CONFESIONES DESDE EL SIN BIN

Especial VI Naciones: de olvidos y maldiciones

Esta historia comienza lejos, en una tierra de rugby, y de sueños. Allí en Nueva Zelanda, cuatro años de ilusiones y de planes, de sueños y aspiraciones se truncan tan rápido como el óvalo atraviesa tres palos o se posa en la zona de ensayo.

Francia, tan cerca pero tan lejos Francia, tan cerca pero tan lejos | Foto: Agencias

Bruno López (@BrunoLpez)  |  Mieres (Asturias)  | Actualizado el 03/02/2012 a las 10:01 horas

Pero la gran mayoría sabía que el asalto al trono era un ataque imposible. Para algunos, el último ataque suicida, y como Katsumoto en “El último Samurai”, en esos últimos momentos sabrían apreciar la belleza de los mundiales en una dimensión que sólo aquel que sabe que nunca volverá a jugarlos puede apreciarla. La corona se queda en casa, y todo el Hemisferio Norte se vuelve a casa derrotado, con sólo un equipo que vuelve a casa con el orgullo intacto.

Es un Seis Naciones extraño. Es un Seis Naciones de segundas oportunidades, de ajuste de cuentas y de olvidos. Habrá que borrar de la memoria auténticas rutinas del Torneo, como ver ese metrónomo humano colocarse para golpear, tres pasos exageradamente amplios a un lado, mano arriba, balón dentro. En Murrayfield se echará de menos el efecto Paterson. Adiós Chris. Tampoco veremos la serpiente de Morriston, escurridiza, rápida, un metro setenta de puro nervio. En Cardiff echarán de menos volver a celebrar un exhilarante ensayo de Shane Williams. ¿Qué decir del hombre de la profecía de San Jorge? El wonder boy inglés, que no tendrá despedida en Twickenham. Muchos delanteros no perderán su orgullo al ser placados en las costillas por un apertura. So long, Jonny.  Y por un tiempo no veremos la sonrisa pícara y endiablada, la magia se queda en casa. BOD se toma vacaciones, como Dios al séptimo día.

Dicen que estamos acabados Ronan, ¿Te lo puedes creer?Dicen que estamos acabados Ronan, ¿Te lo puedes creer? | Foto: Agencias

También es un torneo de maldiciones. La maldición de un joven dragón que terminó su mundial antes de tiempo. Pero Sam Warburton no se tiene que preocupar, esta es sólo una de las etapas por las que tienen que pasar todos los héroes clásicos. Su maldición es la de pensar, de aquí a que acabe su carrera en el “¿qué habría pasado?”. Sin embargo, la maldición del resto de galeses es pensar que a día de hoy juegan un rugby sensacional pero si los títulos no llegan, no sirve para nada. Que se lo pregunten a Arsene Wenger. Y el destino ha querido que el primer partido traiga un enemigo familiar, Irlanda. “Los seis naciones no se ganan en el primer partido, pero sí se pueden perder” es el lema de un Torneo a cara de perro.

Y sus oponentes también sufren de su particular maldición. La maldición de tirar de un complejo de inferioridad que pesa más que el plomo. Esa suerte de tragicomedia irlandesa, que les gana aficionados pero les pierde partidos. Es quizás parte de su carácter, está en su ADN, pero ahora no estará BOD para encender la chispa y es hora de quitarse la careta. Porque además, nadie dejará entrar el caballo de Troya. Leinster, Munster y Ulster han mostrado que están a la cabeza del rugby Europeo, y así lo tienen que demostrar como conjunto. El israelita Heaslip ha de asumir, desde su puesto de mando en la cola del paquete, la batuta de la tercera línea y disparar a Ferris y a O’Brien una y otra vez contra la defensa rival. En la línea, también hay maldiciones. La maldición de un hombre llamado Andrew Trimble, “¿será que soy norirlandés?” habrá pensado el rubio alguna vez. Porque si no es incomprensible como Keith Earls, “el de gesto torcido” que diría Homero, asuma ese 13 de Irlanda que ahora mismo debe pesar cien toneladas. Y más si tenemos en cuenta las carencias defensivas de Earls. Trimble por el contrario, es uno de esos jugadores que han nacido con el mono puesto. Una defensa sólida, un ataque sólido. Todo de acuerdo con lo que se le dice. Si el rubio pusiera sus credenciales de este año encima de la mesa, a Earls se le torcería aún más el gesto.

Paren el barco que me bajo. ¿No? Pues me bajo igualParen el barco que me bajo. ¿No? Pues me bajo igual | Foto: Agencias

Otra maldición es la de un barco a la deriva. “Los jugadores de rugby beben, es un hecho” diría el capitán, antes de que le tiraran del barco. A él, a su contramaestre y a toda la plana mayor. Algunos no hizo falta tirarles del barco, ya lo hicieron ellos mismos, no no hablo del capitán Schettino. Y así, sin Johnson, Wilkinson, Easter, Thompson, Moody, Shaw y el resto de viejos lobos de mar; Y con Care y Armitage tras la barra de un bar, es hora de que esos jóvenes ingleses nos hagan ver que realmente son tan buenos como nos hacen creer. Como dijo el capitán Jack Aubrey en Master&Commander: “Inglaterra está bajo amenaza de invasión, y aunque estemos al otro lado del mundo, este barco es vuestra casa. Este barco ES Inglaterra”. Y siguiendo esta rotunda afirmación, diremos que el rugby inglés lleva años bajo amenaza, jugando un papel secundario en la Copa de Europa este año, el “desastre” de Ulster no fue más que la confirmación de que alguien está haciendo mal las cosas. Sea como fuere, el Seis Naciones no espera por nadie, y el Capitán Lancaster, y su contramaestre con orejas de coliflor Graham Rowntree ponen rumbo a las costas de Escocia haciendo recuento de las balas de cañón que quedan en la bodega. Primer asalto para Chris Robshaw y sus muchachos, algunos, como Owen Farrell, ni siquiera tienen cicatrices en sus caras.

A Francia llegaron con la cabeza alta los protagonistas de la “revolución del bigote”. A un ensayo de la gloria. Negro sobre blanco. Su maldición es la de poseer un orgullo que no tiene fin. En ocasiones un orgullo con talento que parece la pócima del éxito. En ocasiones un talento con orgullo que parece la receta del fracaso estrepitoso. Es un gallo de dos cabezas, una de ellas colorida, con la cresta levantada, la otra distraída, pasota. En el mundial caminaban por el desierto, destinados a morir de sed tarde o temprano. Y nadie sabe cómo, quizás ni ellos mismos, encontraron un oasis en el partido contra Inglaterra. Y no era un espejismo, era un oasis de verdad. En este equipo también hay maldiciones individuales. Una de ellas, más que maldición es un síndrome. El “Síndrome de Murray” lo padece el parisino Luis Picamoles. Dícese del Síndrome Andy Murray aquella condición que te obliga a jugar detrás de tres colosos. Y el bueno de Louis ha nacido detrás de Dusatoir, Bonnaire y Harinordoquoy. Pero toda condición se puede curar, y Picamoles ha conseguido hacerse con la titularidad para el partido contra Italia. Está en el quinto set contra Djokovic, con un break de ventaja. Tendrá que materializarlo.

Choque de colosos, Castro contra O’BrienChoque de colosos, Castro contra O’Brien | Foto: Agencias

En el Coliseo, los gladiadores que sobreviven comen y descansan hasta la próxima pelea. El “Doctore” Mallet se ha ido, y ahora el “ludus” está bajo la dirección del nuevo “Doctore” Jacques Brunel. Y mientras los viejos guerreros como Masi, Castrogiovanni, LoCicero, Zanni o Parisse comen, beben y ríen, conscientes de que cada día es el último día, los jóvenes gladiadores que se enfrentan a su primer día en la arena se sientan temerosos en un rincón. Allí están Venditti, Benvenuti y Sgarbi. Suyo es el futuro de la azzurra.

Y aquí se acaba este mapa, ahora es el momento de que cada uno olvide. Que el sábado uno se olvide de la crisis, del frío, de los problemas, de las obligaciones. Es el momento de juntarse en torno a unas cervezas en el bar de siempre, tirar la dieta por la ventana, o el momento de buscar ese bar que rinde, en cada ciudad, culto al óvalo. A los que juegan, es el momento de juntarse en ese tercer tiempo Seisnacioniano que acaba a altas horas de la madrugada. La ducha puede esperar. Para los que están lejos de casa, es momento para sentirse cerca. Para los que están en casa, es momento de cerrar los ojos, escuchar el rugido del público y transportarse a Dublín o a Cardiff. Porque nuestra maldición es la de haber sido mordidos por el óvalo, nuestra maldición es la de quedarnos embelesados delante del televisor, la de soltar una exclamación de asombro con cada diablura de pies y una exclamación de dolor con cada choque de trenes. Emocionarse y disfrutar, ¡Bendita Maldición!

 

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B. López, M. Martín y A. Serrano

Bruno, Miguel y Álvaro. Fundadores y parte del plantel del incipiente Nebrija Club de Rugby, los tres mantienen un idilio eterno con el deporte del ovalado. Bruno, asturiano de nacimiento, aunque "hijo adoptivo de Leicester, cuna del rugby inglés", se proclama "defensor a ultranza de la cerveza negra ante el champán francés, del ruck y el maul ante el pase y el contrapié, del Hemisferio Norte ante el Hemisferio Sur. Siempre con un trébol en el bolsillo".

Míchel, aprendiz como jugador, está capacitado para visionar 15 horas de rugby de forma ininterrumpida (y sin daños cerebrales). Tiene una máxima: "Ningún jugador es eterno. Hoy te encumbran, mañana te piden que te retires".

Y Álvaro, un salmantino de pro que cambió el balón redondo por la almendra a los 18, y que sólo se arrepiente de no haberlo hecho antes. "Amante del Flair francés, del rugby total del helecho y de la tradición de las islas".

Los tres, analistas del deporte más noble de cuantos haya, ahora en antena3.com.

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