Sade: envejecer con dignidad
Pues no, Sade no es una señora morena que susurra canciones en Kiss FM. Aprovechando que volverán a estar de actualidad porque su nuevo disco de estudio está a punto de caramelo, he decidido que es el momento de reivindicar a este grupo (sí, Sade es un grupo, no sólo una señora morena) que consiguió mucho más que dar a luz canciones redondas que se han convertido con el tiempo en icono de los 80.

La diferencia entre Sade y la mayoría de grupos ochenteros que hoy vuelven a la palestra con más o menos fortuna (Spandau Ballet, Echo and the Bunymenn, Ultravox, Simple Minds), recuperados a veces con ironía, otras como un revival necesario, es que Sade siempre hicieron canciones con intención de perdurar. Y aunque muchos los consideran horteras –el saxofón es lo que tiene- o carne de música para ascensor –son intensos, pero sin exasperar-, nadie puede negar que Sade entran en su cuarta década en la música sin quemarse y con el honor de haber conseguido meter en una batidora jazz, soul y world music para parir clasicazos que a día de hoy se siguen vendiendo en el itunes.
Helen Folasade Adu es una británica de origen nigeriano que le gustaba escuchar a Marvin Gaye y Astrud Gilberto, escribir letras y cantar. Y entonces conoció a Stuart Matthewman, guitarra y saxo, Paul Spencer Denman, bajo, y Andrew Hale, teclado, y decidieron montar un grupo recurriendo a Sade como imagen y nombre del grupo. De ahí la confusión general entre vocalista y grupo.
A mediados de los 80 conseguirían el gran jitazo con su primer disco, Diamond Life: Smooth Operator les colocó a la cabeza de las listas de ventas y, aunque encadenarían otros muchos éxitos a lo largo de la década, sería éste el más emblemático de la banda. Lejos de convertirse en un one hit wonder, en los 90 regresarían con Love Deluxe, donde se olvidan del preeminente viento-metal, y ponen en primer plano la percusión y los teclados. Vamos, lo que se llevaba por entonces: aires pretenciosos y tragedia en la pista de baile… Salvando las distancias: un cruce fast food entre Massive Attack y Everything but the girl. Música elegantosa y carga emocional en las letras, apta para todo tipo de públicos.
Aunque no es su mejor disco, y el siguiente mucho menos, Lovers Rock, ya abandonado al mainstream, la fusión y etnicismos de fácil digestión, Sade demostraron que conseguían envejecer con dignidad –Madonna no podrá decir lo mismo como siga así-, pero también que sabían retirarse a tiempo. No estaban haciendo lo mejor que podían hacer, así que se daban un preciado descanso.

El resultado no puede ser mejor: en febrero vuelven con Soldier of Love –la palabra love es sin duda su mayor referente artístico-. Es, sin duda, un sorprendente regreso tras diez años sin grabar material nuevo. Y aunque es pronto para decir si el disco estará a la altura de sus imprescindibles, Diamond Life o Promise, el single apunta maneras.
Como una metáfora de su propia supervivencia en una industria musical despiadada, Sade recuperan en el single (atención al vídeo... kitsch a más no poder) sus señas de identidad a partir de la voz icónica de Adu y la preeminencia de la percusión para ponerse en la línea épica que tanto se lleva a hora (que se lo digan a Killers, Coldplay, Muse y tantos otros, que parece que están fraguando la banda sonora del fin del mundo) y regalarnos otra canción que, como el resto de su discografía, acabará convirtiéndose en un clásico de la música popular. Ahora sólo hay que esperar a que haya gira… ¡Que vivan las viejas glorias!
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Los chic@s de la Cara B
Escucha esto, atento a cómo suena el sexto tema, apúntate en la agenda el concierto de la semana que viene, no sé qué se han creido estos con ese vídeo tan conceptual. César, Emilio, Mario, Melanie y Rodrigo abandonan de vez en cuando las trincheras informativas y te cuentan lo que les pasa por el iPod.
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