Adiós a Michael Jackson

Nos subimos al primer avión para Los Ángeles y en cuestión de pocas horas estábamos primero en el hospital y luego a la puerta de la casa donde había fallecido Michael Jackson con esa sensación familiar de dejarse llevar por la velocidad propia (sin piedad) de una noticia inconcebible y la cadencia inexorable que marcan las horas de nuestros informativos.
Allí
en Beverly Hills y Bel Air, entre sus mansiones y palacios excesivos,
como si fueran una oda absurda a la desmesura, el lujo y la belleza de
otro planeta, le llovían a uno sensaciones
contraproducentes.
Poco
a poco, la conciencia de haber perdido -ahí justo detrás de ese muro- a
un gran creador cuya altura artística queda significativamente por
encima de su trayectoria vital. Un niño prodigio que no llegó a adaptar
su genialidad a la urbanidad del mundo que le aplaude. Y que se dejó
llevar al
desastre.
Cómo
pudieron tanto talento y tantos recursos ser tan mal administrados es
lo que no dejo de pensar a la puerta de su castillo alquilado por una
cantidad indigna de dinero -sesenta mil euros al
mes.
Cómo se puede vivir en semejante nube económica y a la vez cantar We are the children
para salvar África y pretender preocuparse más que nadie por los niños
-con la cantidad de ellos que pasan necesidades tan sólo en esta ciudad
de desigualdades atroces.
Cómo
puede tanta admiración de repente quedarse sin ídolo, como si hiciera
falta prueba alguna de que los poderes del hombre, por grandes (e
incluso, si se quiere, justificados) que sean se hacen pedazos en una
simple noche desafortunada ante las leyes de la
naturaleza.
Miro
con incredulidad a los autobuses que pasean a los turistas por delante
de las casas de los famosos. Y se bajan y se hacen fotos delante de las
verjas y con los periodistas de
fondo.
Me
sorprendo a mí mismo sintiendo por ellos algo parecido al desprecio. Me
lo pienso otra vez. No juzgues. Sólo son turistas. Igual que uno puede
ser un héroe en determinadas circunstancias, puede igualmente en otras
dejarse caer por las esquinas de su propia estima. Como aquella canción
de Sabina: “algunas veces vuelo y otras me arrastro tanto al ras del
suelo”.
La tiranía del email
Estamos preparando un reportaje sobre un estreno de cine y al caer la noche la representante del estudio me llama con retintín: “te he enviado un email y no me has contestado. ¿Lo has visto?”
Respuesta: “¿Cuándo lo has enviado?”
“A mediodía”
“Ah, sí (mentira, no lo he leído). Estoy viajando y estaba esperando a llegar a casa esta noche y ponerme a responder con tiempo a unos cuantos emails, uno de ellos el tuyo. Lamento la demora. ¿Es urgente?”
“Un poco” (mentira, para ella estaría bien que yo respondiera cuanto antes, pero no es urgente y yo lo sé y ella sabe que yo lo sé).
“OK, dame un momento y veré si te puedo contestar en los próximos pocos minutos”.
“Oh, thank you so much” (tono empalagoso de falso agradecimiento).
Sí
es cierto que estaba viajando y sí es cierto que podría haber
contestado más rápido. Pero también que andaba con prisas y que no
podía usar la blackberry por razones técnicas que no vienen al caso -y
mucho menos ponerme entonces a explicárselas detalladamente a Ms Hollywood en
plan disculpa-y que hubiera tenido que ponerme a trabajar con el
portátil en la calle o en un taxi. Total, que decidí que la señorita
podía
esperar.
Pero la señorita insistió en que no.
Y no era nada personal.
Antes,
con el teléfono todo el mundo tenía derecho a “presentarse” de
inmediato. Ahora con el email no sólo tienen/tenemos derecho a
presentarnos de inmediato sino también a esperar que los demás
“procedan”.
"Te lo dije en el email que te envié”. “Te avisé por email”. “¿No has leído el email que te envié? (hoy, al mediodía)”.
Cenando con Obama
Mucha gente me pregunta si Obama sigue siendo tan popular como al inicio de su presidencia y siempre intento responder con algunos ejemplos que hablen por sí mismos. El último, la cena de anual de corresponsales nacionales y extranjeros y en la que tradicionalmente el presidente es el invitado de honor.

Dependiendo del número de comensales en cada mesa, el cubierto puede llegar a costar hasta mil dólares, que habitualmente pagan las grandes cadenas y agencias y nos invitan a colegas de medios más modestos.
El caso es que con tanta crisis y problemas en los medios de comunicación, se pensaría que este año habría menos demanda que en ocasiones anteriores. Pero resulta que, siendo el primer año en que acude Obama, la demanda ha sido tan elevada que por vez primera en décadas la gala ha tenido que abandonar su ubicación habitual en el Hilton Washinton para acoger en el palacio de convenciones de la capital norteamericana a los casi dos mil invitados.
El guión exige que el presidente se presente con algún vídeo o fotos graciosas. La primera vez que acudí, Bush se hizo el simpático con unas diapositivas en las que fingia buscar las armas de destrucción masiva por los cajones del despacho oval. Y eso en plena polémica justo después de la guerra. Pocos se rieron.
Obama acudió con un vídeo presentándose en plan superman y luego se atrevió con un discurso lleno de bromas comedidas -siempre en plan yerno perfecto. “Os pido disculpas si las bromas no son tan fantásticas como esperabais. Tampoco la compañía es lo que yo me había imaginado”.
Luego hubo una entrega de premios, entre los cuales la ganadora fue Olga Gerin, una corresponsal de BBC a la que he admirado durante años por sus reportajes incisivos, humanos y valientes alrededor del mundo. Pero como ella no estaba presente, el galardón lo recogió el corresponsal jefe de BBC en mérica.

BBC ha estrenado recientemente un informativo diario en Estados Unidos y por él ha recibido numerosas buenas críticas y audiencia. Es mucho más crítico e informativo que los de las grandes cadenas norteamericanas. Pero al director se le fue la mano al decir: “Si no nos habéis visto, por favor echadnos un vistazo. No hay nada igual en la televisión americana”. Y de repente hubo un enorme silencio incómodo en el palacio de convenciones.
Los ingleses tienen el peor periodismo del mundo -News of the world, Daily Star, People- pero, sobre todo, tienen también el mejor: Financial Times, Economist, BBC. Y ello les permite ponerse en plan profesoral de vez en cuando. La mayoría de las veces el público lo entiende. Tienen razón.
Pero hay ocasiones en que la actitud se vuelve insufrible. Como cuando los norteamericanos los invitan a una fiesta, encima les dan un premio y luego van y les dicen en plan vacile vanidoso que son mucho mejor que ellos.
Está muy bien ser buen periodista. Pero está mejor saber comportarse. Obama, sin ir más lejos, hizo como que no oía nada.
Un barrio hispano de Queens

Para empezar el metro aquí no circula por túneles sino que va por el exterior sobre plataformas elevadas por encima de las calles, a altura de los segundos, terceros y cuartos pisos. Abren la ventana y ven pasar el tren. Igual que en el centro de Manhattan -hace cien años. El ruido producido por los vagones en las calles es infernal. Veo a unos niños llevándose las manos a los oídos y a una señora que le cae una bola de grasa en la cara.
Apenas hay anglosajones. El paisaje es el de un barrio modesto de una capital latinoamericana mezclada con ramalazos norteamericanos -pero sin la alegría de Puerto Rico, Panamá o Costa Rica. Las teces morenas tienen rostros cansados por la larga jornada asegurándose que todo marcha rápido, perfecto y barato en el centro de la ciudad, cuya savia es el esfuerzo diario y silencioso de estos emigrantes.
Las estaturas son bajas, los cabellos desaliñados, visten ropas largas, baratas y con el aspecto un tanto arrugado como de llevarlas puestas ya un par de días. De sus cuellos cuelgan crucifijos y en las manos veo pulseras doradas gordas. Aquí no hay cuerpos de gimnasio y sí barrigas y culos generosos. Parejas de adolescentes se besuquean por las calles apretándose junto a las farolas -inimaginable en Manhattan.
Caminan por las calles con aspecto serio, sin rastro de la arrogancia y determinación triunfadora de las zonas famosas de la ciudad. De pronto, sin embargo, se llaman unos a otros con voz estentórea, casi a gritos, y lanzando sonrisas imprevistas que dejan ver bocas con dientes perdidos y también una alegría que sorprende, como si sólo les bastara una excusa, un encuentro casual para verle sentido a su vida.

De pronto un coche invade el carril contrario y tres policías de paisano arrestan a dos muchachas con aspecto de aún menores de edad y que salían de un comercio. Parecen que intentaban robar. Llega otro coche patrulla. Las esposan y se arremolina un grupo de curiosos alrededor pero en cosa de dos minutos cada uno camina otra vez atento sólo a sus cosas.
Edificios humildes, alquileres baratos, en los tejados antenas parabólicas.
Hay grupos esporádicos de chinos e indios pero los carteles, indicando claramente el origen de la mayoría, son en español: “compro oro”, “divorcios”, “abogado”, “notario”, “accidentes y casos criminales”.
Los nombres de los negocios tienen un toque entre festivo, colonial y enternecedor -en ningún orden en particular: “Ponce de León Federal Bank”, “El rinconsito de Tito, piqueteadero”, “Jose Fish Market”, “El palacio de los frisoles”, “El Especialito, el semanario de la familia hispana”. El Bar Cuenca anuncia una fiesta para el día del padre -festejado el fin de semana que viene en fecha anglosajona. Y la publicidad exhibe consignas como “borícuate” o “tomabilidad” (sobre cerveza).
Se venden vestidos, 3 por 10 dólares, mallas para mujeres a 3 dólares, relojes a 1 dólar. Alguien me ofrece “un batido de fruta fresca”. Y por todos lados se anuncia “baba de caracol: crema para el cuerpo y champú”.

Hay puestos ambulantes de libros por todos lados y, curiosamente, con mucha gente que se detiene a mirar. Títulos comunes: “Inglés básico”, “Colombia, qué lindo país”, “Así es mi mundo, los incas”, “Inglés para hispanos”, “Inglés para los trabajadores”, “Inglés para mujeres”.
Una pareja sale de uno de las innumerables tiendas para enviar dinero a países lejanos. Revisan escrupulosamente el recibo que les dan. Asienten con seriedad. Alguien, muy lejos, debe haber recibido unos pocos dólares que aquí se ganan con mucho sudor y que allá probablemente resuelven la vida durante unas semanas. Pasa el único tipo que veo con corbata, “blanquito” como dicen aquí, con decisión, y se apartan un poco para dejarle la acera libre, como si le perteneciera más a él.
Gripe
Después de seis años y a cuentas de una gripe insistente al fin he ido a un médico de cabecera americano, en un ambulatorio de barrio que casualmente recibía ese día la visita de un grupo de doctores franceses paseándose por allá con la actitud cordial y condescendiente de quien visita a un pariente lejano al que no le ha ido igual de bien en la vida.
Y yo allí sentado entre abuelitas musulmanas y pensionistas de Kentucky preguntándome qué demonios hago aquí y contestándome que sólo es un juego de antropólogo aficionado pero con tos, fiebre y prisas.
En estos casos uno se fija en detalles nuevos: el edificio anodino en mitad de la décima avenida pero cómodo y amplio en el interior, la gente sin pinta de ir a ningún lado como si de repente esto fuera un pueblecito, la amabilidad de las enfermeras -a quienes como en tantos sitios no les preocupa en absoluto tu nacionalidad sino arrancarte una sonrisa.
Mi doctora resulta ser una joven de raíz india o pakistaní, en una consulta idéntica a la que uno se pueda encontrar en España y que parece dispuesta a dedicarme todo el tiempo del mundo. Y es la primera persona en más de una semana que no se aleja de mi cuando empiezo a toser.
En Nueva York todo el mundo parece querer desconsiderar el virus de la gripe nueva -la que antes llamábamos porcina. No se habla de él, como si fuera una enfermedad venérea.
Pero sólo es una pose. En cuanto alguien muestra el más mínimo síntoma, se alejan de él. En la oficina. En el metro. Incluso en la calle. Si estornudas te lanzan una mirada acusatoria.
En nuestro edificio hay carteles por todos lados invitándote a quedarte en casa a la mínima. Han llenado los pasillos de hand sanitizer, los dispensadores de jabón para lavarse las manos sin agua.
Y cuando le cuento a alguien que ando a vueltas con la fiebre, llaman luego cada dos por tres -no me queda muy claro si para ver cómo sigo o si para saber si tienen que evitarme.
En esta ciudad en la que se cree que para todo hay solución, el enfermo es un sospechoso, un eslabón débil de la cadena productiva. Apártate. Desaparece.
Mujeres de Los Ángeles
Llevaba semanas detrás de la historia de las fotos de Obama a los veinte años -emitida este domingo a las 15.00 horas- pero a veces uno sigue actuando como si nunca aprendiera y resulta que sólo se me ocurrió confirmar nuestra visita a la exposición el único día que íbamos a estar en Los Ángeles. En concreto, nada más aterrizar, dentro del coche de alquiler y aún sin saber qué dirección tomar. A veces uno deja la experiencia en el cubo de la basura. Y aún así, a veces uno tiene suerte.
Ms. S. resultó ser una californiana dicharachera y sorprendentemente interesada por el resto del mundo, sin la tontería sofisticada habitual que se lleva en las galerías pijas de West Hollywood. "Claro que puedes venir, ¿qué te parece a las tres?". De generosa que me pareció casi caí en la tentación de abusar y pedirle que nos atendiera un poco antes para así no tener que matar uno hora tonta. Lo pensé mejor y me acordé además del tráfico de Los Ángeles, el peor del país: en ningún sitio hay tantos coches ni tantos atascos.
Si alguno no ha entendido la soledad y la claustrofobia al volante, le recomiendo que se meta aquí en la I-10 o la I-110, rodeado por cinco carriles atestados y la mirada llena de coches perdiéndose en el horizonte al frente y por el espejo retrovisor detrás. Y sin salida alguna de la autopista. Al menos, hay un truco: no cojas la autopista. Los americanos tienen pasión por todo lo nuevo y grande y por eso rara vez circulan por carreteras secundarias, mucho menos por calles urbanas como las que rodean las autopistas de Los Ángeles a su paso por el centro de la ciudad. Te sales de la autopista completamente atascada y las callecitas de al lado son un bálsamo.
Por cierto, al revés que en España, en donde nos encanta seguir tomando la carretera vieja de toda la vida en vez de la nueva circunvalación aplicando cada vez un misterioso cálculo mental que supuestamente prueba que nada hay más rápido, bonito y económico que seguir por la vieja nacional. Apego que tenemos a la tradición.
Total, que llegamos a la galería y Ms. S. resultó ser un prima hermana de Gwyneth Paltrow pero un poco más bajita -o eso me pareció a mí- que se tomó como si fuera la cosa más natural del mundo que se presentara de pronto a la puerta un corresponsal con acento extranjero, diciendo que tiene poco tiempo, pretendiendo incordiar a todo el mundo y poniendo la galería patas arriba. "Claro, lo que necesites". Yo pensaba que esta chica debía ser tonta.
Recordemos: esto es West Hollywood, a unas manzanas del Beverly Hilton, a tiro de piedra de Rodeo Drive, rodeado de las clínicas de belleza más exclusivas del mundo, las mansiones de las estrellas y las oficinas de los subordinados de los asistentes de los productores de sus managers, con restaurantes en los que no hay mesa porque no hay mesa porque no te conocemos y con Rolls Royce descapotables, Aston Martins y Ferraris como únicos vehículos en el garaje.
Y en todos estos años y con tantas visitas a ciudad, cenas, encuentros casuales, amistades ya viejas y días de trabajo, Ms. S. -a la que tengo que enviar flores- ha sido la única mujer completamente de Los Ángeles que compite en este tablero de juego remilgado de Hollywood y que se escapa a la tontería habitual –algo así como Anne Hathawey en "El diablo se viste de Prada" pero en rubia.
Belleza y poder
La tontería habitual: cuando charlas un rato con una mujer de Los Ángeles siempre pretende estar a punto de triunfar -en lo que sea. Y sólo les interesan los ya triunfadores. Por eso están todo el rato con preguntas del tipo si tu compañía te permite viajar en business class, a qué universidad fuiste, qué coche tienes (y desde cuándo), en dónde vives (en dónde vives exactamente… y cuánto cuestan los pisos en esa zona).
Vamos, que quieren asegurarse de que, si las cosas se ponen amables, puedes invitarla a un fin de semana a baños de barro en una clínica de relajación exclusiva en el desierto al lado de Palm Springs. Presumir de dinero aquí no está mal visto. Al contrario.
El juego es entretenido porque se hace amable a la vista. Quiero decir que las mujeres de esta parte excéntrica del mundo dedican una parte excepcionalmente considerable de su tiempo a su aspecto físico.
Si vas a cenar con una, tienes que recordar que antes tiene que hacerse la manicura, la pedicura, las cejas, un facial y visitar la peluquería. Y si de verdad le importas se habrá comprado algo de ropa -algo similar a lo que le haya visto a alguna famosa en Vogue o en alguna fashion website de moda como trendcocktail.com. Yo conozco a algunas que tienen asesor de moda. Van al gimnasio con frecuencia obsesiva, hasta el punto de que un tema de conversación habitual son las virtudes de su personal trainer.
Son habituales del masaje. Y de la acupuntura. Y de los faciales (hace poco me he enterado de uno que llaman: red carpet facial, por si alguien no cogía el mensaje). Se blanquean los dientes con periodicidad compulsiva. Parece que nunca les crece el vello de tanta depilación. Puede que estén muy morenas pero por lo general "de bote": apenas toman el sol por miedo al cáncer de piel (esto del miedo a las enfermedades, por cierto, es muy americano). Precisamente por ello no fuman ni beben -y tú tampoco deberías esa noche.
En ninguna otra ciudad hay tantas mujeres enganchadas a la cirugía plástica -pechos, párpados, labios, estómagos. O el exitoso lote facial completo, el comprehensive facial rejuvenation en la clínica de Beverly Hills del doctor Frank Ryan, en el que está basada la serie Nip Tuck y con el que he disfrutado hablando del tema.
Aparte, y más frecuentes aún, están los arreglillos temporales: láser, botox, uñas postizas, pestañas de mentira por lo general muy largas y oscuras en plan mujer que puede ser fatal si se lo propone. Si de verdad tienen dinero se las pondrá con los dos hermanos asiáticos que te las ponen nuevas una a una a base de silicona. Yo he visto a mujeres hacérselo y algunas muy famosas -y he jurado no decir nunca su nombre y un caballero es un caballero. 
Luego está el tema mental. Aquí no se lleva lo del psicólogo. El shrink es un concepto muy neoyorkino, en plan rápido y mecánico. Aquí se lleva el coaching, que tiene un toque zen.
En suma, que la fealdad, la arruga y el envejecimiento -todos ellos conceptos diferentes- están aquí prohibidos.
No es plan de ponerse ahora con la dimensión moral del tema -que a estas alturas seguro que ya tenéis vuestras propias ideas- pero conviene aclarar que en todo caso el resultado es muy agradable a la vista. Por lo general -porque el elixir de la eterna juventud no existe y a veces el aspecto es un tanto patético.
Y aún así conviene aclarar algo. Son mujeres con garra, con planes concretos y de altos vuelos, saben poco de geografía (una vez una me intentó convencer que Asturias está llena de castillos) pero mucho de autoconfianza, ambición, esfuerzo, sacrificio y sueños. La ironía y el sarcasmo no es lo suyo (en realidad, la ironía no es nada americana en general) pero nadie conseguirá nunca reírse de ellas ni ridiculizarlas.
No saben lo que es la timidez ni se dejan impresionar por el poder o el dinero -simplemente los persiguen. Tienen maneras exquisitas y, con frecuencia, risa contagiosa. A poca imaginación que le eches, todo les parece interesante (¡oh my God, that´s so interesting una y otra vez).
Curiosamente, siempre se están quejando de que Los Ángeles es una ciudad artificial e insoportable de la que se irán en cuanto puedan -aunque saben que no se quieren ir. Y alguna vez, como Ms. S. son comprensivas, pacientes y generosas. El lunes le envío flores.
Normas de tráfico en Hollywood
Cubrimos en Los Ángeles el primer partido de los play offs finales de la NBA, tenemos que cruzar Hollywood y en el cruce de La Ciénaga con Sunset Boulevard uno se encuentra con la señal que dice todo sobre los vecinos de la zona: esta es una calle pública pero resulta que si no tienes ninguna razón especial para hacerlo, está prohibido pasar por aquí más de dos veces cada cuatro horas.
Si te pillan -el tráfico es incesante, por cierto- amenazan con quitarte dos puntos del carnet y tener que comparecer ante un juez.
La zona es el corazón de Hollywood, lleno de los callejones que llevan a las mansiones fantásticas de las estrellas en las colinas.

El stoop
Tocaba encontrarse con el escritor francés Marc Levy y después de recorrer su estupenda casa de Manhattan para elegir el lugar de la entrevista decidimos practicar un deporte muy neoyorquino: hacerla en el stoop, las escaleras de entrada a la vivienda.
Digo muy neoyorquino porque aquí cualquiera se puede sentar en el stoop de cualquiera. Especialmente, como es natural, en el tuyo. Entendámonos: el stoop es propiedad privada, es parte de la casa. Y éste sigue siendo un país donde la propiedad privada recibe el mismo respeto que las vacas sagradas en India. 
Por las aceras incluso hay marcas de plomo en el suelo que indican qué parte es pública y qué parte es privada -pertenece al dueño del edificio, con frecuencia un rascacielos, y en esa parte de la acera por lo general lo único que se puede hacer es, literalmente, caminar. Si intentas cualquier otra cosa -vender algo, fumar, grabar con una cámara, repartir publicidad o simplemente pararte- enseguida viene un guardia jurado y te explica con gentileza que aunque no lo parezca esto no es la acera pública, que la acera empieza cinco centímetros más atrás y que tienes diez segundos para optar por una de las dos formas en que se puede resolver la situación y una de ellas es contigo acabando con cinco costillas rotas y además arrestado.
En muchos estados no sólo es legal disparar a cualquiera que entre en tu casa sin permiso. Es legal incluso disparar a cualquiera que entre a casa del vecino.
Pero en Nueva York nada hay más sagrado que el derecho de pernada en el stoop.
Lo practica todo el mundo, no tiene nada que ver con los sin techo, los sin tiempo para comer o los turistas. Tú abres la puerta de tu casa -o llegas de vuelta- y te encuentras con por lo general una o dos personas sentadas en tu escalera. Se levantan con amabilidad para que puedas pasar y te dan un “perdón”.
El perdón no se refiere a sentarse en tu propiedad sin permiso -lo que técnicamente constituye trespassing y es un delito muy serio- sino que es ese perdón de carril que se da aquí cuando se camina sin prisas y al cruzarse con alguien con roce o dificultando su paso se quiere aparentar buenas maneras. O sea, pura hipocresía de tipo cívico, como para echarse sal a nuestro devenir diario. Igual que sonreírle a alguien cuando te cruzas en la puerta.
Volvamos al stoop: tú pasas y ellos se vuelven a sentar. ¡Están en su derecho! Y a ningún propietario se le ocurre echarles.
Esta ciudad es el paraíso de los promotores inmobiliarios y Donald Trump es admirado como si fuera un dios -un dios especulador de terrenos, pero aquí lo que se admira es ganar dinero, sin más. Hasta el último centímetro de suelo está tasado y apenas hay espacios públicos -Central Park distorsiona la media. Quizá por eso, porque no hay ni dónde detenerse un momento, se haya abierto espacio esta costumbre.
Porque la tradición del stoop se ha convertido es una especie de derecho consuetudinario nacido contra pronóstico.
No importa que la casa, como la de Levy, cueste una fortuna. Cualquiera puede sentarse en sus escaleras -especialmente, como es lógico, si además son las tuyas. Pero lo bueno es que, aunque tú seas el afortunado dueño de la mansión, es muy probable que cualquier otro día te sientas un rato con el periódico y el café en un stoop ajeno. Si te cruzas con alguien en la escalera, no se le ocurrirá mirarte de manera sospechosa, probablemente incluso sea él quien te pida perdón. Y al irte tú lo dejarás todo como lo encontraste.
Es lo que hacen los neoyorquinos, que apenas tienen parques, no conocen las comodidades de los bancos por las calles y en las terrazas de sus restaurantes la única vista de que disfrutan es la del tráfico a cuatro metros de distancia. Pero pueden disfrutar del stoop de cualquiera.
Una típica chica americana
Los
cinéfilos quizá recordéis a Donna Reed, una estrella de segunda fila de
Hollywood que se hizo famosa en los años cuarenta por “Qué bello es
vivir” (“It´s a wonderful life”) y ganó después un oscar por “De aquí a
la eternidad”. Luego acabaría su carrera con películas discretas, un
show de medio pelo en televisión y un papel breve en una de las
temporadas de “Dallas”. Murió de cáncer en 1986.Donna Reed había nacido en una granja de Iowa –para hacerse una idea del lugar, recordemos, por ejemplo, “Los puentes de Madison”, también en Iowa. Ese origen rural y apegado a una forma de vida tradicional, están en el origen de que después representara a la perfección para el público americano el ideal de hermana, novia, vecina o esposa perfecta dentro de los cánones de la época.
Como si su belleza rubia y seductora fuera más de lo que ella le pedía a la vida. Una especie de Reese Witherspoon de los cuarenta.
Ahora, en la vida real, su hija acaba de perder el trabajo por la quiebra de Bear Stearns y por ello se ha pasado un tiempo poniendo orden entre los viejos papeles y recuerdos de su madre. Y así es como ha encontrado una caja de zapatos con nada menos que 341 cartas que soldados americanos escribieron a su madre desde las zonas de combate durante la segunda guerra mundial, cuando ella estaba en la cúspide de su carrera y era una de las grandes bellezas del cine.
En su mayoría son muchachos frustrados por la dureza de los combates y el alejamiento de su vida diaria y que lamentan, como es natural, la falta de contacto de todo tipo con muchachas de su edad. Por ello escribían cartas a las actrices de Hollywood.
El tono de las cartas es extremadamente correcto –en casos como estos siempre recuerdo una frase en las memorias de James Reston, una de las viejas glorias del periodismo americano: “la gente hoy vive mejor y se comporta peor”.
A lo que voy es a que estas cartas de hace 65 años y que Donna Reed había conservado en secreto, que aparecen ahora como un tesoro de antropólogo o historiador, como si fueran piezas perfectas halladas de pronto Pompeya, ofrecen una mirada extraordinaria sobre algunos valores de la sociedad americana.
En concreto, la obsesión en este país con llevar una vida típica, ser un tipo típico o casarse con una mujer típicamente americana –y desprovista de las connotaciones que el término lleva fuera del país. No hay mejor forma de halagar a un americano que decirle que es un americano típico. Recordemos, por cierto, la canción de Tina Turner.
Volvamos a las cartas a Donna Reed, cuya imagen pública como estrella era la de una chica americana normal de un pueblo americano normal llevando una vida normal.... ver entrada completa
Nueva York y Washington
De tanto viajar de Nueva York a Washington y viceversa a uno le acaban pareciendo barrios de una misma ciudad. Pero barrios bien distintos.
Todo el mundo camina con prisas por el centro de Nueva York, los conductores bloquean los cruces intentando apurar la luz verde del semáforo, los camiones de bomberos advierten de su presencia con unas bocinas estridentes como si se fuera a producir un ataque nuclear -y es curioso, a veces ves a unos bomberos ir en dirección norte y una manzana después pasa otro camión con idéntico aviso de emergencia pero en dirección sur-, hay policías de aspecto cansino y desaliñado comiendo por las esquinas, las aceras están sucias y descuidadas, los taxistas están permanentemente al teléfono con el manos libres, hablando en idiomas extraños pero con maneras siempre de tratar asuntos inaplazables. No hay bancos por las calles, ni viejos ni niños, nadie sonríe ni pide perdón. Las cajeras te atienden con cortesía pero de manera mecánica y si te retrasas su actitud se acerca a la grosería. En las colas gritan al siguiente para que se apremie.
Una vez, al poco de llegar, un taxista me confesó como si fuera un secreto “Good manners are inappropriate in New York, especially if you wan to accomplish something”. (“Las buenas maneras son inapropiadas en Nueva York, especialmente si quieres conseguir/llevar algo a cabo”).
El paisaje humano tiene una variedad que, de amplia, roza lo esperpéntico. Como si fuera una Babel y no parte de un país de origen anglosajón llamado Estados Unidos de América que sólo de vez en cuando se hace presente -por lo general para desconsuelo de la mayoría foránea, que pretende creerse la ilusión de vivir en una especie de protectorado internacional: todos con los mismos derechos y la misma demanda de perfección y eficiencia.
El resultado es una ciudad en esteroides, con una sensación de urgencia contagiosa en la que cada uno tiene que apañárselas como puede. O sea, una ciudad cruel pero que regala libertad. El individuo es el rey.
Llegas a Washington y para empezar todo el mundo camina despacio y los coches no rebasan en límite de velocidad. Nada más ofensivo para un taxista que decirle que tienes prisa. Nadie cruza un semáforo en rojo -y me refiero a peatones. Hasta las ambulancias y bomberos desaceleran hasta casi pararse en los cruces. Aceras y edificios están cuidados como si fueran museos, hay un aire de ciudad rica y aseada pero con maneras de provincia. Recuerdo un día que caminaba por la calle K -que es el equivalente de Gran Vía en Madrid o las Ramblas en Barcelona- a las ocho de la mañana y me crucé con un tipo al que naturalmente no conocía de nada pero que me dio los buenos días igual que si nos cruzáramos por el centro de Castilla.
Los policías aquí van arreglados y elegantes y presumen de buena educación -y, a la vez, maneras duras e intolerantes.
Al comprar el café, los dependientes te sonríen -no como en la Arcadia Feliz pero con un aire relajado que resulta sospechoso en Nueva York. En las tiendas te dedican más tiempo y en los bares gastan unos modales no de la señorita Pepis pero como esforzándose por mostrarse formales, no dulces en absoluto pero sí siguiendo al pie de la letra el manual de la corrección. Como si aquí fueran las malas maneras las inapropiadas.
En el centro de Washington hay muchas más banderas norteamericanas y más coches con pegatinas patrióticas. También predominan los tipos rubios, de ojos azules y pelo corto -y consecuentemente, mucha menos diversidad racial. La gente lleva una indumentaria más homogénea. Nunca tienes en duda que esto es América y, en concreto, su capital. Los extranjeros son/somos eso, extranjeros.
La impresión es la de una ciudad donde está mucho más claro lo que está bien y lo que está mal, se aprecian y demandan formas correctas, exhuma un tono más humano y, curiosamente, más tirano porque las reglas están definidas. El entorno modela al individuo.
Saludos
El fin de semana me lleva en Nueva York a un sports bar. Son versiones norteamericanas del pub inglés pero con las paredes cubiertas de pantallas de plasma con distintos eventos deportivos -y de distintos deportes- en directo. Los sábados y domingos están llenos, con jóvenes y adultos de ambos sexos en constante éxtasis pero siempre sin violencia, tanto aquí como en los estadios -no hay versión norteamericana alguna de los hooligans, lo cual no deja de ser curioso en ciudades con un estilo de vida agresivo.
El deporte se sigue con cerveza y finger food, la versión moderna de la “tradición” americana de comer con las manos: buffalo wings, onion rings, nachos, fried calamari, chicken fingers, french fries, las inevitables burguers.
Llegan dos colegas, uno español y otro norteamericano. Hace tiempo que no los veo. Con el español estrecho las manos a la manera tradicional aunque más rápido de lo habitual por la urgencia de mantener la atención en la pantalla.
Y acto seguido, con el americano, con tanta distracción, estoy a punto de cometer el error de repetir del mismo saludo. Me explico.
De un tiempo a esta parte por aquí todos los saludos entre varones en situaciones que no sean de trabajo parece que tienen que ser knuckle shakes, básicamente cerrar el puño derecho y hacerlo chocar suavemente con los nudillos del otro tipo.
No se de dónde viene la costumbre. Probablemente tenga su origen en los saludos entre afroamericanos y se haya pasado a todo el país en esta versión sencilla.
Probablemente haya contribuido a ello la obsesión norteamericana con la salud -por todos lados hay hand sanitizer para poder lavarse las manos continuamente sin tener que ir al baño y usar agua, del mismo modo que por televisión hay una cantidad desproporcionada de anuncios sobre medicamentos.
Por cierto que la otra obsesión sigue siendo la seguridad. En el edificio donde trabajamos todo el mundo tiene en su mesa una máscara anti-gas.
Volvamos a lo de los saludos. Ahora llegan las mujeres.
Lo de besarse aquí es mucho menos popular que en España o cualquier otro país europeo -me refiero a las presentaciones, pero también es cierto que las parejas aquí rara vez se besan en público. Eso de una pareja besándose en un parque o en una acera no se estila por acá, siempre tan pudorosos con la volubilidad.
Si conoces a una mujer en una situación de trabajo, ¡no se te ocurra besar! Es como una intrusión inaceptable. Incluso si el saludo es en un sports bar lo más seguro es estrechar la mano -nada de knuckle shakes con mujeres. El contacto corporal es aquí un terreno de minas. Incluso con los niños, a los que está prohibido tocar y mucho menos besar.
Y luego está lo del número de besos. Los españoles siempre damos uno en cada mejilla, pero aquí sólo uno -en ninguna mejilla en particular. Lo cual es muy curioso cuando conocer a una española (dos besos) y acto seguido una americana (un beso).
A veces a uno se le olvida y le planta un segundo beso a una americana, que siempre pondrá cara como de que la cosa no le molesta pero, a la vez, con una media sonrisa forzada para aclarar que para ella la situación en un tanto exótica. Como cuando se comete un error hablando una lengua extranjera: te has equivocado, pero no pasa nada, te perdonamos, nos damos cuenta de que no sabes hablar como nosotros.
Claro que en otras ocasiones es al revés. La americana sabe que eres español y quiere ser amable y saludarte con dos besos, pero tú estás decidido a seguir el manual y darle sólo uno y entonces, cuando ya te estás retirando, ella se queda ahí un poco esperando por el segundo y la cosa se hace un poco embarazosa. Intentas dar marcha atrás (o, mejor dicho, adelante) para dar el segundo pero en ese momento es ella la que ya se está retirando…
Un lío, estas cosas del lenguaje corporal que, igual que el idioma, lleva su tiempo dominar si uno quiere mezclarse con la tribu local.
Himnos y banderas
Acudo a una gala de una organización hispana en Washington y todos los asistentes reciben de regalo una constitución en miniatura de los Estados Unidos.
El evento empieza -como todos en este país- con una interpretación del himno norteamericano y el silencio en señal para muchos de patriotismo y en todo caso, para el resto, de respeto.
Recuerdo en una ocasión en un partido de la NBA que intenté salir de la grada para ir al servicio, justo cuando estaba a mitad de camino empezó a sonar el himno y una acomodadora casi anciana y muy sonriente pero firme me detuvo diciendo “señor, lo siento pero ahora mismo no puede caminar”.
Un exceso, sin duda, pero también un recordatorio de que por acá se toman bien en serio el respeto a los símbolos que representan al país. O sea, a los símbolos que representan a la historia del lugar y a la manera en que se regula democráticamente su vida diaria.
Hay, sin duda, un componente de desmesura en esa adoración nacional norteamericana. Por ejemplo, las banderas que ondean en el Capitolio se cambian todos los días y luego se venden. Pero no para hacer negocio sino ante las peticiones masivas que se reciben de ciudadanos anónimos de todo el país para quienes es después el mayor orgullo de sus vidas en colgar las banderas en el jardín de sus casas.
Y con frecuencia el patriotismo se hace barato y hasta estúpido. Como unas estaciones de servicio que se llaman “Liberty” y están llenas de banderas como si estuvieras en un campamento militar.
Pero siempre me ha parecido que quienes critican como un mero sinsentido ese sentimiento de patriotismo olvidan un factor fundamental: cómo los símbolos sirven también como puentes cohesión nacional e, igualmente importante, respeto.
Ejemplo. Verano de 2004. Boston, convención demócrata para elegir candidato a la presidencia a John Kerry para enfrentarse a Bush y evitar su reelección. El país casi en cisma nacional a cuenta de la guerra de Iraq y los casos de torturas.
Coincido en uno de los restaurantes con dos delegadas demócratas. Empiezan a hablarme con desdén de las medidas tomadas por la administración Bush y de lo que ellas entendían como apoyo terrible de buena parte del país.
“Están haciendo cosas sin corazón”.
Yo, pensando -equivocadamente- que estaban llevando la conversación al terreno personal, añado para dejarlas seguir hablando:
“Entonces, ¿la buena gente está aquí?”
Y ellas van y me dan una respuesta que no olvidaré jamás:
“No, no, ellos también son buena gente, son republicanos pero buena gente. Y son tan americanos como nosotros. Es sólo que están cometiendo errores muy importantes”.
Tenían palabras e ideas muy poco agradables para Bush, rozando en lo macabro, pero en lo que se refería a los republicanos que lo apoyaban, a pesar de la animadversión política, no cruzaban una línea esencial: el respeto a quienes piensan y sienten de otra manera.
Que tiene bastante que ver con lo del himno, la bandera y la convivencia en el mismo suelo cada día durante generaciones.
La ambición ciega de Edwards
Esta noche en el programa de Larry King estará Elizabeth Edwards, la esposa del ex candidato a la nominación demócrata a la presidencia John Edwards.
A principios de la campaña se supo que Elizabeth tenía un cáncer incurable -puede vivir un tiempo indeterminado, quizá muchos años, pero no dejar atrás la enfermedad. Aún así, él decidió seguir adelante con la candidatura.
Lo que no sabíamos entonces es que, a la vez, Edwards tenía una aventura amorosa con una publicista a la que contrató para que documentara en vídeo su campaña. O sea, que estaban juntos todo el tiempo.
Luego sus ayudantes se empezaron a enterar y ella, además, quedó embarazada. La publicista se retiró a su casa en California.
La policía investiga ahora si Edwards desvió dinero de la campaña electoral para sobornar a su amante y que así se retirara discretamente. Ése es un delito serio que podría mandar a Edwards a prisión.
Nadie sabe aún si el bebé es de Edwards -aunque todo el mundo lo da por hecho. Lo que sí se sabe es que mintió también a su esposa cuando le confesó el affair por vez primera diciéndole que todo había sido cosa únicamente de una noche loca.
Pero, aún trágico y descorazonador, lo que de verdad inquieta no es el drama personal. Lo terrible es las profundidades hasta donde puede llegar la ambición ciega de un político.
Imaginemos por un momento que Hillary no convence por su apoyo a la guerra de Irak y que Obama no ofrece la suficiente confianza y que entonces, como solución nada inimaginable, optan por una apuesta intermedia entre novedad y experiencia, un ya anteriormente candidato a vicepresidente de aspecto juvenil y origen humilde, que hizo una fortuna como abogado y tiene una oratoria brillante y populista.
Es decir, Edwards.
Y este tipo, con semejante esqueleto escondido en el armario, podría haber sido el candidato demócrata a presidente. Sin duda, la amante, el niño y los desaires a su esposa habrían sido descubiertos y los demócratas muy posiblemente hubieran perdido las elecciones.
Todo ello no sólo por la locura e infidelidad de Edwards sino, sobre todo, y esto es lo inquietante, por la codicia, afán de poder, ambición sin límites de un político, dispuesto a arriesgar no sólo su carrera sino la oportunidad histórica de su partido y, lo más importante, la voluntad política de millones de compatriotas. Y, en última instancia, de todo el país.
A veces nos quejamos de los peligros de la tecnología, internet, la globalización, etc, etc. Pero nada da tanto miedo como la ambición humana. Sobre todo cuando persigue la gloria política.
La crisis es cosa personal por acá
Nadie recuerda tantos desempleados ni tantas compañías entrando en quiebra en Estados Unidos y el Wall Street Journal va y publica un suplemento especial sobre cómo crear una empresa.
Además de los consejos prácticos y legales, pone un puñado de historias personales a modo de ejemplos. En su mayoría son jóvenes que, tras ser despedidos, se han instalado por su cuenta en distintos ámbitos profesionales. Casi todos tienen en común, además de la experiencia profesional, la formación académica. También que la aventura empresarial ha resultado ser más dura de lo que esperaban. Algunos de ellos han salido ya adelante, otros siguen escépticos ante un futuro incierto.
Pero lo interesante es que aquí, ante la crisis, parece haber más espacio de debate público sobre cómo cada uno se las puede o se las tiene que apañar para salir adelante que sobre lo que el estado o la sociedad en su conjunto tiene que hacer para ayudar a los más perjudicados en un momento de crisis como el que se vive. Y esa actitud, subrayada por manifestaciones diarias como este suplemento de prensa, encierra una de las diferencias más evidentes entre la mentalidad norteamericana y la europea.
No es que una sea mejor que la otra. Son fruto de tradiciones distintas y de actitudes ante la vida difícilmente intercambiables.
Los Estados Unidos nacieron en forma de república comercial, la ambición es una de las virtudes más valoradas y en su código genético nacional está incrustado el gospel por el éxito -incluso de manera literal.
Igual que en el siglo XXI Joel Osteen, el predicador con más éxito del país, asegura “Dios quiere que prosperemos financieramente, que tengamos dinero”, el baptista Russell Conwell aseguraba en el XIX “no hay un solo pobre en los Estados Unidos que no sea pobre por culpa de sus propias limitaciones”.
Y de esa actitud -o tal vez mejor dicho, de esas diferencias históricas y religiosas- viene, por ejemplo, que en España se hable de la clase trabajadora o de los desfavorecidos mientras que aquí hasta los más humildes pretenden pertenecer a la middle class.
El dinero se convierte aquí en una seña de identidad más poderosa que en cualquier otro lugar de Occidente. A cambio a nadie juzgan por nada más. Tan sólo por su respuesta para conjugar esa expresión verbal tan americana: “to make money”.
Misses y Biblia

Llego a casa, enciendo la televisión y me encuentro con Luis Fraga -en Nueva York también se ve Antena 3- presentando con mirada levemente pícara en las noticias de la mañana en España un reportaje sobre la nueva chica Playboy, que parece una imitación barata en carne y plástico de Beyoncé.
Además, por el estilo concupiscente con que se contorsiona alrededor de Christie Hefner, el jefe de Playboy, también me parece que, comparada con la cantante, tiene algo menos de clase y gusto.
Me consta, entre otras cosas, por el apartamento en que la cantante vivía en Nueva York hasta que ganó su primer millón, se marchó a un lugar más grande y un buen colega, diplomático de profesión, se quedó de nuevo inquilino. El edificio, el mobiliario de la casa, la decoración y hasta las vistas al Hudson son propios de alguien a años luz de quien aspira a ser conejita del mes.
Pero iba a lo de las modelos porque una de ellas, Connie Prejean, 21 años, ha estado toda la semana en las primeras páginas de los periódicos entreteniendo al personal de una manera -o poniéndose en una posición, si se quiere decir así- que sólo podía ocurrir en América.
El caso es que la señorita Prejean es miss California y hace un par de semanas llegó a finalista en el concurso para ser miss USA. Parecía la favorita hasta que un miembro del jurado -Perez Hilton- le preguntó su opinión sobre el matrimonio homosexual y ella contestó que “lo correcto era entre un hombre y una mujer
Prácticamente todo el mundo coincide en que la respuesta le costó el título. Luego, encima, a la chica la machacaron por todos lados por su opinión. Ella, brava, se siguió adelante protagonizando un anuncio de una organización conservadora defendiendo que el matrimonio pueda ser legalmente sólo entre personas de distinto sexo y dio una entrevista diciendo que eso era “lo bíblicamente correcto”.
La polémica siguió en aumento cuando se descubre que días antes del concurso para Miss California, Connie Prejean había tenido una operación de aumento de pecho -y que, a su vez, la operación había sido pagada, sorpresa, sorpresa, por la propia organización de Miss California.
Prejean sigue, entretanto, haciendo declaraciones en contra del matrimonio homosexual por ser supuestamente contrario a los valores cristianos, y entonces aparecen dos fotos suyas promocionando ropa interior y en las que se la ve en lo que aquí llaman desnuda. Digo en lo que aquí llaman desnuda porque en realidad la muchacha sólo lo tiene sin ropa los pechos y, además, aparece medio de espaldas. O sea, que no se le llegan a ver los pechos, aunque -y esto es importante- las fotos vulneran el código de conducta que ella había firmado previamente con Miss California.
Y finalmente, se revela que entre sus padres, antes de separarse, la madre acusó al padre de homosexual y éste, por su parte, acusó y explicó a sus hijas -entre ellas Connie- que su nuevo padrastro era también, efectivamente, homosexual.
Total, que Miss California parece que va a destronar a la chica por mentir.
Y que la chica se ha metido en un buen lío. No por opinar en contra del matrimonio homosexual sino por justificar su conducta en términos bíblicos mientras al mismo tiempo estaba mintiendo -algo que seguramente todo el mundo estaría de acuerdo en decir que casa mal con la Biblia.
Lo bueno es que los concursos de misses hoy día dan para mucho.
Antes solían ser más elementales: se votaba a tanto el kilo y la mirada y todo estaba hecho.
Ahora hacen preguntas, se indaga en el pasado y la cosa física es un asunto de ingeniería molecular. Y, tratándose de América, siempre encuentran el modo de meter a la Biblia de por medio.
Pero ser, es muy divertido.
José Angel Abad
José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.
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