Tengo un contrato indefinido que me ata con el rugby para siempre. No pararé hasta que todas las niñas de este país quieran vestirse de leonas.
Así sin darme cuenta, partido a partido, placaje a placaje, este año cumplo ya diez desde que jugara aquel mi primer partido de rugby.
Brian regresaba a los cuarteles generales de las tropas irlandesas con paso ligero y preocupado. Acababa de firmar con el joven Chris Robshaw la retirada honrosa de sus tropas. “Un buen chico ese Robshaw” pensaba para sus adentros, rememorando lo encarnizado de las batallas con Jonno, Corry o Dallaglio.
Estas dos palabras se repiten sin parar mientras recorro el ya familiar trayecto del campo al hospital. Nunca más, como el torrente de dolor que va y viene, con cada latigazo esas dos palabras asaltan mi cerebro. Nunca más, pienso, mientras espero en la sala del hospital ante la mirada de lástima de los que allí se encuentran, las botas aún puestas y los tacos repiqueteando nerviosos en el suelo.
Nos enamora el rugby porque es una escuela de vida. Porque todo lo que aprendemos en el campo nos lo llevamos puesto. Y una de las lecciones más duras la hemos aprendido todos. Es el amargo sabor de una derrota.
Dice un viejo refrán ruso que vivir en el pasado es como correr detrás del viento, y, nuestras leonas de Seven, no han caído en el error. En los últimos meses, muchos factores han podido desequilibrar al grupo, incluyendo un cambio de staff y de sistema, pero el grupo sólo mira hacia adelante, convencido en que la respuesta está en lo que vendrá, y no en lo que ya pasó.
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Parece que fue ayer cuando celebrábamos la brillante clasificación de nuestro chicos del 7 para las series IRB de este año, y para cuando lean esto España7 ya habrá iniciado su andadura como equipo oficial en el torneo mundial de la IRB de seven 2012/2013.
Nos desplazamos a Sudáfrica, en el año 2009, donde los Lions afrontan un segundo test que marcara el destino de las Series, tras la durísima derrota en Durban. Los British and Irish Lions necesitan un despertar, encontrar la agresividad y la dureza en el paquete perdida en el primer partido. ¿Qué fue lo que pasó?
Bruno, Miguel y Álvaro. Fundadores y parte del plantel del incipiente Nebrija Club de Rugby, los tres mantienen un idilio eterno con el deporte del ovalado. Bruno, asturiano de nacimiento, aunque "hijo adoptivo de Leicester, cuna del rugby inglés", se proclama "defensor a ultranza de la cerveza negra ante el champán francés, del ruck y el maul ante el pase y el contrapié, del Hemisferio Norte ante el Hemisferio Sur. Siempre con un trébol en el bolsillo".
Míchel, aprendiz como jugador, está capacitado para visionar 15 horas de rugby de forma ininterrumpida (y sin daños cerebrales). Tiene una máxima: "Ningún jugador es eterno. Hoy te encumbran, mañana te piden que te retires".
Y Álvaro, un salmantino de pro que cambió el balón redondo por la almendra a los 18, y que sólo se arrepiente de no haberlo hecho antes. "Amante del Flair francés, del rugby total del helecho y de la tradición de las islas".
Los tres, analistas del deporte más noble de cuantos haya, ahora en antena3.com.