Noche del viernes. Las tropas irlandesas acuden a la última reunión antes de la batalla de la mañana siguiente. En el búnker, una bombilla amarilla produce un hilo de luz, suficiente para adivinar una mesa en la sala, y tres figuras sentadas tras ella. Se sientan los irlandeses, y esas figuras se hacen visibles, las condecoraciones que cuelgan de su pecho los delatan: se trata de los generales del Trébol, Brian O'Driscoll en el centro, flanqueado por Paul O'Connell y Ronan O'Gara. Las tropas esperan impacientes el discurso de sus líderes, hay incertidumbre en sus caras, sudor, nerviosismo. Keith Earls frunce el ceño, al pequeño Reddan le tiemblan las piernas, Geordan Murphy, con un palillo en la boca, se mantiene sereno, recostado en la silla; él ya se ha visto en muchas de éstas, es perro viejo.
Brian mide la temperatura de la sala, sabe que mañana será un momento clave. En esta guerra asimétrica se miden a un rival más fuerte, más rápido, más habilidoso. Su plan es claro, su plan es firme: Guerra de guerrillas. "Paul, tu turno" dice por fin el general irlandés. Y el imponente O'Connell alza la voz. "Mañana necesito un grupo de asalto, para el cuerpo a cuerpo, esa será nuestra arma secreta" su mirada se posa en tres de sus mejores hombres, los comandos del equipo irlandés: Se trata de Heaslip, O'Brien y Ferris. "Chicos, calad las bayonetas, mañana será una pelea de perros" Los tres asienten. "O'Callahan y yo os proporcionaremos superioridad aérea" añade. "Bien, Ronan tu turno" dice Brian con tono pausado mientras dirige la mirada a su otro capitán. "Sabes que necesitaremos fuego de cobertura." Ronan cierra los ojos y asiente confiado. "Él sabe lo que tiene que hacer. Yo me mantendré en la retaguardia." Todos los ojos de la sala se posan en el joven Jonny Sexton. Por último, Brian mira a su guardia personal. "Cualquier hueco, cualquier brecha en la línea, quiero que os mováis rápido y sin dudas". Bowe, Kerney, Earls y D'Arcy asienten. El plan está claro, sólo hace falta ejecutarlo.
La reunión se termina, y todos se retiran a los barracones. La débil luz de la bombilla revela una solitaria figura que se queda sentado frente a la ventana, con un vaso de whiskey en la mano. Y en esa figura se adivina una sonrisa. "No sabrán qué les ha golpeado" piensa Brian.
Paul O’Connell se prepara para el impacto | Foto: antena3.comMinuto 50. 9-6.Hasta ahora el plan ha funcionado. Australia, aturdida, no reacciona. Es el momento de dar el golpe final. Jonny Sexton coge su fusil. El corazón le golpea el pecho con violencia, mil pensamientos se amontonan en su cabeza. Tiene que tranquilizarse, relajar las pulsaciones, afinar el pulso. Se para, cierra los ojos. Respira profundo, muy profundo. Apunta, deja la mente en blanco y aprieta el gatillo. El balón vuela alto, sobre las cabezas de los australianos y...se estrella en el poste.
En el corazón de las líneas irlandesas, una alarma se enciende en el cerebro de Brian. "No puedo dejar que la bestia se despierte" piensa, y su mirada se posa sobre el viejo Ronan. No hace falta que se digan nada, entre ellos sobran las palabras. Ronan monta su rifle. No habrá más fallos. Minutos después, O'Gara, con dos certeros disparos pone el 15-9 en el marcador. Australia, moribunda, ha despertado. La bestia, enrabietada, da sus últimos coletazos. La defensa irlandesa es agónica, legendaria. Los comandos irlandeses, capitaneados en el campo de batalla por el propio O'Connell, que se erige entre los suyos como Ajax Telamonte en la batalla de Troya, aguantan una y otra vez las embestidas Wallabies. Una pelea de perros.
Por fin, la bestia pierde fuerza, ha perdido mucha sangre. El final está cerca, ya no hay nada que hacer. Suena el silbato del árbitro, la batalla ha terminado. Las tropas irlandesas lo celebran por todo lo alto, mientras una figura solitaria se apoya en uno de los palos y esboza una sonrisa. Tras cuatro Copas del Mundo Brian lo ha conseguido.
Paul y Brian vuelven a tener motivos para sonreir.