Ocho kilómetros separan el Wat Phu, el Templo de la Montaña, del pequeño pueblo de Champasak. Casi media hora de trayecto en tuk-tuk por una carretera a ratos bien asfaltada y a ratos un continuo salto de bache en bache. Estamos en el sur de Laos, muy lejos de los miles de turistas que llenan Luang Prabang o Van Vieng, en el norte del país. Aquí Laos hace honor a esa vieja frase sobre la tranquilidad de los laosianos: "Los vietnamitas plantan el arroz, los camboyanos lo cuidan y los laosianos lo escuchan crecer". Se la atribuyen a un francés de la época colonial. Desconozco si es así o si se trata de un acertado lema comercial, pero si de verdad el arroz se oyera crecer, en esta parte del país sería un clamor.
Columna medio enterrada | Foto: Marino HolgadoEl tuk-tuk nos deja en la entrada del Wat Phu, un extraordinario recinto arqueológico que comenzó a construirse durante el Imperio Champa, entre los siglos V y VIII. Desde aquí todavía tendremos que caminar unos quince minutos entre dos estanques, rodeados por el intenso verdor del paisaje, antes de llegar a los primeros restos en piedra. La vista nos engaña: sólo puede verse una parte del recinto. Otra, la que sube por la montaña que tenemos enfrente, está oculta bajo los enormes árboles. Sólo cuando el viajero llegue al nivel superior tendrá una visión completa de la magnificencia del lugar que pisa.
La entrada es majestuosa. Una calzada de piedra, con hitos a cada lado rematados en forma de flor de loto cerrada, pasa entre dos pequeños estanques antes de llegar al primer nivel del recinto. Se trata de dos pabellones rectangulares. Sus bajorrelieves recuerdan que el lugar fue, en un primer momento, templo de culto hinduista antes de ser convertido al budismo en siglos más recientes. Estos dos edificios están aún en una primera fase de restauración y al caminar por su interior el viajero puede apreciar el estado en que se encuentran monumentos como este antes de pasar por la mano de los arqueólogos y restauradores: paredes semiderruidas, piedras medio enterradas... Sentirse explorador entre estas piedras es aquí más fácil que nunca.
Una sucesión de escaleras y rampas en piedra nos llevan hacia el nivel superior. Algunos de los tramos de escalones están bordeados por champas, árboles a modo de túnel. Algunos de los troncos crecen entre y sobre las piedras, imposible no recordar los templos de Angkor, rotos también sus muros por impresionantes árboles. A mitad de subida, dos grandes estatuas de dvarapala, de centinelas, yacen en el suelo medio enterradas en la hierba. Otra figura, que ha permanecido en pie, vigila la subida blandiendo una gran espada protectora.
En la parte más alta del recinto, bajo la sombra que proporciona la espectacular vegetación, se encuentra el templo principal, el santuario del lingam de Shiva. El recinto pudo albergar en su día un lingam, una representación del falo de Shiva entendido como símbolo de la energía. Pero ahora, dedicado al budismo, acoge una estatua de Buda y un altar en el que es habitual encontrar laosianos realizando sus oraciones.
El santuario principal y el altar tras su puerta central | Foto: Marino HolgadoCaminar por el entorno del templo nos permitirá descubrir una enorme cabeza de elefante tallada en una piedra, un contorno de un cocodrilo excavado en otra, un manantial de agua sagrada que brota de la montaña rocosa situada tras el santuario (y que en tiempos regaba el falo de Shiva), un bajorrelieve representando la trinidad hindú y, sobre todo, una espectacular vista del recinto completo y del valle del Mekong. Las aguas del gran río que cruza Laos (y Asia) pueden verse a seis kilómetros de distancia. Difícilmente podrás resistirte a sentarte un buen rato contemplando la postal.
Piedra, agua, vegetación y silencio, así es el Wat Phu | Foto: Marino HolgadoLa Unesco declaró a este lugar Patrimonio de la Humanidad en 2001. Pero más allá del valor histórico y artístico del Wat Phu, el viajero se quedará con las sensaciones. Lo visité en el mes de agosto y en todo el recinto apenas me crucé con más de veinte turistas, además de tres familias laosianas. Pasear entre unas ruinas jemer en silencio, sin guías voceando su narración, caminando en soledad entre muros con siglos de antigüedad, cruzándome de vez en cuando con la permanente sonrisa de los laosianos, observando desde lo alto el espléndido valle del Mekong sin coches ni autobuses a la vista, caminar junto a piedras caídas que formaron viejos muros y que aún nadie ha puesto en su lugar, escuchar el silencio...
Escalera con árboles creciendo entre las piedras | Foto: Marino Holgado
Bajorrelieves del templo principal | Foto: M. HolgadoDATOS PARA LA VISITA: No hay vuelos directos entre Europa y Laos. La opción más cómoda es Thai Airways: vuela tres veces por semana entre Madrid y Bangkok y desde allí tiene varios vuelos diarios a Vientiane. Desde la capital laosiana se puede viajar en autobús hacia Champasak en un largo viaje o volar hasta Pakse con Lao Airlines y desde allí desplazarse a Champasak (un taxi desde el mismo aeropuerto cuesta unos 40 euros, pero al ser una furgoneta se puede compartir; también hay autobuses más básicos y baratos desde la ciudad). Si sólo vas a esa zona del país hay también un vuelo diario entre Bangkok y Pakse y tres desde Siem Reap (Camboya) con la misma compañía.
Mi recomendación es alojarse en Champasak (una buena opción es el hotel Inthira Champasak, aunque hay también bastantes guesthouses más económicas), desde donde se puede llegar al Wat Phu en tuk-tuk (8 euros, ida y vuelta, además de esperar el tiempo que necesites, entre dos y tres horas), e incluso en bicicleta si estás en forma (el camino es bastante llano). La entrada al recinto cuesta unos tres euros.
La próxima semana... Sur de Laos, pedaleando bajo la lluvia en Champasak
El Wat Phu de Champasak, en Laos, desde el nivel superior