Deudas del verano
Como la sala de estar de un centro de la tercera edad modesto en un pueblo que visitaba hace unas semanas y en donde un puñado de abuelos razonablemente sanos consumen los días sin más sobresalto que los ocasionales e inevitables latigazos de la vejez.

-
“Bueno, vuelvo por acá
antes de que acabe la semana. ¡Sigan con buen ánimo, viejos!“
-
“Se pueden ofender.
¿Cómo les llamas viejos?
-
Pues porque son viejos.
¿Cúal es el problema? Yo casi soy ya una vieja también. Y quiero llegar a vieja
como ellos, no quiero quedarme por el camino. ¡Con todo lo que he trabajado!
-
Ah, eso sí, con lo que
todos aquí hemos trabajado…
Y los viejos sonrieron todos con calma y resignación como quien recibe una medalla pero no olvida las cicatrices que le ha costado.
Esos viejos cansados con la sonrisa de quien ha cumplido con el deber, el personal y el colectivo, esos viejos que saben -aunque no lo digan- que se portaron mucho mejor de lo que lo hacen ahora las generaciones que les han dado el relevo (y que las anteriores), esos viejos que ya sólo se juegan la brisca, el parchís y el cortado, y los otros que otean ese horizonte pero aún tienen que bregar un poco más para poder agarrar al fin la jubilación, esos son el recuerdo más vivo que tengo de este verano en España. Quizá porque tal vez se hayan hecho, a su pesar, distintos del resto del paisanaje.
El otro día iba conduciendo y me encontré con dos de esos abuelos intentando cruzar la calle. Una pareja como las de toda la vida. Él con su camisa blanca bien planchada, un pantalón oscuro y unos zapatos discretos. Ella una blusa coqueta pero sin pretender competir con Sofía Loren y una falda ni larga ni corta ni dejando asomar la ropa interior. Si es que ahora sólo los abuelos visten bien.
A lo que iba. Me detengo para
dejarlos pasar. Ellos se quedan clavados en la acera y durante un par de
segundos nos miramos y yo pienso “pasen, carajo, ahora que han conseguido que
en este país haya dinero y respeto para pasos de cebra no se me queden
mirando“.
Y ellos que nada, como
diciendo “sólo queríamos que nos respetaras pero pasar, lo que se dice pasar,
puedes pasar tú primero, por nosotros no hay problema.“.
Uno de ellos incluso me hace
gestos con lo mano, en plan agente de tráfico, para que sea yo quien vaya
primero con el coche.
Y yo, pues, “no, hombre, no,
pasen ustedes“.
Así, varias veces. Hasta que
finalmente, no queriendo parecer cabezón, me decido a pasar… justo cuando el
segundo de ellos, harto de la espera, empieza también a cruzar la calle.
Total, que casi los
atropello.
Hubiera tenido guasa macabra
la cosa.
Pero en realidad lo que me
confundió son las buenas maneras y generosidad de esta gente que de lo que anda
escasa es de tiempo -no para pasar la tarde sino tiempo de verdad para
disfrutar durante años ellos también de lo mucho que nos han regalado.
Pero parece que ahora cada día se protesta más y por más cosas -no precisamente más importantes- y se olvidan las lecciones de quienes han llegado a la vejez o empiezan sin más a contemplarla en el horizonte.
Ellos se preocuparon más por lo que les unía que por lo que les separaba. Se preocuparon más porque los demás pudieran defender sus ideas e intereses y menos por defender los exclusivamente suyos -que es lo contrario de lo que ocurre en estos tiempos. Y ellos tenían una modestia que me cuesta encontrar hoy.
Ellos cerraron los ojos de
las heridas, los miedos o el egoísmo y abrieron los de la comprensión,
tolerancia y generosidad.
Ellos, a los que casi nunca
les sobró nada y para quienes el futuro fue casi siempre un capítulo incierto,
resulta que se convirtieron sin darse cuenta en la generación más brillante
jamás de españoles. Literal. Porque nunca una generación le dio tanto y tan
bueno a la siguiente en este país.
Algún día alguien en España debería escribir ese libro, o mejor dicho, esa enciclopedia, sobre los españoles de a pie que levantaron el país a base de trabajo y un sueño compartido. Zapateros, agricultores, panaderos, obreros, oficinistas, señoras de la limpieza, conductores de autobús, contables, profesores de colegio, carteros, enfermeras, funcionarios, amas de casa, afiladores, tenderos, camioneros, dependientas, mineros, azafatas, metalúrgicos, médicos, parados, carpinteros, asistentas, guardias civiles, estudiantes, albañiles, fontaneros, modistas, ingenieros, los millones que se preocuparon más en tener sentido común y esfuerzo compartido que, como se estila en estos tiempos, soñar cómo pegarse el pelotazo padre comprando y revendiendo una segunda vivienda robada a la línea de playa, presumir de todoterreno alemán o estirar la nómina estúpidamente en restaurantes de lujo o outlets en los que pretender compararse con la Paris Hilton o el Valentino de cada día.
Esto tal vez no tenga mucho que ver con Manhattan. Pero es lo que ve al volver un momento a casa este español que vive en Manhattan. Que con esos viejos tenemos una deuda impagable. Esos sí que han sido nuestros galácticos. El dream team de España. Está muy bien que tengan pensión y que el Inserso les subvencione viajes en invierno. Pero eso no salda la cuenta.
Más pronto que tarde llegará el día en esa generación ejemplar ya no esté. Muchos ya se han ido. Pero ahora que a la mayoría todavía los tenemos
alrededor deberíamos tenerles un poco más de respeto, por ejemplo honrando todo
aquello por lo que ellos se esforzaron y gracias a lo que hoy todos podemos
jugar en primera división.
Por cierto, podríamos empezar tratándolos de usted.
Desde España
Mi dentista es un sesentón
republicano, culto, simpático y adinerado, con una clínica elegante al lado de
Central Park South y con quien el miércoles, al visitarle para una revisión que
coincidía justo horas antes de mi vuelo de verano a España, tenía la siguiente
conversación:
- “José, tienes que saber que me han concedido el
premio nacional de odontología. Es un motivo de orgullo para mí y espero que
para ti también“.
- “Oh my goodness, Jerry, that´s terrific!
Congratulations!“
Mientras lo felicitaba intentaba, igual que se hace en las conexiones en directo -y, a poder ser, en la vida en general, o al menos en las horas en que uno vive en guardia- colocar a las neuronas unas milésimas de segundo por delante de la lengua para descifrar las razones por las que el tipo decidía de motu propio invitarme a conocer la alta estima en que le tienen los sujetos de su gremio.
En esas cosas uno se
demuestra a sí mismo que no ha perdido y
-probablemente nunca lo haga
ya- la herencia europea en general y española en particular.
Porque un norteamericano
medio hubiera entendido al momento lo que yo tuve que pensar, reconsiderar y
finalmente concluir: el tipo no es un insoportable vanidoso intentando presumir
con desfachatez, sin maneras y a deshora sino que, sencillamente, estaba
compartiendo con naturalidad el justo premio a una vida de esfuerzo, ambición y
excelencia.
- “Sólo espero que tus
tarifas ahora no aumenten, por lo menos no ahora mismo“, añadí.
- “Bueno, bueno, ya veremos. Mi hijo también me dijo que ahora ya me podía retirar. Pero yo ya le advertí que me quedan por lo menos diez años más de práctica“.
Unas horas más tarde mataba el rato en el kiosko del aeropuerto antes de embarcar y me encontraba con la siguiente portada de Time a toda página: “The case against summer vacation“ (“El caso/las razones en contra de las vacaciones de verano“), lo cual es, evidentemente, un titular imposible en cualquier país europeo.
Pero las vacaciones son a la cultura americana algo así a lo que el dinero es a la nuestra: una especie de deseo sucio, placentero pero a la vez enfermizo, casi siempre embarazoso y enseguida zafio, un mal necesario en el mejor de los casos.
Por eso allí uno queda bien
especulando en contra de las vacaciones. Y nadie presume por tomarse unas
semanas de asueto. Las vacaciones se parecen demasiado a la holgazanería y ésta
se considera un mal, incluso una enfermedad, como mínimo un defectillo.
Ocho horas después las parejas se besaban con desparpajo por España, en las calles se veían bancos sobre los que dormían personajes que habían tenido una noche presuntamente turbulenta y con apariencia de no estar muy preocupados por la posibilidad de que los despierte alguien de gorra y uniforme, y los mostradores rebosaban de platos con colores brillantes, texturas trabajadas y aromas seductores.
En la televisión encuentro por todos lados personajes que a mí me resultan desconocidos pero que entiendo son famosos e importantes gracias a supuestos lanzes amorosos -y a su voluntad y habilidad para mercadear con ellos.
Cambio de canal y hasta a la
hora de la siesta tropiezo con emisiones libidinosas.
Aprovecho para ver las
noticias de todas las cadenas y las crónicas versan en su mayoría sobre el
tiempo, fiestas y recetas de cocina.
En la playa me parece que los hombres están cada vez más depilados y musculosos y que las mujeres se apuntan en mayor proporción al topless -recuerdo que en los hoteles de Las Vegas tienen una zona reservada que llaman, muy apropiadamente, “sun bathing European style“.
Una parte sustancial de la conversación de la hora de la comida es sobre el menú de la noche, y en la conversación de la noche planeamos el menú de la comida del día siguiente. Ya me han deslizado una lista de restaurantes lejanos adonde tengo que ir sin falta a probar un cordero sin igual, un arroz epopéyico y el mejor marisco del mundo, por supuesto.
Intento ver a varios amigos que responden diciendo que están de vacaciones en otros lugares. Cuando alguno me llama a mí por teléfono a media mañana me pregunta antes de nada si ya me he levantado. Y con razón, ya que experimento un segundo jet lag porque algunas citas empiezan bien pasada la medianoche.
Llegar a España en agosto es como aterrizar en un reino de voluptuosidad, un tratamiento intensivo de reactivación sensorial, un adiós -temporal- a las reglas del comedimiento y del artificio y en donde uno se deja llevar, como si no quisiera tomar la iniciativa, nada de poner puntos sobre las íes en este cambalache.
Hay ambiente de crisis, el
resquemor acecha en la conversación detrás de cada subordinada. Pero el exceso
sigue ubicuo, incluido en lo bueno.
En agosto esto no parece un
país. Tal vez un tiempo muerto, acaso un bombardeo, quizá una liberación.
Disneyork
- “Llámame cuando quieras“.
- “Claro. Tú a mi también“, le contesté intercambiando tarjetas sin tener muy claro si aquella relación me convenía.
Lo había visto por vez primera dos horas atrás cuando de camino a los servicios del restaurante vi al fondo de la barra una mesa aislada a la que se sentaban cuatro sujetos clavaditos a Javier Bardem en “No es país para viejos“. Buena parte de los encuentros fatales empiezan por un contacto visual inoportuno, así que decidí mirar para otro lado. Esos sujetos no me dieron buena espina.
Y hete aquí que unas cuantas botellas de albariño, champagne y vodka después estamos con ellos, en concreto intentando convencer al jefe del departamento de homicidios de la policía a que se anime a unirse a esa semana loca que los socios de este restaurante del Soho están planeando en agosto conduciendo desde Barcelona a Mónaco.
Su único problema era conseguir un descapotable de lujo y con asientos cómodos para cuatro pasajeros y eso se lo acaba de resolver en un momento mi colega IJ., que me visita este fin de semana.
Él, que conoce bien los vértigos de Moscú y los hechizos sinuosos de Pekín, vuelve veinte años después de visita a Nueva York con las ideas claras sobre la ruta del fin de semana. Pero le han cambiado la ciudad.
Aquel barrio creativo e imprevisible que era el Soho de sus tiempos se parece hoy un poco a Disneylandia con todo tan plastificado y comercializado y en la barra de los pocos restaurantes y bares refinados pero no pretenciosos que quedan se encuentran mayormente turistas alemanas que se sientan a la mesa -y no a la barra- con con un popurri de bolsas de tiendas caras a los pies y, al lado, el marido asomando un pecho moreno y depilado y revisando las fotos de la canon.
Por eso, porque en las aceras los artistas aceptan hasta cheques de viaje y al mirar hacia el cielo sólo se ven lofts de lujo en edificios en los que la vida ya no depende, como hasta hace poco, de un encuentro inesperado e incierto, por todo ello también los restaurantes empiezan a parecerse un poco a cromos repetidos en los que lo único que merece la pena son las pequeñas esquinas deterioradas.
No tengo muy claro si nos eligieron los dos dueños y el manager a nosotros o si fue al revés -lo cual es señal de que la cosa surgió de mutuo consenso y con buenas perspectivas- pero el caso es que uno de ellos, tan feliz por la caja de recaudación como melancólico por los días inciertos del pasado, empezó a relatarnos el origen de su fortuna gracias a Helena Rubinstein. De ahí enlazamos los temas del 11/S, el mundial y, sobre todo, las desventuras de Mel Gibson. Y un rato después, intuyendo todos que compartíamos una cierta idea elemental sobre la geometría del mundo, la casa invitaba a lo que fuera menester y nos presentaba a la familia. O sea, a los de homicidios, que decían que se tenían que ir pero no, no os vamos a dejar solos con el vodka y la prensa y, además, no tenemos prisa porque da la coincidencia de que aquí, decían, todos estamos divorciados y esta noche no estamos de servicio. Vaya, vaya, y yo que sólo quería mantener la distancia con estos sujetos y, a la vez, pensaba que cuando todo el peligro de la noche viene de mano de la policía es que las calles están demasiado limpias. Lo cual es, efectivamente, el caso de Nueva York.
Como es natural las visitas me suelen preguntar qué ver cuando vienen por acá, pero casi nunca insisto en nada.
La
razón es que si les digo que en vez de al Empire suban al Rockefeller, que
aunque sea más bajo tiene mejores vistas, pues yo sé que no me van a hacer
caso. El mito es el mito.
Tampoco
cuando les comento que en el par de horas escasas que le van a conceder a
Central Park pasen del lago artificial de Jackie Onassis y se pierdan por el
Ramble, oficialmente sólo una reserva de pájaros tan exquisita, recóndita y
tranquila que acaba siendo, como se dice por aquí a otras horas y en otras
esquinas, “a good place to get busy“.
Los
barrios que a mí me parecen interesantes no coinciden con los que les
recomienda la guía, ni admiten siempre tarjetas, ni las mujeres caminan
necesariamente con tacones.
Y
cuando me preguntan por un restaurante he aprendido a callar y esperar a ver si
vienen con alguna idea secreta -como casi siempre es el caso. No hay mayor
placer para el visitante que recomendarle los sitios a los que él quiere ir de
antemano.
IJ conoce bien la ciudad. O, mejor dicho, la conocía. Ahora, veinte años y más de dos millones de millas de avión después, le parece que esta fauna urbana ha evolucionado y quiere probar si realmente existe el ambiente de “Sexo en Nueva York“, que es la novedad con respecto a su época, en la que nunca pudo tener cabida, y que hoy en día se impone como si fuera la versión oficial de Manhattan.
Por eso, otro de los restaurantes que probamos es Nobu, el famoso japonés en donde el tenista Boris Becker dejó embarazada a una artista de la noche en un armario y sin que llegara a haber coito entre ellos (sí, Boris Becker también pensaba que eso era imposible).
El
caso es que en Nobu la mesa de al lado celebra un cumpleaños como si esto fuera
el merendero “El Puentín“, adonde yo iba a tomar sidra y pasar la tarde en
Gijón cuando tenía dieciséis años y acabábamos cantando el Asturias Patria
Querida. Y el sashimi es del montón.
Otra noche nos dejamos caer por Mr Chow. Está al lado de donde se acaba de comprar un apartamento el 007 Daniel Craig, en Tribeca, el barrio de moda en la ciudad. Y este restaurante ha alcanzado supuestamente el no va más en la fusión de la cocina china con la sofisticación neoyorkina.
Pero
pese a la iluminación cibernética y las maneras exquisito-alicatadas del
personal tenemos que pedir que nos cambien de asiento porque el banco corrido a
lo largo de la pared en que me han sentado parece un sofá sin muelles y luego
IJ le tiene que explicar al camarero que el “Peking chicken“ que nos han traído
no tiene nada que ver con el “Peking chicken“ de verdad. Anda, traenos unas
gambas, de donde sean.
Al final acabamos mal -o sea, bien- en otras zonas, en otras conversaciones y gracias, en la parte que le toca, al de homicidios.
Pero quiero decir que este Nueva York pijo y sofisticado que se está haciendo famoso, hijo de “Sexo en Nueva York“ y de la conversión de la ciudad en un parque temático, heredero del orden en las calles y de los alquileres estratosféricos, con calles adoquinadas en plan estudio cinematográfico y no ciudad de inmigrantes, ése Nueva York aséptico, tontuno y comercial que expulsa a los principiantes y acoge a los que tienen media vida hecha con una American Express potente en el bolsillo tiene su punto e interés, existe y puede ser entretenido pero lo más importante es que no es el única ni la más interesante de las caras de la ciudad. Es una versión famosa y cautivadora pero no la más atractiva. Y, a menos que surja un encuentro imposible, suele ser aburrida y convencional.
Si no, pregúntenle al de homicidios.
Lo anecdótico y lo trascendente
Imaginemos que vamos a hacer
una entrevista o cubrir un evento del tipo que sea en Nueva York.
Todo va bien pero en el
camino de vuelta alguien no directamente relacionado con la noticia en cuestión
-y éste detalle es importante- intenta, por ejemplo, agredirnos, nos insulta
con epítetos racistas o nos acusa ante la policía de algo que no hemos hecho,
pero sin que ello finalmente impida que podamos enviar nuestro reportaje -ni
haya secuelas físicas o materiales importantes.
Es decir, por el camino
alguien ajeno a la noticia pero no al país nos hace algo feo.
La cuestión es: ¿debemos
incluir el incidente en la crónica?
Supongamos que, además, tenemos buenas imágenes del percance -tan buenas que, inevitablemente, desviarían en cierta medida la atención del espectador, alejándola de la noticia en cuestión que íbamos a cubrir para centrarla o cuando menos compartirla con el relato de lo ocurrido al periodista.
En otras palabras, el trance, en principio lamentable, se podría “rentabilizar“.
Así dicho suena torticero
pero tampoco sería un disparate pensar que, en algunas ocasiones, la crónica de
nuestra peripecia podría acabar resultando de mayor interés o al menos
llamativa para el espectador que la noticia de la que originalmente íbamos a
informar.
Resumiendo, la duda es en qué momento y en qué medida la anécdota ha de sustituir a lo trascendente.
A veces se plantean disyuntivas de ese tipo.
Por ejemplo, en una ocasión,
en una gasolinera perdida del medio oeste americano, alguien me tomó por un
supuesto terrorista y llamó a la policía. Le resultaba sospechosa mi presencia.
Y se presentaron al momento
varias patrullas con caras de pocos amigos y en plan los hombres de Harrelson.
Nos hicieron perder un rato
considerable -además del buen humor- pero el reportaje en el que estaba
trabajando era sobre si el entonces candidato demócrata a la presidencia, John
Kerry, era bien visto en los pueblos de la América profunda.
Pensé que lo que a mí me
había ocurrido era bastante desagradable pero más bien anecdótico, quizá
significativo sobre cierto estado de ánimo en el país en aquel momento pero sin
relación con la noticia que me ocupaba. O sea, que desviaría la atención.
Y, consecuentemente, no
incluí la aventura en el reportaje final.
El sábado pasado, sin embargo, preparábamos una crónica para el informativo de las tres de la tarde del domingo sobre cómo se iba a vivir la final del Mundial en Nueva York y ocurrió algo no ofensivo en modo alguno pero sí anecdótico y que sí me pareció razonable contar.
En varios bares hacíamos docenas de preguntas a norteamericanos sobre si preferían que ganara España u Holanda (por cierto, 9 de cada 10 apoyaban a España) y un muchacho de unos treinta años, rubio, fornido y de aspecto anglosajón ideal como para ser el vecino de los Kennedy en Massachusetts, cuando le tocó responder en vez de inclinarse por uno de los dos equipos finalistas respondía con toda la energía que su organismo vigoroso le permitió: “¡¡¡¡América, América!!!!“. A mí, la situación me hizo gracia (hey, tú, pero si os han eliminado, pensé) y el tipo, como es fácilmente comprensible, me pareció básicamente un patán. Encima, dado que la suya fue la única respuesta de ese tipo-por decirlo claramente, él fue el único que meó fuera del tiesto-, pues incluirle en el montaje final corría el riesgo de no representar adecuadamente todo lo que en realidad nos habíamos encontrado. Sin embargo, sí lo incluímos.

Y aquí es donde uno, aunque
se trate de una noticia más bien insustancial, sin relevancia política o social
e incluso prescindible en nuestro informativo, es donde uno, sin embargo, ha de
plantearse si la anécdota simboliza, sin pretenderlo, algo más grande que ella
misma y merece entonces la pena contar con ella.
A estas alturas me imagino que ya no tengo que explicar que, en mi opinión, éste es un país fantástico. Lleno de virtudes. Tolerancia, optimismo, capacidad para integrar la diferencia, respeto a la libertad individual, entre muchas otras.
Pero también, claro, y como todos, con algunos defectos. Entre ellos, esa gota de arrogancia que corre por la sangre norteamericana.
Quizá se pudiera debatir si
esa arrogancia es a veces comprensible. Lo que me parece fuera de discusión es
que, correr, sí corre.
Y su presencia me parece más
innegable que nunca cuando, precisamente, no tiene particular razón ni
trascendencia. Cuando no viene a cuento. Cuando es completamente gratuita y
banal. Cuando, sin ir más lejos, hablamos sobre si ganará Holanda o España y
alguien no puede reprimir un grito patriótico desubicado.
Para una crónica de un corresponsal viene como anillo al dedo. Hablas de la noticia y a la vez del país -del mismo modo en que en otras muchas ocasiones, la mayoría de ellas, la anécdota se incluye para simbolizar lo positivo porque uno cree que refleja más fielmente la realidad del país sobre el que tiene que informar.
Al final, el único criterio es el de lo que uno, humilde y solitariamente, cree que tiene sentido.
Concluyendo, que aún en la más intrascendente de las noticias uno puede (y creo que debe, al menos en una corresponsalía) contar más cosas que lo que se cruza por delante de sus ojos.
A veces, como son los dos
ejemplos reseñados, la cuestión no tiene mayor importancia.
En otras, creedme, el tema se
hace más complicado.
En todo caso, uno ha de
resolverlo contando como únicas armas con su experiencia y sentido común -y, a
la vez, sabiendo que el exceso de confianza acecha como un enemigo sigiloso y,
curiosamente, más letal cuanta más experiencia uno tiene.
Pero ésas son las reglas del juego.
Lo bueno es que al final
siempre hay un árbitro inapelable que juzga el criterio aplicado.
Vosotros.
Pasión 'Oranje' por España en Nueva York
Más vídeos en Antena3
Mundial, deseos ocultos, Univisión y Chilavert
Sigo el mundial por Univisión, la cadena hispana que arrasa en Estados Unidos. No me gustan los comentaristas de las cadenas que emiten en inglés -no me refiero a ellas como norteamericanas porque Univisión también es norteamericana, aunque emita en español.
Y no lo digo por el idioma en sí, sino porque, sencillamente, es obvio que son menos expertos en fútbol.
Se pasan el rato hablando del tiempo, se ponen didácticos sobre cuándo una falta es tarjeta amarilla o se produce un fuera de juego -seguramente pensando que una parte de sus espectadores no lo saben- y, por supuesto, le dan menos intensidad dramática a la retransmisión.
Cuestión de gustos. Me gustan las noticias en inglés y los deportes en español.
Pero ese placer queda, como es inevitable, a merced de los comentaristas. Los de Univisión son estupendos… o me lo parecían hasta que uno de ellos, José Luis Chilavert, el ex portero de la selección paraguaya, que jugó dos mundiales y cuatro años en el Zaragoza español, hizo unos comentarios durante la retransmisión del partido Uruguay-Holanda que me han dado mucho que pensar y que transcribo a continuación:
- Comentarista 1 (principal): “Por ahora, si esto persiste“ -se refiere a la eliminación de Uruguay- “los nuestros se están quedando fuera en su totalidad“.
- Comentarista 2: “Nos queda España mañana. Es nuestro“.
- Comentarista 1: “Por el idioma sí“.
- Comentarista 3/Chilavert: (Risas) “Yo quiero disentir un poco con el Profe. Yo no me siento español. Pero, bueno, es un habla hispana…“
- Comentarista 1: “Yo trataba de acomodarlo un poco. Y de repente, si quieren sobre Alemania se puede decir… ¡son nuestros, porque mi carro es alemán!“.
- Comentarista 2: “No, no, estamos totalmente con España mañana“.
- Comentarista 1: “¿Tú estás con España mañana?“
- Comentarista 2: “Correcto“.
Siguen los comentarios sobre el partido y cuatro minutos después Chilavert vuelve al tema de España.
- Comentarista 3/Chilavert: “Pero quería decir, Profesor, no me siento español porque nos discriminan muchísimo“.
- Comentarista 1: “¡Espérame después de ésta…! (ataque peligroso de Uruguay).
- Comentarista 3/Chilavert: “Profe, le quería terminar el tema. Que no me siento español porque discriminan muchísimo. Yo he jugado cuatro temporadas en España y realmente a los sudamericanos nos tratan muy mal“.
- Comentarista 2: “Bueno, yo respeto y me da pena y mucha lástima que sea así, pero yo hablaba de los futbolístico y es mi favorito. ¡Es mi gallo!“
Las declaraciones de Chilavert me han dado un poco de pena pero sobre todo mucha pausa para pensar.
Él conoce bien España, así que sus razones tendrá. Tal vez su experiencia allá no fuera feliz –aunque me pregunto si se atrevería a hacer esos comentarios en una de sus entrevistas con medios españoles.
Unas acusaciones tan serias no se deberían hacer así un poco a escondidas del acusado y tan a la ligera.

En todo caso, algo le habrán hecho, o algo habrá visto, o a alguna conclusión negativa habrá llegado sobre la manera en que los sudamericanos son tratados en España. Las minorías de cualquier tipo y en cualquier lugar siempre ven, sienten, notan cosas que a los demás les pasan desapercibidas. De ahí que las mayorías hayan de ser siempre especialmente respetuosas, de ahí que a ellas les corresponda hacer un esfuerzo por entender y respetar a quienes no tienen tanto peso, influencia y, en la mayoría de los casos, poder.
Claro que, aún así, tengo muchas dudas… mejor dicho, ¡no tengo ninguna duda! de que los comentarios de Chilavert son de lo más desafortunado. En la retransmisión de un partido de fútbol y sin más razonamiento -aunque sí considerable insistencia- que su propia opinión genérica, sin argumentos, sin matices, sin explicaciones, y con un peligroso tufillo racista.
Chilavert no es el único, por supuesto. Sin ir más lejos, una cadena de televisión española (no Antena 3) acaba de emitir un reportaje denigratorio hacia Paraguay. No se trata de ver qué caso es peor, por Dios. Sólo de comprobar que cuecen habas por demasiados lugares. Y, cuando se ven desde Manhattan, se puede apuntar con el dedo desde aquí.
En Univisión se ha creado un foro para protestar.
Conste que esto no tiene nada que ver con las razones misteriosas y caprichosas por las que uno apoya o deja de apoyar a un equipo. A veces, esas razones se revelan contra la propia voluntad de uno.
Sin ir más lejos, yo, que he vivido felizmente en Inglaterra, país que me trató estupendamente, donde conservo amistades genuinas, al que podría criticar por docenas de razones pero sobre todo admiro por muchos miles más, que lo visito frecuentemente y adonde estaría encantadísimo de volver a residir, pues resulta que no encontré ganas en mi corazón para apoyar a su selección en el mundial. Y, confieso avergonzado, me alegré internamente con una sonrisilla cínica y callada de su eliminación.
Y, ay, lo mismo de Estados Unidos… -que si no hay que dejar que Estados Unidos gane en todo, que si la victoria es más importante para Ghana que para Estados Unidos… venga buscar razones para poner mi deseo donde no estaba mi corazón.
¡Qué vergüenza, señor Abad!
Claro que no se me ocurriría ir a ninguna cadena de televisión donde ni ingleses ni estadounidenses me pudieran oír y acusarles de cosas feas que nada tienen que ver con el mundo del fútbol.
No hay razones para ello. Y, encima, no son maneras.
Claro que Chilavert lo de ve de otra manera –y me encantaría saber cómo lo veís vosotros.
Viejos de Nueva York
Siempre me he preguntado cómo sería el pirata Long John Silver de "La isla del tesoro" de vivir entre nosotros hoy en día y resulta que me lo he encontrado en Nueva York.
Alan Bertham tiene las arrugas propias de quien ha acumulado varias vidas en una, la sonrisa socarrona del que ha aprendido y practicado buena parte de los trucos limpios y sucios del damero de la vida y también dos piernas inquietas -no una, como el protagonista de la novela, pero Alan camina con bastón.
Su cofre del tesoro es el pequeño bloque de apartamentos que compró hace treinta años, cuando lo más que arriesgaba uno al venir a Nueva York a comprar un piso era la vida al coger el metro. Con tres alquileres bien administrados, le sobra para vestirse con su gusto entre elegante, exótico y juvenil -tejanos de tejidos exquisitos, zapatillas deportivas de diseño, camisas de lino acompañadas de pañuelos de seda, un ocasional sombrero y gafas de sol de Ralph Lauren.
Y se queja de lo mal que visten los varones, con pantalones cortos, sandalias y descamisados sin decoro, como si las calles de Nueva York fueran un parque de atracciones.
"El problema", asegura, "es que en este país ha ido demasiada gente a la cárcel y ahí se puso de moda en los años cincuenta el ponerles a los presos ropas largas para que los guardias pudieran agarrarles bien y así detener las peleas. Luego, cuando salen de la cárcel, mantienen las costumbres, unos se copian a otros y las casas de ropa sólo quieren tener contenta a la gente".
A su lado, en vez del loro que retrata Stevenson, Alan camina acompañado por su perro Cody, del que dice que es "the biggest pimp in New York City" -una traducción cursi de "pimp" sería "proxeneta" aunque lo que de verdad quiere decir es "chulo de lo que tú sabes". Cody es su compinche, el gancho para su pasatiempo favorito...

Alan tiene ochenta y seis años y cada día, hacia media mañana, se sienta un par de horas a la entrada de cualquier portal a echar conversación con los vecinos. Sabe que tarde o temprano unos cuantos se detendrán para felicitarle por la mirada angelical de Cody y que una buena parte de ellos serán esas mujeres bonitas que vienen a Nueva York convencidas de que ésta es la capital mundial de la belleza y la moda y que aquí es, por tanto, donde se le puede sacar mayor partido a su talento, energía, belleza y juventud. "Tengo suerte de no ser joven"“, añade. "Salir con mujeres hoy es demasiado caro".
Por lo demás Alan no es ningún viejo verde sino un viejo joven.
Se levanta cada mañana antes del amanecer para seguir haciendo lo mismo que ha hecho durante los últimos sesenta años, escribir musicales y piezas de teatro para Broadway.
Me cuenta que su nueva obra es sobre un tipo blasfemo y descreído que tiene un accidente de tren en las líneas subterráneas paralelas al río Hudson en el lado oeste de Nueva York. Queda atrapado en el vagón, surge un posible amor y el descubrimiento de que en el subsuelo de esa zona industrial hay miserables que viven su pobreza escondidos bajo tierra. No puedo dar más detalles. "No me robes la idea", me advierte Alan.
Espera estrenar a finales de año pero tiene sus dudas. "Hoy día ya es casi imposible montar un espectáculo por menos de siete u ocho millones de dólares. Es una locura".
Él debe saberlo bien. Nació en Canadá, estudió ingeniería y lo dejó todo para emigrar en busca de las emociones de Nueva York, en donde quería y ha conseguido pasarse la vida en el negocio de la tecla y el aplauso. Su mujer, Shirley, a la que adoró como si se tratase de una diosa y con la que abriga serios planes de reecontrarse en la siguiente, también era actriz. La única razón por la que la espera se hace llevadera es Nueva York.
Le pregunto si no le parece que esta ciudad es un poco dura para alguien de su edad. “Ya sabes“, Alan, “las prisas, la gente corriendo por las aceras, el ruido, el constante ajetreo, la falta de parques y esas cosas“.
"No, en absoluto, al contrario. Cuando voy a ver a mi hija a su pueblo en New Jersey no puedo dormir. Necesito que de vez en cuando pase un camión de bomberos, oír la alarma de un coche o el ruido de los chicos de la basura. Si me rodeo de gente que camina despacio, entonces yo empiezo a ir también despacio y me parece como que me apago. No, no. Necesito esta acción"“.
Acaba de pararse a acariciar a Cody otra candidata a aparecer en la próxima entrega de "Sexo en Nueva York" y Alan le da las gracias por los cumplidos al perro, le dice que sus pulseras son muy bonitas y acto seguido me pregunta si cambiamos de portal antes de que en media hora se tenga que ir a intentar resolver frente al folio en blanco el último acto de su historia de amor en el subsuelo.
"En realidad, lo que quiero, José", añade, "es ver si alguien nos pega un empujón al caminar y echamos a correr a ver si le alcanzamos".
La F1 del aire, en primera persona
Más vídeos en Antena3
Divagaciones en Los Angeles
Aparcar suele ser barato en Los Ángeles porque, a diferencia de Nueva York, el espacio abunda.
En la misma esquina de Hollywood Boulevard con Orange -a cuarenta metros del Teatro Kodak, donde se celebran los Oscars- había hasta hace dos años un solar desvencijado que hacía las veces de aparcamiento. Lo custodiaban tres chicos de aspecto desaliñado y cara de pocos amigos a los que a cambio de un recibo tenías que dejar las llaves del vehículo preguntándote qué te encontrarías a la vuelta.
Ahora hay un plan de desarrollo urbano para darle lustre a esta zona cutre del Paseo de las Estrellas y el aparcamiento se ha convertido en un museo elegante de figuras de cera de famosos.
Yo solía estacionar allí porque cuando vengo a Los Ángeles intento acercarme a comer a Mizzeli´s -que está cerca y me parece el mejor italiano de cuantos he conocido por ahora en mi vida- y a sentarme un rato en la terraza del Roosevelt, que es un hotel pijo y con empleados insoportables pero en cuya piscina Marilyn se hizo unas fotos inolvidables y en cuyo salón se celebró la primera edición de los Oscars, y esos son asuntos por los que uno siente debilidad.
... ver entrada completa"Stoop sale"
Nueva York es una ciudad muy
estacional. A lo largo del año el aspecto de las calles varía notablemente
debido a la nieve, la luz, el calor, los festivales, las terrazas y Debbie,
June y Sarah.
Cada año, al llegar los días dulces y caprichosos en que la primavera se adueña del ambiente, Debbie, June y Sarah echan un vistazo por las esquinas perdidas de sus armarios, lo meten todo en media docena de maletas con aspecto de haber ido a tantos sitios que parece que ya no van a ir a ninguno más, y se plantan con su mercancía a la sombra de un par de árboles en alguna de sus calles de Manhattan.
Ellas se sientan a un lado de la acera. En frente, sus tazas viejas, ropas usadas, marcos de fotos de antiguos maridos o amantes, música de la época en que calzaban tacones, novelas cuyo argumento ya no recuerdan, candelabros que alumbraron sus anocheceres domésticos, collares que alguna tarde las hicieron princesas, macetas de plantas que merecieron su amor, fruteros baratos, tapetes, sábanas, ganchos para rascarse la espalda, cuadros, zapatillas, figuritas decorativas, un arsenal de material doméstico y cada pieza con su precio correspondiente -que, por supuesto, no es más que una referencia para fijar el inicio del regateo. Se llama “stoop sale“ y la traducción es más o menos mercadillo particular a la escalera de la puerta de casa.

Como ellas hay docenas por Nueva York, y eso sin contar a los chiquillos que fuera de horario escolar descubren a tierna infancia el gusanillo sabroso del capital fresco en el bolsillo. Ellas dicen que lo hacen por pasar el rato, relacionarse con los muchos vecinos desconocidos del barrio y, faltaría más, ganarse un dinerillo.
No es que pasen necesidad. Las tres están retiradas con sus buenas pagas, viven en un barrio acomodado (¿qué barrio no lo es en Manhattan?) y no son ningunas desamparadas de la sociedad. Debbie hasta lee el Financial Times. La pongo a prueba preguntándole si le gustan las columnas de Philip Stevens sobre política internacional y me responde que no se pierde ni una. “Una pena que sólo salgan los viernes“, matiza con precisión y exactitud por si acaso pienso que se lo está inventado. Para ellas su estatura social no tiene nada que ver con montarse su propio rastro. Como si no hubiera lugar para el qué dirán. Y, probablemente, porque no lo hay.
Aquí ni la clase media ni nadie tiene vergüenza alguna en remangarse para arañarle un puñado de dólares a la vida. Porque nadie ha entendido mejor que los norteamericanos lo que el emperador Vespasiano le respondió a su hijo Tito cuando éste le preguntó si creía que era apropiado poner un impuesto para usar las letrinas públicas en Roma: hijo mío, el dinero no tiene olor. En este país se habla de dinero con la misma naturalidad con que en otros se habla del tiempo. El dinero es algo limpio, no embarazoso, y consustancial con su tipo y valores de vida.
No es extraño. Desde el
principio en Estados Unidos el dinero es lo que hacía posible lo que en otros
países se conseguía sólo con el apellido. No era ni es, desde luego, el único
factor -y no hace falta ser ningún experto para, sin ir más lejos, recordar el
valor del color de la piel ayer y hoy en esta tierra.
En la peor, claro, es un
tirano sin piedad que entierra en vida a quienes tienen el bolsillo vacío, ya
sea porque lo administran con ligereza, sean hijos de infortunio o,
sencillamente, las más de las veces, descubran que la vida puede ser una cuesta
demasiado empinada si se tiene que empezar a subir desde demasiado abajo . Una
montaña, más que una playa.
Pero saliendo de Central Park esta mañana de domingo soleado y considerando si me llevo o no el libro de recetas de cocina vasca que venden Debbie, June y Sarah me resulta de lo más agradable esta la naturalidad con que los americanos se relacionan con el dinero.
June me habla de las
maravillas del bacalao al pil-pil como si hubiera crecido a la orilla del
Nervión. Acto seguido, y como para
meterme un poco de prisa, me dice que el próximo fin de semana va a volar a
Florida a pasar unos días en la playa y que aproveche ahora la oportunidad de
llevarme el libro. Me mira a los ojos sonriente y pide tres dólares. Otro
vecino llega y ofrece puño en mano dos dólares.
Definitivamente, cualquier calle de Nueva York es un templo profano del capitalismo.
Cada loco con su tema
Viene por la redacción el
nuevo cónsul español de cultura en Nueva York y la visita empieza con la
inevitable cara de incredulidad del recepcionista cuando intenta escribir en el
registro el nombre que nuestro invitado le deletrea con una sonrisa a medio camino
entre disculpa y desafío: Í-ñi-go-Ra-mí-rez-de-Ha-ro-y-Val-dés.
El americano levanta el entrecejo sin saber muy bien si le están tomando el pelo y, en todo caso, preguntándose qué parte del enunciado es el nombre, cuál el apellido y qué diantres el resto.
Íñigo se lo explica con una paciencia resignada que me hace suponer que ya se ha acostumbrado a la cosa.
Además, tiene la delicadeza
de no añadir su título de Mar-qués-de-Ca-za-za-en-Á-fri-ca, algo que no hace
falta ser extranjero para pensar que puede tratarse de una broma de nuestro
colega pero que en realidad se trata de un título nobiliario verdadero creado
nada menos que medio milenio atrás por Juana I de Castilla y Felipe el Hermoso.
Con semejante tarjeta de visita, uno puede tener casi hecha antes de abrir la boca la mitad la primera impresión que causar a los demás al conocerlos.
Pero el cónsul es tipo que no
se resigna al destino y ha conseguido que lo más llamativo de su vida no sea el
nombre sino el camino.
En concreto, una carrera de
dramaturgo con la irreverencia suficiente para no ocultar en su propia página
web que hay quien le considera un “chisgarabís y tocado del ala, gamberrete al
que ríen las gracias desde que era un mocosete“.
También cita a quienes le
alaban, faltaría más, pero quiero decir que para poner cosas así sobre uno
mismo hace falta, por lo menos, cierto nivel de autoconfianza.
Y por eso no me sorprendió que insistiera en que le presentara a Tom Curley cuando coincidimos en el ascensor.
Tom Curley es el consejero delegado y editor de Associated Press, la mayor agencia de noticias del mundo. Previamente había sido el editor de USA Today, el periódico más vendido en Estados Unidos. O sea, hablamos de uno de los sujetos con más influencia en el periodismo norteamericano. De esos a los que incluso Obama se les pone al teléfono.
Curley, además, tiene la costumbre de llegar a la oficina cada mañana con una bolsita llena de fruta, varios periódicos escapándosele por los brazos, entrar por la misma puerta que el resto de empleados y hacerlo a esa hora en que aún no ha roto el día -manías que da la coincidencia que comparte con un servidor. Y por ello coincidimos muchas veces al llegar y bromeamos con el número de plátanos, manzanas y peras que traemos y, de paso, las noticias que puede cada la jornada.
Él tiene una frase que a mí
me parece estupenda, por la expectiva que sugiere y a la vez su escepticismo :
“It can go in many ways“ (“puede ir en muchas direcciones)“.
“Ok, good luck, maybe I´ll
see you tomorrow. Maybe not“ (“muy bien, buena suerte, quizá te vea mañana.
Quizá no“), respondo yo.
Pero casualmente hoy me lo encuentro bajando en el ascensor, a la hora de comer y con el cónsul marqués dramaturgo casi tirándome de la solapa para que se lo presente y… José Angel precisamente ahora no se acuerda del nombre de la figura mediática.
Ocurre también a veces en las conexiones en directo. Cuando uno alarga unas décimas de segundo las palabras hasta encontrar la idea siguiente. O se inventa algo para llegar al punto final, porque lo que uno debe siempre saber es, ante todo, cómo acabar.
Pero nada, que no me acuerdo del apellido dichoso y entonces farfullo un éste es Tom Curloquesea que Íñigo, gracias a Dios, resuelve con mucha elegancia estrechando la mano antes de que yo cierre la boca hundido en un ridículo embarazoso.
Curley no se lo toma en absoluto a mal y los tres nos quedamos un buen rato en el lobby del edificio, hablando de aquella vez que AP celebró un consejo de administración en Sevilla, los retos de internet y la inmediatez de la noticias hasta que al fin el cónsul plantea la pregunta inevitable y lógica en alguien de su condición: “¿Cuál es la proporción de noticias culturales de las que ustedes informan en Associated Press?
El editor ni se lo piensa: “un veinte por ciento, aproximadamente, lo que no está nada mal en absoluto. Pero“ -y hace una pausa dramática para recalcar la importancia de lo que sigue- “lo más importante es que ¡dan beneficios! Hemos conseguido que las noticias culturales nos den dinero y eso garantiza su difusión y nuestro negocio“.
El cónsul cultural europeo preguntaba por las letras y el ejecutivo americano le respondía con los números y yo me sentía allí en medio como si tuviera un pie a cada lado del Atlántico sin saber muy bien si conseguiría salvar la distancia o ahogarme en su abismo.
El encuentro más inesperado
Una vez coincidí de madrugada en el ascensor de un club con Bruce
Willis, otro día me tomé una cerveza codo con codo con Tony Curtis en
la barra del Old Ebbitt en Washington y en otra ocasión tropecé en una
librería con Alan Alda y acabamos charlando de literatura, cine y las
ventajas y desventajas de vivir en Nueva York.
Cada momento fue estupendo a su manera pero la verdad es que después
de tanto tiempo en este país no es un gran bagaje de encuentros con
famosos.

Mejor es lo de Jordi, que un día está en el gimnasio dándole a la bicicleta y empieza a oír gemidos de la persona que pedalea al lado. Se gira lentamente como para pedir un poquito de por favor y resulta que los sudores esforzados vienen de una diosa. Nicole Kidman.
Pero aún así nada se compara con la anécdota que en la barbacoa nocturna y neoyorkina a que asisto anoche me cuenta mi buen amigo Mr. S.
Se va de viaje de negocios a Las Vegas en febrero, se aloja en el Bellagio, baja al gimnasio a las siete de la mañana y a la entrada, pese vestir sólo su pantalocito corto y camiseta, un guardia uniformado insiste en pasarle por encima un detector de metales portátil.
S., que es un señor al que es imposible que le salga cara de enojo, accede como si tal cosa. Da luego unos pasitos adelante y se da cuenta de que en las esquinas del gimnasio se encuentran unos tipos tirando a gigantes, con cara de pocos amigos y vistiendo traje. Haciendo gimansia sólo ve a seis personas más.
Hay tres hileras de máquinas. La puerta por donde llega S. está atrás y en el centro. Desde ahí levanta la vista y el tipo que está corriendo en el primer treadmill del medio y a la izquierda tiene justo a su espalda a otro grandullón elegante. S. continúa hacia delante con la mosca detrás de la oreja, elige la máquina del medio dos posiciones a la derecha del hombre cuyas espaldas son tan misteriosamente protegidas y cuando va a seleccionar la velocidad a la que quiere correr ladea la mirada un momento a su izquierda y ¿quién gira a su vez la cabeza para decirle con voz grave “good morning, how are you?“ Sí, Barack Obama.
Pese al esfuerzo cortés por saludar, el presidente está sudando de lo lindo y tiene expresión seria, a S. le parece que más bien de preocupación. Ni rastro de sonrisa más allá del saludo inicial.
Viste camiseta negra con rayas blancas, pantalón negro, calcetines cortos y zapatillas deportivas Asics -el atuendo le resulta a S. el propio de alguien que se preocupa poco por su aspecto físico, nada de ropitas glamurosas para el gimnasio.
Resulta que Barack Obama corre rápido -S. no está seguro si eran siete
o siete millas y media por hora (once o doce kilómetros por hora)-,
viendo en la pantalla de la máquina el programa matutino de noticias
del canal MSNBC -escuchándolo con auriculares- y haciendo a la vez
algo que simple mortales torpes como un servidor nunca hemos
conseguido realizar, leer el periódico.
Parece ser que el presidente tiene una habilidad especial para pasar páginas y luego doblarlas y doblarlas con las dos manos para poder entonces sostener el periódico sobre la máquina y leer sin marearse, ni caerse ni perder la concentración. De vez en cuando agarra un puñado de páginas ya leídas, hace una pelotita y las tira al suelo.
S. es un tipo discreto así que no se quedó mirando como un pasmarote y
por eso no sabemos qué lee exactamente Obama en el periódico
-¿artículos de opinión, deportes, algún periódico en particular o
varios?
Lo que sí sabemos es que media hora después, el presidente se baja de
la máquina, recoge los papeles que ha tirado y los deposita en una
papelera y se dirige hacia la primera hilera, donde están las
bicicletas.
El gimnasio tiene un silencio de ultratumba, como si se ralentizara el
tiempo. Todo el mundo con la mirada clavada al frente pero la atención
escapándose por el rabillo del ojo.
En la bicicleta de al lado de la que ha elegido Obama hay una mujer rubia a la que el presidente saluda de nuevo, “good morning“. Ella contesta con las mismas palabras y se atreve a añadir “¿hace usted gimnasia todos los días?“, a lo que él replica: “sí, primero corro y luego veinte minutos de bicicleta“.
S. no pudo escuchar más y cuando acabó de correr el presidente ya se había ido.
Era la primera barbacoa de la temporada y ni la ternera con salsa chumichurri ni las alitas de pollo estaban la mitad de buenas que la anécdota, que nos sirve para intentar destripar lo que la historia dice de la personalidad de Obama: ¿de verdad se puede correr tan rápido, ver la tele y leer el periódico al mismo tiempo? ¿Por qué no cierran el gimnasio cuando acude el presidente? ¿Es eso un detalle para los demás… o les pone en peligro?
Le hemos pedido a S. que la próxima vez que sude con el presidente por favor se lo pregunte.
El informativo de la noche en Estados Unidos
Voy a decirlo por adelantado: me encanta el informativo diario de la NBC.
Veo todas las noches el de la ABC -pero sólo porque sus imágenes son a las que tiene acceso Associated Press que, a su vez, nos las cede a nosotros.
Tampoco me pierdo el de BBC America, porque tiene una mirada crítica hija de su ascendencia extranjera y, también, simplemente, porque es la BBC -quizá de eso debamos hablar otro día.
E igualmente no dejo pasar el de Telemundo, por aquello de que uno no puede escapar de su sombra hispana y, además, porque es la única cadena norteamericana para la que Latinoamérica existe. Y yo, aunque español, me considero también -si me lo permiten, y modestamente- parte de ese mundo. Otro tema, tal vez, para otro día.
Pero de todos ellos el de NBC me parece el mejor, el que encaja con lo más exquisito de la sensibilidad norteamericana, el que mantiene un
equilibrio razonable entre lo institucional y lo atrevido, la reverencia social y el espacio para la censura e incluso los marginados, un cierto balance entre la autosatisfacción nacional y la autocrítica comedida, y un presentador -Brian Williams- que se mueve tan cómodo con los poderosos como con el empleado de la tienda de la esquina, con lo profundo y con lo banal, y que modera el tono y los gestos tanto como las palabras y siempre con el respeto y la
moderación como seña de presentación.
Todo esto, por supuesto, es discutible. Sólo quiero decir que, en mi opinión personal, y que tiene tan sólo el valor que ustedes le quieran buenamente conceder, el informativo nocturno de la NBC es de lo mejor que hay en el mundo. Y lo digo para dejar claro por adelantado que lo que sigue no viene
fruto de ninguna animadversión. Al contrario. Pero hay que decirlo.
Porque no se puede empezar el informativo de la noche del lunes 30 de mayo con la misma noticia de los últimos 30 días anteriores, es decir, el derrame de petróleo en el Golfo de México, y más sin que haya novedad alguna.
Ni mucho menos se puede adelantar la noticia del asalto israelí a la flotilla de ayuda humanitaria en el Mediterráneo -que es a lo que vamos- con una voz en off que pregunta crípticamente “qué había en realidad en esos barcos“ -cuando lo que en realidad hay y todo el mundo lo sabe son demasiados fallecidos en circunstancias demasiado sospechosas.
Ni tampoco se puede dar al fin la noticia en el informativo -la tercera, detrás del Golfo y de la conmemoración respetuosa pero rutinaria del Memorial Day en Estados Unidos-, y al hacerse eco de las protestas en el resto del mundo por la mantanza empezar a hacerlo con la manifestación en Irán -como si todos los que han protestado, o los más importantes, o representativos, fueran precisamente los de ese país que desafía a la comunidad internacional y que, de esta manera, se asocia implícitamente con esa flotilla humanitaria.
Ya sé que hay mucho que criticar a los informativos de otras cadenas -sin duda, también a los de Antena 3, incluyendo, por supuesto, al trabajo de sus corresponsales, y empezando, faltaría más, por el de Nueva York.
Pero la diferencia es que el resto de medios de comunicación no nos creemos el ombligo del mundo. No estamos convencidos de ser los más éticos, ni los más perspicaces, ni los más profesionales, ni miramos al resto del mundo con la actitud de quien tiene mucho que enseñar y poco que aprender.
Como es natural, cualquier presentador, redactor, editor y hasta espectador norteamericano cuestionaría mi criterio -con una pretendida humildad que duraría, como en la canción de Sabina, lo mismo que dos piedras de hielo en un whisky on the rocks.
Pero lo importante para mí hoy no es lo que dirían ellos -que, por cierto, me importa tanto como a ellos mi opinión- sino poner de manifiesto que esos medios de comunicación norteamericanos a los que miramos con respeto y admiración también se equivocan.
Que su visión del mundo es con frecuencia acertada pero siempre parcial, y en ocasiones uno sospecha que sospechosamente parcial.
Que a veces cometen errores, y en ocasiones algunos de esos errores a uno le resulta difícil creer que sean meros despistes.
Que el inmenso capital de experiencia, tradición y sabiduría que tienen algunas veces se cae por el tobogán de los prejuicios y los intereses.
Que, a fin de cuentas, el New York Times, Wall Street Journal, Washington Post, NPR, AP, NBC, CNN, Politico, New Yorker y tantas otras catedrales del periodismo son muchas veces mejores que nosotros en la excelencia y demasiado parecidos en su versión mediocre.
Que nosotros les intentamos imitar en lo que les admiramos y ellos ni imitan ni admiran ni se preocupan por el qué dirán -por el qué dirá el resto del mundo, se entiende.
Y que está bien reconocerles cuándo son mejores y por qué pero también no dejarles pasar ni una, no vaya a ser que se crean superiores e infalibles.
Peor aún, no nos vayamos a creer nosotros que lo son.
Un pueblecito americano
Para preparar el reportaje que se ha emitido en el informativo de las 15.00h, vamos dos veces esta semana a Rhinebeck, un pueblecito de poco más de 3.000 habitantes a orillas del río Hudson y a dos horas en coche cruzando los bosques al norte de Nueva York.
Aquí se encuentran el hotel más antiguo de Estados Unidos (El Beekman Arms, funcionando desde 1766) y, cerca, la casa natal F. D. Roossevelt, el presidente norteamericano durante la segunda guerra mundial. Las calles parecen un museo de historia gracias a las docenas de casitas y mansiones de aspecto colonial y al aire calmado de provincia.
Pero también a la finura y urbanidad de las buenas maneras norteamericanas, especialmente en la zona este del país, donde los pueblos parecen vivir en una paz satisfecha con su historia, una especie de orgullo de haber participado desde el principio en el proyecto norteamericano y sin haberse dejado llevar ni por los pecados del sur ni por los excesos del oeste. Pueblos benditos que se ven con la conciencia sin mácula.
La hospitalidad, sonrisas y limpieza le resultan al foráneo incluso un tanto sospechosas. Como esos tipos con los que uno empieza a hablar en la barra de un bar y resultan ser de una cordialidad excesiva.
Luego, uno visita el instituto público o high school y aquello parece una universidad de lujo, con, por ejemplo, un salón de actos preparado para acoger hasta a la Filarmónica de Viena si fuera preciso.
Total que intentas buscar con la mirada algo que parezca inquietante y te preguntas si no serán demasiados los tres coches de patrulla de policía con que te has cruzado y la sucesión de iglesias por doquier. Claro que si se lo propone uno siempre puede encontrar algo para desconfiar de alguien, ¿verdad?
El caso es que no, al final nos vamos sin nada que poder criticar y tan sólo pensando en la variedad de este país -apenas a las afueras de Nueva York, una Arcadia feliz, uno de esos pueblecitos que se escapan al estereotipo de los otras veces ubicuos brutalidad, arrogancia o injusticia norteamericanos.
Uno recuerda con pesar la cantidad de veces con que nosotros, los españoles en general, nos referimos a este país con trazos gordos, generalizaciones que se escapan con demasiada frecuencia a la inapelabilidad del ojo.
Claro que, con la misma frecuencia, es lo que ocurre en caso contrario, cuando los otros se refieren a nosotros.
Por eso uno piensa que contar las noticias va más allá de poner juntos sujeto, verbo y predicado y aspira a poner un granito de arena en la aventura interminable de conocernos un poco mejor.
Patrullando la noche
No se trata de entregarnos al fotoblog pero hay que cosas que, efectivamente, se entienden mejor con una foto. O dos, como es el caso. Veamos la primera:
El estupendo Mercedes deportivo estaba aparcado este domingo en la esquina de la 74 con Columbus a esa hora incierta en que hasta en Nueva York el tráfico languidece y sólo se ven luces en las ventanas casquivanas -hay que descartar que se trate de neoyorkinos insomnes, que no se levantan de la cama porque perseveran en la convicción americana de que todo tiene arreglo y no hay nada que se resista a la mano y las pastillas del hombre.
Este es un barrio acomodado, que presume de que hace poco más de veinte años todos los vecinos habían sido atracados alguna vez por los camellos y adictos que pululaban a una manzana de distancia por Needle Park -el de la película de Al Pacino- y que ahora, sin embargo, ha sido inundado por tipos que hicieron pronto su primer millón de dólares y lo han administrado desde entonces con más garbo que ambición, mayoritariamente ricos que aspiran a parecerlo pero sin exceso y que pasadas las seis de la tarde no quieren ser norteamericanos predecibles. Ellas se ponen tacones de Louboutin y ellos un polo comprado en Barneys y se van a beber una botella de Barolo Cannubi como si estuvieran en la Toscana -aunque aquí las terrazas estén casi siempre debajo de andamios y la única vista sea la del tráfico.
Así se comprende mejor que uno camine por la calle y además del ocasional coche patrulla se encuentre con que la policía de Nueva York también tenga en acto de servicio vehículos como el de la foto.

Porque, efectivamente, si a esta hora tan querida por Norman Mailer o Tom Wolf acercamos la cámara un poquito al Mercedes podemos ver que se trata del de un agente, seguramente no el de ningún protagonista de “Canción triste de Hill Street“.
José Angel Abad
José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.
Feeds:

