y las circunstancias aprietan. Tipos tipos duros y generosos, cortos de palabras, con los que uno se entiende con la mirada. Congéneres que le hacen a uno entender de manera bien distinta el concepto de nacionalidad. La otra familia.

 

 

Salimos del aeropuerto de Oka-locka, que es el aeródromo para aviones privados en Miami, en un pequeño jet que ha alquilado APTN.

 

El embarque no tiene nada que ver con los de la aviación comercial: no hay detector de metales ni trámites de inmigración –tan sólo un miembro de la tripulación tomando nota del nombre y número de pasaporte (ya veremos cómo se lo cuento al oficial de inmigración cuando vuelva a Estados Unidos, pienso).

 

 

A bordo, cuatro periodistas de la agencia americana, piloto y copiloto y yo. No hay sitio para Jordi, que saldrá en otro vuelo más tarde –pero, por salir ahora, yo ya llegaré a tiempo de darme una vuelta rápida, tomar algunas notas y entrar en directo en el informativo de las 3 de la tarde.

 

 

Son las 6.15 de la mañana, aún de noche.

 

 

En el interior vamos cargados por todos lados, pasillos incluidos, de equipos de televisión –más chalecos antibalas, cascos, agua, sacos de dormir y antenas para comunicaciones por satélite que indican el tipo de viaje al que nos encaminamos.

 

 

Ni siquiera nos piden que apaguemos los teléfonos cuando enfilamos la pista y en segundos nos elevamos sobre las luces de una Miami que aún duerme tranquila debajo. Si miro a la izquierda veo las primeras luces débiles del amanecer de un día abierto a lo imprevisto –dentro de los confines de la tragedia.

 

 

Enseguida nos liamos a charlar en el avión, recordando la última vez que nos cruzamos o especulando con la próxima vez que nos veremos en una situación similar.

 

Pero mientras tenemos pendiente el asunto de Haití, que, en un soplo, se empieza a dibujar en el horizonte, bajo una luz divina y océano brillante, un recordatorio de lo diabólica que puede llegar a ser la belleza.

 

 

El capitán nos dice que somos el noveno avión para aterrizar –oficiales de Naciones Unidas se han hecho cargo del aeropuerto.

 

 

Y aquí, dándole un momento a la tecla, uno piensa que se ha hecho periodista para cosas como ésta –y, como si fuera el primer día, porque siempre es el primer día, espera estar a la altura de quienes esperan informarse a través de nosotros de una nueva versión de lo macabra que puede ser esta vida.

 

Esta vez, además, en tierra maldita.

 

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03:46 ene 13, 2010 | José Angel Abad | General

Paisaje de invierno

Me había puesto ya, sin querer, un poco tierno antes de despegar, en parte porque el bueno de Jordi me dijo algo en el embarque con la palabra afligirse que, como no la oigo muy a menudo, me trajo a la memoria un artículo que leí hace años de García Márquez en sus tiempos de plumilla citando a Omar Torrijos que decía algo tan cierto como terrible, "el que se aflige se afloja", y en parte porque cuando ya estábamos sentados en el avión nos advirtieron primero que tenían que cambiar una pieza misteriosa del aparato y luego, con la cosa ya supuestamente resuelta, que tenían que eliminar no sé cuánto hielo acumulado en las alas. Y qué queréis que os diga, aunque uno ya lleva mucha mili de avión esas cosas le siguen haciendo tilín detrás de la oreja.  

 

En esos casos echo cuenta de la estadística para recordarme a mí mismo que las posibilidades de imprevistos aéreos son nimias y, encima, como uno ya ha tenido algún susto de los de garabatear en plan testamento un rápido hasta luego Lucas, ha sido un placer, pues crees que tu número de la lotería aérea macabra, de salir, ya ha salido.

Claro que tanto va el cántaro a la fuente que uno apenas se quita de la cabeza la frasecita que sale en la estupenda película, favorita para los oscars, ya veréis, 'Up in the air' cuando le preguntan al protagonista que se pasa la vida volando por América que de dónde es y él, antes de abrir la boca, mira pensativo al pasillo del avión y responde con resignación "pues soy de aquí".

Lo que quería decir -es cierto, siempre me enrollo demasiado y varios colegas expertos en la materia de los blogs siempre me recomiendan que corte el rollo- es, sencillamente, que me subía al avión que salía de Detroit con un tono tirando a melancólico.

Y por eso cuando giro la cabeza a la derecha dejando que la vista se pierda desde la ventanilla hasta el infinito no puedo evitar una emoción súbita y fría, un pequeño calambre: una llanura de una inmensidad inconcebible para los cánones europeos cubierta de la nieve que lleva cayendo durante una semana y ante la que parecen querer rebelarse sin fuerza las líneas de carretera, con una nebulosa densa en el aire que da idea de la temperatura gélida de ahí abajo que no sube seguro de los veinte grados centígrados bajo cero, con el lago St. Clair y a un paso más allá el Erie cubiertos por una capa de hielo y con la impresión general de que la vista es tan brutal que no puede haber civilización ni mundo ni nada porque esto no es un viaje en el espacio sino en el tiempo y a la era de los glaciales. 

Pero no, así es el invierno en este norte de Estados Unidos. En realidad ya lo conozco bien, no sólo por haberlo visitado una y otra vez durante los últimos siete años sino porque mi viejos amigos Buffalo Bill y el último mohicano, de los que nunca me he olvidado, ya me habían mostrado muchos más años atrás su dureza y naturaleza indómita. Otra razón más para darles las gracias.

E intento imaginar lo que tiene que haber sido resistir aquí durante siglos para las tribus indias y luego para los colonos, lo desesperados que tendrían que estar los emigrantes alemanes, irlandeses, del este de Europa o de donde fuera y también lo canallas que deberían haber sido aquellos otros muchos que se plantaron aquí más por el olor del beneficio que por las puñaladas de la necesidad.  

Para salir del ensimismamiento aparto un momento la mirada hacia el interior del avión y resulta que el fulano trajeado de al lado, que había sacado el ordenador y yo lo imaginaba ya con sus números de ventas, está sin embargo concentrado con un videojuego llamado "Empire. Total war", matando enemigos electrónicos y enarbolando en la pantalla banderitas americanas y británicas y a mí la cosa me parece un sacrilegio de tal calibre que muy seriamente calculo las posibilidades de agarrarlo por la corbata, arrastrarlo por el pasillo hasta la salida de emergencia y darle una buena patada en el culo para que vaya a hacerle compañía a las víctimas de Buffalo Bill. 

"Va a ser un lío, mejor no". 

Y vuelvo al delirio de la naturaleza y a pensar en ponerlo en el blog hasta que se me hace un nudo en la garganta al pensar que esto, otra vez, no va a haber forma de contarlo sin enrollarme.

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06:40 ene 03, 2010 | José Angel Abad | General

Postal nipona

Camino por el aeropuerto después de más doce de horas de vuelo y un oficial de aduanas me despierta a gritos pidiéndome el equipaje que todavía no he recogido.

Unos minutos después salgo a coger un taxi y en la cola se forma de repente una discusión acalorada con uno de los conductores que entretanto casi se lleva por delante mi maleta. Alguien habla de llamar a la policía.

Sigo a lo mío intentando subirme al siguiente pero su maletero parece el cubo de la basura. Doy media vuelta y busco otro.

Al poco de llegar a casa bajo al supermercado. Al pagar, en la cola, una señora se gira un momento hacia la estantería de su izquierda para coger la pasta de dientes que se le ha olvidado. La operación dura aproximadamente tres segundos pero justo entonces llega otra clienta detrás que inmediatamente protesta con aspavientos enérgicos como si se hubiera cortado una autopista: “¿Qué hace? ¡Quiero pasar! ¡Apártese!”.

Cuando llego a pagar, poso mi cesta encima del mostrador. En la calle había -15º C y de repente me doy cuenta de que empiezo a sudar así que antes de vaciar mi cesta desabrocho mi abrigo. Error. “¡Ponga sus productos sobre la cinta!” ordena impaciente la cajera -y eso que nadie espera detrás de mí.

Es casi medianoche. De vuelta me doy cuenta de que también a mí se me ha olvidado algo, la leche, que decido comprar en la tienda de la esquina, el “deli” coreano abierto veinticuatro horas.

Antes de subir las escaleras, en una esquina de la puerta de la calle, en el suelo, me esperan los periódicos atrasados que a nadie se le ha ocurrido llevarse prestados.

No hay duda. Esto es Nueva York y sus maneras rápidas, zafias y efectivas me sorprenden más que nunca porque regreso de pasar unos días entre las formas ceremoniosas que se gastan en Japón -incluso cuando tienen prisas.

De hecho las últimas horas fueron de compras atropelladas entre el frenesí de las rebajas de Tokio de inicios de año e incluso entonces veo a las dependientas casi adolescentes inclinarse respetuosamente al saludar, atender y despedir a cada uno de los clientes que igualmente combinan agitación y cortesía con una naturalidad desconcertante.

Recuerdo aquello de que coraje es gracia bajo presión pero esto es otra cosa. Un ritual social. Inclinarse hacia delante y bajar la cabeza cada vez que te relacionas con cualquiera como forma de respeto. En buena parte del resto del mundo se entendería como sumisión. Aquí es muestra de la deferencia de unos hacia otros y, a la vez, símbolo del protocolo social -del que no hay manera de evadirse.

Hace apenas unas semanas Obama pasaba también por Japón y en su encuentro con el emperador hizo la reverencia debida -inclinando el torso hasta apuntar con la nariz en dirección a los zapatos.

Obama estas cosas las hace muy bien. Un tipo cumplidor, en plan yerno perfecto, gestos precisos, halagos debidos y tal. Lo que manda el libro de las buenas maneras.

Y, sin embargo, en casa lo pusieron de vuelta y media. Que cómo puede ser que el presidente de los Estados Unidos conceda semejante genuflexión -o sea, se rebaje, poco menos que se humille. Y, con él, el pueblo norteamericano.

Es aquello de los símbolos y cómo lo mismo significa cosas distintas en lugares diferentes. Lo que explicaba Eco en el “Tratado de semiología” y aplica por el mundo el HSBC con su logo “never underestimate the importante of local knowledge” (“nunca subestime la importante del conocimiento local”).

El caso es que nadie por Japón creería que Obama se estaba postrando ante el emperador. En realidad, he desayunado todos los días leyendo la prensa local y el “tema”, lo que centra el debate público en los asuntos de estado en este país es, sorpresa, sorpresa, su relación con Estados Unidos.

A corto plazo, el traslado de una controvertida base norteamericana y, en el fondo, el rediseño de una relación bilateral surgida hace sesenta años y que ha funcionado con éxito pero que se enfrenta a una nueva realidad -Japón con el espectro de la segunda guerra mundial ya lejano y con un comercio con Estados Unidos por vez primera menos importante que con China.

En esencia, que los japoneses creen haber ganado peso pero, ay, no el suficiente como para darle las buenas noches, muchas gracias a los norteamericanos, que siguen siendo -y por mucho tiempo- los únicos que garantizan su seguridad.

Vamos, que los americanos tienen sus cosas pero sin ellos China sería un vecino no de negocios sino de miedo. Por no hablar de Rusia. Y, encima, Toyota es quien más coches vende en América.

En definitiva, que este año he cambiado el espíritu navideño por la geometría óptica en versión nipona para acabar confirmando que todo depende del color con que se mire -y que tiene su importancia mirarlo todo con diferente colores.

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05:02 dic 24, 2009 | José Angel Abad | General

Felices fiestas

Mis mejores deseos para todos de una feliz Navidad y un estupendo 2010, a poder ser compartiendo "Desde Manhattan" con muchas entradas y comentarios.

Saludos,

Jose Angel.

 

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10:14 dic 22, 2009 | José Angel Abad | General

Una deuda personal

Algunos domingos en vez de jugar a seguir en el siglo XX matando la mañana con una montaña de periódicos, tijeras y café, cruzo Central Park, me plantó en el Upper East Side -el barrio pijo al este del parque- y me dejo perder un rato por los pasillos del Metropolitan.

Pero esta semana fui a tiro fijo. A saldar una cuenta pendiente.

En junio del 55 un suizo judío de treinta años compró en Nueva York un Ford Business Coupe de segunda mano y se echó a las carreteras de América durante un año con una Leica encima para tomar algunas fotos. Exactamente veintisiete mil.


A su regresó escogió las ochenta y tres mejores para publicar The Americans y desde entonces su libro se ha considerado entre la media docena de los  mejores de fotografía desde la segunda guerra mundial.
Él solito, Robert Frank, acababa de cargarse para siempre la idea angelical del sueño americano.

No es que no existiera. Es que a veces, para algunos, era triste. O aburrido. O una pesadilla.

Por supuesto otros ya lo habían hecho -y en muchos sentidos es descendiente de Hopper y primo de Kerouac- pero nadie con el poder incontestable de la película Kodak.


Vamos, que se atrevió a retratar lo políticamente incorrecto de la época: el tranvía de Nueva Orleans con los blancos sentados en la parte delantera con aire de comodidad y a la vez desconfianza y los negros atrás como clamando que empezara -o se acabara- el mundo, la intrascendencia vital de la joven ascensorista de un edificio de oficinas, la rutina sin piedad de los obreros en una planta automovilística, la soledad y extravagancia de un cowboy en Nueva York que cuanto más de cerca se ve menos interesante parece, la presencia opresiva de la bandera,la desconfianza que irradian los políticos locales, la inmensidad de la carretera, la ambición impúdica de una camarera en Hollywood o el interés nervioso y tontuno de las fans en una premiere, un funeral de afroamericanos cuya elegancia daría a entender a primera vista que su vida es como un día en la ópera hasta que te fijas en sus caras y todo se parece más entonces a una noche larga y macabra, la fanfarria absurda de una celebración política. 

Pero curiosamente Frank no buscaba condenar a nadie ni a nada.                                  

Sólo hay una cosa que no deberíais hacer, criticar”, les escribió a sus padres en Suiza.

Lo suyo era mirar y disparar, posar la vista en aquello que le llamaba la atención y compartirlo con el resto del mundo. Un acto personal pero a la vez de honestidad suprema intentando congelar la mirada siendo fiel a su propósito originario de reflejar “el tipo de civilización nacida aquí y extendiéndose por todo el mundo”.  

Prueba de que Robert Frank era un equilibrista del claroscuro americano es que al poco tiempo se hizo ciudadano americano y siempre siguió alabando la sensación de libertad que tuvo en America desde su primera jornada: “era como una puerta abierta”.                          

Y por eso quienes nos ganamos la vida en la categoría inferior de hacer la cronica del minuto a minuto de la misma America pero medio siglo después estamos en deuda con el maestro.

El Metropolitan le homenajea y uno pasa por allí a dar sus gracias mudas.

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10:23 dic 15, 2009 | José Angel Abad | General

Tentaciones de seis onzas

Cuando encontré apartamento en Nueva York el casero que me lo alquilaba se fijó en mi cara de circunstancias en una esquina del salón frente a la cocina diminuta en que literalmente caben dos personas apretadas y nadie más -lo cual, dicho sea de paso, no deja de tener sus ventajas ocasionales- y resolvió mis dudas en un segundo: “no te preocupes, en Nueva York nadie cocina”.                                                                          

Efectivamente, entre las prisas de la ciudad, sus 15.000 restaurantes y los irresistibles repartos a domicilio los fogones de mi casa andan más tristes que un poeta en una oficina de reclutamiento de marines.

Pero en ningún lugar me he dejado más dólares con la comida que en el más sencillo, artesanal y modesto negocio del vecindario, la panadería Levain, donde venden unas cookies envenenadas que te hacen malvender el alma y sobre todo el cuerpo al diablo. La cosa tiene su miga.

A un paso de casa tengo un restaurante italiano en el que no se han acabado las colas desde que abrió sus puertas en 1934, un japonés que es un templo sagrado del sashimi que me pierde, la exquisitez picante con sabores del sur de una cocina afroamericana, la tentación constante de un comedor judío con un hummus como para no salir jamás, una hamburguesería histórica siempre llena de policías uniformados, periodistas solitarios y demás gente de mal vivir, media docena de restaurantes sofisticados y sanos que presumen de premios merecidos, los inevitables diners y todos los takes outs y deliveries imaginables.                                                                                                                                                      

Pero ninguno de ellos consigue que por la ventana de mi casa se cuele un olor hechicero como el del horno de Levain con sus cookies hiperbólicas de nada menos que seis onzas, casi esféricas, con un grosor desproporcionado que por una vez no es una concesión estúpida a la inmensidad sino una lección magistral de física aplicada al juego de la levadura y el horno, permitiendo que el interior de las cookies sea jugoso, denso y blando, apenas cocinado, con el aroma absorbente de los pedazos de chocolate negro de Valrhona casi fundidos y mezclados con pasas, nueces y copos de avena -o también crema de cacahuete- mientras el exterior se mantiene firme, duro, rugoso y crujiente y, encima, caliente, con la masa recién horneada dejando un tono dorado como si fuera la cámara acorazada de un banco medio abierta y escondiendo en el interior el elixir de la eterna juventud. Una mentira deliciosa y peligrosa. 

El mostrador de Levain es de una humildad inusual en Nueva York, un aviso de que aquí no hay tonterías sofisticadas sino pura harina, mantequilla sin sal y huevos frescos y a los que solamente se aplica la determinación americana por alcanzar el objetivo propuesto.

Y no es raro, porque detrás del negocio se encuentran dos mujeres que antes trabajaban una en Wall Street y la otra en fashionUna docena de inviernos atrás tuvieron un sueño y, siendo esto America, tardaron diez minutos en darle las buenas noches a los rascacielos y los buenos días a su horno.

Lo insólito es que en esta ciudad especializada en servir caprichos de lujo, prohibidos y artificiales el placer mas excelso pueda esconderse detrás de una fachada modesta en la que se trabaja de madrugada con las manos literalmente en la masa.

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05:13 dic 10, 2009 | José Angel Abad | General

El fin del vicio

Hoy ha sido el último día de uno de mis vicios favoritos: viajar en el tiempo, exactamente cien años atrás todos los días durante diez minutos. Y ello porque la edición electrónica del New York Times cancela la reproducción diaria del periódico de un siglo atrás cada día. Mantienen otra sección en la que puedes elegir la fecha que quieras y visitarla. Pero yo me había encaprichado con los cien años precisos, como si fuera un cuarto oscuro al que uno se acostumbra, le coge la medida, conoce a los lugareños y se acostumbra a sus manías. Se acabó.

 

Entre las noticias de hoy hace cien años están la prueba de que Cook no había llegado, como ya se sospechaba, al Polo Norte. Dos de sus ayudantes cómplices en la mentira se sentían despechados porque no les había pagado todo lo prometido y confesaron -en realidad se tardaría otros cincuenta años más en confirmarse completamente el montaje, pero esto es algo que yo sólo se porque, como decía, puedo viajar en el tiempo hacia atrás y luego otra vez hacia adelante. Lo cual prueba que, efectivamente, siempre es una ventaja tener billete de vuelta.  

 

La noticia que más me llamó la atención ayer -ayer más otros cien años- es la de que un ricachón propietario de minas, Samuel Newhouse, rompió el récord de tiempo de viaje entre Chicago y Nueva York (distancia, 540 millas), reduciéndolo en 14 minutos y dejándolo en 17 horas y 46 minutos en tren. Aún lo hubiera hecho en menos tiempo de no ser por un retraso de 48 minutos debido a una avería en el acelerador de la locomotora. Me puedo imaginar su impaciencia y voces a los operarios trabajando a pie de vía desesperados, todos con abrigos intentando desafiar a las temperaturas bajo cero en algún lugar perdido del estado de Nueva York.

Por cierto que era un tren especial para él sólo y le costó 1930 dólares, equivalente a cien billetes a tarifa normal. El tipo intentaba como fuera llegar a Nueva York para embarcarse en el Lusitania, cruzar el Atlántico y llegar a tiempo de ver a su hermano que se moría enfermo en París. El drama personal es como una novela pero la noticia ejemplifica aquella época en que los nuevos medios de comunicación se esforzaban literalmente día a día por arañarle minutos a la distancia entre ciudades -y ahora, cien años después, volvemos a intentar hacerlo con los AVEs.

 

Antesdeayer, me entretuve con la historia de Antonio Fernández, el tercer aviador muerto en la historia, un español, ex modisto para mujeres y, añade la crónica, de extraordinaria belleza, que le cogió gusto a la aviación (los hermanos Wright habían mostrado el camino) pero que desafió el consejo de su técnico y acabó estrellándose a las afueras de Niza.

 

Era el atractivo de los playboys de entonces con respecto a los de ahora: antes la moneda de cambio para presumir de valor era jugarse la vida.

Y así era hasta ahora mi otro menú de noticias de cada día, las que me dejaban escaparme un poco de Obama, la crisis financiera, la amenaza terrorista y las desventuras de Tiger Woods.

 

Los temas habituales de aquel invierno de 1909 eran la interferencia de Estados Unidos en Nicaragua y el recelo de los diplomáticos de los países centroamericanos -y, confirmo, estamos hablando de hace cien años…-, los crecientes muertos en la calles a causa del tráfico (los coches aún no llevaban matrícula, ni había límites de velocidad), la lucha de las mujeres para conseguir el voto, los linchamientos a los afroamericanos -a los que entonces se llamaba “negros” con un desdén que acabó ensuciando la palabra de tal modo que hoy día es tan resbaladiza que muchos no se lanzarían a usarla con tanta confianza si de vez en cuando viajaran también en el tiempo.  

 

Total, que cien años es un tiempo muy considerable pero resulta que los temas de entonces tienen bastante semejanza o bastante que ver con lo que tenemos de vuelta en el presente. En otras palabras, que leer el periódico sirve para probar que sí es cierto aquello de que el pasado ayuda y mucho a explicar el presente -y lo mismo el presente con el futuro, por eso conviene también leer el periódico de hoy…

 

Y, por cierto, antes de acabar, unas gracias románticas -porque ellos no las leerán pero yo me quedo tranquilo dándoselas de todos modos- a aquellos periodistas y editores que apuraron tanto tiempo atrás los minutos de cada día para llegar a tiempo al cierre de la edición y que todos pudieran leer las noticias al día siguiente. O a los cien años siguientes.

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11:56 dic 03, 2009 | José Angel Abad | General

Optimismo americano

Me encuentro con SJ, colega periodista de Estados Unidos, y me dice que deja su trabajo para estudiar un master de especialización. "¿Cómo?”, le pregunto, “tal y como está el patio, ¿lo has pensado bien?.

SJ ronda los cuarenta años y lleva la mitad de ellos en la profesión. Empezó desde abajo y ha estado en casi todos los departamentos posibles. Hace cuatro años le propuso a su compañía un nuevo proyecto que al poco tiempo tuvo tanto éxito que se lo pasaron a un pez gordo de su empresa. En el nuevo organigrama, SJ volvió a inventarse otra idea que ha funcionado estupendamente pero dice que se aburre. Que domina demasiado bien sus responsabilidades. Que quiere un reto. Y que tiene que prepararse. ¿Actitud valiente o insensata?               

                                                                                                           

SH, otra amistad íntima de Nueva York, lleva poco más de un año en una nueva multinacional de la moda. Se pasa media vida recorriendo fábricas por países de todo el mundo y la otra media en reuniones en esos rascacielos de cristal de Manhattan donde tipos con tirantes de oro juegan a repartirse el mundo mientras sofisticadamente se dan zancadillas y navajazos a base de cuotas de mercado. Le pregunto a SH cómo se ve y responde sin más “en dos años puedo llegar a ser uno de los VPs (vicepresidentes)… si le dedico a ello el día y la noche”. 

Que nadie se equivoque. No estoy tratando de probar las supuestas virtudes del capitalismo americano. Todos los países son distintos e hijos de sus circunstancias -y raras veces unos mejores que otros.

Y por cada historia con final feliz en América conozco al menos otras tantas amargas: la amiga que se iba a jubilar y de repente su fondo de pensiones se ha evaporado en la crisis bursátil, el que llevaba quince años de carrera brillante y de pronto le ponen en la calle pagándole una semana por año trabajado, la que contrae una de esas enfermedades graves y crónicas que los seguros habituales no cubren y que hacen que su familia se tenga que empeñar de por vida y hasta acabar abandonando el país.           


Pero de lo que quería hablar es de que por la sangre de este país corren más gotas de optimismo y esperanza que por las de otros lugares. Que es generalizada la confianza en que si te preparas, trabajas y deseas determinado objetivo nada te podrá impedir alcanzarlo. Que creen que las historias tienen que tener final feliz.


Luego, las cifras y los sociólogos prueban que no es que en este país haya más movilidad social. Ni que se sea más feliz. Sólo que cuando miran al futuro ven la botella medio llena cuando otros la ven medio vacía. Sin más. No es que las cosas acaben mejor que en otros lugares. Es que aquí cren que van a acabar bien.

Recuerdo una de las primeras veces que fui a cortarme el pelo. Cocoa Beach, Florida, al lado de Cabo Cañaveral. Íbamos a cubrir el lanzamiento del transbordador espacial. Bromeaba con la peluquera que cada vez se me caía el pelo con mayor rapidez. Ella, nada de palabras de conmiseración. “Pues es porque quieres. Ahora hay productos para evitarlo. No hay por qué perder pelo”. Por supuesto yo sabía que el pelo se me iba a seguir cayendo -como así ha sido- y que lo de los productos anticaída son un camelo de las teletiendas.                                                                                                  

Pero, oye, la tipa me alegró el día y ahora cada vez que vuelvo a cortarme el pelo me acuerdo de sus palabras y me arranca una sonrisa gracias a esa gota de optimismo que corre por la sangre de América.

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11:45 nov 28, 2009 | José Angel Abad | General

Los agujeros negros de Nueva York

Camino por una calle del downtown de camino al brunch el sábado por la mañana con unos colegas que explican con tanto ánimo como alivio el susto de los problemas de crédito de Dubai durante esta semana.  Uno entra un momento a por una botella de agua en un deli -esas tiendas un tanto desvencijadas que hay por todas las esquinas de Manhattan y que venden con considerable sobreprecio un poco de todo, flores, comida, medicinas, lotería. Me da por seguirle los pasos y de repente, una vez dentro, aún distraído pensando en lo peculiar de que en esta ciudad esté siempre tan presente el tema financiero, y las células dopaminérgicas del cerebro van y se me descolocan.

¿Los culpables? Un “no me chingues” que se dicen dos clientes que salen cuando yo entro, la música ranchera sonando como de lejos y con baja calidad, el olor mezclado de mazorca de maíz y fritura, un aire general desvencijado pero limpio y el tono en las caras de los dos tipos detrás del mostrador.                       

                       

De pronto había viajado en el tiempo y el espacio a otros días en que en algún cruce de caminos me había bajado de un autobús destartalado para tomar otro que nadie sabía cuando llegaría y que yo esperaba en un bar de carretera polvoriento por estar al aire libre y consistente en un mostrador humilde, una nevera diminuta con pinta de no enfriar nada, un toldo de tiempos de Pancho Villa, media docena de mesas de madera centenarias y llenas de agujeros, un par de hamacas ocupadas por dos lugareños viejos e incapaces de sobresaltarse y un camarero en camisa blanca, limpia y vieja, sólo abotonada hasta el pecho y de maneras tan corteses que yo no tenía muy claro si es que a esta esquina perdida del planeta nunca había llegado la mala uva de Occidente o que me iban a degollar sin romper la agradabilidad de las formas para así quedarse con el macuto liviano que durante años me acompañó en estas tareas y en cuyo interior iban más sueños que pesos o dólares.                                                                                                                                                    

                                                                                                                                                            

Clavado a la entrada del deli, como un pasmarote, tuve que echar mano al bolsillo para comprobar que efectivamente seguía ahí la blackberry, la tarjeta de crédito del JP Morgan Chase Bank y fijarme en que el periódico tirado en el suelo era un New York Times del 2009. O sea, que no había viajado en el tiempo. Y a lo mejor el olor ni siquiera era a maíz y fritura, sólo me lo había parecido a mí. Ni tampoco el recuerdo se había originado en realidad en México. Porque el viaje a fin de cuentas sólo había sido en la memoria, que ya se sabe que es caprichosa y se acuerda de lo que quiere, como quiere y cuando quiere.

                                                                                                                                                                

Es lo mejor de viajar. Que el viaje nunca se acaba. Lo llevas ahí dentro y cuando menos te das cuenta vuelves a continuarlo. Estas cosas le ocurren a cualquiera en cualquier sitio. Sólo que en este Nueva York babilónico es más fácil. Uno va de camino a tomarse su sándwich con arugula, mozzarela y arándanos y en cualquier esquina te sorprende un agujero negro que te lleva a Pakistán, Eritrea o México. A veces, también a España.

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Blog desde Manhattan

José Angel Abad

José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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