04:28 mar 16, 2010 | José Angel Abad | General

Librerías de Nueva York

En abril estaré en España, hace unos días decidí que será la ocasión perfecta para leer al fin el "Rosinante to the road again" de John Dos Passos y por ello esta tarde estuve de peregrinación por librerías de Manhattan a modo de aperitivo del viaje, como si la vacación empezara hoy aunque le falte un mes.

Elegir la lectura e ir a su caza siempre me ha parecido una forma como otra cualquiera de hacer más largo un viaje.

Si me voy al mar busco algo de Patrick O´Brian, si se trata de ruinas me llevo una aventurita ligera de John Maddox Roberts, viajando por Estados Unidos siempre meto en la maleta algo español y para las ocasiones especiales tengo reservadas desde hace años las aventuras de Gordianus por cortesía de Steven Saylor que, como sólo me quedan cuatro de sus doce novelas, pues las voy estirando a razón de una cada dos años o tres años.

El problema es que al menos aquí en Nueva York cada vez resulta más complicado esto de ir a comprar un libro.  

Y no, no es que falten librerías

 

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03:33 mar 15, 2010 | José Angel Abad | General

Pequeños peajes de la vida desplazada

Hace poco me decía alguien que vive también fuera de su lugar de origen y lejos de su familia: "mi vida es una sucesión de adioses". Y, efectivamente, entre las rutinas de la vida en tierras prestadas está la de compartir el tiempo con amigos y familia en periodos breves que uno aprende a no dar nunca por sentados.

Con el viaje a Chile hace unos días, por ejemplo, surgió la posibilidad del reencuentro con uno de esos colegas que de manera inesperada la vida ha convertido en medio hermano y que cada vez que nos despedimos dedicamos un segundo más de la cuenta a clavar la mirada en las pupilas del otro por si acaso fuera la última vez o al menos la última en una cantidad indeseable de años.

El chileno es uno de esos tipos tirando a discretos y que se encienden más bien en privado, sin muchas palabras pero con golpes de humor cortos y con frecuencia cortantes, quizá con preferencia a horas lo suficientemente tardías como para que se le afloje el nudo con que mira al mundo, de los que han encontrado su camino en solitario y en horizontes nada premeditados y que, sin que yo tenga mérito ni culpa, la vida ha querido que me regalen su aprecio más que su compañía.

Con la familia ocurre un poco lo mismo. Uno juega a no darse cuenta de que ese arruga no estaba ahí la última vez, de que el tamaño del apetito es de pronto más comedido o el alcance de la vista más incierto. Que la vida va pengando pequeñas dentelladas, cerrando capítulos que nos hemos perdido porque estábamos a otra cosa en otro lugar con otras personas en otras ciudades y en algunos casos en otros países.

Porque casi nunca se puede tener todo y desde luego nunca a la vez y cada elección, privilegio y desengaño tiene su precio. Un peaje. A tanto el kilo. O, mejor dicho, a tanto el año.

Es parte del equipaje de la vida desplazada, ya sea del corresponsal o del emigrante ilegal, de mi amigo que trabaja en lo más alto de Wall Street o del que se acaba de ir a otro país porque aquí no puede con el alquiler y el suyo, España, se empeña en negarle el porvenir que busca.

Todo esto viene a cuento de que en los últimos días, aparte de viajes a Chile y luego a Los Ángeles para los Oscars, andaba a la vez en Nueva York con visitas familiares y haciendo también otras muy queridas a hospitales. Y es en ocasiones así cuando resulta obvio que el tiempo es un bien escaso. Afortunadamente, aún manejable, esto es lo bueno y sin duda lo más importante, aunque tenga que ser en periodos recortados en trocitos pequeños y resbaladizos, como un castillo de naipes que depende del capricho de los aeropuertos o del antojo de las noticias o de quién sabe lo que uno se va a encontrar cuando suena el teléfono a las seis de la mañana y uno lo mira sin saber muy bien si un minuto después va a dar media vuelta en la cama o media vuelta en la vida tirándose corriendo a un taxi para llegar cuanto antes a alguna esquina hasta ahora inconcebible.

En realidad, a lo que todo esto viene a cuento es a que todos tenemos que pagar peajes, cada uno los suyos porque por supuesto no todos son por la distancia. Y que, ya puestos, conviene tener una buena razón para hacerlo.

Jean Monnet, además de uno de los arquitectos de la Europa de hoy fue asesor de Roosevelt, Eisenhower y Kennedy, así que puede ser de interés para cualquier europeo que viva por acá, y él decía que en política y en periodismo hay dos tipos de sujetos: los que quieren ser alguien y los que quieren hacer algo.

Uno, modestamente, lo que quiere es colarse en el grupo reducido de los que pueden contar lo que ocurre en el mundo, tan modestamente que es contarlo en el día a día, en la distancia corta, esto no es ni siquiera el borrador de la historia, más bien notas sueltas que sólo intentando ponerse de puntillas sobre la actualidad pueden tener algo de sentido –sobre todo si no se hace trampa y se cuenta sin más lo que se ve y no lo que se querría ver.

Algunos lo confunden con algo más exquisito pero en realidad no es ni más ni menos que ser trovador en el siglo XXI.

Algo noble y razonablemente digno y con lo que encima a veces la vida se deja que le metas mano.

Algo, a fin de cuentas, por lo que merezca la pena pagar un peaje. Probablemente.


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08:11 mar 11, 2010 | José Angel Abad | General

La resaca de los Oscar


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05:02 mar 04, 2010 | José Angel Abad | General

Dando la nota camino de Chile

Desde esta esquina hermana y tierna del mundo que es Chile veo que aún nunca faltan indeseables en cualquier lado. Ni tampoco quienes dadas las circunstancias de nocturnidad y anonimato aprovechan para emprender el camino de vuelta exprés a los tiempos delcro magnon. Como saltarse un semáforo en rojo de noche pero a lo bestia.

Quienes mantienen el respeto y la solidaridad no por obligación o conveniencia sino porque pudiendo darse gratis el festín de los salvajes deciden por el contrario comportarse como persona y no como animal son los verdaderos herederos de siglos de progreso humano. Los auténticos héroes de nuestro tiempo.

Y uno ya ha visto demasiado en demasiados sitios para llegar a la triste conclusión de que no es nada fácil. De que tienes muchas papeletas de ver al vecino del tercero o el de la casa de en frente como nunca te lo hubieras imaginado en cuanto nos dejan de vigilar o las cosas se tuercen.

Sin ir más lejos, entre los periodistas. El terremoto es el sábado y ese mismo día por la noche salimos para Bogotá, donde a mediodía del domingo nos espera un vuelo charter fletado exclusivamente para enviados especiales -entre otros, norteamericanos, británicos, chinos, japoneses, colombianos, mexicanos-, nosotros los únicos españoles.

Para estas cosas, por ejemplo intentar aterrizar en un aeropuerto cerrado como era el de Santiago, es mejor arrimarse a tipos que no pestañean ante ideas locas -como los militares colombianos a los que se contrató para que pilotasen el avión- y echarle luego mucho morro al tema. Despegar diciendo que tu destino final es Mendoza en Argentina y luego tirar de despachos, de teléfono, eximir a todo el mundo de cualquier responsabilidad de la locura y plantarse encima de Santiago con los dedos cruzados a ver si te dejan bajar y que cada palo aguante su vela.

Hasta se intentó aterrizar directamente en Concepción, lo cual, de noche, sin luces en la pista ni que nadie la hubiera examinado aún era pelín, digamos, excesivo. Pero me estoy desviando. Nos habían advertido: venid con poco equipaje, somos unos sesenta y no podemos presentarnos todos a tope de equipos de televisión, así no hay avión que levante el vuelo o, peor todavía, no hay avión que puedan cruzar los Andes sin darse cuenta a mitad de camino de que lleva demasiado peso y adiós buenas tardes.

¿Os acordáis de "Viven"? Pues allí tienes a la mitad de los periodistas, no sólo con sus trípodes, cajas de luces como si fuéramos a iluminar el país, equipos de televisión igual que si tuviéramos que retransmitir los juegos olímpicos y generadores a cual mayor, sino también provisiones de comida y agua como para sobrevivir un mes.

Y, claro, como no es un vuelo regular sino privado, montamos todo al avión con alegría, como quien cierra un maleta saltando encima de ella. Luego llegan los milatares colombianos, ven aquello y, oye, a los tipos no les tiembla el pulso pero suicidas no son. Ni idiotas. "Muchachos", dicen, "de todo eso, la mitad fuera". Nos vamos al bar, avisadnos cuando acabéis.

Total, que salimos del avión, un puñado de baja a la pista, se cuelan por la bodega y una hora y muchas discusiones después se creen que han solucionado el tema, volvemos todos a bordo, llamamos a los colombianos, nos sentamos muy felices gastando bromas macabras a ver quién asusta más a quién y de pronto nos llega el aviso de que hemos perdido el tiempo, colegas, que ya os lo dijimos, que esto no es un trasatlántico, que como lo habéis cargado a vuestra manera no hay quién sepa el peso exacto pero así a ojo de buen cubero esto no se levanta del suelo, así que ya sabéis.

Se organiza a toda pastilla otro comité de sabios que vuelve a meterse en la bodega -imaginaos la alegría del personal de tierra del aeropuerto- y vuelven a sacar un puñado de bultos. Quienes no habíamos llevado apenas equipaje -de hecho, algunos como nosotros, sólo teníamos equipaje de mano, una bolsita con ropa interior, el micro, la cámara un par de baterías, ordenador, cables y poco más- empezábamos a mosquearnos y es entonces cuando se decide la bodega y saque lo que le parezca hasta que el capitán diga que ya está bien.

Claro que, a la vez, dentro del aparato surgen las discusiones y acusaciones cada vez más acaloradas, tipo por qué coño traeís eso y quién eres tú para decirme nada a mí y qué ganas me están dando de explicártelo con la mano y cuando nos damos cuenta de que dos supuestos periodistas con más ínfulas de chapetones de porra que sentido común están llevándose la mano al cuello en mitad del pasillo del avión y algunos nos decimos ahora sí que esto se pone feo, Pedrín.

Pero estábamos equivocados. Todavía se iba a poner peor. Otro sujeto plumilla decidió por su cuenta que a él no se sacaban nada y acabó tirándose a la yugular de un representante del aeropuerto que daba instrucciones de qué se quedaba y qué no. Era surrealista. Íbamos a cubrir la situación posterior a un terremoto y teníamos una pelea en la parte trasera del avión y otra en la delantera. Otra vez todos fuera, otras dos horas perdidas, muchas disculpas y garantías al aeropuerto de Bogotá de que nos íbamos a portar bien y que, sobre todo, nos íbamos a marchar de una vez, vuelta a los asientos, aquello parecía "El día de la marmota" de tanto entrar y salir- y luego, con la puerta cerrada, viéndo por la ventanilla la lotería de qué sacaban finalmente.

Algunos, para rizar el rizo, decidieron que entonces no viajaban, y allí se quedaron en Bogotá. Yo tengo la teoría que su amenaza era un farol que les salió mal bajarse, no pagaban, y entonces el resto tocábamos a más por asiento. Pero a aquellas alturas, seis horas después, lo que queríamos era despegar de una vez, aunque no faltaban quienes estaban por internet averiguando el peso que podía llevar un aparato Embraer brasileño 170 como el nuestro con una trayectoria y altura como la que requeríamos. Sólo faltaban Pepe Gotera y Otilio.

Y, acabo, cómo puede uno sorprenderse de que haya saqueos y robos después de un terremoto si un puñado de periodistas presumiblemente especializados en el tema de cómo contar un tragedia sin perder la compostura son incapaces de hacer despegar un avión como gente civilizada y sin montar un número. Lo nuestro es contar la historia y a veces la nuestra es la historiaque merece ser contada. Por las razones equivocadas

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01:08 feb 26, 2010 | José Angel Abad | General

Países distintos

(He tenido una de esas hecatombes tecnológicas que ocurren de vez en cuando y escribo con un ordenador prestado que no entiende de acentos, así que apelo a vuestra comprensión y clemencia...) 

A veces uno tiene días en los que parece que viviera a la vez en países distintos. Por ejemplo, hoy.

Me he pasado varias horas viendo Fox News, en donde parece que solo los socios del club de fans de Sara Palin son ciudadanos virtuosos y el resto personajes sospechosos que oscilan entre lo salvaje, depravado o antipatriota -en el caso de los extranjeros, desagradecidos.

Luego en casa buscaba entre mis libros las memorias de Tom Brokaw y acabé encontrando en la estanteria algo que no recordaba tener, el "Profit over people" de Chomsky. Mis notas dicen que lo acabe el 9 de septiembre de 2001 -probablemente lo último que leí antes del 11/S- pero también que para el intelectual de referencia de la izquierda de este país el sistema político norteamericano no tiene tantas diferencias, según él, con lo que tradicionalmente entendemos por dictadura.

Me quedo pensando en el abismo ideológico y social que separa ambos mundos y que este es, efectivamente, un país donde parece que caben todos los extremos y, sin embargo, si de algo se acusa a la mayoría es de ser conformista.

A los extranjeros que viven aca les pasa, me parece, algo similar. 

Recuerdo aterrizar una vez en Los Ángeles y encontrar por las calles una manifestación de miles de hispanos protestando contra el endurecimiento de la política de inmigración y portando para ello una marea de banderas mexicanas. Y una norteamericana sensata y ajena al tema -y en absoluto miembro del club de fans arriba mencionado- preguntándose como quien no quiere la cosa que si tanto les gusta Mexico, por que estan aquí.

Y, finalmente, también por razones que no vienen al caso, acabo de fijarme en el Bard College, que es una de esas pequenas universidades norteamericanas desconocidas para el gran público pero con una reputación extraordinaria y un coste inalcanzable para la inmensa mayoría de mortales y que, sin embargo, no solo resulta ser una de las catedrales del pensamiento progresista de Estados Unidos sino que ya desde tiempos de la Segunda Guerra Mundial fue un santuario para profesores perseguidos que escapaban de una Europa que, ella si, sangraba por sus extremismos.

También se me viene a la cabeza una conversación breve de hace unos días con uno de los recepcionistas del hotel en que habitualmente nos alojamos en Washington. El tipo es de Eritrea y, además de trabajar, está haciendo un master. Tiene su vida hecha aquí y no piensa volver a su país. Le pregunto por qué no trae acá entonces de una vez a su mujer e hijos y me responde que no quiere que crezcan en Estados Unidos. Cuando sean adolescentes, entonces sí, sentencia, pero mientras quiero que no se olviden nunca de su país, quiero que esta siempre sea solo nuestra segunda patria.

Y a lo que voy es que quien pasa por aca parece encontrar su particular tipo de problemas con el pais. A unos no les gusta esto y otros no les gusta aquello.

Pero, por un lado, nadie se quiere ir -aun recuerdo aquello que decian muchos de que si Bush salia reelegido se iban a Canada…- y, por otro, aun mas importante, todos parecen encontrar su propio espacio y su propio acomodo para llevar su vida en condiciones de razonable convivencia con los demas.

Precisamente alguien estaba ahora por la radio diciendo que se agota el tiempo para que palestinos e israelies puedan demostrar que pueden vivir juntos en paz y que como la situacion siga como hasta ahora todo el mundo iba a empezar a pensar que se trata de algo imposible.

Imposible no, repondio otro. Ese lugar ya existe. Se llama Nueva York.

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10:23 feb 16, 2010 | José Angel Abad | General

Memorias de Dallas

 



No se trata de convertir el blog en una guía de viajes pero con frecuencia en este negocio vienen rachas de nomadismo transitorio como la actual que ahora nos ha llevado a Texas y que, entre otras cosas -como enviar crónicas-, uno intenta aprovechar para confirmar estereotipos y a la vez matizarlos, sorprenderse cara a cara con la historia o apreciar un poco más lo que tanto damos por supuesto.Vamos por partes.

Tratándose de Texas, no hay mayor estereotipo que el de la arrogancia, lo que aquí llaman swagger intentando rebajarlo a la categoría de fanfarronería y cuya evidencia te asalta en todo momento, empezando por la frasecita que te encuentras a cada paso en pegatinas, llaveros, postales y demás: "Don´t mess with Texas", "no te metas con Texas", en el sentido de "no te compliques la vida con Texas o te rompemos los dientes".

Y aquí todo lo quieren tener mas grande: el Capitolio del estado tiene una cúpula mayor que el federal de Washington, abundan los restaurantes donde si eres capaz de comer la inmensidad de carne que sirven no tienes que pagar nada y, por supuesto, acaban de construir el nuevo estadio del equipo de futbol de los Cowboys y en el que se ha roto el record de asistencia a un partido de baloncesto con mas de 108.000 espectadores. Una pena que a la mitad del público la pista le quede más bien lejos para seguir el partido y se tengan que fijar entonces en la pantalla electrónica. La mayor del mundo, por supuesto.



Y, sin embargo, esa obsesión superlativa no se acaba ahí, sino que cuando uno esta a punto de dejarse llevar por el tobogán fácil de la condescendencia -“pobrecitos estos texanos, se creen los number one y no son más que unos fantoches...” pero resulta que esa manía por el exceso, por ser mas que los demás, lo trasladan con el mismo ímpetu a otros campos menos aparentes pero quizá mas importantes, como el de la amabilidad, la buena educación, la perfección técnica, la fiabilidad o el afán de superación. Y, entonces, el estereotipo, como ocurre casi siempre al mirar algo de cerca, se hace más complejo. Ya no es solamente arrogancia barata.

Por ejemplo, conducimos a primera hora de la mañana, apenas amanecido, por una de esas autopistas tan repetidas aquí, en las que a uno le hacen falta las dos manos para contar los carriles y en las que lo único que se ve a los lados es una continuidad sin fin de establecimientos comerciales repetidos hasta la saciedad por toda America haciendo indistinguible un punto de otro.

Buscamos un lugar para tomar café. Lo encontramos y antes de bajarnos nos decimos: ya verás, apenas han abierto, pero en cuanto entremos veremos todo en perfecto orden, como si nos estuvieran esperando, nos recibirán con un sonrisa afable de oreja a oreja dándonos los buenos días con un entusiasmo respetuoso como si se alegraran realmente de vernos, preguntándonos qué queremos con el mismo tono que podría pasar por el que se emplea cuando se quiere hacer un favor de corazón, tendrán todo fresco porque los repartidores han llegado a tiempo y hasta el New York Times habrá sido repartido puntualmente y al irnos nos desearán un buen día con otra sonrisa más, como si se apenaran de que nos vayamos.

Y así resulta ser.                                                                                                                                    

Cuando al final del día se acaba el partido tenemos que salir del aparcamiento y los miles y miles de coches hacen colas respetuosas sin falta de policías. A nadie -a nadie- se le ocurre colarse, plantarse a la cabeza para ahorrarse quince minutos a costa de la benevolencia de los demás. Y tampoco nadie aprieta el claxon ni lanza miradas envenenadas a otros. La gente se une a la cola a la altura de donde está aparcado su vehículo aunque la cola se vaya mas atrás. Sencillamente le hacen un hueco. Y todo con una especie naturalidad que en nada parece impuesta. Como si compitieran a ver quién tiene mejores maneras, respetándose a si mismos. Y dejamos lejos el enjambre de coches apenas unos minutos.

                                                                                                                                                                                 

Por cierto que al salir, los guardias de seguridad nos daban las buenas noches, como si fueran los acomodadores de un cine antiguo.                                                                                                                   

Vaya, ya ves, resulta que la fanfarronería y arrogancia resulta ser menos ubicua de lo que el estereotipo indica a pensar es lo que se me cruza otra vez por la cabeza y pienso que tal vez en esta ocasión podría ponerlo en el blog. A riesgo de que me acusen de haberme vuelto un republicano contumaz…                                                       

Los escépticos o los descreídos dirán que es de mentira, que son unos hipócritas. Pues no, lo que son es corteses, amables, con esos modales que uno emplea cuando no tiene sentimiento ni de superioridad ni de inferioridad, sino tan sólo el objetivo de hacer con la mayor eficacia y simpatía posible la tarea que le ha asignado la vida en este día concreto.
 
Claro que también puede ser que yo esté completamente equivocado, que no me haya enterado de nada y que sean en realidad unos canallas disfrazados, como no podía supuestamente ser de otro modo tratándose del estado que Bush…  

Pero en mi opinión lo que ocurre es que no hay nada que, considerado con detenimiento, sea fácil de entender. Y en Texas tienen sus cosas, como la fanfarronería. Y, a la vez, la amabilidad.

Luego nos escapamos dos horas a la Dealey Plaza en que fue asesinado John F. Kennedy y subimos hasta la misma ventana desde la que Lee Harvey Oswald disparo al presidente.                                                   

 


 
No vamos a hablar de teorías conspiratorias. Todos hemos tenido catorce años y querido aclarar el misterio. Pero una cosa es segura: desde esa ventana de la esquina derecha en el segundo piso más alto Oswald paso aquella mañana agachado en el suelo, comiendo pollo y esperando a que pasara el coche presidencial -de derecha a izquierda en la foto- para pegarle desde atrás unos tiros al hombre que había seducido a America y al mundo y arrancarle literalmente los sesos a la altura justa de la esquina inferior izquierda de la imagen.

Y ahora arriba, dentro del edificio, pegado a esta ventana en apariencia anodina, con unos ladrillos rojos de lo más corriente, se hace difícil entender cómo aquí pudo haber cambiado tanto la historia. A lo mejor es que es así. Es que todas las fuerzas económicas, materialismo histórico, determinismo, movimientos y motores de la historia no son nada en comparación con el azar caprichoso.

¿Qué hubiera pasado si soldado despechado le hubiera pegado un tiro a Napoleón antes de que hubiera puesto Europa patas arriba? ¿Qué hubiera pasado si Oswald hubiese errado el tiro?

Uno mira a la historia y todo parece que tuvo que haber sido necesariamente del modo en que ha ocurrido y, quién sabe, si aquella mañana hubiera habido niebla o si Oswald se hubiera levantado con diarrea o si se le hubiera cruzado un gato en el momento crucial, la historia se escribiría hoy de manera bien diferente. O quién sabe, tal vez, los capítulos fuesen muy parecidos.

Pero aquí al lado de esta ventana -donde está prohibido hacer fotos- a uno le entra un cierto vértigo pensándolo. A Oswald no le pasó lo mismo.

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05:40 feb 11, 2010 | José Angel Abad | General

Washington como nunca la volveremos a ver

El taxista acelera porque tiene miedo a quedarse atascado en la nieve gruesa que sigue cayendo sobre el asfalto y eso hace que el coche oscile como si en vez de conduciendo por Pennsylvania Avenue fuéramos en lancha por un río corriente arriba bailando de lado a lado. Supongo que también intenta impresionarnos y me alegro –otra vez uno de esos mercenarios arrogantes con los que, sin embargo, son con quienes quieres jugarte los cuartos cuando la prudencia te dice que seria mejor dar media vuelta.  

                                                                                                                                                                                                                                                      

No hay nadie mas circulando. Washington es una ciudad fantasma. Todo el mundo ha huido de las calles que se han quedado a merced de la nevada y el viento sin piedad.          

 



Dejamos atrás el Newseum, el entronque con Constitution Avenue y llegamos al Peace Circle, la rotonda donde se acaba el camino y en donde me bajo corriendo intentando esquivar al frío, con la mini cámara Flip en la mano y saltando entre la nieve que se cuela hasta las rodillas. Entre zancada y zancada Jordi se ha apañado para encender la cámara y cuando me giro le oigo maldecir que ni siquiera desde aquí se ve nada con tanta niebla y rachas de aire furioso.   

                                                                                                                                                         

Estamos a los pies mismos de la inmensidad del Capitolio. Lo sé porque he estado aquí docenas de veces, no porque lo vea.                                                    

                                                                                                                                                                

No hay ni un alma. Ésta si que es una naturaleza muerta: la nieve acumulada en el suelo con una naturalidad salvaje, inhumana, la ventisca que lo vuelve todo no blanco sino de un gris pétreo que te golpea en la cara como si fueran guijarros aéreos y la temperatura gélida endureciéndote la cara.                                    

                                                                                                                                                          

Pues yo quiero ver la cúpula. Por una vez en la vida y aunque sólo por unos segundos quiero que sea mía en esta solidad frígida y como fuera del tiempo.  

Así que enfilo en dirección a las escaleras ocultas pero que recuerdo están en el espacio entre los árboles. Se que es un error, que los pantalones se van a quedar mojados y no hay botas que resistan semejante inmersión en la nieve.  

Pero todo merece la pena cuando un minuto después levanto la mirada y me la encuentro ahí, difusa, como a trazos, un carboncillo dibujado en el aire con pretensiones de grandiosidad, una mole gigantesca y bella en su perfección geométrica, pesada y a la vez etérea, apabullante en su solidez y al mismo tiempo voluble, como si estuviera y a la vez no estuviera, como si le faltaran piezas.  

 

Y como en otra ráfaga me viene un recuerdo, una especie de analogía lejana.

Un viaje apresurado camino de Bosnia, intentando llegar por barco desde Ancona y yendo primero para ello del aeropuerto de Fiumicino a la estación de tren de Termini en Roma. Y la ciudad con la que siempre había soñado y nunca todavía visitado la cruzaba ahora en metro azorado, de mala manera, leyendo los nombres míticos de las estaciones -Circo Massimo, Colosseo…-, tentado de salir y prometiéndome a mi mismo que a la vuelta como fuera saldaría, como así fue, una cuenta pendiente conmigo mismo… aunque llegado el día sobre Roma caía el diluvio universal, una lluvia furiosa como nunca hubiera imaginado y que primero maldecía y luego sin embargo bendije como un regalo casi excesivo de la providencia: el foro romano absolutamente vacío, como si lo extinguido no fueran la república y el imperio sino también nuestra propia civilización y ahí, de pronto, se hubiera quedado el senado para que empapado en agua pero sin prisa, metódicamente, yo pudiera en privado tomarle la medida, calcular por ejemplo el tiempo exacto que los senadores tardarían en subir las escaleras o el ángulo desde el que cualquier centurión anónimo, quizá español, tal vez desde la misma posición, podría ver a Marco Antonio calmar a la plebe minutos después de que asesinaran a Cesar. Lo que haría cualquier turista que se hubiera leído la guía. Pero con el privilegio de disfrutar en solitario de las ruinas.


Hoy, vuelta al presente, quizá en un equivalente geoestratégico, en frente del Capitolio, acordándome de aquel paso por el foro y el senado y pensando en una ráfaga que dentro de otros dos mil años, el día que haya otra tormenta similar, algún visitante apresurado y afortunado se acercaría a los restos del Capitolio, se pararía justo aquí mismo y tendría una visión similar. Pero para entonces lo que hoy es ilusión óptica, una cúpula que se adivina infinita pero de la que solo veo trozos difusos, aquí un arco, allá un columna, para entonces quizá sean ruinas sólidas. Y si no es dentro de dos mil años lo será dentro de doce mil –a fin de cuentas todo edificio empieza a socavarse desde el mismo momento en que se concluye, por muy perfecto e importante que sea. Aunque lo sea el más del mundo. Como en su día el del Senado romano.

En estas estoy, dándole gracias otra vez a una tormenta por permitirme disfrutar en uno de los lugares mas públicos de América de una privacidad tan generosa cuando Jordi me devuelve a la realidad con algo así como “si quieres puedes hacer turismo por la tarde, a ver qué va a ser esto”.

La prisa de la crónica, que es la prisa de todos los días, puntuada por segundos que uno intenta alargar. Aunque sea bajo la nieve. 

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06:04 feb 05, 2010 | José Angel Abad | General

Sala de prensa española en America

Cuando suena el himno americano al aparecer Obama y todos los presentes se ponen en pie excitados y sonrientes como si se tratara de Elvis Presley a punto de entonar "Love me tender" todo son comentarios condescendientes -sin faltar al respeto, la verdad, pero en plan "los americanos siempre igual".                      

La sorpresa es cuando un par de minutos después da comienzo el Desayuno Nacional de Oración y un senador republicano, con aspecto circunspecto como de disertar con frecuencia y profundidad sobre la diversidad étnica de Afganistán, se pone sin embargo delante del micrófono a rezar.

Y en la sala, a un par de kilómetros de distancia y en donde la prensa española recién llegada de Madrid sigue por circuito cerrado el evento, nadie sabe muy bien cómo tomárselo. De momento un silencio confuso, casi embarazoso, miradas de desconcierto que preguntan sin palabras si esto es una broma extraña o si, por el contrario, cualquier movimiento corporal puede ser considerado por algún nativo espiando con cámara oculta como un sacrilegio imperdonable.

Los que llevamos un tiempo en este país nos intercambiamos sonrisa breve, disimulada, como quien conoce un viejo y sencillo truco de mesa que siempre deja estupefactos a los invitados.

El truco, claro, es saber que por estos lares en donde con tanta firmeza se separa la Iglesia del estado sin embargo se mezclan hasta la confusión la religión y la vida pública.  Que es, en cierto modo, el revés de aquello a lo que estamos acostumbrados.  

A los pocos minutos, la ceremonia desemboca en un discurso previsible sobre libertad y solidaridad, que con políticos pierde mucho empaque, y por ello en nuestra sala los españoles damos paso a esas conversaciones poliédricas con participantes en todas las esquinas de la habitación y cuyas palabras, a su vez, se entrecruzan con diálogos de otros grupos igualmente lejanos e intermitentes. Pero el tono es educado, nadie intenta anular a los demás elevando el tono de voz. 

Al contrario, hace falta mucha sofisticación conversacional -o como se diga, que probablemente es, sin más, mucha práctica- para sostener estas conversaciones múltiples sin que nadie se salga del carril.
- ¿Cómo se llama ésa que ha hablado?, pregunta alguien al aire.
- "Amy Klobuchar, con k", le responden desde en frente.
- ¿A qué hora salía el autobús?, sigue alguien desde la puerta.
- ¿Con k? ¿Seguro? No me suena, ¿no será con c?, también desde la puerta.
- "A las dos y media, creo", opina alguien al lado de quien había hecho la primera pregunta.
- ¡Oye, pásame uno de esos bocadillos que te estas comiendo!, se suma otro.
- "A mí también me parece que es con k" se ofrece alguien más. ¿Tú qué crees?, le pregunta al de al lado.
- “No, no, han dicho que a las tres menos cuarto”, matiza alguien caminando por detrás.
- “Se los hemos robado a los de la sala de al lado. Aquí sólo tenemos galletas y bollería”.
- “Ya os han dicho que es con k. Lo que no tengo claro es que sea con b…”

Y así. Todo esto, encima, sin dejar de escribir.

La mayoría de periodistas americanos no resistiría aquí. Ellos necesitan orden. Y se toman muy en serio a sí mismos, incapaces -de nuevo, por lo general- de combinar la formalidad del trabajo con la volubilidad contagiosa que se gastan mis paisanos.

¡Ojo! Que no es que se lo tomen a broma.  Ejemplo: no está claro si Obama y Zapatero han llegado finalmente a hablar a solas y entonces se forma una discusión en la que cada uno echa en público sus cuentas sobre la cosa: que si no tuvieron tiempo porque esto y lo otro, que si sí tuvieron tiempo pero es imposible porque siempre estuvieron con otra gente, que uno llego tarde y tal y cual. Y todos apuntando. Y luego el más listo es que el se queda con más datos.

Los americanos, de nuevo, funcionan al revés. Callan siempre y el más listo suele ser el que más calla, o sea, el que más sabe. Al revés que nosotros.

Así que estoy aquí sentado tomando notas sobre la traducción cultural y los beneficios de poder perderse en ambos planetas y las desventajas de no pertenecer por completo a ninguno de los dos, esa bendición de los emigrantes que es a la vez su cruz, y me sorprendo a mi mismo participando cada vez en más en estas conversaciones cruzadas, dando mi opinión sobre esto y repartiendo besos con ellas y abrazos con ellos como no haría jamás con mis colegas anglosajones y de repente noto que se me calienta algo por algún lugar en medio de los pulmones, que hablo cada vez mas rápido, como sin pensar, y que, de pronto, siento una situación de familiaridad con estos colegas a los que no conozco de nada y, sin embargo, parece que he tratado toda la vida, oye.

No es la llamada de la selva de Jack London sino más bien la llamada de la camada, en plan el Gatopardo de Lampedusa, descubriéndote a ti mismo que perteneces a aquello de donde nunca te has ido, no importa cuánto te hayas alejado ni por cuánto tiempo, que no estás jugando a ver las diferencias sino a calcular la velocidad con que vuelves. Es como sentir el calor de la vuelta al hogar y, a la vez, el peso de un cinturón familiar que te vuelve a alcanzar. Tal dulce y tan diabólico.

Y en esto se acaba la jornada y ellos se van camino del aeropuerto para volar a España y a ti te llama un colega para ver qué planes tienes para ver la Superbowl el domingo. Se acabó la dulzura. Y el cinturón.

 

 

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08:29 ene 30, 2010 | José Angel Abad | General

Hasta la vista, Haiti

Cojo el teléfono y aprieto el botón señalado como “any wish”.

 - Buenas noches. ¿Podrían traerme, por favor, un zumo de naranja?
- Por supuesto que sí, señor Abad.


Miro el reloj. Es la una de la mañana.

Levanto la vista, aún con el teléfono en la mano, y más allá de la pared acristalada en este piso catorce del hotel está el malecón de Santo Domingo. Un coche solitario se detiene justo debajo respetando el cambio de color en el semáforo.


Hemos llegado hace poco. Tengo la voz ronca, apenas puedo hablar y recurro como toda la vida a la vitamina C.

- Pero mire, lo que necesito es un zumo de naranja no de botella y fresco. ¿Podrían, por favor, exprimir las naranjas ahora mismo?
- Por supuesto, señor Abad, no se preocupe, ahora mismo le preparamos su jugo de naranja. ¿Desea alguna cosa más?


“Vaya, aquí estamos, de vuelta en el mundo donde caprichos y problemas tienen solución”, pienso. “Tan fácil como levantar el teléfono”.

En el viaje en coche desde Puerto Príncipe lo que más me había llamado la atención fue una nadería: el ver, al poco de entrar en territorio dominicano, a unos paisanos jugar al dominó a la vera de la carretera.

Dos sentados y cuatro o cinco de pie alrededor, mirando. En apariencia todos disfrutando de la banalidad del juego, ajenos al resto del mundo, incluido el tráfico que pasaba por al lado.

Conozco bien esa voluptuosidad. Pero ahora mismo me resulta de una familiaridad lejana. Como un pariente que se ha ido y aún tardará en volver.

Los últimos días han estado llenos de momentos así.

En Washington, el jueves, pasando por delante de la Casa Blanca de camino a la posición del directo en el informativo y pensando que sería tan fácil entrar un momento al Rose Garden, pedir que me acreditasen para el grupo de periodistas que cubriría la salida de Obama en helicóptero de camino a Florida y, cuando apareciera, gritarle con toda la fuerza del mundo “oiga, presidente, pero ¿a qué demonios se va usted a Tampa? ¡Si es a Haití adonde tiene que ir!”Regreso a Nueva York en el puente aéreo de Delta.

Al embarcar pregunto si hay retraso y me cuentan que ha habido cancelaciones durante todo el día debido al viento pero que nuestro vuelo, uno de los últimos de la jornada, está en hora. Luego resulta que todo son turbulencias.

“No hay problema. Ha habido muchos tipos calculando si se puede volar o no, otros muchos que se han asegurado que el avión está en perfecto estado y el capitán y el resto de la tripulación tienen la experiencia necesaria. Estamos a cuatro horas al norte de Haití. El mundo aquí está en orden”, son los pensamientos que me vienen a la cabeza.

Miro alrededor en Nueva York: gente con prisa, niños con atuendos bien elegidos, taxis preocupándose por ganarle la posición al vehiculo de al lado, voces al teléfono con el aplomo que da la seguridad de poder resolverlo todo con American Express.

Y yo mismo, resolviendo disyuntivas que casi me avergüenzan: ¿corbata roja o con rayas azules?, ¿rape o bacalao para cenar?, ¿me tomo el viernes libre?

Pierre seguro que no se lo tomara libre. Ni el sábado. Ni el domingo. Ni ningún día de los próximos meses.

Pierre era nuestro fixer, nuestro hombre en Haití, conductor cuando íbamos en su coche o el que, si no, contrataba a los motoristas (una moto para Jordi, otra para mi) y luego venía con nosotros (Jordi tenia que llevar la cámara así que Pierre se subía a “mi” moto, lo que, con el conductor, sumaba tres), guía, mediador para todo, traductor de creole, el que mantenía los ojos bien abiertos y se acercaba corriendo cuando veía a alguien con pistola.

Lo conocí el primer día. Unos periodistas de otro país le estaban racaneando unos dólares miserables.

Yo ya sabia que él era colega del fixer de AP y le había visto un no se qué que me decía que ése era mi hombre. No se me ocurre cómo explicar esto. Lo ves o no lo ves. Y, aun viéndolo, uno puede, lógicamente, equivocarse.

Pero no esta vez. Pierre seria mi pasaporte para moverme por allá.

Así que di un paso al frente, elevé la apuesta lamentable a lo que él pedía -veinticinco dólares más por jornada- poniéndole en la mano los que correspondían ya al día de hoy y en los ojos de Pierre me pareció ver algo de agradecimiento no tanto por el dinero como por no regatearle la dignidad de su tarifa cuando su margen de negociación era más bien escaso. Más que nada porque su familia -supe después- también duerme en la calle.

Pierre es también el que se ha quedado atrás, junto con otros nueve millones, de los que algo así como la tercera parte son niños.

Muchos de ellos nos han suplicado agua y comida, otros nos han enseñado sus muñones y algunos nos han preguntado que por qué les han amputado una pierna. También están los que confesaban que no saben nada de sus padres. Y los que no nos decían nada porque son tan jóvenes que aún no hablan. O ya no pueden hablar.

Siempre que vuelvo a casa de un viaje repaso los videos que hemos emitido.

El televisor viene con una caja digital que es como un pequeño ordenador haciendo las funciones de video y puedes programarlo para grabar horas y horas de cualquier canal, incluido Antena 3. Así luego ves de manera muy distinta el trabajo que te resulta tan íntimo.

Por lo general, lo que creías que había quedado estupendamente resulta que no ha quedado tan bien y lo que pensabas que había ido mal no parece ninguna tragedia.

Esta vez, sin embargo, no he querido ver nada.

Ocurre siempre con las historias importantes. Que te hacen volver a lo fundamental del negocio. Como recordarte, por si acaso, que no se debe tomar partido. O dejarse llevar por los sentimientos.

O sea, no olvidar que no somos ni comparsas ni enfermeras.

Lo nuestro es contar lo que hay y hacerlo con la mayor pretensión de objetividad. Punto. Si el personal intuye de qué lado te inclinas, malo. Si sales con cara o voz de pena o alegría o excitación o lo que sea, malo también.

Sólo que si tienes una docena de cadáveres desfigurados delante y otra docena amontonados en una carretilla detrás, o una niña de siete años colgándose de tu chaqueta porque cree que llevas una botella de agua y no se la quieres dar, o una madre mirándote con repulsión porque le niegas una limosna, o Pierre diciéndote que “vámonos rápido, peligro, vámonos, now!, now!, now!”, pues es jodidamente enrevesado aplicar la exquisitez teórica del manual como si se tratase de una rueda de prensa de Llamazares.

Y, además, en estos casos, no suele ser buena idea darle voz a los pensamientos.

“Verás, yo es que estoy aquí para montar una crónica  para el informativo de las nueve, ¿entiendes?”

O, “¿por qué nunca os habéis preocupado de tener gobernantes que sean menos corruptos?”

También se te ocurre aprovechar que sales por la tele para decirle un par de cosas al resto del mundo. “Si ya sabíais que Haití era un desastre” y tal.

Pero, de nuevo, eso no es lo nuestro.

Lo nuestro es contar las noticias. No es tan complicado. Aquí un terremoto, aquí hay tantos muertos, aquí hay hambre. A poder ser explicando un poco por qué, cómo, cuándo, quién y pequeños detalles así. Intentando que se entienda. Y no liarlo todo.

Luego, cuando acabas la tarea, y sólo cuando la acabas, puedes darle a Pierre lo que sea, repartir las limosnas que te parezcan y volver a casa literalmente con lo puesto. 

Y entonces esperar que, efectivamente, tú hayas hecho tu parte con la honestidad que pretendías y contribuido desde tu pequeña esquina a que todos sepamos un poco mejor en qué mundo vivimos.

A fin de cuentas, las noticias no se las cuentas a espectadores sino a ciudadanos.
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06:09 ene 24, 2010 | José Angel Abad | General

Trabajando en Haití


Jordi me ha echado una bronca enorme: “¡Que sea la última vez que tardas tanto en levantarte cuando hay un terremoto!”, me espetó con muchos aspavientos después de la réplica de 6.1 a las seis de la mañana con el suelo convertido en una pista de baile y yo pensando mientras me ponía los pantalones que si esto se iba al carajo de nada iba a servir correr. Pero es que el tipo también tiene su humor negro otras veces: “¿Pero no lo sientes, José Angel, no lo sientes? ¡Otro más, otro más! ¡Corre, corre!”.

El muy perverso, venga meterme el miedo en el cuerpo con una sonrisa diabólica en la cara. Y juro que mientras escribo esto en la terraza del hotel donde dormimos y teniendo delante, a apenas cuatro metros, toda la techumbre central derruida, la tierra va y pega otra sacudida envenenada y la cincuentena de periodistas que estamos aquí planeando el día salimos corriendo hacia zona despejada. Jacobo, de El Mundo, que parece que ha nacido para esto, como si cubriera terremotos salvajes tres veces por semana, se ríe de algún listo que dice “tranquilos, todos tranquilos” tras ser el primero (el listo, no Jacobo) en pegar un brinco que casi llega a Florida.“Si el edificio se cae ahora lo peor es que no me he acordado de salvar el texto que escribía” Jacobo dixit. Un crack.

Esta noche ha sido tranquila. Aunque con tantas réplicas sin parar nadie duerme a pierna suelta sino en una especie de duermevela, con la puerta abierta, los pantalones puestos y el pasaporte encima. Muchos incluso han dejado su habitación y se han unido a las docenas que duermen al raso. No es que sean cobardes. Es un cálculo de riesgo como otro cualquiera. ¿Se puede venir abajo un edificio que no se ha caído? ¿Merece la pena descansar menos a cambio de algo más, quizá, de seguridad?

Como decía estamos en un hotel, Villa Creole, un edificio de inspiración colonial ahora hecho un desastre. Centenares de refugiados a la puerta, plantas derruidas, pasillos cortados, cristales por los suelos. Pero se las han arreglado para restablecer el servicio de habitaciones y un desayuno, comida y cena elementales. Una pena que yo tardara cuatro días en enterarme porque salíamos por la mañana a las seis y volvíamos a medianoche directamente a la habitación. Luego resulta que hasta tenían internet.

La mitad de los periodistas españoles desplazados a Haití están aquí en este hotel aunque nosotros hemos llegado con el contingente americano de Associated Press que, como sabéis, tuvieron la gentileza -que me va a costar una fortuna en cervezas y cenas a la vuelta- de traerme con ellos en un avión y aterrizar directamente en Puerto Príncipe, como si fuéramos el primer ministro, cuando al principio en el aeropuerto todavía aterrizaba el que primero llegaba.

Cuando nos presentamos en recepción nuestras habitaciones ya estaban ocupadas. Deberíamos haberlo supuesto. Tremendo lío. Al final nos ofrecieron unas libres, pero en la parte del edificio que se sienta sobre una colina. Un despeñadero desafiante. Vamos, las que con tanta réplica nadie quería. A Francisco Perejil, de El País, le tocó otra aún peor, un piso por debajo, y al principio no le hizo, con razón, mucha gracia pero acabó metiéndose dentro. Y nosotros no íbamos a ser menos. La habitación sería bonita de no ser por los cristales rotos y los cuadros por el suelo, y también espaciosa si no fuera por los dos colegas de AP con que la compartíamos de noche.

Nosotros dormimos de noche y ellos de día, tras acabar su turno de noche. Uno de ellos es un cámara mexicano con el que ya trabajé en Honduras, adonde el muy loco se fue el día antes de que naciera su segundo hijo. El caso es que así siempre teníamos las sábanas calentitas. Y luego, además, con los días, se sumaron a dormir otros más, todos, como nosotros, brevemente, casi siempre unas cuatro horas antes de volver otra vez a la crónica siempre pendiente.

Aparte, el trasiego de la ducha, el nuestro y el de los colegas que preferían dormir en el patio pero entrar a lavarse -todo sea dicho, no sólo les dejamos la ducha todo el tiempo que quieran sino que también les agradecemos que se laven. Cuestión de olor. Una de esas veces en que a nadie le importa en absoluto meterse bajo agua fría.

Caminando de noche por el patio uno tiene que andar con cuidado de no tropezar con alguien durmiendo en el suelo. Pero lo bueno para nosotros es que podemos revolotear del grupo americano al español como Pedro por su casa. Los españoles que andan por aquí son todos gente preparada para trotar por este infierno, como, entre otros muchos, el bueno de Manolo Cascante, todo el rato aclarándonos dudas con su simpatía castiza, Elena González de Onda Cero, valiente y con un punto indómito, los muchachos del El País, que además tuvieron el detallazo de compartir unas lonchas de jamón con todos, Almudena Ariza de TVE siempre simpática, dicharachera y profesional, Fran Sevilla de RNE, sin perder nunca la sonrisa, y sobre todo Joaquín Ibarz, de La Vanguardia, que es sin quererlo el padrino de todos porque tiene más profesión y más corazón él sólo que todos los demás juntos. También de La Vanguardia está aquí Francesc Peirón que es el que probablemente a más haitianos ha conocido, hasta de noche me lo ha encontrado caminando él solo por calles oscuras apurando detalles para sus crónicas y, luego, en plan Jack Lemon en “Primera Página”, rompiéndose el corazón entre la familia -el recuerdo de sus niños- y la tentación de escribir, con un toque de falso cascarrabias porque yo se que está disfrutando.

He visto cómo acaba una crónica y se le escapa la sonrisa silenciosa. Periodista puro. Algún día compartimos la hora de la cena, que en el hotel es un día hamburguesa y otro día pollo. Y muy agradecidos. Porque al principio los chicos de AP tenían el campamento operativo en el aeropuerto y allí era donde nos pillaba desayuno, comida y cena a base de latas de atún, galletitas y barras de cereal. Y racionando el agua. Lo cual, a su vez, y dadas las circunstancias, era un preciadísimo tesoro. 

Luego han ido pasando los días y, a medida que las cosas mejoraban mínimamente para los haitianos, lo han hecho en proporción inmensamente mayor para nosotros. El cambio decisivo fue cuando pudimos encontrarnos con el otro equipo de Antena 3 que tenemos ahora aquí, el de Silvia García, que es como un cielo brillante, y aunque ella también lo ha pasado apurado, apurado al principio -cucarachitas incluidas por sus habitaciones y tal- su productora, Cris -que también ha pasado lo suyo acampada en el aeropuerto- además de regalarnos su simpatía y humor, se las ha arreglado para conseguir que nuestra habitación hoy parezca un almacén de Carrefour.

Y es entonces, cuando empiezas a ver las inconveniencias por el espejo retrovisor, cuando te das cuenta de que inevitablemente la cobertura se empieza a acabar. Y que pronto nos iremos. Y que ojalá no olvidemos a los haitianos.

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03:05 ene 19, 2010 | José Angel Abad | General

Dolor en Haití

Editamos la crónica de las nueve de la noche en una esquina del aeropuerto de Puerto Príncipe -aquí se han instalado la mayoría de agencias de televisión porque era el único lugar seguro y operativo después del terremoto.                                                                                               

Delante, a apenas tres metros, tengo a un niño de unos doce años, su hermana algo menor, la madre y un tío. Al padre lo vi pasar hace unos minutos en una camilla que llevaban con mucha urgencia soldados norteamericanos camino de la pista. Después le practicaban reanimación. Ahora acaban de confirmar que ha muerto y a la familia la han traído aquí un empleado de la embajada y una psicóloga del ejército americanos.

No hay consuelo para los pequeños. Papá se acaba de ir.

 

Un colega corresponsal me preguntó esta misma mañana si todo lo que veíamos me afectaba.

Le contesté la verdad -embarazosa. Que mientras trabaja me arreglaba más o menos con el corazón. Que la tragedia es tan grande que me parece inasequible a tu dolor de visitante transitorio y con demasiadas prisas. Y que para sentirla en el estómago como se debe, como una punzada que te petrifica, tienes que fijarte en un dolor concreto, en algo de magnitud más limitada, algo concebible para nuestra conciencia de ciudadanos que hemos crecido desayunando, comiendo y cenando cada día. Una tragedia limitada, más a nuestro alcance.                                                                                                    

Estos dos niños delante.

 

Tres metros de distancia física, tres mil años luz de verdad.  Los dos están pasando desde hace unos minutos la hora maldita de su existencia, llorando sin poder calibrar aún la enormidad en que el resto de su vida ha cambiado irremediablemente.                                                                                                       El terremoto ha venido, el padre se ha ido, su vida se ha jodido.

Por ahora sólo lloran, gimen como si el terremoto para ellos llegará con seis días de retraso y les acabe de dejar la inmensa desolación de ver su vida caerse por un barranco, la paz de su familia, la protección de su infancia, la guía para abrirse un futuro en este país que siempre ha sido un océano de miseria. El niño, bien vestido con unos tejanos, zapatillas deportivas y un polo amarillo, como cualquier chiquillo de España, abrazando a su madre desconsolada, intentando calmarla, haciéndose aquí mismo y ahora un hombre a la fuerza y de la peor manera posible. Se acabó la niñez.

 

 

Y ahora mismo, pienso, es cuando no hay forma de ser inmune a esto. Al día siguiente de llegar alguien también me preguntó si me había encontrado antes con algo como esto de Haití. Y al principio pensaba que sí.                                   

 

He visto algunas cosas bien feas, horribles, algunas de las que nunca he querido hablar, para qué, basura de la existencia, intentando que la memoria la recicle. Pero no, al pasar los días me he dado cuenta de que tanta destrucción, tantos muertos en tan poco espacio, tantos cuerpos hinchados rodeados de moscas por las calles, tantos pedazos de brazos y piernas, tantos niños llorando a la vez, jamás había pasado por mi retina. Ni por mi imaginación. 

 

Nunca una desolación tan absoluta que ojos, conciencia y corazón son incapaces de  abarcar su calibre. Sólo ahora viendo a esta niña abrazada a una psicóloga del ejército americano como si fuera lo último que le queda en el mundo y en cierto modo lo es, a su hermano intentando mantener la compostura como un niño con pantalones demasiado grandes y a su madre paralizada, como haciendo todos los esfuerzos mentales posibles para darle atrás al reloj, solo ahora el mundo se te cae a los pies.             

Y luego ¿cómo se multiplica esto por 200.000?                                     

Los tengo delante y al lado mi cámara de fotos, la pequeña de video que siempre llevo encima, la grande profesional y la de la blackberry pero no hay forma ni fuerzas ni decencia de hacerles una foto. Su mundo se ha roto y al menos en esta esquina oscura, sucia y desolada del aeropuerto de Puerto Príncipe los restos les pertenecen solo a ellos.

Por eso para esta entrada no he enviado foto. Es mejor cerrar un momento los ojos y rogar que si hay otro mundo ojalá ahí estos niños puedan volver a sonreír como niños.

 

 

 

 

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12:43 ene 15, 2010 | José Angel Abad | General

Lo macabra que puede ser la vida

Naciones Unidas fue, una vez más, la parada obligatoria para hacer un directo sobre una crisis internacional, esta vez Haití, justo antes de empezar la carrera contrarreloj de siempre para llegar al lugar de la historia de verdad tras sortear la lista interminable de preparativos, vanalidades que, sin embargo, uno quiere dejar bien atadas porque cuando las cosas se pongan cuesta arriba pueden suponer un mundo. En este caso, por ejemplo, alquilar un teléfono por satélite antes de subir al avión.

Los colegas de Associated Press nos han prometido hacer lo posible por dejarnos subir a Jordi y a mí en alguno de los aviones privados que están contratando para llevar a su personal y equipos hasta Haití. El problema es que son las tres y media de la tarde, estamos en Nueva York y el vuelo despegará desde Miami a primera hora de la mañana. Así que hay que volar cuanto antes a Florida y no hay tiempo para alquilar el teléfono en Nueva York.FOTO: EFE

Jordi encuentra por internet una compañía que nos lo alquila a las afueras del aeropuerto de Miami… pero estará cerrado cuando lleguemos. Les convencemos, sin embargo, para que nos lo dejen en una consigna que tienen a la puerta de su oficina.

Echamos mano del material de emergencias que siempre tenemos en la oficina -y que incluye colchonetas, mosquiteros y cosas así- y nos metemos en un taxi cargados como los itiriteros.

De camino, enciendo el ordenador para ver cuál es el primer avión para Miami y desde qué aeropuerto. Hay uno a las siete desde La Guardia... Ése lo vamos a perder por apenas quince minutos. Pero se me ocurre entrar en la web del aeropuerto para ver si en la información en tiempo real de vuelos hay algún retraso.

¡Bingo! Va media hora tarde.

Compro entonces desde el taxi nuestros dos billetes por internet -internet, sí-, internet ha cambiado el mundo. Nos colamos, como siempre, en el mostrador de facturación. Nuestros asientos son en la última fila -vamos, lo peor…- pero nos sabe a gloria sentarnos entre quienes llevan planes tan distintos para los próximos días.

Cuando llegamos a Miami, nos vamos de inmediato a recoger el teléfono por satélite. Es una zona de hangares, madrugada. Me han dicho que busque una consigna en forma de pequeña caja de color púrpura. Veo cuatro. Ninguna púrpura. Intento marcar la combinación que me han dado, 003036, en todas ellas. Es un candado endiablado. No hay forma de marcar la clave, a la puerta de esta compañía en una zona industrial desierta, con el taxista impacientándose mosqueado y con un coche policía que de repente se acerca.

Buen momento para pensar aquello de "manda huevos": aquí en mitad de la nada de Florida, en una noche tranquila y sospechosa y ahora a ver cómo le cuento yo al policía que somos españoles, venimos de Nueva York y me han dicho que aquí puedo coger un teléfono por satélite para marchar a Haití.

El ángel, que rara vez nos abandona, viene otra vez a vernos: de repente vemos a alguien en el interior de la nave, un tipo que se acerca y al que se le ha acumulado el trabajo y se ha quedado de noche. Problema resuelto.

CJ, así se llama, fiel a la pasión americana por las iniciales (a mí mismo hay quien me conoce aquí por "J", por aquello de José), resulta ser un americano dicharachero con la sonrisa rápida y pasión por los cachivaches electrónicos. Nos sugiere otro teléfono mejor y nos pasamos más de una hora estudiando los modelos y funciones.

Son ya las dos de la mañana cuando CJ llama a un taxi para irnos a un hotel, el más cercano, un Embassy que resulta estar lleno. Fantástico.

El nuevo taxista, un cubano alegre (vaya redundancia), nos sugiere otro sitio donde, dado que vamos a coger un avión enseguida, se puede pagar por horas.

"Oye, pero ¿tú estas seguro de que ése es un sitio para dormir?" A las cinco y después de un afeitado rápido, llegamos al aeropuerto. Llegan casi a la vez también los colegas de APTN. 

Estos tipos son como hermanos. Les abonaremos el pasaje a precio de oro, por supuesto, pero eso hay que darlo por supuesto. A fin de cuentas, también ellos tienen que hacerse cargo del coste del vuelo, el combustible, el seguro, etc. El caso es que no hay dinero que pague la gentileza de llevarnos, algo que sólo surge porque llevamos años arrugando el ceño juntos aquí y allá y presumiendo entre nosotros de no ponernos nerviosos cuando el reloj y las circunstancias aprietan. Tipos tipos duros y generosos, cortos de palabras, con los que uno se entiende con la mirada. Congéneres que le hacen a uno entender de manera bien distinta el concepto de nacionalidad. La otra familia.

Salimos del aeropuerto de Oka-locka, que es el aeródromo para aviones privados en Miami, en un pequeño jet que ha alquilado APTN. El embarque no tiene nada que ver con los de la aviación comercial: no hay detector de metales ni trámites de inmigración –tan sólo un miembro de la tripulación tomando nota del nombre y número de pasaporte (ya veremos cómo se lo cuento al oficial de inmigración cuando vuelva a Estados Unidos, pienso).

A bordo, cuatro periodistas de la agencia americana, piloto y copiloto y yo. No hay sitio para Jordi, que saldrá en otro vuelo más tarde –pero, por salir ahora, yo ya llegaré a tiempo de darme una vuelta rápida, tomar algunas notas y entrar en directo en el informativo de las 3 de la tarde.

Son las 6.15 de la mañana, aún de noche. En el interior vamos cargados por todos lados, pasillos incluidos, de equipos de televisión -más chalecos antibalas, cascos, agua, sacos de dormir y antenas para comunicaciones por satélite- que indican el tipo de viaje al que nos encaminamos.

Ni siquiera nos piden que apaguemos los teléfonos cuando enfilamos la pista y en segundos nos elevamos sobre las luces de una Miami que aún duerme tranquila debajo. Si miro a la izquierda veo las primeras luces débiles del amanecer de un día abierto a lo imprevisto -dentro de los confines de la tragedia-.

Enseguida nos liamos a charlar en el avión, recordando la última vez que nos cruzamos o especulando con la próxima vez que nos veremos en una situación similar. Pero mientras tenemos pendiente el asunto de Haití, que, en un soplo, se empieza a dibujar en el horizonte, bajo una luz divina y océano brillante, un recordatorio de lo diabólica que puede llegar a ser la belleza.

El capitán nos dice que somos el noveno avión para aterrizar –oficiales de Naciones Unidas se han hecho cargo del aeropuerto. Y aquí, dándole un momento a la tecla, uno piensa que se ha hecho periodista para cosas como ésta –y, como si fuera el primer día, porque siempre es el primer día, espera estar a la altura de quienesesperan informarse a través de nosotros de una nueva versión de lo macabra que puede ser esta vida.
Esta vez, además, en tierra maldita.

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11:13 ene 14, 2010 | José Angel Abad | General

Llegada a Haití

Naciones Unidas fue, una vez más, la parada obligatoria para hacer un directo sobre una crisis internacional, esta vez Haití, justo antes de empezar la carrera contrarreloj de siempre para llegar al lugar de la historia de verdad tras sortear la lista interminable de preparativos, vanalidades que, sin embargo, uno quiere dejar bien atadas porque cuando las cosas se pongan cuesta arriba pueden suponer un mundo.

 

 

En este caso, por ejemplo, alquilar un teléfono por satélite antes de subir al avión.

 

 

Los colegas de Associated Press nos han prometido hacer lo posible por dejarnos subir a Jordi y a mí en alguno de los aviones privados que están contratando para llevar a su personal y equipos hasta Haití.

 

 

El problema es que son las tres y media de la tarde, estamos en Nueva York y el vuelo despegará desde Miami a primera hora de la mañana.

 

Así que hay que volar cuanto antes a Florida y no hay tiempo para alquilar el teléfono en Nueva York.

 

 

Jordi encuentra por internet una compañía que nos lo alquila a las afueras del aeropuerto de Miami… pero estará cerrado cuando lleguemos.

 

Les convencemos, sin embargo, para que nos lo dejen en una consigna que tienen a la puerta de su oficina.

 

 

Echamos mano del material de emergencias que siempre tenemos en la oficina -y que incluye colchonetas, mosquiteros y cosas así- y nos metemos en un taxi cargados como los titiriteros.

 

De camino, enciendo el ordenador para ver cuál es el primer avión para Miami y desde qué aeropuerto.

 

Hay uno a las siete desde La Guardia... Ése lo vamos a perder por apenas quince minutos.

 

Pero se me ocurre entrar en la web del aeropuerto para ver si en la información en tiempo real de vuelos hay algún retraso.

 

¡Bingo!

 

Va media hora tarde.

 

Compro entonces desde el taxi nuestros dos billetes por internet -internet, sí, internet ha cambiado el mundo.

 

Nos colamos, como siempre, en el mostrador de facturación.

 

 

Nuestros asientos son en la última fila –vamos, lo peor… pero nos sabe a gloria sentarnos entre quienes llevan planes tan distintos para los próximos días.

 

 

Cuando llegamos a Miami, nos vamos de inmediato a recoger el teléfono por satélite.

 

Es una zona de hangares, madrugada.

 

Me han dicho que busque una consigna en forma de pequeña caja de color púrpura.

 

Veo cuatro. Ninguna púrpura.

 

Intento marcar la combinación que me han dado, 003036, en todas ellas. Es un candado endiablado. No hay forma de marcar la clave, a la puerta de esta compañía en una zona industrial desierta, con el taxista impacientándose mosqueado y con un coche policía que de repente se acerca.

 

 

Buen momento para pensar aquello de “manda huevos”: aquí en mitad de la nada de Florida, en una noche tranquila y sospechosa y ahora a ver cómo le cuento yo al policía que somos españoles, venimos de Nueva York y me han dicho que aquí puedo coger un teléfono por satélite para marchar a Haití.

 

 

El ángel, que rara vez nos abandona, viene otra vez a vernos: de repente vemos a alguien en el interior de la nave, un tipo que se acerca y al que se le ha acumulado el trabajo y se ha quedado de noche. Problema resuelto.

 

 

CJ, así se llama, fiel a la pasión americana por las iniciales (a mí mismo hay quien me conoce aquí por “J”, por aquello de José), resulta ser un americano dicharachero con la sonrisa rápida y pasión por los cachivaches electrónicos.

 

Nos sugiere otro teléfono mejor y nos pasamos más de una hora estudiando los modelos y funciones.

 

 

Son ya las dos de la mañana cuando CJ llama a un taxi para irnos a un hotel, el más cercano, un Embassy que resulta estar lleno. Fantástico.

 

El nuevo taxista, un cubano alegre (vaya redundancia), nos sugiere otro sitio donde, dado que vamos a coger un avión enseguida, se puede pagar por horas.

 

“Oye, pero ¿tú estas seguro de que ése es un sitio para dormir?”

 

 

A las cinco y después de un afeitado rápido, llegamos al aeropuerto.

 

Llegan casi a la vez también los colegas de APTN.

 

Estos tipos son como hermanos.

 

Les abonaremos el pasaje a precio de oro, por supuesto, pero eso hay que darlo por supuesto. A fin de cuentas, también ellos tienen que hacerse cargo del coste del vuelo, el combustible, el seguro, etc.

 

El caso es que no hay dinero que pague la gentileza de llevarnos, algo que sólo surge porque llevamos años arrugando el ceño juntos aquí y allá y presumiendo entre nosotros de no ponernos nerviosos cuando el reloj y las circunstancias aprietan. Tipos tipos duros y generosos, cortos de palabras, con los que uno se entiende con la mirada. Congéneres que le hacen a uno entender de manera bien distinta el concepto de nacionalidad. La otra familia.

 

 

Salimos del aeropuerto de Oka-locka, que es el aeródromo para aviones privados en Miami, en un pequeño jet que ha alquilado APTN.

 

El embarque no tiene nada que ver con los de la aviación comercial: no hay detector de metales ni trámites de inmigración –tan sólo un miembro de la tripulación tomando nota del nombre y número de pasaporte (ya veremos cómo se lo cuento al oficial de inmigración cuando vuelva a Estados Unidos, pienso).

 

 

A bordo, cuatro periodistas de la agencia americana, piloto y copiloto y yo. No hay sitio para Jordi, que saldrá en otro vuelo más tarde –pero, por salir ahora, yo ya llegaré a tiempo de darme una vuelta rápida, tomar algunas notas y entrar en directo en el informativo de las 3 de la tarde.

 

 

Son las 6.15 de la mañana, aún de noche.

 

 

En el interior vamos cargados por todos lados, pasillos incluidos, de equipos de televisión –más chalecos antibalas, cascos, agua, sacos de dormir y antenas para comunicaciones por satélite que indican el tipo de viaje al que nos encaminamos.

 

 

Ni siquiera nos piden que apaguemos los teléfonos cuando enfilamos la pista y en segundos nos elevamos sobre las luces de una Miami que aún duerme tranquila debajo. Si miro a la izquierda veo las primeras luces débiles del amanecer de un día abierto a lo imprevisto –dentro de los confines de la tragedia.

 

 

Enseguida nos liamos a charlar en el avión, recordando la última vez que nos cruzamos o especulando con la próxima vez que nos veremos en una situación similar.

 

Pero mientras tenemos pendiente el asunto de Haití, que, en un soplo, se empieza a dibujar en el horizonte, bajo una luz divina y océano brillante, un recordatorio de lo diabólica que puede llegar a ser la belleza.

 

 

El capitán nos dice que somos el noveno avión para aterrizar –oficiales de Naciones Unidas se han hecho cargo del aeropuerto.

 

 

Y aquí, dándole un momento a la tecla, uno piensa que se ha hecho periodista para cosas como ésta –y, como si fuera el primer día, porque siempre es el primer día, espera estar a la altura de quienes esperan informarse a través de nosotros de una nueva versión de lo macabra que puede ser esta vida.

 

Esta vez, además, en tierra maldita.

 

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03:46 ene 13, 2010 | José Angel Abad | General

Paisaje de invierno

Me había puesto ya, sin querer, un poco tierno antes de despegar, en parte porque el bueno de Jordi me dijo algo en el embarque con la palabra afligirse que, como no la oigo muy a menudo, me trajo a la memoria un artículo que leí hace años de García Márquez en sus tiempos de plumilla citando a Omar Torrijos que decía algo tan cierto como terrible, "el que se aflige se afloja", y en parte porque cuando ya estábamos sentados en el avión nos advirtieron primero que tenían que cambiar una pieza misteriosa del aparato y luego, con la cosa ya supuestamente resuelta, que tenían que eliminar no sé cuánto hielo acumulado en las alas. Y qué queréis que os diga, aunque uno ya lleva mucha mili de avión esas cosas le siguen haciendo tilín detrás de la oreja.  

 

En esos casos echo cuenta de la estadística para recordarme a mí mismo que las posibilidades de imprevistos aéreos son nimias y, encima, como uno ya ha tenido algún susto de los de garabatear en plan testamento un rápido hasta luego Lucas, ha sido un placer, pues crees que tu número de la lotería aérea macabra, de salir, ya ha salido.

Claro que tanto va el cántaro a la fuente que uno apenas se quita de la cabeza la frasecita que sale en la estupenda película, favorita para los oscars, ya veréis, 'Up in the air' cuando le preguntan al protagonista que se pasa la vida volando por América que de dónde es y él, antes de abrir la boca, mira pensativo al pasillo del avión y responde con resignación "pues soy de aquí".

Lo que quería decir -es cierto, siempre me enrollo demasiado y varios colegas expertos en la materia de los blogs siempre me recomiendan que corte el rollo- es, sencillamente, que me subía al avión que salía de Detroit con un tono tirando a melancólico.

Y por eso cuando giro la cabeza a la derecha dejando que la vista se pierda desde la ventanilla hasta el infinito no puedo evitar una emoción súbita y fría, un pequeño calambre: una llanura de una inmensidad inconcebible para los cánones europeos cubierta de la nieve que lleva cayendo durante una semana y ante la que parecen querer rebelarse sin fuerza las líneas de carretera, con una nebulosa densa en el aire que da idea de la temperatura gélida de ahí abajo que no sube seguro de los veinte grados centígrados bajo cero, con el lago St. Clair y a un paso más allá el Erie cubiertos por una capa de hielo y con la impresión general de que la vista es tan brutal que no puede haber civilización ni mundo ni nada porque esto no es un viaje en el espacio sino en el tiempo y a la era de los glaciales. 

Pero no, así es el invierno en este norte de Estados Unidos. En realidad ya lo conozco bien, no sólo por haberlo visitado una y otra vez durante los últimos siete años sino porque mi viejos amigos Buffalo Bill y el último mohicano, de los que nunca me he olvidado, ya me habían mostrado muchos más años atrás su dureza y naturaleza indómita. Otra razón más para darles las gracias.

E intento imaginar lo que tiene que haber sido resistir aquí durante siglos para las tribus indias y luego para los colonos, lo desesperados que tendrían que estar los emigrantes alemanes, irlandeses, del este de Europa o de donde fuera y también lo canallas que deberían haber sido aquellos otros muchos que se plantaron aquí más por el olor del beneficio que por las puñaladas de la necesidad.  

Para salir del ensimismamiento aparto un momento la mirada hacia el interior del avión y resulta que el fulano trajeado de al lado, que había sacado el ordenador y yo lo imaginaba ya con sus números de ventas, está sin embargo concentrado con un videojuego llamado "Empire. Total war", matando enemigos electrónicos y enarbolando en la pantalla banderitas americanas y británicas y a mí la cosa me parece un sacrilegio de tal calibre que muy seriamente calculo las posibilidades de agarrarlo por la corbata, arrastrarlo por el pasillo hasta la salida de emergencia y darle una buena patada en el culo para que vaya a hacerle compañía a las víctimas de Buffalo Bill. 

"Va a ser un lío, mejor no". 

Y vuelvo al delirio de la naturaleza y a pensar en ponerlo en el blog hasta que se me hace un nudo en la garganta al pensar que esto, otra vez, no va a haber forma de contarlo sin enrollarme.

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Blog desde Manhattan

José Angel Abad

José Angel Abad (Gijón, 1971) es corresponsal de Antena 3 en Nueva York desde agosto de 2003. Este blog abre un nuevo diálogo con los espectadores, ofreciendo una ventana más amplia a la actualidad de Estados Unidos y, al mismo tiempo, una mirada al proceso narrativo de la corresponsalía. También pretende mostrar aspectos peculiares de la vida diaria en Nueva York y otros lugares de Estados Unidos.

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