Sábado. 8:50 en una gélida noche parisina. En el centro del Stade de France, Dave Pearson, tras la enésima inspección de césped, flanqueado por ambos seleccionadores, y con gesto preocupado, debe tomar una decisión. Pese a la presión que se acumula sobre sus hombros, el colegiado no lo duda. Así no se puede jugar. Partes del terreno de juego están totalmente congeladas, por no hablar de las zonas fuera del terreno de juego, donde los jugadores pueden acabar en el suelo más de una vez a lo largo del partido. Así, no queda otra. Partido suspendido. La decisión corre como la pólvora en televisiones, responsables a pie de campo y llega hasta los equipos, sin embargo, en las gradas los aficionados todavía ocupan sus asientos sonrientes, bailando al son de la música que se escucha por los altavoces.
Han pasado ya casi diez minutos desde que se tomó la decisión, y todavía nadie se ha dignado a avisar a los miles de espectadores que esperan impacientes la salida de los jugadores. Es el último despropósito en una cadena de errores y malas decisiones que empezó una semana atrás. Rebobinemos. El lunes 5 de Febrero, las predicciones del tiempo ya alertan de una temperatura de -7 para el día del partido, llegando a los -10 a la hora del encuentro. El Stade de France no cuenta con calefacción bajo el césped. Aquí nace una bola de nieve, que se hará más y más grande durante toda la semana. Martes 6 de Febrero, Vincent Clerc alerta de la dureza del campo en el partido contra Italia, donde según el jugador partes de la banda ya estaban congeladas. Segundo aviso. Jueves 8 de Febrero, el campo ya se ha congelado, pese a hallarse cubierto con una manta térmica. Tercer aviso. Viernes 9 de Febrero, mientras Irlanda tiene que entrenar bajo techo, Dave Pearson inspecciona el césped, que según los responsables se mantiene a 3 grados, y da el visto bueno. El partido sigue adelante. El cuarto aviso, se salta a la torera.
Soluciones del siglo pasado para atajar el problema | Foto: AgenciasY el Sábado la bola de nieve ya es imparable, haciéndose más y más grande: A las 7 se quitan las mantas, a las 7:15 Pearson vuelve a dar luz verde, a las 8:15 Kidney y Saint-Andre pasean por el campo y muestran su preocupación, a las 8:30 Pearson vuelve a dar luz verde, por tercera vez, y a las 8:50 suspende el partido. La bola se estrella contra los asistentes, golpeando con especial virulencia a los irlandeses a las 9:00 cuando el speaker comunica que el partido no sigue adelante. Según cuentan los espectadores, el equipo irlandés jugo un partidillo de touch-rugby para entretener a los aficionados, pero su descontento era mayúsculo, y no era para menos.
¿Recuerdan unas líneas más arriba cuándo enumerábamos los avisos? Pues la razón es sencilla, determinar el número de veces que se podría haber atajado el problema. Las decisiones múltiples, y mucho más sencillas logísticamente que las consecuencias que acarrea suspender el partido. La más sencilla, cambiar la hora. Se hace en muchos deportes, incluido el “Winter Classic” de la NHL, un partido anual que se juega en el exterior, sin techo, donde la hora va cambiando según las predicciones del tiempo para conseguir las mejores condiciones de la pista de hielo. Otra, también sencilla, era cambiar el estadio, con días de antelación, sin cambiar la ciudad, lo que representaría una molestia menor para los visitantes irlandeses. Pero no se tomó ninguna de ellas, y tras la suspensión del encuentro, ni tan siquiera se atendió a las necesidades de los espectadores para jugarlo, es decir, haciéndolo en la fecha que más conviniera a los visitantes irlandeses, probablemente a la mañana siguiente.
No necesita comentarios. Buuuuuu | Foto: AgenciasY así el aficionado sufre la enésima burla en un proceso de profesionalización de este deporte en el que sujeta la máxima carga. El aficionado que sigue comprando las entradas pese a su subida de precio, que sigue comprando las camisetas pese a costar el doble de lo que costarían si el logo de su equipo, el aficionado que prepara su viaje anual a un partido del Seis Naciones como si de un ritual sagrado se tratara, haciendo, en estos tiempos de crisis, verdaderos sacrificios y malabares personales y profesionales para pagar el último tributo a su deporte favorito. Ese aficionado hoy debe sentirse ninguneado, menospreciado y manoseado. Porque un partido de Seis Naciones a las nueve de la noche es la prueba evidente de “los deseos de las televisiones”. Porque la petición de la Federación Francesa de que “el partido se juegue el año que viene, para no causar más problemas a los Clubes de la Top14, privándoles una jornada más de sus jugadores estrella” (Pierre Camou) es poco más que una tomadura de pelo, y responde a las presiones de los clubes y no al clamor de los aficionados.
Y al final de todo este entuerto, tras el enfado de la comunidad rugbística, se llega a una solución, tarde y mal, pero se llega. El partido se jugará el 4 de Marzo a las 3 de la tarde, lo que viene siendo el horario natural de un partido de Seis Naciones. Y John Feehan, mandamás del Seis Naciones reveló que también estudian un sistema de compensación para reembolsar los gastos a todos los aficionados franceses e irlandeses que así lo deseen. Pero lo que seguro desean esos aficionados es que no se les trate como el último mono, sino como una parte integral e irrenunciable para el crecimiento de este deporte. O eso, o el rugby profesional se lo puede quedar otro. Porque hablando con los octogenarios sobre cómo era el deporte en décadas pasadas, uno no puede evitar sentir la misma nostalgia que sentían los personajes de Delibes al acordarse de su infancia en el pueblo.
Ronan y Francois comentan la situación