El concepto 'low cost' se ha instalado en nuestras vidas. Viajamos con el equipaje justo en aviones más estrechos, nos vestimos con prendas a las que les faltan botones y ahora también repostamos en gasolineras self-service para ahorrarnos siete céntimos por litro.No disponen de baños, de tienda ni de túnel de lavado. Por su tamaño, parecen casi de juguete. El señor que nos echaba la gasolina hace tiempo que desapareció de la mayor parte de las estaciones de servicio, pero en estas ni siquiera existe quien te la cobre. Llegas a la máquina con tu tarjeta de crédito, marcas el importe, te sirves y dejas paso al siguiente.
El ahorro por depósito es de poco más de cuatro euros, pero para quienes no tenemos más remedio que coger el coche a diario, supone unos 200 euros menos al año.
Además de los recortes en personal y en instalaciones, estas gasolineras se caracterizan por no ser fieles a una sola petrolera. Realizan su pedido cada día a una diferente, la que les ofrezca el mejor precio.
No disponen de carburantes especiales o de última generación. Tan sólo existen dos mangueras: la del diesel y la de la gasolina. Así de sencillo. Tienen claro que quien busca el mejor precio no se preocupa por el agente antioxidante o el repostaje “más corto y sin salpicaduras”. Se conforma con la gasolina de toda la vida, la que todos conocemos como “la barata”, aunque de barata tenga poco.
Eso sí, hasta que el resto de estaciones de servicio se ponga las pilas, más te vale salir de casa con tiempo. Es habitual encontrarte con una fila de diez o doce coches antes que el tuyo. Es el precio de pagar menos.
Un consumidor repostando gasolina