Test-match. Todos los profesionales dicen que se juega a una velocidad diferente, a un ritmo infernal, a una intensidad que no se podría lograr semana tras semana. Y, la verdad, es que viendo el partido de ayer no se puede estar en desacuerdo con esta valoración. El partido tuvo todo lo que se espera de un test-match de altura: Placajes demoledores, cuerpos retorcidos por el dolor en el suelo, carreras, muchas carreras, un porcentaje de placaje completado altísimo, una exigencia táctica máxima. Aún así, el partido dejó un mal sabor de boca, ¿Por qué?
La respuesta es bastante fácil, cualquier espectador que vivió el partido en directo sabrá responder. El problema está en que el partido fue in crescendo. Una bola de nieve que se iba haciendo más y más grande. Comenzó con una Irlanda enfurecida, rápida, las lineas de los delanteros y los tres cuartos endiabladamente incisivas. Tommy Bowe, en el minuto 12, anotando por primera vez tras un pase telegrafíado de los franceses, Sexton anotando los extras. 0-7. Parra mantuvo viva a Francia gran parte del partido, con esa eficacia con la bota a la que ya nos tiene acostumbrados. Recompensa en parte al gran trabajo de la delantera francesa en esa primera mitad, que a 3 minutos del final reflejaba un tenso 6-10. Y eso fue hasta el segundo zarpazo de Bowe, un ensayo que revela la gran virtud del irlandés: Cuando se propone correr hacia la línea de ensayo no altera su velocidad o su línea de carrera ni un milímetro, no importe cuantos rivales tenga cerca. Así, Irlanda se va con un 6-17 al descanso.
Rougerie se estira ante la mirada de Parra y Sexton | Foto: AgenciasY la segunda parte fue de una Francia que volvió a poner en evidencia su eficacia máxima, que volvió a poner en evidencia que si se le da un dedo se come el brazo hasta el hombro. 100% de eficacia en la melé y 100% de eficacia en la touch dotaron a Francia de una ligera superioridad en la posesión y la territorialidad. Y aquí entra otro que, como Bowe, no entiende de frenada: Fofana no llama a la puerta, la derriba de una patada sin preguntar. Y así, 14-17 en el minuto 50. Uno, viendo el partido, ya empieza a imaginarse un final épico, aunque todavía queda mucho. Y Parra se encarga de alimentar nuestras esperanzas, con otro golpe transformado que pone el 17-17. Entre tanto, mientras Dusatoir, O’Conell, Ferris y Bonnaire se hinchan a placar, el de Ulster con especial virulencia, el pequeño Murray dice adiós con una lesión de rodilla.
Fofana le gana la partida a Kerney | Foto: AgenciasHemos llegado al minuto 71, y entonces a esa bola de nieve que ha crecido durante todo este rato se le añade el ingrediente final: Sexton, lesionado, deja paso a Ronan O’Gara. Ya están pues, todos los ingredientes en la olla, y los espectadores neutrales se preparan para nueve minutos de palomitas, nueve minutos de tensión impredecible que seguro acabarán con un drop de Parra, de O’Gara, o con algún ensayo sobre la bocina. Y van pasando los minutos y de momento parece ser que es Francia quien lo tiene, lo acaricia, incluso lo intenta en dos ocasiones con dos desafortunados drops. Los minutos pasan y el juego se traslada al centro del campo. Marcador en rojo, se ha acabado el tiempo y el espectador teme que no se cumplan las expectativas de ese final antológico. Y entonces, ese perfecto pastel de Seis Naciones que teníamos en el horno se desinfla cuando el árbitro ordena el final de la contienda, y lo que podía ser un festín termina siendo un buen partido con un toque agridulce. En fin, tachamos a Francia de la lista de candidatos al Grand Slam, una lista en la que sólo quedan los dragones pues. Todo está en sus manos. Irlanda, por su parte, ya sólo puede esperar de este Seis Naciones una mítica victoria en Twickenham el día de San Patricio. Pero sin el duende O’Driscoll los partidos los tienen que trabajar un poco más, y ni McFadden ni Earls consiguen llenar un 13 que pesa toneladas.
Ferris se ha convertido en pieza clave del conjunto irlandés